Jernigan

David Gates · Chapitre 41 sur 45

Pages du PDF

Jernigan

Nueve

OceanofPDF.com

1

 

Yo, despierto; Martha, fuera: el mismo comienzo de siempre. Lo que había cambiado era que no conseguía recordar cómo había llegado a la cama. Cómo había llegado a la cama era obvio: apoyado en el joven y robusto hombro de Danny, ¿no? (Es broma). De lo que no me acordaba, sin embargo, era de haber llegado al dormitorio dando tumbos. Pero aquí estaba. El viejo res ipsa loquitur. Qué raro que loquor sea un verbo pasivo. Claro que, en latín, cosas como activa/pasiva o masculino/femenino no quieren decir nada, en realidad. Bien por el latín. Ahí tenéis agricola, el famoso ejemplo. Según Danny, algunos chicos de su instituto —él no era uno de ellos— querían estudiar latín; debían de creer que les ayudaría a entrar en mejores universidades, pero en el sistema educativo del país ya no quedaba nadie que pudiera dar clases de latín. Otra oportunidad de ayudar al prójimo que había dejado escapar por haber tomado el camino equivocado. Para ser lo primero que pensaba en la mañana de Navidad, era muy raro. Eso si de verdad era por la mañana. Qué pensamientos habrían resultado adecuados, eso no lo sé. ¿Tendrías que quedarte tumbado en la cama preguntándote por qué el Verbo tuvo que hacerse carne?

No sabía qué hora era, pero seguro que no habría nadie en casa. Lo sabía por la sensación que transmitían las cosas, y no es que yo crea que las cosas transmiten sensaciones. (Además, suponiendo que lo hicieran, ¿habría alguien menos indicado que Jernigan para sentir las sensaciones esas?) Que yo supiera, los chicos estaban despiertos y tirados en su cuarto después de echar el polvo ruidoso que —ahora caía— me había despertado. Hacía un frío que pelaba, quizá eso es lo que quería decir con lo de la sensación de las cosas. La tarjeta de Rick seguía sobre la mesilla de noche, cerrada. ¿Qué habría escrito que pudiera interesarme leer? (¿Una resma de hojas mecanografiadas, tal vez —algunos párrafos en prosa, otros en verso, como el opus magnum de Jack Nicholson en El resplandor—, repitiendo una y otra vez «te perdono te perdono te perdono»?) Lo más seguro es que dijera lo mismo que la del año pasado: «Te mando recuerdos». Que les den a los recuerdos. Cogí el sobre para llevármelo a la cocina y lo tiré a la basura sin abrir. Que los buenos deseos se biodegraden solos.

En la mesa de la cocina había una nota: una hoja de cuaderno de espiral arrancada, con perforaciones irregulares en un lado.

Peter, chicos:

He ido a casa de Tim a buscar nuestros regalos. Si os despertáis, hay z. de nar. recién exprimido en la nevera, pan tostado y ¡¡¡MANTEQUILLA DE LA AUTÉNTICA!!! Feliz Navidad.

M

El reloj marcaba la una menos veinticinco. ¿A Martha no le preocupaba interrumpir a Tim y a su novia mientras hacían el vago en la cama? Entonces no caí en que su novia tenía un hijo al que cuidar, pero de lo otro sí que me había acordado, ¿no? Así que el pobre Tim se quedaría sin poder hacer el vago durante la mañana de Navidad. Por cierto, ¿no había un bateador apodado «El Vago»? Puede que me esté confundiendo.

Liquidé el culo de ginebra que quedaba en la botella de litro —la noche debió de ser tremenda— y abrí otra. Las de dos litros son más económicas, ya lo sé, pero eso era muy de alcohólico. (También era muy de alcohólico preocuparse por si las cosas eran muy de alcohólico). Así que seguía comprando botellas de litro, pero de dos en dos, para no tener que volver tan a menudo. Empezaba otro día. Me obligué a mirar por la ventana. Estaba desconectado de la naturaleza: eso correspondería a…, ¿cuánto?, ¿un dos por ciento del problema? Había mucha luz fuera. El sol parecía haber derretido casi toda la nieve —otra cosa que recordé: la tormenta de nieve de anoche—, a excepción de la que quedaba a la sombra en los troncos de los árboles. Fíjate, sombras blancas, qué te parece.

