Jernigan
Chapitre 4
Me desperté en un sofá. En el apartamento de Tío Fred. Casi a oscuras. Vale: me acordaba de que le había preguntado si le importaría que me tumbara un rato. Todas las cosas apiñadas en la mesa, los vasos y los platos y la comida, y una botella que sobresalía como un faro sobre el mar tempestuoso. Estaba solo y podía ver cómo la habitación iba oscureciéndose por momentos, aunque es probable que esto me lo esté inventando. Desde donde estaba tumbado, me bastaba con levantar la cabeza para ver todo el pasillo, hasta la puerta de su habitación. Cerrada. Aunque cuando levanté la cabeza, la muy hijaputa empezó a dolerme. Agucé el oído por si estaban follando. La mano también me dolía; me había hecho a la idea de que, a partir de aquel momento, me dolería toda la vida. Seguí escuchando. Oí el claxon de un coche en la calle.
Me levanté y caminé por el pasillo hasta el baño. Por lo visto, no me había quitado los zapatos; esperé no haber apoyado las suelas sucias en esos cojines tan bonitos. La puerta del baño estaba abierta, pero la del dormitorio estaba cerrada del todo. Así que o follaban o dormían. O primero una cosa y luego la otra. Cerré la puerta del baño para mear. Como el agua se había vuelto toda amarilla, tendría que tirar de la cadena: si hacía ruido, mala suerte. Pero primero revisé el botiquín. Penny tenía pastillas para la regla; abrí el frasco y me tragué cuatro de golpe. Para que bajaran me llené las manos de agua y bebí como los hombres de la frontera.
Volví al salón y me tumbé en el sofá a esperar que la cabeza dejara de dolerme. Todo estaba tan silencioso como antes. Joder. ¿Y si estaban ahí, tumbados, igual que el como-se-llamara ese? ¿Y si estaban montando el numerito de la pareja feliz cuando, en realidad, habían decidido llevar adelante, justo esa noche, su pacto de suicidio? Y con mis huellas dactilares por toda la casa. No lo pensaba en serio, qué va. No era más que una idea de las mías; tema cerrado, no volverá a salir más adelante. Me levanté otra vez y cogí un número del Vogue que estaba en el suelo. No había otra cosa para leer, a menos que quisiera volver a levantarme para ir a buscar uno de los suplementos del Times. En la sección de «Salud Mental» de la revista vi un artículo titulado LA INSPIRACIÓN DEL PLACER.
La musa es una amante esquiva. Antes de acceder a los ruegos del artista le exigirá que, con su agonía, abone los cuantiosos honorarios que le corresponden. Pues bien, ahí va una buena noticia: la doctora Alice M. Isen, Kimberly Daubman y Gary Nowicki, de la Universidad de Maryland, han descubierto que el auténtico requisito para la creatividad es… estar a gusto.
Traté de comprender dónde estaba la buena noticia. Luego hojeé la revista buscando fotos de cuerpos desnudos. Encontré algunos; el más notorio, un seno cautivadoramente hinchado, con su pezón. Traté de excitarme, pero terminé dejando la revista igual que la había encontrado — formando un ángulo de algo menos de cuarenta y cinco grados con el sofá —, me levanté, eché un último trago de vodka y busqué algo con que escribir una nota. Lo mejor que encontré fue un rotulador en la encimera de la cocina. Arranqué una hoja del rollo de papel que colgaba bajo uno de los armarios y escribí HE TENIDO QUE VOLVER A CASA, GRACIAS POR TODO OTRA VEZ. J. Escribir todo eso me llevó un buen rato, porque la tinta traspasaba el papel de cocina y, si apretabas mucho, la punta del rotulador lo rasgaba. A ver, ¿dónde dejaba la nota para que la vieran? Desenrosqué el tapón de la botella de vodka (eché un último trago), coloqué una esquina del papel sobre la boca y volví a enroscar el tapón. Listo. Parecía un hombre con una capa. «¡Superabsolutman! —pensé—. Tan-ta-taaan-tarara-ra-taaaan…».
