Jernigan
Chapitre 3
Cuando por fin le conté la historia a Martha —no me decidí a hacerlo hasta que ya llevábamos un par de meses juntos—, ella se enfadó: mi padre no se había preocupado de mi porvenir, como decía ella.
—Se preocupó de mi porvenir durante dieciocho años, por todos los santos. ¿Qué coño tendría que haber hecho? Más los cuatro años de universidad. En algún momento ya me tocaba…, ya sabes.
Lo que no había terminado de decir se parecía bastante a esto: los hijos tienen que responsabilizarse de sí mismos. No era eso lo que me parecía cuando yo era un hijo, pero aquella era la actitud correcta. Por otra parte, como padre estaba totalmente a favor de que hicieran su vida lo antes posible. No siempre totalmente a favor, claro está.
El tono de mi voz le dio una pista. Estaba aprendiendo que convenía andarse con cuidado con Martha. Siempre que no quisieras ir revelando pistas tuyas, claro. Aunque, en realidad, ¿cuánta intuición hace falta para detectar algo en el tono de una persona que empieza a gritarte?
—No quería meter el dedo en la llaga —me dijo—. Es que todo ese dinero podría haberte cambiado la vida. No soporto ver un dinero que de verdad podría haber ayudado a gente, convertido en…
—¿En cenizas? —apunté.
—Perdona, no era mi intención.
—Lo que nadie parece entender —dije (me refería a ella: Judith sí que lo había entendido)— es que ese puto dinero nunca existió. Era Francis Jernigan y todo, vale, pero el dinero de verdad estaba en lo que dejó escapar por un par de miles de dólares en 1952 o así. Mi madre se abrió en el 56, él le pegó a la botella hasta el 64 o el 65… A ver, ¿qué puedo decir? Y para entonces Andy Warhol o quien fuera lo copaba todo, o el que llegara después de Andy Warhol. Créeme: no-ha-bí-a-di-ne-ro.
Sin preguntar, me sirvió más café y empujó el cartón de leche hacia donde yo estaba. El sol de la mañana calentaba la pintura gris del tablero de la mesa de pino.
—En fin —dijo—. Sigo creyendo que sería posible llevar una vida más racional.
— [18] ¿Quién sabe? —contesté—. Hablar así, en teoría, sobre una vida racional es fácil. Pero cuando oigo el sonido del viejo silbato del tren de las 07.48 rumbo a la ciudad… Chica… Me hierve la sangre, es la fiebre de la línea de cercanías. No puedo parar quieto.
—Habrá maneras de conseguirlo si nos esforzamos.
—Y hablando de esfuerzos —dije mientras dirigía la vista a su viejo reloj de pared eléctrico. Estaba encajado en la tripa de un gallo. ¿Por qué los segunderos siempre eran de color rojo? ¿Para advertirte, por si no habías caído en la cuenta, de que los segundos pasaban rápidamente? Probablemente para poder distinguir el segundero del minutero. Y continué refiriéndome a no sé qué—, la luz del día me revela que tengo media hora, más o menos, para ir a buscar a Danny, llevarlo en coche al autobús, volver a la estación, encontrar sitio en el aparcamiento y plantarme en el andén.
Miró el reloj.
—No tenía ni idea. Entonces mejor que te des prisa, imagino. Ya hablaremos cuando llegues a casa, ¿vale?
¿A casa?
Bueno, ¿es que no dormía con ella casi todas las noches? Y Danny se había instalado en su casa, prácticamente. Incluso se empeñó en organizar ahí su fiesta de cumpleaños, por llamarla de algún modo. Los cuatro y un pastel de chocolate que había subido más por un lado que por el otro porque el horno de Martha estaba mal regulado: así es como decidió entrar en los dieciséis. Cuando le pregunté a qué amigos quería invitar, se limitó a dirigirme una mirada desarmante.
