Jernigan
Chapitre 3
Nos había pedido que llegáramos a las seis, pero Danny y Clarissa se dedicaron a perder el tiempo a lo tonto hasta que Martha les pegó un grito desde el otro lado de la puerta, y llegamos a las siete menos cuarto. Lo que, como le dije a Martha, es probable que diera igual porque la gente ya contaba con que llegaras un poco tarde. (Dijo el señor Sensato). Eso lo harían algunos, replicó Martha, pero Tim era «muy concreto». Huy, perdón.
Cuando abrió la puerta lo recordé: nariz afilada y sonrisa lobuna.
—Te acuerdas de Peter, ¿verdad, Tim? —preguntó Martha metiendo los dos nombres en una sola frase. El mío, para hacerle un favor a Tim; el de Tim, para hacerme un favor a mí. ¿Me equivocaba al admirar su destreza? ¿Se trataría de una convención social, nada más?
—Peter, sí. —Me tendió la mano. Mentía, por supuesto—. No llevabas barba. —Pues no mentía—. Feliz Navidad. Felices fiestas y todo eso. ¿Clarissa? ¿Qué tal estás, cariño? Se te ve muy bien. —Beso en la mejilla —. ¿Y este es Danny? —Apretón de manos—. Y tú…
Abrió los brazos y Martha se le echó encima. El abrazo se prolongó hasta que cerré la puerta dando un golpe más sonoro del que esperaba. Al menos conseguí que Tim apartara la cara de su puto pelo.
—Entrad en el salón, que está caliente —continuó—. Para esta noche han anunciado nieve.
—Sí, lo hemos oído en las noticias —dijo Martha—. Fantástico, ¿verdad?
Me hubiera jugado lo que quisierais a que no sería eso lo que diría cuando nos fuéramos de esa casa. Despotricaría de lo traicioneras que estarían las carreteras y de los policías que pararían a los conductores borrachos.
—Muy bonito —dije mientras paseaba la vista por el salón.
Tendría que haberme callado la boca, porque Tim seguía hablando con Martha acerca de lo fantástico que sería que cayera una buena nevada. Por fuera, la casa no era más que un soso mamotreto estilo búnker: bloques de cemento y techo plano. Por dentro, sin embargo, se veía limpio y sobrio: las paredes eran blancas, y los marcos de las puertas y los zócalos, de madera de pino teñida. Teñida con un tinte discreto, más roble que nogal, para que os hagáis una idea. Un riel de focos en un par de vigas vistas, que no eran más que unos maderos del color de las molduras. Una alfombra persa raída sobre el entarimado brillante (demasiado brillante: poliuretano), una alfombra navajo colgada de una pared. Una estufa esmaltada de color rojo. Encendida. Estanterías de pino teñido con un tocadiscos Bang & Olufsen, todo muy diseño nórdico. Se llevó nuestros abrigos a la otra habitación y nos quedamos de pie mirando: Danny, al tocadiscos; Martha, a la alfombra navajo, y Clarissa, a la pared blanca, por lo visto. Yo me quedé observando la mesita que quedaba al lado de la L que formaba el sofá modular color burdeos. No era una mesita, en realidad, sino una caja de vidrio gigantesca —un acuario grande, probablemente— de bordes cromados con un tablero de vidrio grueso que sobresalía un par de dedos por cada lado. Dentro de la caja, para darle un toque rústico, supongo, una bala de paja.
—¡Sentaos! —gritó.
Martha y yo nos sentamos en un extremo del ángulo recto que formaba el sofá, y Danny y Clarissa, en el otro. El Tim ese entró en el salón y se quedó de pie. Le eché un vistazo a la parte delantera de los tejanos, como si de ahí pudiera deducir algo.
—Esto no estaba aquí —dijo Martha señalando la alfombra navajo.
—¿No? Deja que piense. ¿Cuándo llegó esto a mi vida? —Incluso él pareció perder el interés en el asunto—. Bueno, ¿os apetece un trago para celebrar la Navidad?
—Total, ya que estamos… —dije.