Cuando salí a la calle no me acordaba de dónde había dejado el coche. Ahora: en la calle Ciento cinco. Fácil de recordar, porque el cinco era como un dos: si Penny y Fred vivían en la Ciento dos, el coche estaba en la Ciento cinco. ¿Cómo que un cinco es como un dos? Como un dos boca abajo.
No quería ir a casa. Bajé por West End, unas manzanas, para llegar a la Noventa y seis y luego coger West Side Highway en sentido contrario al de los felices neoyorquinos que habían salido de fin de semana y ahora volvían a la ciudad después de pasar un par de días felices, todos a tres putos kilómetros por hora, pegados al parachoques del coche que tenían delante. Luego aparqué en doble fila al lado de una cabina. No podía irme de la ciudad sin hacer un último intento con Miranda. Una estupidez, lo admito, porque quedaba con Miranda y luego, ¿qué? Quedaba con Miranda y —por una posibilidad entre un millón— pasaba la noche con ella, y luego, ¿qué? Quise inventarme un chiste con el nombre Miranda. Muy fácil: Fallo Miranda, Enmienda Miranda. Derechos Miranda, ese era otro, lo de que
todo hombre tiene sus Derechos Miranda [39]. No quería contarle el chiste a Miranda, no. Estaba inventándomelo, eso era todo. Si te llamabas Miranda, es probable que te pasara como a los tíos que se apellidan Upjohn con ese
chiste tan viejo: «¿Es usted Upjohn?»[40]. Si es que alguien se apellidaba así, algo que, entonces, me pareció bastante improbable. Claro que ahí estaban los laboratorios Upjohn.
Volví a llamar a Información para que me dieran su número, y esta vez contestó ella.
—¿Es usted Uphjohn? —pregunté, llevando la cosa demasiado lejos.
—¿A qué número está llamando?
—Miranda —añadí—. Estaba bromeando. ¿Cómo estás? Hace un rato te he dejado un mensaje un poco confuso.
—Bien. Estaba medio dormida cuando llamaste. ¿Cómo estás?
—Oh, bueno… —Tranquilízate, pensé. Cuando alguien dice «¿Cómo estás?», no te está haciendo una pregunta, en realidad—. No podría estar mejor. Escucha, resulta que estoy en tu…, he pasado a ver a unos amigos que viven en tu barrio, y he pensado que si…, esto suena muy impulsivo, pero si no haces nada podría invitarte a una copa o algo así. Si por tu barrio hay algún sitio al que podamos ir.
—Muy amable por tu parte, pero lo que pasa es que tengo que hacer algo más tarde.
—Vaya.
—Te agradezco la llamada, ha sido todo un detalle. Espero que te vaya bien.
—Sí, relajándome, un poco de esto, otro poco de aquello —respondí—. En realidad, me estoy dando cuenta de que, si las cosas te van bien, te vuelves más creativo, en vez de…
En el teléfono sonó un golpetazo metálico: mi cuarto de dólar dentro del aparato, cayendo del nosequé al nosedónde.
—¿Hola? —dije.
—¿Llamas desde una cabina? —preguntó. Por cómo lo dijo, parecía un comportamiento vergonzoso.
—Sí. Bueno, mira. No quiero entretenerte. ¿Por qué no te llamo la próxima vez que baje? Te llamo al trabajo, o algo, y podríamos ir a comer juntos o qué sé yo.
—Lo que pasa es que no voy a quedarme mucho tiempo en Nueva York, porque he decidido volver a la universidad para estudiar Empresariales.
—¿En serio? Me parece una idea fantástica. Tenemos que vernos para brindar por tu éxito.
Silencio.
—Bueno, lo que pasa es que no sé si voy a tener mucho tiempo cuando empiecen las clases.
—Escucha, sé de qué va esto. Lo más importante es que lleves tu trabajo al día. Bueno, pues iré tirando. Ha sido un placer hablar contigo y… buena suerte, ¿vale?
—Me alegro de que lo entiendas.
Volví a meterme en el coche y fui directo a la guantera para coger el walkman. Megadeath, el puto Webb Pierce…, lo que fuera para empezar a ir tirando. Me puse los auriculares y subí tanto el volumen que me dolieron los oídos. Luego seguí subiéndolo hasta que ya no fui capaz de identificar la música.
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