Bueno, ya sabemos dónde estaba Martha, pero ¿qué hay de los chicos? Vamos a ver, ¿qué clase de chicos saldría de casa la mañana de Navidad? No debían de haber albergado grandes esperanzas, cierto, pero bueno. Supongo que se acabarían cansando de esperar a que el viejo se levantara y decidieron celebrar la Navidad los tres solos. Fui al salón a echar un vistazo; todos los trastos estaban debajo del árbol. Vaya. Menudo misterio. Interesantísimo, además.

Como anoche, por lo visto, debí de quemar todo lo que había en el leñero, lo más urgente era ponerme los zapatos y el abrigo y salir a buscar leña. Etcétera. Oí que arriba encendían la tele. Quizá habían estado esperando a que me levantara para no interrumpir mi sueño. (Es broma). La cosa, en realidad, debió de ir así: Sabemos que ahora estás levantado y esto lo hacemos para que sepas que estamos aquí y para que te vayas a tomar por saco. Puede que la idea de Martha de sentarse en el coche con la calefacción encendida fuera buena: otra cosa de anoche que recordaba. (Si me relajaba y dejaba de pensar en esa noche, los recuerdos irían volviendo. Ya lo decía El camino del zen en el tiro con arco, sí señor). Así que me vestí, me puse el abrigo y los guantes, me metí la botella de ginebra recién abierta en el bolsillo interior del abrigo y salí hacia el coche. Eché un buen trago y puse la botella debajo del asiento y pensé a la mierda la chorrada esa de la lata de Coca-Cola: si no eres capaz de distinguir un coche patrulla, no estás en condiciones de conducir.

Me di una vuelta por la ciudad con la calefacción a tope; entre eso y la ginebra me iba calentando poco a poco. El cielo empezaba a cubrirse de nuevo. Y no me daba la gana de volver a esa maldita casa. Acabé conduciendo hasta Paterson y luego tiré hacia el este por el puente George Washington para llegar a Manhattan. Me desvié por Side Highway a la altura de la Noventa y seis y seguí hasta la Ciento dos. Aparqué en doble fila y miré por la ventana de Tío Fred. No había nada que ver. Después seguí hasta la Setenta y dos con Broadway, rumbo a Gray’s Papaya. Era ilógico —joder, era hipócrita— considerar deprimente que Gray’s Papaya estuviera abierto en Navidad. Me tomé un perrito caliente y una piña colada que me cargué al echarle un chorro de ginebra. Limpié el coche mientras estaba allí aparcado, tiré a una papelera las latas de Coca-Cola Light, las bolsas de McDonald’s y el resto de la basura. También me deshice de la maldita chaqueta de cowboy. La dejé arriba de todo, así algún vagabundo quizá la viera. Y adiós muy buenas, ciudad más maravillosa del mundo.

Para entonces el cielo ya se había oscurecido; solo se veía un claro al oeste donde el sol se estaba poniendo. Caían algunos copos de nieve. Volvía a recorrer el puente George Washington, esta vez bastante borracho, conduciendo hacia la puesta de sol. El resplandor dorado que tenía delante me invitaba a bajar los párpados y a dejarme llevar. Volví a pensar en Judith. Durante un nanosegundo debió de pensar «Oh, Dios mío» y después «Oh, bueno, a la mierda». Me dio otro dolor de cabeza. O quizá no fuera más que el mismo de antes. Por andar entrecerrando los ojos. Por culpa de la puta mano, que me dolía. Por preocuparme por lo malo que estaba siendo, desapareciendo durante horas el día de Navidad, borracho y con los regalos sin abrir.

Había una Suzuki Samurai roja aparcada delante de casa. Estaba reluciente. Sería de algún amiguito engreído de Danny y Clarissa. A tomar por saco, quizá saldrían a dar una vuelta bajo los efectos del alcohol o de lo que fuera y me dejarían en paz. Eso venía a ser lo mismo que desear la muerte de tu hijo.

En la cocina había una bolsa de cuero negro colgando de una de las sillas. Apestaba, era la típica peste de cuero nuevo. Miré por la puerta hacia al salón. Danny y Clarissa estaban en el sofá separados por un cojín. Clarissa, como siempre, mirando sus Reebok negras. Danny fumando. Nadie hablaba. El visitante estaba en el sillón Morris. Desde la entrada se veía una pierna formando un ángulo agudo: una bota de cowboy con el tacón desgastado asomando de unos vaqueros lavados al ácido. Danny me miró y movió la cabeza de un lado al otro. Le devolví un saludo desenfadado —traducción del saludo: «Que te jodan a ti también»— y me acerqué al escurreplatos para coger un tarro de gelatina. No te puedes llevar la botella a la boca cuando hay visita.