—Claro —añadió Martha—. ¿Clarissa? ¿Danny? —Ese par ya estaba cuchicheando—. Ya sois mayorcitos, ¿no te parece, Peter?
La miré fijamente sin decir nada.
—Muy bien —dijo el Tim ese enseñándonos sus dientes lobunos—. Veamos. No sé si Martha te habrá advertido, pero yo no compro licor comercial. Lo que sí puedo ofrecerte es un destilado casero que, y esto te lo aseguro, no te dejará ciego ni nada parecido.
—No tienes que convencerme —repliqué—. Si no me equivoco, Martha tenía en casa licor del tuyo cuando nos, ¿cómo se dice?… Cuando nos enrollamos. El recuerdo permanece.
—Vaya, muy bonito. Del licor sí que se acuerda. —Martha soltó una carcajada para hacerle saber a Tim que bromeaba.
Qué ganas, Dios mío, qué ganas de salir de ahí pitando.
—Me alegro —dijo Tim—. Hay quien se asusta un poquito. He preparado ponche de huevo para el licor, pero también os lo puedo servir solo. O con agua. Creo que tengo Coca-Cola Light, y puede que tónica también.
—¿Auténtico ponche de huevo? ¿Casero? —preguntó Martha.
—Te lo juro —le aseguró él.
—Eso tengo que probarlo —dijo Martha—. Aunque es probable que termine pesando dos toneladas.
—¿Peter?
—Solo —respondí—. Sin ánimo de criticar tu ponche, claro.
—Buen hombre. Uno con ponche, otro solo. ¿Clarissa?
Lo miró fijamente.
—¿Quieres beber algo?
Movió la cabeza: no.
—Esta generación… ¿Danny? Tú te animarás, lo sé.
—¿Tienes una Coca-Cola Light?
—¿Sola?
Danny movió la cabeza en señal afirmativa.
—Ahora lo entiendo —dijo Tim—: a la vuelta les toca conducir a ellos. Vaya par de zorros estáis hechos…
Nos apuntó con el dedo, agitándolo, y se fue a la cocina con paso ligero. Vaya gilipollas.
Nadie decía nada. Al final, hablé.
—No os estaréis haciendo los difficiles, ¿verdad?
—Peter —me riñó Martha—. No les obligues a beber. Dios.
—Es el tono con que lo dicen —repuse.
En la cocina, la puerta de la nevera se abrió y se cerró. Un electrodoméstico se puso en marcha y se detuvo al cabo de unos segundos. Martha apuntó hacia su espalda con el pulgar y movió los labios. «Puede oírnos».
—Como si me importara una mierda —dije en voz alta.
Nos quedamos en silencio un rato más.
Luego Tim al Aire volvió al salón con una bandeja. La dejó en la superficie de vidrio de la mesita y pasó las bebidas. Levantó su vaso (con ponche de huevo) y nosotros levantamos los nuestros, Danny también. La pobre Clarissa no podía hacer nada.
—Bueno —dijo Tim.
Un licor suave, sí señor.
—Cuéntame, ¿cómo va todo? —preguntó Martha.
—Bien. Todo bien, exceptuando un pequeño contratiempo: los herederos de Grant Wood podrían demandarnos.
—Ya me lo habías contado —dijo Martha. (¿Y cuándo se lo habría contado?).
—¿Has visto el número de enero?
Martha negó con la cabeza.
—¿Es bueno?
—Antes de que os vayáis te daré un ejemplar —dijo Tim—. Sí, creo que sí. Un artículo, buenísimo, trata de cómo entenderse con los comités de planificación. Luego está el de recetas nuevas con conservas caseras. Supongo que hacia esta época del año la gente ya empieza a cansarse de lo antiguo. Y… a ver. Otro artículo: más ideas para mantener la casa caliente.
—Dios —respondió Martha—. Y con este van… ¿cinco mil?
—Es el tema número uno; la cuestión candente. Un juego de palabras involuntario. Premisa: lo que en octubre pensabas que funcionaría puede que no sirva ahora que ha llegado el frío de verdad.