Por la mañana lo dejaba en la esquina de Heritage Circle para que pudiera coger el antiguo autobús del colegio, y por la tarde cogía el mismo autobús y se quedaba en la casa vacía, ensayando con la guitarra. Pero a la hora de cenar ya estaba en la otra casa. No me extraña. ¿Dónde preferiríais estar? ¿En casa de Martha, con el olor a comida en el fuego y las alfombras trenzadas, tan cursis, y la tele en blanco y negro con el mantelito encima, o en Heritage Circle, con las paredes pintadas, frías al tacto y suaves como una cáscara de huevo? Y, siempre allí, el lugar en que el camino de entrada de la casa daba a la calle.
En el tren me senté al lado de un New York Times y delante de un Times y un Bergen Record. Metí la mano en la cartera para sacar La abadía de Northanger —es la casa vieja y espeluznante que resulta que no es espeluznante ni oculta oscuros secretos— y encontré una revista que, estaba seguro de ello, yo no había puesto ahí. ¿Qué diablos era Survivalista de Periferia? Mismo tamaño que Time o Newsweek. Portada al aerógrafo: la pareja de granjeros de American Gothic con un mono de camuflaje, de pie delante de la típica casita de dos plantas de un barrio de las afueras. Qué original. En vez de horca, el vejete de las gafas del cuadro de Grant Wood llevaba un palo de golf; a su lado, un crío estaba sentado delante de un PC camuflado. Abrí la revista y la apoyé en mi regazo, así los de delante no verían lo que estaba leyendo, y encontré la «Carta del editor».
A pesar de lo que quizá penséis algunos al leer el nombre de esta revista, El Superviviente Suburbano, confiamos en que esta no sea la típica publicación reservada a paranoicos o a fanáticos de las armas de fuego (aunque no estaría de más que os hicierais con una para proteger vuestro hogar…). Queremos que esta sea una revista para personas normales y corrientes decididas a vivir de un modo más sencillo sin tener que renunciar a los beneficios que ofrecen las zonas residenciales. No abogamos por una transformación radical de la sociedad —¡aunque algunos cambios no nos irían nada mal!—, y tampoco creemos que debáis esperar la revolución. No queremos hacer proselitismo. Solo vosotros sabéis cuál es vuestro nivel de insatisfacción y si ya es hora de empezar a introducir cambios tanto en vuestra vida como en la de vuestra familia.
¿Habéis estado alguna vez en una casa vieja tomada por los ratones? Tienen sus huecos detrás de las paredes, bajo el suelo, sobre el techo…, han llenado de túneles secretos la casa entera. Consideradnos los Nuevos Ratones de América. Podemos guiaros por los pasadizos secretos de las tranquilas zonas residenciales. Nuestra misión: vivir a escondidas, evitar el peligro y, entre tanto, y siempre que podamos, divertirnos. Confiamos en que os decidáis a seguirnos.
¿Quiénes eran los que querían divertirse y blandían «confiamos en que»
a diestro y siniestro? El manifiesto lo firmaba «Adam Newman» [19]: resultaba evidente que a alguien le había parecido un buen chiste. Hojeando la revista di con la cabecera: Adam Newman acaparaba los cargos de Redactor Jefe, Director Editorial, Director de Arte, Corrector, Director Comercial y Director de Publicidad. Publicaba —supuestamente— Orbit Publications, cuya dirección correspondía a un apartado de correos de Metuchen y cuyo logo era un cohete Sputnik con una carita sonriente y tres líneas curvas a la derecha que sugerían movimiento en sentido contrario a las agujas del reloj.
A la «Carta del editor» le seguía «La vida sensata: Editorial», de Adam Newman. Según ese Adam Newman, la vida racional consistía en hurgar en los contenedores del supermercado en busca de productos que no se hubieran echado a perder; en tener montado en el jardín de casa un mercadillo perpetuo; en comer conejos criados en el sótano y en beber destilados hechos en casa en lugar de pagar por los «licores del gobierno». Entre tanto, podríamos aprovechar las ventajas que ofrecían las zonas residenciales: buenas escuelas, ausencia relativa de crimen y miseria, y fácil acceso a la ciudad. Como introducción a esas conclusiones, los mismos refritos de siempre: textos estándar sobre los trabajos alienantes, la trampa del crédito y la locura de pasar una vida trabajando para retirarse cuando ya no podrías disfrutar de la jubilación.