Cuando me di la vuelta había un hombre en la cocina que dijo:

—¿Eres Jernigan?

Si parecía más alto que yo era por el tacón desgastado de las botas. Tenía mucho pelo —recordaba a uno de esos políticos que quieren parecerse a Kennedy— y uno de esos rostros de piel demasiado tirante, iguales que una careta. De no haber sido por las bolsas de debajo de los ojos, iguales que unos pechos, podría haber parecido más joven que yo. Sonreía, o por lo menos enseñaba los dientes. Llevaba un jersey de punto negro y vaqueros muy ajustados. Había mucho espacio entre sus muslos.

—Rusty Ronson —dijo.

«Fue Rusty quien me metió en esto».

—¿Ronson? —dije.

—Oye, me ha cambiado la vida —dijo—, ¿sabes lo que te digo? Que se quede ella con el Peretsky. Total, se hace tanto la víctima… Y a mí no me ha hecho ningún bien. Pe-RET-sky.

Empezó a cantar su nombre al son de un charlestón:

Pe-RET-sky, Pe-RET-sky.

Las cosas esas tan raras que bacía Pe…

RET-sky, Pe-RET-sky.

Ya no seré más como él.

Alcé la botella y el vaso al nivel de sus ojos.

—¿Un trago? —dije, pensando que quizá así podría suavizar las cosas.

—Creo que primero tenemos que conocernos —contestó. Sacó la cartera del bolsillo trasero y me dio su tarjeta: se veía la parrilla del radiador de un Rolls Royce con el logo RR y debajo, con letras góticas, RUSTY RONSON & CO.

—¿Ahora te has metido en el sector del automóvil? —dije yo, tan desenvuelto. Sin miedo.

—¿El sector del automóvil? —contestó—. ¿Eso te ha contado ella? Mierda. —Meneó la cabeza y prosiguió—. Promoción. Soy promotor independiente. Dime una cosa: ¿qué clase de circo has montado en mi casa? Todos sabemos que te follas a mi mujer. De eso no hay duda. Pero ¿has tocado a mi hija?

Detrás de mí, en la entrada, vi a Danny.

—¡Oye, Dan! —exclamé—, ¿por qué no te llevas a Clarissa a dar una vuelta?

—Te he hecho una pregunta.

—¿De qué va esto? —dije. Levantó los brazos y se quitó la sudadera—. Claro que no he tocado a tu hija. —Pechos blancos.

—Ella no dice lo mismo.

Miré a Clarissa. Ella me miró.

—No he dicho nada —dijo ella—. De verdad, señor Jernigan. Papá está gastándole una de sus bromas pesadas.

—Valevalevale —dijo moviendo la mano de un lado a otro como si estuviera borrando una pizarra—. Tengo derecho a ponerte a prueba, ¿no? Es mi responsabilidad, ¿no? Como padre. Como puto padre, hombre. Ahora me he asegurado del todo de que es Danny, y nadie más que Danny, quien se tira a mi hija. Creo que ahora sí me voy a tomar un trago.

—Me parece que no queda tónica —dije—. ¿Te vale con agua?

—No queda tónica —respondió meneando la cabeza—. Este lugar se ha convertido en un estercolero. Me están entrando ganas de volver y poner las cosas en su sitio. De darte una buena paliza.

Llené un tercio del vaso con ginebra y pregunté:

—¿Cuánta agua quieres?

—Lo que a ti te parezca bien —contestó—. Ahora tú eres el hombre de la casa.

Fui al fregadero, llené el resto del vaso con agua y lo removí con un cuchillo que había en el escurreplatos.

—Eres un tipo admirable —dijo, y añadió algo más bajo—: Y un marica.

Cogí otro vaso del escurreplatos y lo llené de ginebra. Fue lo único que se me ocurrió como respuesta.

—Bueno, Danny Boy —prosiguió—. ¿Qué tal se porta en la cama?

—¡Danny! —exclamé mirando a Rusty Ronson—, haz el favor de llevarte a Clarissa fuera de aquí. Y tú vete también.

Con los ojos todavía clavados en Rusty Ronson, vi las borrosas siluetas de los chicos salir y desvanecerse en la puerta. Tenía la botella de ginebra a mano. Otro punto a favor de las botellas de litro: podías agarrarlas del cuello y romperlas para hacerte un objeto contundente dentado, aunque suponía que en un primer intento de fabricación muchas cosas podrían salir mal. Quizá bastara con golpear al hijo de puta con ella.

Rusty Ronson volvió la cabeza y miró hacia la entrada, ahora desierta.