—¡Vaya! ¿Eso es verdad? ¿Y qué tipo de ideas?
Enseñó sus dientes de lobo.
—Léete el artículo —dijo—. También publicamos vino, «Corta el cable», sobre cómo replantearse el papel de la electricidad. La idea es que ir hasta el final es posible. Es como cuando alguien dice que le han cortado la corriente y lo han dejado atado de pies y manos. Y eso no tiene por qué ser así, porque ese alguien puede reaccionar y dejarlos atados de pies y manos a ellos, a los de la eléctrica. Luego el artículo repasa las implicaciones del asunto: conservación de la comida, agua corriente, etcétera, etcétera. Tiendas en las que todavía venden bombas de mano…, un buen artículo de investigación.
—¿Obra de alguien a quien conozcamos?
—Ah… Me conoces demasiado bien.
—¿Y a la gente todavía le interesan estas cosas? Sin ánimos de criticar lo que haces, por supuesto. —Miré hacia los chicos y vi que volvían a cuchichear. Continué—. Es que me parece, no sé, muy años setenta.
—Lo que sé es que compran la revista —dijo Tim—. Extraoficialmente, debo decir que tengo mis dudas sobre cuántos de nuestros lectores ponen en práctica nuestros consejos, pero leerlos los leen, eso seguro. Pero si los siguieras a rajatabla no te gastarías tres cincuenta al mes en una revista, claro: irías a la biblioteca. Aunque, por el título, a las bibliotecarias debe de parecerles Soldado de Fortuna u otra revista de esas. Supongo que, a nuestra manera, somos peligrosos. Pero tanto…
Danny dejó el vaso en la mesa.
—Clarissa me ha dicho que te pregunte —esto se lo dijo a Tim— si podemos entrar a ver algún vídeo. ¿Le importa, señora Peretsky?
A mí sí que me importaba, pero no parecía haber manera de que eso constara en acta.
—Lo siento, cariño —dijo Tim enseñándole los colmillos a Clarissa—. Estamos siendo muy aburridos, y es muy probable que la cosa no mejore. Sabes cómo funciona el chisme, ¿verdad? Ya no me acuerdo de qué podría gustaros de lo que tengo. Pero, cuando hayáis terminado, rebobinad, ¿vale?
Clarissa se levantó y tiró de Danny hacia la puerta por la que antes habían desaparecido los abrigos.
—¿Sabes que el otro día las conté? —dijo el Tim ese—. En ese cuarto tengo setenta y tres películas. Increíble. Ni Samuel Goldwyn tenía setenta y tres películas en su dormitorio. O quizá sí. Qué barbaridad, cómo han cambiado las cosas.
—No parece que tengas mucha prisa por replantearte el papel de la electricidad —dije.
Martha me miró.
—No, demonios. Soy un hedonista total, pero trato de ser eficiente. Ya sabes: no pagues con tu vida las cosas que compras.
—Pero no te importa ir diciéndoles a los demás que renuncien a la electricidad.
—Léete el artículo —contestó Tim—. Yo no les voy diciendo a los demás que hagan nada. Lo único que he escrito es: esto es lo que tú puedes hacer, si es que quieres hacerlo. Si es que te sirve de algo. Si te sirve de algo a ti, personalmente. No te quedes sin electricidad si una de tus prioridades es ver vídeos. O hacer ponche de huevo con la batidora. O cocinar con el microondas… Y ahora que hablamos de cocinar, si tenéis hambre, hacédmelo saber. Tardaremos un poco en cenar, pero tengo queso y más cosas. A ver, ¿dónde me había quedado? En los chismes. Si te gustan los chismes, los electrodomésticos y estas cosas, y a mí me gustan, entonces quizá te convenga ahorrar en otra cosa, ¿no? Y no es que ahora la electricidad esté muy cara, pero cuando las nucleares empiecen a quedar fuera de servicio y tengan que cerrar las centrales térmicas, ya te puedes ir agarrando. Quizá en ese momento tendrás que empezar a pensar en comprar un generador que funcione con metano, o algún dispositivo de energía solar. O un molino de viento, quizá, si la situación de tu casa lo permite. Y así podrás hacerte un zumo de naranja mientras mandas a tomar por saco a las eléctricas. O no, ¿sabes? Tal vez prefieras quedarte con tu empleo y con tu pensión, si eres de los que creen que el sistema de pensiones es eterno. Pero yo doy por sentado que todo aquel que hojee la revista se sentirá ya un poco insatisfecho.
