Jernigan
Cuatro
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1
En octubre, Danny y yo llevábamos más de un mes sin pasar una sola noche en nuestra casa.
—¿No has pensado que esto se está volviendo absurdo? —dijo Martha.
—No me quejo —respondí.
Estaba sentado en el borde de la cama en camisa y pantalones, poniéndome un calcetín en el pie derecho. Martha estaba tumbada boca abajo, con la mejilla apoyada en mi muslo izquierdo, tirando del calcetín que acababa de ponerme en el pie izquierdo. No me quejaba, cierto, pero aquel no era el momento adecuado para demostrar que seguía siendo seductora. Ya se me iba a escapar el tren de las 07.48, y tendría suerte si llegaba a coger el de las 08.04. Aunque quizá estuviera malinterpretando lo que no era más que ganas de jugar.
Me acarició el pie desnudo con las manos, enterró la cabeza en mi entrepierna cubierta, la besó, se tumbó boca arriba y luego se sentó en la cama.
—No me refiero a lo nuestro —dijo—. Me refiero a Danny y a ti, yendo y viniendo de vuestra casa con la ropa y todo. Al menos ya no lo sacas de la cama en cuanto rompe el alba para acompañarlo en coche a tu casa a que coja el autobús.
Ladeó la cabeza, sacó la lengua, se puso bizca y, con los índices, dibujó círculos alrededor de la cabeza: loco.
—Sigo creyendo que eso era lo correcto. —Cogí el otro calcetín del suelo y volví a ponérmelo—. Me parece que no estás teniendo en cuenta lo raro de la situación. Alguien va a empezar a quemar cruces en el puto césped —era Peter Jernigan quien hablaba, el que se había metido veintitrés ácidos (había llevado la cuenta), el enemigo acérrimo de las convenciones.
—Bueno, pues si alguien está alucinando con esta historia, yo no me he enterado. Aquí nadie conoce a nadie.
—¿No te parece bonito?
—¿Bonito? ¿Por qué? —preguntó. En fin—. Querido Peter —me dijo —. Cuánto me gustaría lograr que dejaras de preocuparte de lo que la gente te hará.
—¿Y llevar una vida sensata?
—Me gusta cuando te enfadas, a veces —dijo mientras me frotaba los riñones—. No te digo que te quedes en casa para follarme —deslizó la mano dentro de mis pantalones, por la parte trasera, y con el dedo sobre la camisa y los calzoncillos me tocó el coxis—, porque sé que tienes que ir a trabajar. Pero imagina que no tuvieras que hacerlo.
—Una vida no vivida —dije levantando un dedo a lo Tío Fred— no merece un examen. —Le había dado muy bien la vuelta, pensé. Bien esquivado.
—Pero es tan estúpido… Tú mismo dijiste que era como volver al instituto.
—Es verdad. Forja el carácter. Te enseña a ser un buen ciudadano — respondí.
Consiguió meter la mano en el calzoncillo y dio un golpecito con una uña.
—Mr. T dice que te aclares.
—¡Eh! —dije. Metió la mano todavía más adentro, hasta el codo, la pasó entre mis piernas y la apoyó en el vientre—. Mmm…
—Pero prométeme que siempre te pondrás traje —me dijo al oído mientras con la otra mano me desabrochaba el cinturón—. Me gusta meter la mano en pantalones anchos.
—Si dejo el trabajo —contesté; me tumbé y la dejé hacer—, hasta los tejanos me irán anchos. —Había hecho una oscura alusión a la inanición.
—Nunca dejaría que pasaras hambre —respondió. Lo había entendido, no sé cómo.
Un golpe en la puerta.
—¿Papá?
—¡Se ha ido a trabajar, maldita sea! —grité—. ¿Te crees que el que se gana el pan puede pasarse el día holgazaneando en casa?
—¿Quieres que vuelva más tarde?
Martha movió la cabeza para asentir en silencio.
—¡No, espera! —grité—. Estoy contigo en un minuto.
Martha sacudió la cabeza y me dedicó un abucheo mudo.
—Tiene que coger el autobús —susurré. Me levanté y me cerré la bragueta—. Vuelvo en un segundo.
—Maldita sea.
Abajo, en el salón, Danny había sacado el mantelito que cubría el televisor y que por la noche yo había olvidado volver a poner en su sitio, y estaba sentado en posición de loto con las suelas de las deportivas vueltas hacia el techo.
—Shanti shanti shanti —dije—. ¿Qué pasa?
—Oye —dijo mientras se descruzaba de piernas—, ¿te importa que después de clase use la casa para algo?
—¿Para algo?
—Bueno, para tocar con la banda.
—¿Qué banda? —pregunté. Imaginé galones de oro y tubas.
—No es una banda-banda, en realidad. Estuve hablando con un chico que toca el bajo. Y no le gusta la banda en la que está; íbamos a reunimos para ensayar o algo.
—Genial. Me alegro. Claro, por supuesto.
—Y puede que Clarissa cante —dijo apartando la mirada—. O, si no, había pensado que podría empezar a tocar la batería, si no encontramos a un batería de verdad.
—Bueno —respondí, decidido a animarlo—, al menos podrías hacer que tocara la pandereta.
—¿Crees que pasaría algo si terminamos tocando muy alto? Altísimo no, pero sonaría mejor con el volumen un poco alto.
—Por mí, ningún problema. Quizá os convenga tener las ventanas cerradas para que el señor Howard no llame a la poli. —(El poli con la pistolera sentado a la mesa de la cocina: ¿Y para usted esto es normal?)—. No tiene pinta de ser un amante del heavy metal.
