Jernigan
Chapitre 6
—Me alegro de que estéis de vuelta —dijo Martha cuando entramos en casa—. El hombre del tiempo acaba de anunciar que esta noche la helada será brutal. Tenemos que entrar el resto de los tomates. Si no, por la mañana tendremos puré.
—Mierda —dije—. ¿No podemos taparlos y ya está?
—No quiero arriesgarme. Han dicho que en las zonas residenciales del norte las temperaturas podrían llegar a los seis grados bajo cero.
—¿Esta es una zona residencial del norte? —pregunté.
Martha suspiró.
—Vale, vale —continué—. ¿Queda café?
—¿No te tendrá despierto?
—La idea es esa —dije.
—Después, quiero decir.
—Era un chiste.
Encendió un hornillo y, con mucho ruido, apoyó en él un cazo con café frío.
—¿Algo más de naturaleza perecedera, ahí fuera? —pregunté. Estaba siendo tan servicial, tantísimo…
—No mucho. Cubriré las hierbas con un plástico, supongo, y seré optimista. Danny, ¿puedes ir a buscar a Clarissa, por favor? Si todos ayudamos, puede que lo dejemos listo.
Danny se marchó por el pasillo con paso desganado.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Martha.
—Bien —respondí. Dios, hablaba como Danny—. Bueno, él dice que le parece bien. No creo que esté centrándose en…, no sé. Quizá lo ha entendido bien. ¿Has hablado con Clarissa?
—Hace mucho que Clarissa y yo nos decidimos —dijo—. No sé por qué vosotros habéis tardado tanto.
El perfecto comentario desenfadado. Ahora me tocaba a mí.
—Es que nos ha llevado un tiempo creer en nuestra buena suerte. Belleza y funcionalidad, eso lo habríamos creído, pero ¿belleza y ahorro?…
¿Eso era desenfadado, o críptico y forzado?
—Bueno, me alegro de que hayáis entrado en razón. Por más que hayáis tardado. —Y me dio un beso en el cuello. Un falso mordisco.
—Hablando de tardar —dije mientras cogía una taza de café del escurreplatos—, ¿dónde están esos cabroncetes?
Contuvo el aliento con espanto fingido.
—¡Tu propio vástago! —dijo con una voz cómicamente afectada—. ¿Eo? ¿Clarissa? ¿Nos movemos o qué? Estaremos fuera, en el jardín.
Martha se puso la chaqueta de mi traje, que yo había colgado de la silla de la cocina como si fuera un espantapájaros —llevando esa chaqueta me habían despedido esa misma mañana—, y yo cogí la linterna y un montón de bolsas de plástico del supermercado llenas de bolsas de papel. Vertí un poco de leche en la taza y luego la llené de café. Bebí mientras con la mano izquierda revolvía el armario buscando un abrigo grueso, y la seguí afuera.
La luna había salido, pálida y encogida: ahora era una luna normal y corriente en un cielo oscuro, aunque aquí el cielo nunca está realmente oscuro. Estaba todo rosa, aunque hacia Newark y Nueva York todavía estaba más rosa.
—¡Vaya! —dije—, sí que están bajando las temperaturas.
—Los hombres del tiempo: los únicos hombres que nunca te mienten.
—Porque saben que, de todos modos, tarde o temprano los descubrirías.
—Eso nunca detendría a un hombre de verdad —dijo ella—. Ven. ¿Por qué no sostienes tú la linterna y la bolsa y yo recojo?
—Sobresaliente —dije—. Sobresaliente en su campo. Y así fue como nos lo encontramos. Sobresaliendo en un campo.
—Dios, esto lo decía siempre mi padre cuando yo era pequeña —dijo —. Y a mí me parecía que era para desternillarse de risa. ¿Puedes sostener la luz sin moverla, por favor?
—Perdón. Oye, ¿no te parece que los chicos quieren escaquearse?
—No me lo parece.
—Si no están aquí dentro de un minuto, por Dios que iré a su cuarto y les daré una buena paliza.
—Terminemos con esto de una vez —dijo Martha—. Mientras nos dedicamos a imponer nuestra autoridad, perderemos los tomates.