—Vaya. Si tu mercado es el de los insatisfechos —respondí—, te harás rico.
—Voy trampeando, aunque tengo que amañar un poco las cuentas, por supuesto.
—Tim, esto está delicioso —dijo Martha levantando el vaso—. ¿Puedo tomar un poco más, por favor?
—Puedes tomar más, aunque lo de un poco… no sé.
—Y ahora que hablamos de más… —El Tim ese estaba empezando a caerme bien. Apuré mi vaso y también lo levanté. Se los llevó a la cocina —. Una casa rara —le dije a Martha.
—Era un autocine.
No lo entendía.
—¿Cómo que un autocine? —pregunté.
—Compró todo el terreno —respondió Martha— y luego vendió la zona de los postes, la de los altavoces, ¿sabes? Donde estaba la pantalla y todo. Aquí, justo aquí, estaba el puesto de comida y bebida, el baño y la oficina. Y supongo que el proyector también. Rusty decía que se acordaba de cuando venía por aquí en alguna cita.
—¿Marty? —gritó Tim. (¿Marty?) Tim salió de la cocina—. Qué situación tan embarazosa: acabo de caer en que tengo un par de, bueno, de películas para adultos con el resto de vídeos. No sé si estas cosas te preocuparán, pero mejor avisarte, me parece.
—¡Oh! —Martha se volvió para mirar hacia la puerta cerrada del dormitorio—. Caramba.
Martha se levantó.
—¡Por el amor de Dios! Haz el puto favor de sentarte. —Di unas palmadas al cojín del sofá en un gesto de camaradería.
Martha se sentó.
—Bueno. Esto es como la puerta del granero, supongo: una vez cerrada, ya no vale la pena abrirla —dijo Martha—. No serán vídeos de sadomaso, ¿no?
—Por favor —replicó Tim haciéndose el ofendido.
—Dios, qué cosas tengo… —dijo meneando la cabeza—. ¿Tim? ¿El ponche lo cargas mucho?
—Sin comentarios —respondió. Oí la batidora.
—Es Navidad —dije.
—Te lo estás pasando bien, ¿verdad? —preguntó—. De todas formas, después volvemos a casa y abrimos los regalos, ¿vale? O podemos esperar a mañana, si quieres. Si prefiero el 24 es porque siempre abríamos los regalos por la noche.
—¿Quiénes? ¿Tú y el santo de tu marido? —dije.
—Mi madre y mi padre —respondió—. Rusty era como tú. Prefería la mañana de Navidad.
—Me parece más lógico —dije—. A ver, se supone que Santa Claus viene cuando todos están durmiendo, ¿no? ¿Cómo lograbais que todo encajara?
Martha sonrió, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, hacia el cojín, y quedó con la cara hacia arriba como si estuviera tomando el sol.
—Lo que mi padre solía hacer era escaparse a la cocina para prepararse una copa, eso nos decía él, y de repente oíamos…
Tim colocó ruidosamente los vasos sobre la mesa y los ojos de Martha se abrieron de par en par.
—¡Perdón! —exclamó Tim.
—No pasa nada. Estaba soltando un rollo, como de costumbre.
—No, no, sigue con lo que estabas contando —dijo Tim.
—Estaba hablando de la Navidad. Veréis, mi padre tenía una especie de cinturón de cuero con cascabeles colgando. La noche del 24 solía engañarnos a todos los niños. Era como una parte de un arnés viejo o algo así. —Cerró los ojos y volvió a sonreír.
—¿Y? —exclamó Tim.