—Bien —dijo—, ahora podemos hablar.

Apuró el vaso de ginebra con agua de un solo trago y dejó el vaso en la encimera.

—Hablemos de lo que estás haciendo aquí —dije.

—Es una visita navideña —respondió levantando las manos—. Cuando vengo, traigo alegría. Acéptalo.

—Estoy seguro de que Clarissa quiere ver a su padre y todo eso. Lo que pasa es que este no parece ser el mejor momento, ¿entiendes?

—¿Me equivoco —dijo—, o la refrescante y agradable sensación que noto en el culo es tu lengua, que me lo chupa? Eres un puto monigote. Un payaso. ¿Cómo te atreves a decirme a mi que no puedo venir a mi propia casa? ¿Quién coño te crees que eres?

Meneé la cabeza.

—No creo, en absoluto, que esta siga siendo tu casa.

—Y una mierda. Enséñame un papel en el que diga que no es mi casa. Mira, tío, si me da la gana vendo esto mañana mismo. Aunque tu culo esté encima, el culo de ella y el de cualquiera que esté aquí. Pero no lo hago porque soy buena persona. Hago todo lo que puedo por mi familia —dijo con tono quejica—. Escucha, de hombre a hombre: ¿te quieres colocar?

—¿Con qué? —pregunté. Pensé que eso me daría alguna pista.

—Con qué. Me encanta. —Meneó la cabeza—. Si tienes que preguntar —añadió levantando el índice— es que no quieres colocarte. ¿Eso es lo que les enseñas a los chicos? ¿A preguntar con qué? Mira, no hagas ni caso de mis gilipolleces. En serio, estás haciendo un trabajo de primera con ellos, tío. En serio. Estoy muy impresionado. Y por lo que a mí respecta, mientras me coloque, el con qué me da igual.

Rebuscó en el bolso de cuero y sacó un botecito blanco.

—Mucho ojo —dijo antes de dármelo.

Y me las ingenié, no sé cómo, para no dejarlo caer. Era un botecito de plástico con tapa de rosca: hierba gatera de la marca Dr. Daniels’ Summit. Había una imagen de un gato enloquecido subido a una cima rocosa y rodeado de picos de aspecto andino. El gato llevaba una pajarita desmesurada, quizá para dar a entender que seguía siendo una mascota inofensiva a pesar de lo colocado de hierba gatera que iba. Desenrosqué la tapa. Había una cucharilla fina medio enterrada en un polvo blanco.

—La fórmula especial de Ronson —dijo.

—¿Fórmula de qué?

Se encogió de hombros. Puse la tapa en el botecito y cuando la hube enroscado bien se lo devolví.

—¡No te importa!, ¿verdad? —exclamó mientras volvía a desenroscar la tapa—. Estoy seguro de que has visto esto en televisión.

Se metió una cucharadita llena en cada fosa nasal. Después repitió. Siguió esnifando y frotándose en la parte inferior de la nariz con el índice.

—Rrrighty-o —dijo—. Venga, te doy diez puntos si adivinas quién decía eso. Rrrighty-o. Un dibujo animado famoso.

Sabía que era Félix el Gato, pero no podía decir nada. No si quería conservar la dignidad.

—Lo has visto en televisión —insistió—. Sé que lo sabes. Y tú sabes que yo sé que lo sabes. Pero no quieres decirlo porque esto es algo serio, ¿verdad? Un intruso en tu propia casa. Y acabas de darte cuenta de que no es tu casa.

—Me resulta difícil creer que en algún momento del divorcio…

—¿El divorcio? ¿El divorcio? Venga, no me digas que la pequeña Martha va por ahí diciendo que… Escucha. De hombre a hombre: es una puta loca.

—Lo que me estás diciendo es que Martha y tú no estáis divorciados.

—Ven aquí —dijo—. Ven aquí, ven aquí, no voy a hacerte nada. ¿Quieres verlo en papel? Ven aquí.

Fue derecho al cajón donde Martha guardaba las guías telefónicas, hojeó un poco y encontró la P.

—¡Veamos! —exclamó, avanzó dos páginas y retrocedió una, después recorrió de arriba abajo la columna con el dedo—, Peretsky, R. No Peretsky, Sra. o Peretsky, M. Una puta R, tío. —Se golpeó el pecho y prosiguió—. ¿Ves?, conozco a Martha, Martha es genial. Pero siempre ha tenido este problema. Que no dice la verdad, ¿entiendes lo que te digo?

—Venga, hombre —contesté—. Lo que pasa es que no se ha cambiado el apellido.