—Frase lapidaria —dije. Estaría pensando en los lapins postlapínidos, probablemente—. Pero si para cuando hayamos terminado…
Para cuando hubimos terminado, la habitación de Clarissa estaba a oscuras.
Conseguimos llegar al final de Star Trek —era el episodio en que Kirk se escinde en dos, el Kirk bueno y el Kirk malo, y descubre que sin su parte mala se muestra demasiado dubitativo para poder dirigir la Enterprise—, y nos fuimos a la cama. Martha se quedó dormida con un brazo atravesado sobre mi pecho. Le alcé el brazo para apartarlo y me quedé ahí, con mis pensamientos sucediéndose a ritmo vertiginoso. Por culpa del maldito café, y por todo lo demás, por supuesto. Lo que iba a hacer con el dinero, el desastre de padre que era, si debía desembarazarme de Martha o no.
Al final me levanté, me puse la camisa y los pantalones y me fui a leer al salón. Mientras caminaba por el pasillo me fijé en que en la habitación de los chicos la luz estaba de nuevo encendida y la música sonaba débilmente. Volví a empezar —¿cuántas veces la había leído?— esa historia larga y rebuscada en la que Psmith se hace pasar por el poeta Ralston McTodd y todos tratan de robar el collar de lady Constance y lord Emsworth solo quiere que lo dejen en paz con sus flores. Pensé que si bebía un poco más de ginebra quizá me amodorraría más rápidamente. Así que saqué la botella de debajo del fregadero pensando en el poso de puritanismo que había empujado a Martha a guardarla con el lavavajillas y los estropajos. Quizá fuera algo típico del Sur, algo que había aprendido de su padre.
La botella seguía medio llena: con eso debería tener más que suficiente. La dejé en el suelo, al lado del sillón Morris; doblé las rodillas y me senté de lado, sobre los pies, y empecé a beber a morro. Se trataba de una sensación mucho más generosa que la de ir dosificando el licor en míseros vasitos. Para cuando llegué a la parte en que Freddie Threepwood descubre el anuncio de Psmith en el periódico (NO LE ARREDRA EL DELITO) ya estaba satisfactoriamente amodorrado. Si es que amodorrado era la palabra que andaba buscando, claro. Pero ahora no quería dejar de leer. Así que volví a la cocina, me bebí los dos dedos de café que quedaban en el cazo (esta vez no me molesté en añadirle leche), lo llené de agua e hice más café. No me lo bebería todo yo; Martha se llevaría una sorpresa cuando se levantara y encontrara un café ya hecho que solo tendría que calentar. Esas viejas y agradables sorpresas conyugales. Coca-Cola… El sabor de la vida. No tener que trabajar al día siguiente; poder quedarte despierto y hacer lo que te dé la puta gana, y todo lo tarde que te apetezca.
Así que me quedé acurrucado en el sillón Morris; volvía a entregarme a la lectura de esos engaños y esos descubrimientos tan familiares, dando ora un sorbo de ginebra, ora uno de café. En un determinado momento, levanté la mirada y vi ramificaciones de escarcha en el cristal de las ventanas. Traté de recordar los versos de «Escarcha a medianoche» de Coleridge, o de recordar de qué iban, por lo menos, escarcha a medianoche aparte, pero solo logré recordar el título; ¡y este había sido uno de los poemas seminales del Romanticismo! A menos que lo estuviera confundiendo con la oda al abatimiento. El viejo verso: «La naturaleza en nuestra vida solo vive». Luego fuera empezó a grisear, y casi todo el café se había terminado, y casi toda la ginebra también.
Resumiendo: Mi Gran Noche Loca, por Jernigan. Ahora, tal vez en el mismo instante en que yo leía P. G. Wodehouse en el sillón Morris, en Nueva York alguna estrella de rock estaría metiéndose un cóctel de cocaína y heroína y dejando que una grupie con falda de cuero se la chupara mientras dos asistentes le clavaban una aguja en cada brazo. Vale. Pero ¿y quién dice que yo no estaba tan cerca de mi límite como la estrella de rock del suyo?