Luego, un artículo sobre espacios domésticos —firmado: Adam Newman— que animaba al lector a hacer lo imposible por tener una casa en propiedad y totalmente libre de cargas: así no debería trabajar para hacer frente a los gastos mensuales o para pagarle al banco unos intereses desorbitados. Adam Newman creía que la respuesta estaba en las subastas o en la rehabilitación de viejas tiendas o gasolineras para convertirlas en un hogar. «En cuestión de arquitectura —escribía—, la belleza está en el ojo del que mira».
¿Sabíais que el primer McDonald’s, considerado a la sazón un insulto a la vista, es hoy un edificio histórico? Así que, antes de torcer el gesto ante esa construcción de bloque de hormigón y tejado plano (el antiguo taller de reparación de televisores de Moe), recordad: ¡podría tratarse de un valiosísimo espécimen de una América en vías de extinción!
Para cuando el tren llegó a la Estación Pensilvania, ya había terminado de leer por encima el resto de artículos, que trataban de: usar madera para calentarse («Hazte amigo de los chicos de la podadora»); vivir sin teléfono («Si la tía Tilly fallece, siempre te quedará el correo urgente para llegar a la iglesia a tiempo») y comprar ropa («La persona a la que quieras impresionar nunca te pillaría revolviendo entre las camisas de la tienda de segunda mano»). En cierto modo, me gustaba ese espíritu de «¡a la mierda todo!». Pero por el amor de Dios…
Martha, sin embargo —de eso me enteré esa noche, durante la cena—, veía en la revista El Superviviente Suburbano una llamada a la acción absolutamente fiable. Otro indicio de que, a pesar del olor a comida de su cocina y de las alfombras trenzadas, esa mujer era para asustarse un poco.
—¿Y por qué no? —preguntó Martha—. ¿No te gustaría quedarte al margen de la economía monetaria?
—¿Y tener veinticuatro años y una polla de palmo y medio? —repuse. No tenía ganas de oír cuán en serio se tomaba todo eso.
—¡Dios nos libre! —dijo, muy dulce. (Clarissa y Danny, eso tendría que haberlo aclarado, se habían llevado la cena a la habitación de Clarissa; de lo contrario no habríamos hablado de pollas).
—Oye, resulta que está bueno… —Nunca había probado el licor casero.
—El de Tim es el mejor. Clarissa y yo tratamos de hacer el nuestro. — Con la mano cerrada, extendió el pulgar y lo dirigió hacia abajo.
— [20] ¿Quién es Tim? —pregunté. Cuando hablaba en español, en el poco español que sabía, lo hacía porque pensaba que sonaba astuto y enrollado, y así parodiaba ese concepto de astucia. Pero resultaba demasiado enrevesado y, al final, terminaba sonando absurdo.
—Lo conociste —me dijo. Así que ella también sabía un poco de español—. En la fiesta llevaba…, da igual, olvídalo, los hombres nunca os fijáis en lo que lleva la gente. Bastante alto. Con gafas.
Me encogí de hombros y descarté al Tim ese. Y luego me acordé: Tim Al Aire, el lobo nada tímido.
—Te recuerdo a ti, sobre todo —dije galantemente.
—Todos tratamos de convencerle de que descartara ese nombre estúpido —dijo Martha.
—¿Qué tiene de malo Tim?
—Eres tan divertido… —me dijo mientras alargaba la mano y me pellizcaba la mejilla—. El Superviviente Suburbano.
—Me he perdido.
—Peter —dijo—. Ya te lo he dicho. Es la revista de Tim.
—¿El que publica la cosa esa es alguien a quien tú conoces?
—Te lo he dicho, Peter. No debías de estar prestando atención.
—Sí, seguro que me lo has dicho —respondí. Estaba seguro de que me lo había dicho.
—Dime una cosa: ¿Danny te ha comentado lo que pasa por aquí?