—Oíamos los cascabeles fuera y nos alborotábamos muchísimo y entonces él venía corriendo y nos decía que creía que había oído a Santa Claus y, claro, nosotros también lo habíamos oído. Supongo que salía por la puerta trasera, iba hasta la entrada y agitaba los cascabeles, y después volvía corriendo a la cocina. Luego entraba en el salón y preguntaba si habíamos oído a Santa Claus fuera. Os lo podéis imaginar: aquello era un pandemónium. Entonces nos hacía subir y escondernos, y cuando él nos diera la señal podríamos volver a bajar y todos los regalos estarían bajo el árbol.
—No me digas —interrumpió Tim— que tú, precisamente tú, nunca te asomaste para ver lo que estaba ocurriendo abajo.
(Estaba hablando de algo relacionado con Martha de lo que yo no tenía ni la menor idea. ¿Le estaba diciendo qué?).
—Vamos, él era demasiado listo para eso —contestó ella—. Siempre le decía a mi madre que subiera con nosotros para vigilarnos. Recuerdo que decía «es para protegerte, cariño».
—¡Dios! —exclamé—. Suena bastante siniestro. ¿Qué coño quería decir con eso?
—Lo que quería decir es que, si Santa Claus te veía, podías quedarte sin regalos. Y no era siniestro, Peter.
—Retiro lo dicho —dije—. ¿Y cuál era su excusa para quedarse abajo en circunstancias tan, por así decirlo, peligrosas, mientras los demás estabais arriba escondiéndoos de Santa Claus?
Martha se echó a reír y luego dijo:
—Era muy gracioso. Solía decir que tenía que prepararle un trago a Santa Claus.
Meneé la cabeza y dije:
—No cuela. Está claro que estaba abajo al mismo tiempo que Santa Claus, ¿no? Yo creía que nadie podía ver la cara de Santa Claus y vivir para contarlo.
—Y yo qué sé. Éramos niños, Peter. Estoy segura de que si tú hubieras estado allí habríamos llegado al fondo del asunto en un periquete. —Y le dio un trago al ponche de huevo.
—Hablando de regalos —intervino Tim—, resulta que tengo un par de cositas por aquí con vuestros nombres. ¿Los abrimos ya o esperamos a que llegue Cindy?
Martha se incorporó.
—¿Es que viene alguien? —preguntó. Puso el vaso en la mesa con demasiada fuerza.
—¿No te lo había contado? Dios. Menos mal que tengo la cabeza atornillada al cuerpo. Es la mujer con la que salgo. De hecho, es la que me regaló el tapiz. —Y miró el tapiz navajo de la pared. Martha seguía mirándole—. Su niña no podía llegar hasta las ocho y media. ¿Qué acabo de decir? Su niñera, vaya, no su niña. Ni siquiera tiene una hija. Creo que tienes razón, Marty. Estoy cargando demasiado la bebida.
—No sabía que estuvieras saliendo con alguien —dijo Martha.
—¡Pues sí! —exclamó él—. Desde hace tres o cuatro meses. Está divorciada, tiene un hijo de cuatro años y, ¿qué más? Somos muy felices.
—¿Deja a su hijo con una niñera en Navidad? —preguntó Martha.
—Estará durmiendo —contestó Tim—. Ella es muy estricta con lo de la hora de acostarse. Y lo tiene todo preparado para mañana por la mañana. Pero aun así sufre, ¿sabes?
—Lo siento —dijo ella—. Ha sonado como si pensara que es una mala madre o algo así, pero no era eso lo que quería decir. —Aunque no nos aclaró qué había querido decir.
—Te gustará —afirmó Tim.
—Oh, sí, estoy segura —respondió ella.
Silencio. Se oía la televisión tras la puerta del dormitorio.
—¿Alguien tiene hambre? —dijo Tim.
—No, estoy bien —contesté—. Esperaré a que haya quorum.
Martha no dijo nada.
—¿Seguro? —insistió Tim—. Tengo queso de cabra de primera, de la región. Bueno, exactamente de la región no es. Lo hacen en el condado de Hunterdon. También tengo queso de verdad. Para gente de verdad. Y tengo una lata enorme de almendras de puta madre que mi tía Jeannie me manda todos los años.