El gris dio paso a la luz del día, pero no encendí las luces: me gustaba el resplandor amarillo que desprendía la página: creaba la ilusión de que seguía rodeado de oscuridad. Martha apareció vestida con el albornoz y dijo:
—Hola. ¿Has pasado toda la noche levantado?
Sin matiz crítico alguno. Y, sin críticas, volvió a poner el mantelito sobre el televisor.
Cogí la taza de café y la alcé en ademán de brindar. Lo que quería decir, supongo, era lo siguiente: Lo que me ha mantenido despierto es esto; a su salud.
Martha movió el índice y lo dirigió hacia mí.
—¿Quieres desayunar algo?
Sacudí la cabeza.
—Oye —dijo—, ¿ibas a hablar con los chicos acerca de lo de anoche? Porque si no te ves con ánimos, estaré encantada de decirles algo yo.
La miré fijamente.
—Ten la seguridad de que Jernigan se ve con ánimos.
Parecía poco convencida.
—Bueno, supongo que ya no hay más que hablar. —Cogió la botella de ginebra y la levantó hasta que la tuvo a la altura de los ojos—. Vaya. Si tú estas seguro…
—Querría unas tostadas —dije muy digno—. Y me sentaré a la mesa.
Dejó en el suelo la botella de ginebra, me dirigió un saludo marcial y luego se metió en la cocina.
Escuché los ruidos del desayuno: el encendido de los hornillos, tec tec tec; los cazos, clanc; las puertas de los armarios mientras se abrían, ñec; la puerta de la nevera cerrándose con un pum sordo. Dos leves tin —¡las rebanadas de pan cayendo en la tostadora!— y, luego, el clic elástico de la palanca cuando la empujaban a su sitio. Entonces me levanté y entré en la cocina para no tener que oír cómo gritaban mi nombre. Y me senté mientras se movía de aquí para allá.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí con la cabeza, en silencio.
—Podrías dormir cuando los niños se hayan ido a clase —me dijo.
Se sentó a esperar a que las tostadas estuvieran listas.
—Me lo pensaré —dije.
Y lo hice. Luego me puse a pensar en otra cosa, y en otra. En mi cabeza las ideas ya no bullían: se limitaban a ir flotando. Igual que en la suya, supongo. Nos sentamos con nuestras ideas que flotaban.
La tostada saltó y Danny y Clarissa entraron abotonándose la camisa.
—¿Señora Peretsky? —dijo Danny—. Vamos muy tarde. ¿Tiene algo que podamos llevarnos?
Martha me miró.
—No tan rápido, vosotros dos. Quiero que los dos os sentéis y desayunéis como es debido. —Habéis oído bien: Peter Jernigan diciendo «no tan rápido» y hablando de desayunar como es debido—. Y tendremos una pequeña reunión familiar.
—Papá, perderemos el autobús —dijo Danny.
Cogió un tomatito verde del alféizar de la ventana, lo examinó y volvió a dejarlo donde estaba.
—Tienes toda la razón —dije. Danny y Clarissa se miraron—. Afortunadamente, esta mañana tu viejo papá tiene un poco de tiempo y podrá llevaros al colegio en coche. Y ahora quisiera advertir a nuestros telespectadores de que el siguiente programa comenzará con algunos minutos de retraso…
Clarissa frunció el ceño; Danny ladeó la cabeza. Estos críos no eran especialmente rápidos.
—No pasa nada. Tu viejo papá estará encantado de acompañarte al instituto y apaciguar a quien haga falta.
Qué manera de hablar. No los culpaba por el desprecio que sentían (suponiendo que fuera desprecio lo que ese gesto huraño representaba). En realidad, pensé, ese era un tema que convenía tocar.
—Si crecéis y tenéis hijos propios —dije—; quiero decir, cuando crezcáis, y si tenéis hijos, y eso no significa necesariamente que tengáis que tener los hijos vosotros dos juntos… —Me estaba perdiendo—. Si tenéis hijos propios, entonces sabréis de qué demonios estoy hablando. Y sabréis qué es comportarse de forma lastimosa y cómo identificar esa lástima en los rostros de vuestros propios hijos. Y he dicho ya bastante acerca de ese aspecto de la cuestión. —Estaba tratando de hablar sobre la autoridad.
