Jernigan
Chapitre 5
Cuando Danny y Clarissa llegaron a casa, serían las diez menos cuarto, Martha y yo ya habíamos cenado y habíamos lavado los platos juntos. (Ella lavó y yo sequé, aunque me dijo que no hacía falta que me molestara). Ahora ya estábamos liquidándonos la botella de ginebra Gordon’s que yo había salido a buscar ex profeso. Esa noche tocaba licor comprado, sí señor. Tenía ganas de que llegara la hora de Star Trek, que ahora, en blanco y negro, ya me parecía menos cursi. No es que me importase lo cursi que fuera, ese era parte de su encanto. Ese concepto de la diversión…
—¿Chicos? —dijo Martha—. ¿Os las apañáis vosotros para cenar? Si tenéis hambre, quedan sobras de un conejito à l’orange que es pura dinamita.
—Dinamita —dije.
—Ya hemos comido —dijo Clarissa.
—¿Dan? —grité—. Ya sé que es tarde y que mañana tienes clase, pero tú y yo tenemos que hablar, ¿vale?
—¿De qué?
—Tranquilo. No voy a reñirte ni nada. El caso es que necesito tu consejo sobre un asunto.
—¿Qué asunto?
—¿Señoras? ¿Nos disculpan? Vamos a tener una conversación de
hombre a hombre. El viejo [26] mano a mano ¿qué te parece?
Es probable que no supiera qué era una conversación de hombre a hombre; esa era la (abro comillas) educación (cierro comillas) que recibía en su maldito instituto. Miró a Clarissa y ella lo miró a él. Igual que en una puta escena de West Side Story.
—Dan —dije—. Dan, compañero, ¿qué te parece si cogemos el coche y salimos a dar una vuelta, colega?
Se encogió de hombros.
—¿Podrás conducir?
—¡Qué bonito! ¿Esto qué es? «¿Si bebes no conduzcas?» Tú confía en el viejo.
Se me había olvidado, por supuesto, que quizá estuviera un poquititito sensibilizado con la idea de un progenitor borracho al volante.
Fuera hacía frío. Eso me recordó algo.
—¿Has estado en casa todo este rato? —pregunté—. ¿Te has acordado de bajar el termostato?
—Sí, papá.
—Bueno, y ¿cómo habéis vuelto a casa?
—Dustin nos ha llevado en su coche.
—Dustin —dije.
No pareció entender que le estaba haciendo una pregunta.
—¿Dustin es el que toca la batería? —dije. Le abrí la puerta del coche.
—El bajo.
—El bajo, quería decir.
Subimos al coche y arranqué. Él se quedó parado. Me entraron ganas de agarrarlo por su hermética garganta.
—¿Cómo ha ido el ensayo, Dan?
—Bien. ¿De qué querías hablar?
Di marcha atrás y empecé a subir por la colina.
—Luces —avisó.
—Vale, campeón —dije mientras encendía los faros—. Solo estaba poniéndote a prueba, para ver si estabas centrado.
Tiró del cinturón de seguridad para apretárselo más contra el hombro.
—A ver: ¿Clarissa y tú os lleváis bien?
—Supongo, ¿por qué?
—¿Supones?
—Mira, papá: si esto va del sida…
—¡Dios! —exclamé—. La estoy jodiendo. Escucha. Esto va de que la madre de Clarissa y yo hemos estado hablando de vivir juntos. Y nos preocupa que, no sé, que a vosotros dos la situación os resulte rara. Ya sabes: pon que cortarais o algo, y vuestros padres siguieran…, bueno, todos en la misma casa, compartiendo el baño… No sé, podría resultar raro aunque no rompierais. Se me ha ocurrido que esta era una cosa de la que teníamos que hablar.
—¿La señora Peretsky está hablando con Clarissa en este momento?
—Supongo que sí. Francamente, no lo sé.
—¿Tendremos que irnos a vivir a otro sitio? —preguntó.
—No. No. Nuestro plan…, aunque no sé hasta qué punto podemos llamarlo un plan, ¿sabes? Supongo que nos quedaríamos en su casa y pondríamos la nuestra a la venta, y esa es una de las cosas de las que he pensado que convendría que habláramos. Hoy me he enterado de que en mi trabajo van a prescindir de mí, y…
—¿Te han echado? Papá, ¿por qué te han echado?
—Parece ser que llevaban tiempo preparándolo —dije, como si eso fuera una respuesta.
—¿Qué vas a hacer?
—Escucha —dije—: ¿quieres que nos sentemos en algún sitio a tomar una Coca-Cola?
—Si tú quieres.
Cogí Nottingham hasta Oakdale, giré a la izquierda y enfilé Hamilton. El mismo camino que había andado esa misma tarde. Los faros iban levantando un montón de hojas tras otro y las esparcían por la calle. Habría jurado que antes no estaban ahí. (¿Y que todos los vecinos hubieran pasado el rastrillo la misma tarde? No era muy probable. Explicación más verosímil: Jernigan había desconectado). Los neumáticos crepitaban al pasar sobre el borde de las hojas. ¡Ja!: a la calle le habían puesto Oakdale de nombre y sí, era un robledal. Suponiendo que fueran robles, claro. Esos sí que eran buenos tiempos, colega…
—Está refrescando mucho por las noches —dije mientras subía la ventanilla hasta arriba. Danny no tenía ningún comentario que hacer—. La pizzería de Hamilton estará abierta a estas horas. ¿Te va bien?