—¿Por qué? Qué, ¿os sentáis todos juntos y…? —Iba a decir «levitáis», pero necesitaba dar con algo todavía más improbable. No se me ocurría nada suficientemente raro como para que imaginármela haciéndolo resultara imposible; eso os dará una idea de lo mucho que confiaba en la Martha Peretsky esa. Pero entonces, ¿qué hacía el día entero en su casa? Además de eso, quiero decir.
—Pareces muy agobiado. No es nada, no hay nada profundo, nada oscuro. Esta es una comunidad, la de dos mujeres que han sobrevivido, oculta —aquí puso voz grave, tratando de imitar la voz de locutor de Don Pardo— bajo el velo de uno de tantos hogares rotos, una comunidad que libra una batalla incesante. —Volvió a hablar con voz normal—. Aunque a veces me pregunto para qué nos molestamos; nunca me has preguntado de qué vivo.
Huy. Sí. Bueno. Ahí había dado en el clavo. Debería haber mostrado algo de curiosidad, un mínimo, sobre todo cuando ella se despedía de mí por la mañana sin dar señales de estar preparándose para ir a trabajar. Joder, tendría que haber sentido un mínimo de curiosidad. Tendría que haber supuesto que estaba de vacaciones o algo así, suponiendo que hubiera supuesto algo, claro está. ¿Unas vacaciones de julio a septiembre? Venga ya. ¿De qué pensé que trabajaba? ¿De profesora de universidad? Quizá me limité a suponer que era mi madre, que se despedía de mí cuando yo iba al colegio y que luego dejaba de existir hasta que volvía a casa por la tarde. (A partir de tercero, por supuesto, viví un desfile de niñeras y más mierdas de las que me olvidaba cada día. Pero esa es otra historia). Pero no preguntarle de qué vivía había sido un error, es cierto. Bueno, pues no lo había hecho. Aunque, por otra parte, tampoco tenía intención de castigarme por ello.
—¿Y bien? —dije—. Cuéntame.
—Estás fascinado, se nota.
—Siento curiosidad, sí. ¿De qué vives?
—De nada —respondió; resultaba evidente que estaba esperando que me diera una palmada en la frente, igual que uno de Los Tres Chiflados—. Si voy muy apurada, de vez en cuando cojo algún trabajo temporal, y por Navidad suelo despachar en Alexander’s si necesitan ayuda. Pero básicamente… —Agitó la mano en el aire como si estuviera dándole vueltas a un lazo de vaquero; quería dar a entender lo libre que se sentía de las obligaciones cotidianas—. La casa ya está pagada; es la casa de los padres de Rusty, en realidad. Pero fue una de las condiciones que acordamos cuando él se fue, que Clarissa y yo nos quedaríamos aquí. Bueno. Con un jardín grande, y esto y lo otro, Clarissa y yo nos las apañamos para… —Volvió a agitar la mano. La buena de Martha estaba cogiéndose un buen pedo con ese licor casero—. A Clarissa la llamo «mi vaca cajera» porque Rusty a veces suelta un poco de pasta. Cuando se siente lo bastante culpable, vamos. Quién sabe, podría ser la próxima Madonna, puede que me mantenga cuando sea vieja. El look lo ha clavado, ahora solo falta que sepa hacer algo. Pero nos las vamos apañando… Y nos mantenemos bastante al margen de la economía monetaria. No puedo creer que Danny no te haya contado nada. ¿No te ha dicho nada del Infierno Conejero?
—¿La película no era Infierno bajo cero? —pregunté. En realidad, no me apetecía empezar a entrar en detalles.
—Creo que al principió alucinó un poco. Él nunca da pistas, ya lo sabes, pero se le notaba. Yo misma alucino un poco, si me paro a verle el lado malo. Pero no parece que le moleste comer las conejoburguesas.
Me puse serio.
—¿Quieres decir que crías conejos? ¿De verdad? ¿Y dónde demonios están los conejos?
—En el Infierno Conejero. ¿Quieres verlo?