—Papá, ¿estás bien? —preguntó Danny.
—Estoy tratando de hablar sobre la autoridad.
Nadie dijo nada. Danny miró a Martha.
—Veamos —dije—: estoy de acuerdo en que la autoridad es probablemente arbitraria, ¿de acuerdo? Probablemente arbitraria, en última instancia. De eso no estamos hablando. Pero bueno, supongamos que, en efecto, es arbitraria. De naturaleza contractual, simplemente, ¿vale?, nada de inspiración divina ni mierdas de esas. Un simple contrato: yo haré este papel y tú harás este otro papel para beneficio y explotación mutuos, ¿de acuerdo? Pongamos que ese es el trato. Y ahí es adonde yo quiero llegar: en esta habitación, algunos no se han conducido según las condiciones del contrato.
Clarissa tenía la vista clavada en la mesa. No parecía darse cuenta de que estaba meneando una pierna como una loca.
—Papá, siento que no ayudáramos anoche —dijo Danny; debía de pensar que estaba yendo al meollo del asunto—. Cuando subí a buscar a Clarissa estaba dormida y no quise despertarla, y luego fui yo quien se quedó medio dormido.
—Da igual —respondí, magnánimo.
—¿Quieres más café? —preguntó Martha: una treta patéticamente transparente. Y estuve así de cerca de decírselo.
—Tomémonos todos un café —dije. El señor Genial—. Chicos, atención: servios unos cereales o lo que sea, un buen desayuno, y veamos si somos capaces de ponernos de acuerdo acerca de la naturaleza de nuestro contrato.
Estaba a punto de empezar a lanzar preguntas socráticas.
La pierna de Clarissa había dejado de golpetear. Ahora ella miraba a su madre; el labio inferior le temblaba.
—¿Mamá? —dijo. Y no fue capaz de seguir. Me daba muchísima lástima: en su casa, con ese hombre terrible.
—No pasa nada, cariño —dijo Martha apoyando la mano en el brazo de Clarissa—. ¿Me dejas hablar? —me preguntó—. Lo que dices no tiene mucho sentido.
La apunté con el dedo y grité «¡Todo tuyo!», como si estuviéramos en una jam session.
—Es probable que este no sea el mejor momento para hacerlo oficial — dijo Martha—, pero como estamos todos aquí y como, a fin de cuentas, todos sabemos que vamos a tratar de que esto funcione, en familia, vamos, nos ha parecido buena idea dejar claras las reglas.
—Regla número uno —dije—: nada de drogas duras.
—Peter —dijo Martha—. No creo que…
—Nada de drogas duras. A partir de ahora, en esta casa, tolerancia cero. Así de fácil. Regla número uno.
—¿Qué quieres decir con drogas duras? —preguntó Danny.
—Polvos blancos. Así de fácil. Y no me vengas con razonamientos jesuíticos.
Danny se quedó mirando el tablero de la mesa.
—Número dos —dije.
—Peter. Ya basta, de verdad —interrumpió Martha. Justo a tiempo: no tenía ni puta idea de cuál iba a ser la regla número dos—. Lo siento, chicos. Lo único que quería decir era que, como vamos a vivir todos juntos, tenemos que ser tan considerados como podamos y arrimar el hombro, cada uno, cuando toque hacer algo, ¿vale?
—La justicia es la clave.
—Voy a acostarlo —dijo Martha poniéndose en pie—. Luego os llevaré al instituto a vosotros dos, ¿vale?
—Dios, no te pases el rato diciendo vale. Es como si estuvieras pidiéndoles su aprobación. ¿Qué te pasa? No necesitas su puta aprobación.
—Vamos, anda —dijo, tratando de parecer paciente.
Yo sabía lo que me decía.
—Sé lo que me digo —anuncié.
—Muy bien —dijo ella ayudándome a que me levantara y llevándome de la mano para que saliera de la cocina—. Ahora voy a acostarte.
—Pero de follar, nada —dije mientras recorría el pasillo.
—Por eso no sufras —dijo.
En un tono que no resultaba agradable.
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