—No, esperaré —dije.
Martha no dijo nada.
Silencio.
—Dios —dijo él—, estáis casi secos. ¿Qué os parece si vuelvo a llenaros las copas?
Levanté la mía y le eché un vistazo.
—No, todavía tengo para un rato.
—¿Martha? —dijo—. ¿Quieres algo más?
Meneó la cabeza para decir que no.
—¡Bueno! —exclamé—, ¡por qué no!
—Así me gusta —dijo Tim—. ¿Qué tal si traigo la jarra aquí para que os sirváis directamente? No tiene sentido seguir con protocolos.
Cuando se fue a la cocina, Martha se volvió hacia mí y dijo:
—Me gustaría largarme de aquí. No me encuentro bien.
—¿Qué te pasa? —pregunté con tono amable, intentando parecer muy preocupado. Pero era tan típico…
Movió la cabeza.
—No lo sé —dijo—, habré bebido demasiado. O algo. Solo quiero irme a casa, si no te importa.
Tim apareció con un tarro de cristal grande, de los de conserva. Otro remilgo. Pero era perdonable. Lo puso delante de mí y dijo:
—Adelante.
—Escucha, Tim. Me parece que Martha ha empezado a encontrarse mal de repente y creo que lo mejor es que me la lleve a casa. Joder, me siento fatal, has hecho la comida y todo pero…
—Lo siento mucho —susurró Martha—. Os estoy aguando la fiesta a todos.
—Mira, por eso no te preocupes —dijo Tim—. ¿Qué te pasa?
—Estoy como mareada —contestó ella—. Puede que haya bebido demasiado. Justo estaba recuperándome de otra cosa.
—¿Quieres tumbarte un rato? —preguntó.
—Creo que lo mejor es que me vaya —dijo ella—. Lo siento mucho, de veras. Cariño, ¿podrías hacerme el favor de ir a buscar a los chicos? — Nunca me llamaba cariño. Y menos mal.
—Danny. —Llamé a la puerta para ponerlos sobre aviso.
Estaban tumbados juntos en una cama de plataforma, tapados con una colcha de patchwork que parecía muy buena. Creo que tenía un motivo de cestas, pero para apreciarlo hacía falta saber de patchwork. Judith os lo podría haber dicho. Debían de estar viendo una de las películas de Star Trek, porque los personajes llevaban trajes raros y todos eran viejos. Esos dos ni siquiera estaban tocándose. Tocándose el uno al otro, quiero decir.
—Lo siento, chicos —dije—, pero creo que tenemos que largarnos. Martha no se encuentra demasiado bien.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Danny incorporándose—. ¿Se encuentra bien?
Clarissa me miró como si yo saliera en la pantalla y fuera algo relativamente interesante.
—Algo del estómago, probablemente —contesté—. No será gran cosa, pero creo que deberíamos llevarla a casa para que se acueste, ¿entendido?
Danny paró la película con el mando a distancia y se puso de pie. Después dijo:
—¿Puedo hacer algo?
Clarissa siguió sentada.
—¿Mi madre está bien? —preguntó lentamente.
—No hay nada de que preocuparse —contesté—. Solo vamos a llevarla a casa.
—Daniel —dijo Clarissa—, no te olvides de rebobinar como nos ha dicho.
—Lo tengo todo controlado, Clarissa —contestó Danny—. No hace falta que me lo recuerdes cincuenta veces.
Cuando salimos estaba nevando.
—Fijaos, una blanca Navidad —dije.
Me gustaría añadir que estaba siendo sarcástico. Aunque, en realidad, con tanto alcohol casero en el cuerpo no es de descartar que estuviera tratando de despedirme con cierta cordialidad. De todas formas nadie contestó.
El suelo todavía no estaba completamente blanco, pero sí lo bastante para que nuestros pasos dejaran huellas oscuras.
Nos metimos en el coche como una familia. Los chicos atrás, los padres delante. Papá al volante. El amigo de la familia despidiéndose desde la puerta abierta de su casa.
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