Se levantó y me rascó la barbilla: cuchi-cuchi. Abrió la puerta de al lado de la nevera y yo la seguí por las escaleras del sótano. Abajo, como si aquello fuera una oficina, los fluorescentes ya estaban encendidos; en las ventanas, que me quedaban a la altura de la barbilla, había trozos de plástico negro grapado.
—Pensé que convendría cubrir las ventanas para que la gente no viera la luz encendida toda la noche y empezara a pensar que cultivamos maría de la buena. Bueno. Voilà. El Infierno Conejero.
Conté cinco jaulas hechas de tablones y alambre de gallinero: tres estaban en la mesa de trabajo encastrada en la pared, y las otras dos, en la mesa de ping-pong, cada una a un lado de la red. En cada caja había tres o cuatro conejos. Blancos, negros, con manchas; ojos brillantes y confiados. Martha pasó dos dedos por el alambre, los posó entre las orejas de un conejo y lo acarició; era de color chocolate y grande como un pollo de los de asar.
—¿Quieres sujetar uno?
—Paso.
—Mira, ya lo sé —dijo—. Pero llevan una vida muy buena. Buena para ser conejos, quiero decir. Tienen un montón de conejos con los que estar y follar (follar es algo que fomentamos decididamente), y unas buenas jaulas grandes que limpiamos todo el rato, y comida buena, y sol todo el día —con el dedo levantado señaló los fluorescentes— y, cuando les llega la hora, ni se enteran de qué los ha liquidado.
—¿Y qué los liquida? —pregunté.
—Una pistola del calibre veintidós. Mira, no es algo más inmoral, eso en absoluto, que ir al supermercado a comprar un pollo que alguien se ha encargado de matar en tu lugar. ¿Quieres que te lo enseñe?
—Dios, no.
—No iba a hacerte una demostración —me dijo—. Ven.
Un tabique dividía el sótano. Abrió una puerta y vi una habitación que olía a…, a un olor de mi niñez. Tiró de un cordel y una bombilla se iluminó. En un rincón había balas de paja apiladas.
—Aquí había antes la carbonera. —Carbón: a eso olía. El sótano del abuelo Jernigan—. Antes de que Rusty y yo instaláramos la caldera de gasoil, sus padres tenían una de carbón enorme, era la leche, plantada en medio del sótano. Con todos los conductos por ahí. Cuando Clarissa era pequeña solía contarle que era un árbol de latón que el leñador de hojalata tenía que cortar.
Se agachó y levantó la tapa de una antigua caja de herramientas metálica. Dentro había una pequeña pistola automática y una caja de cartuchos del veintidós.
—Por si te quedas solo y estalla la revolución o algo así…
—¿Esta es la sala de ejecución? —pregunté—. ¿Y qué haces? ¿Los fusilas contra las balas de paja?
Parecía sorprendida.
—Ah, sí. Tim me dijo que, para estar segura, usara las balas de paja. De lo contrario, con el primero que me hubiera cargado la bala habría rebotado del suelo y habría matado a alguien, probablemente. Mira, lo que hago es sujetar bien fuerte al conejo y apoyar la cosa esta contra la parte de atrás de…, de la cabeza del bicho, y así disparo ahí. La paja también la usamos porque el pobrecito sangra.
—Al que no malgasta nada le falta —dije.
—Sé cómo suena todo esto, créeme. Pero en realidad es más decente que salir a comprar un pollo. ¿Tú sabes cómo viven esos pollos antes de llegar a la tienda? ¿Sabes cómo mueren?
Exactamente, no lo sabía. Pero asentí con la cabeza para que ella no me lo contara. Tenía razón, por supuesto, pero no pude evitar pensar que la vida de todos esos millones de pollos desgraciados no valía más que una sola vida humana truncada por una muerte, ebria y humana, a bordo de un automóvil. Aunque eso era como comparar peras con manzanas, probablemente.
Cuando volví a pasar al lado de las cajas levanté el brazo y les dediqué a los conejitos un enérgico saludo pensando en el antiguo morituri te salutant; aunque en realidad la había cagado a base de bien: el que salutaba era yo, pero los que morituían eran ellos (en este caso, por lo menos). El licor casero también me había pegado bien.
OceanofPDF.com