—No es heavy metal, papá. De momento, todavía no es nada. A Dustin le molan los Smiths y grupos así. —¿Quién coño eran los Smiths?—. Lo más probable es que no salga nada. Nunca he tocado con este chico, ¿vale?
—Lo que tú digas —respondí haciendo caso omiso del tono de su voz
—. [21] Mi casa es su casa. Evidente, ¿no? Veamos, ¿llamo a los de la compañía eléctrica para avisarles de que podría haber un apagón en la zona de Heritage Circle?
Me miró.
—¿Es un chiste? —preguntó.
—Sí. Pensé que te divertiría.
—Perdón —dijo.
—Otra cosa. Si piensas fumar hierba (comportamiento que condeno totalmente), fuma en tu cuarto, para que cuando los polis aparezcan por el ruido, que aparecerán, no acabes en la trena.
Levantó los ojos, igual que un santo víctima de persecución.
Oí que arriba se cerraba una puerta y Clarissa bajó. Entró en el salón con paso algo vacilante. Apestaba a hierba. Cuando me vio, retrocedió, pero, como no podía escapar, se quedó mirándome, sonrojada. Un auténtico espectáculo, esa cara palidísima poniéndose colorada.
—Perdón, señor Jernigan —dijo—. Pensé que ya se había ido al trabajo.
—¿Qué puedo decir? A veces la mente se anda con jueguecitos, ¿sabes? Las puertas de la percepción y todo el rollo. —Crueldad de poca monta, ya lo sé, lo sé… No era su padre, gracias a Dios, así que tampoco era cosa mía regañarla. Pero que se enterara de que yo no era ningún idiota.
—Vamos a llegar tarde, cariño —dijo Danny. Aunque solo despegó los ojos de Clarissa para mirar el reloj después de haberlo dicho—. ¿Lo tienes todo?
Solo llevaba un bolso del tamaño de una billetera —cuero negro con tachuelas plateadas— que le llegaba a la cadera colgado de un asa desproporcionadamente larga.
—¡Adiós, mamá! —gritó Clarissa.
(A lo lejos se oyó: «Adiós, cariño»).
Danny la llevó de la mano y cruzaron la puerta. Miré mi reloj: a la porra el tren de las 08.04.
Cuando volví a subir, encontré a Martha debajo de las sábanas; solo asomaba la cabeza. ¡Sorpresa!
—Son las siete cuarenta y cinco —dije—. ¿Sabes lo colocada que va tu hija?
—Mierda. Sabía que había tenido algunas recaídas, solo en fin de semana.
—Vaya, no me gustaría estar sentado en su pupitre cuando lleguen a las ecuaciones de segundo grado.
—No creo que den nada parecido este curso. Pero ya veo por dónde vas. —Me dedicó lo que pretendía ser una sonrisa picara—. Y hablando de ver por dónde vas… —Sacó un brazo de debajo de las sábanas y con el índice me hizo señas. ¿Y sabéis qué? ¡Era un brazo desnudo! ¡Hasta el hombro!
Me senté en el borde de la cama.
—¿Se trata de algo que tengamos que solucionar? —pregunté.
—No inmediatamente —respondió tratando de mantener una calma que, eso era evidente, empezaba a perder. Se contoneó: contoneo de «ven aquí».
—¿Nunca te preguntas —insistí— qué pasa en esa habitación?
Mi pregunta hizo que se sentara; ya no le importaba que le viera los pechos.
—¿Qué? ¿Mi niña está corrompiendo a tu crío? ¿Es eso lo que te preocupa?
—Me preocupan los dos —respondí.
—Perfecto.
—Si lo recuerdas —continué—, me soltaste un discurso sobre el bien que Danny le estaba haciendo a Clarissa y sobre sus problemas, que ya eran agua pasada.
—Lo que demuestra que el amor hace milagros y que los milagros no duran.
—¿Y eso qué significa? —pregunté, que era justo lo que se esperaba de mí en aquel momento. De eso me acordaba, de mis tiempos con Judith.
—Significa que pareces encontrarme cada vez más resistible.
—¿Y ahora esto a qué viene? —pregunté—. ¿Porque quiero hablar de algo que me preocupa, y con razón? ¿Y que debería, y con razón, preocuparte a ti?
—¿Y crees que no me preocupa? —dijo—. En tu infinita sabiduría, ¿qué crees que debería hacer? ¿Llevarla a rehabilitación porque se ha fumado un porro? Ya sé que piensas que soy una madre penosa. Y tú, por supuesto, eres un padre de primera.
—No puedo creerme todas estas chorradas.
—Y por eso Danny lleva, de hecho, seis meses viviendo aquí. Porque su padre es un tipo muy afectuoso.
—Que aquí pueda colocarse hasta las cejas cada noche y nadie le diga una puta mierda quizá explique algo.
—Lo dudo muchísimo —respondió—. Últimamente, tú no pareces demasiado preocupado por esos colocones.
Sacudí la cabeza.
—Esto es verdaderamente grotesco, si te paras a pensarlo. Ellos, encerrados en una habitación, y nosotros, en la otra. ¿No te da que pensar? ¿Que es una situación muy, muy jodida?
—Pues cámbiala —dijo mientras apartaba las sábanas y se levantaba—. Si te parece una situación grotesca, ¿por qué no la cambias?
Fue dando zancadas hasta la cómoda, desnuda, y empezó a cepillarse el pelo. Con cada golpe de cepillo se le meneaban las nalgas.
Y etcétera.
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