Se planteó el asunto. Debía de estar sopesando las posibilidades de que sus amigos le vieran saliendo con su padre.
—Supongo que sí.
—¿Preferirías otro sitio?
—Está bien, papá.
La pizzería era un edificio bajo de bloques de hormigón; en la ventana, un neón rojo furia rezaba PIZZA. Dentro, luces fluorescentes y mesas de formica manchada con bancos a cada lado y perchas para los abrigos. Tomamos posesión de la mesa que quedaba más al fondo y luego me acerqué a la barra y traje una lata de Pepsi Light para Danny y un café para mí.
—¿Qué te parece si nos comemos un trozo de pizza mientras hablamos? —pregunté.
—Vale.
Volví a la barra.
—Un par de porciones. Normales.
—¿Dos? —preguntó el chico. Se parecía a los críos que me asustaban cuando yo tenía la edad de Danny, con esas caras todo pústulas y barba mal afeitada. En un cenicero redondo de aluminio que estaba al lado del cubo de plástico color marfil del queso rallado humeaba un cigarrillo.
—Lo has pillado —dije. Así era como tenías que hablar para hacerte entender en sitios como ese. El crío elevó dos triángulos de la pizza de la barra (advertí que no eran los más grandes), los dejó caer sobre una bandeja para pizza y la metió en el horno.
Volví con Danny.
—En fin —dije.
—¿Así que vas a vender la casa?
—Bueno, eso es algo que tendríamos que hablar. No es solo mi casa, ya sabes. Siempre la he visto como algo con lo que un día, bueno…, te encontrarías cuando yo ya estuviera fuera del mapa.
—¿Esa casa?
—Tendrías que haberte buscado un Rockefeller para que fuera tu padre —dije. Como si él fuera a saber qué era un Rockefeller.
—No lo decía en ese sentido —respondió. No quiso ilustrarme acerca del sentido en que lo había dicho.
El crío gritó.
—¡Porciones listas!
Fui a buscarlas.
—Supongo que puedes venderla, si quieres —dijo Danny—. Para tocar en casa de Dustin lo tendríamos igual de fácil. —Cogió su pedazo de pizza y sopló el queso fundido que iba desplazándose hacia la punta.
—No tenemos que ir con prisas para decidir —dije—. Es que ahí es donde creciste y todo. —Y todo.
—No pasa nada, supongo. Entonces, ¿te casarás con la señora Peretsky?
—Lo hemos hablado —dije. Dios, ¿lo habíamos hablado? Yo no lo recordaba, eso seguro—. Verás: parte del asunto se debe a que, si nos decidiéramos y vendiéramos la casa, probablemente descubriríamos un montón de cosas interesantes que hacer con el dinero.
—¿Como qué?
—Bueno, pues viajar, por ejemplo —dije. Perfecto. Ya nos estaba viendo a los cuatro en la puta plaza de San Marcos. Ahora sí que iba inventando sobre la marcha—. Podríamos comprar una casa en el campo, incluso, para pasar el verano, ¿sabes? Me doy cuenta de que ha sido…, y es culpa mía, exclusivamente…, de que has tenido una vida muy pero que muy complicada. Has perdido a una madre. —Me estaba acercando al tema, pero de ahí no estaba dispuesto a pasar—. El caso es que, a tu edad, yo ya tenía una vida muy complicada; antes incluso, en realidad. Cuando iba a tercero, más o menos. Y mírame, aquí estoy. —Si con eso no se le levantaban los ánimos a un crío, ya me diréis vosotros con qué se le levantarían.
Había perdido el hilo.
—Solo quiero que sepas —continué— que esto no lo haría si no creyera que nos hará la vida más fácil.
(Y una mierda).
Bueno, ¿y si nos poníamos en lo peor? Danny ya tenía dieciséis años; dos años más y tendría dieciocho. Se iría a estudiar a alguna universidad y podría escapar de eso en lo que se hubiera convertido su vida, fuera lo que fuera. Siempre que sus notas mejorasen, claro. Siempre que nos quedara algo de dinero.
—Por la cabeza también me rondaba la idea de que el dinero de la casa te iría muy bien para la universidad. —Eso se me acababa de ocurrir en ese preciso instante—. ¿Cómo te están yendo las notas, por cierto?
—Bien.
—Bueno —dije. Y entonces me detuve. En ese momento no tenía fuerzas para un rollo sobre las notas.
—La pizza se te está enfriando —dijo el cabroncete listo. Él se creía listo, al menos.
Cogí el trozo y le di un mordisco.
—Bueno, ¿quieres el resto? Parece que te has ventilado tu trozo bastante rápido.
Movió la cabeza: no. Le di otro mordisco. No estaba ni buena ni mala.
Mientras caminábamos hacia el coche, le pasé un brazo paternal por el hombro. Él me lo permitió. Se quedó mirándose los zapatos. Vaya mierda de frío.
—¿Crees que estarás cómodo con la situación, colega?
—Sí, supongo que sí —dijo—. La señora Peretsky me cae bien y todo. Las cosas no serán tan distintas, ¿no?
—Eso mismo. No tan distintas. Dios santo, mira. —Señalé con el dedo.
En el cielo, baja, una luna enorme, naranja y aterradora.
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