—¡Danny! ¡No! —gritó Clarissa.

Me di la vuelta y vi a Danny sosteniendo la pistola y a Clarissa agarrándola.

—Clarissa, apártate de él —dije. Ella se apartó—. Danny, ¿qué crees que estás haciendo?

—Quiero que se largue de aquí —contestó Danny.

—Estaba a punto de marcharse —dije lanzando una mirada a Rusty Ronson. Una mirada mucho más dura, debo decir, que las que me había atrevido a lanzarle antes—. Y ahora baja el arma.

Danny no se movió.

—Oye —exclamó Rusty Ronson—, me gusta este Danny Boy.

—Tú a mí no —dijo Danny.

—Danny, ya basta —dije—. Ya se va. Ahora baja el arma. Di un paso y él movió el arma para apuntar vacilante al espacio entre Rusty Ronson y yo.

—Papá, voy muy en serio.

Rusty Ronson se rió y dijo:

—Vale. Estupendo. Yo me largo. Venga, socio —dijo a Danny—, lo que voy a hacer ahora es ir a por mi abrigo a la habitación de al lado…

—¡Clarissa! —exclamó Danny sin mirarla—, ve a por su abrigo, ¿vale?

Movió el arma para volver a apuntar a Rusty Ronson, que tenía las manos en alto como si fuera un cowboy.

Clarissa trajo una cazadora Eisenhower de cuero que apestaba.

—Bueno, ahora voy a ponerme la cazadora —dijo Rusty Ronson. Se la puso. Después avanzó hacia su bolsa—. Ahora voy a coger mi bolsa de la silla, ¿vale? —Se la colgó al hombro y añadió—: Danny, ha sido un placer. Clarissa, no te olvides de tu viejo.

Se despidió con un saludo militar, muñeca floja y dedos en las cejas, y entonces desapareció por la puerta. Clarissa corrió por el salón y subió las escaleras.

—A ver, chaval —dije a Danny—, estás completamente loco. —Oí la puerta de Clarissa cerrarse de un portazo—. Dame eso inmediatamente.

—Sabe que no puede venir aquí —respondió Danny dirigiéndose a la puerta—. Ha estado vigilando la casa hasta que la señora Peretsky se ha ido. Tiene una orden contra él.

Todo esto era nuevo para mí.

—Ya basta —dije. Me quedé de espaldas a la puerta—. No sabes dónde te estás metiendo. El tipo estaba drogado, podía tener una pistola. Puede que esté esperando ahí fuera. Voy a llamar a la policía.

Fuera se oyó el ruido de un motor de coche.

—¡No es muy buena idea, papá! —exclamó Danny—. Diría que yo le he estado apuntando con una pistola.

Me volví y, con el índice, aparté la cortina de percal que ocultaba el vidrio de la parte superior de la puerta. Me asomé y vi unas luces traseras rojas alejarse. Parpadearon y desaparecieron tras una colina.

—¿Se ha ido? —preguntó Danny.

—Claro —contesté soltando la cortina—, por ahora.

Levanté el auricular del teléfono de pared; directa a mi oreja, la señal de línea. Danny se abalanzó sobre mí, aferró el auricular y lo colgó. La señal paró.

—Por favor, papá, olvídalo, ¿vale? No va a volver. Lo que hará la policía será venir aquí, probablemente encuentren la pistola, después registrarán mi cuarto y el de Clarissa y…, bueno, ya sabes.

Ahora ya lo sabía.

Danny abrió la puerta y salió caminando igual que un cowboy patilargo. Cuando llegó a la calle se detuvo. Estuve mirándolo un rato: movía la cabeza lentamente, primero a la izquierda, luego a la derecha y luego a la izquierda otra vez. Tenía el cuello flacucho. Cayeron un par de copos de nieve. Después otros más. La pinta que tenía allí, quieto en la calle, me recordó a su primer día en el colegio de verdad. Fue en 1977. Él tenía seis años y se quedó esperando en la entrada de casa con la bolsa del almuerzo. Incluso entonces él sabía que las fiambreras eran solo para niños. Judith y yo lo mirábamos desde la ventana del salón. En ningún momento se dio la vuelta.

Volvió a entrar y dejó la pistola en la mesa de la cocina.

—Papá —dijo—, ¿podrías hacer algo con esto, guardarlo en alguna parte? No me parece buena idea que, esta noche, Clarissa sepa dónde está.

Después subió las escaleras. Ninguno de los dos volvió a bajar.

OceanofPDF.com