Jernigan

David Gates · Chapitre 35 sur 45

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Jernigan

Chapitre 3

 

Tío Fred giró una bandeja llena de tortillas como si fuera un frisbee.

—¿Más huevos rancheros? —dijo.

Aparté la bandeja con la mano.

—Por favor —respondí. En realidad, lo que quería decir era «No, por favor».

—¿Un poco más de [38] María sangrienta ? —Ahora, Tío Fred era una persona cuya esposa servía el brunch.

Me encogí de hombros y me retorcí el antebrazo izquierdo con la mano derecha.

—Ya decía yo… Penny, ma chère, ¿serías tan amable?

—Chicos —dijo Penny poniéndose en pie—. Voy a sacar de en medio las lámparas.

—Y esconde también tus vestidos, diablos —dijo Tío Fred—. Ni te cuento lo animado que va a ponerse esto. Pero antes… —Chasqueó los dedos dos veces.

Penny hizo una reverencia sujetándose una falda imaginaria y luego abrió la mano para dejarla caer sobre los tejanos.

—En realidad, lo tengo completamente encoñado —dijo cubriéndose la boca con el dorso de la mano—. Esto lo hago para no parecer una bruja castradora delante de las visitas.

—Basta ya de cháchara de colegiala, cariño —dijo Tío Fred—. Nos deleitarás con tus encantos en otra ocasión.

Penny entró en la cocina y volvió agitando una coctelera llena de algo rojo; solo movía las muñecas para que no se le cayera la botella de Absolut que llevaba bajo el brazo. La coctelera estaba decorada con copas de Martini inclinadas y búmerans, todo muy años cincuenta.

—Tened. Os dejo el instrumental a vosotros. Yo tengo que hacer mis ejercicios, dos horas, si no, mañana estaré hecha un desastre. Podéis hablar de putas mientras estoy fuera. Mikey, tú lo recogerás todo, ¿verdad?

—Non ti preocupes. Zio Federico se encarga de tutto.

—Gracias, Penny —dije—. Estaba delicioso.

—Si quieres quedarte a cenar, estás invitado, ya lo sabes.

—Gracias —dije—. Deja que lo medite, que ahora, solo de pensarlo… —Me di unas palmaditas en el estómago.

—Nos ha costado tanto que vengas aquí —dijo Penny— que no dejaremos que te marches sin presentar batalla. Mikey, ¿por qué no haces que termine tan borracho que no sea capaz de conducir?

—Bien pensado —dijo él.

—Ciao. —Penny se despidió saludándonos con los dedos.

—Eres un cabrón afortunado —le dije a Tío Fred cuando Penny se hubo marchado.

Tío Fred lo meditó.

—Sí —concluyó.

—¿Sabes? Me gusta mucho la mesa del comedor aquí —dije—. Queda más acogedora.

Desde la última vez que había estado en el apartamento, Penny se había quedado con el comedor para trabajar. Ahora comían en una esquina del salón.

—Sí, me siento afortunado.

Tío Fred aplastó las últimas migas de huevo revuelto contra los dientes del tenedor y se las comió.

—Dime, ¿qué te has hecho en la mano? De verdad.

—Ya te lo he dicho. Es una herida de bala.

—Y es probable que sea verdad, Dios… —dijo Tío Fred—. Puto gilipollas pirado.

Levantó el vodka con una mano y la coctelera con la otra. Las proporciones parecían buenas.

—Mitad y mitad —dije.

Me preparó un cóctel y él se preparó otro más flojo.

—¿Hielo?

Negué con un movimiento de cabeza.

—Trato de mantenerme alejado de esa mierda —dije—. Cuando lo tienes dentro se transforma en agua.

—¡Apoyo la moción! —Probó su cóctel—. Mmm. Podría estar peor. ¿Y esta Glendora? Cuéntame. ¿Te sientes afortunado tú también?

—No particularmente.

Los dos callamos.

—Cuéntaselo a Tío Fred —dijo—. Si te ves con ganas, claro.

—No es que sea muy interesante.

—Que se joda el interés —dijo él—. ¿Seguís juntos? ¿Lo habéis dejado? ¿Es un rollo ahora sí ahora no?

—A día de hoy seguimos juntos, supongo.

—Pero no parece que eso te haga demasiado feliz.

—¿Cómo se entera de estas cosas? —le pregunté al techo.

Tío Fred volvió a callar.

—Bueno. ¿Quién crees que se llevará la Super Bowl?

—La cosa está muy jodida —dije.

—Pero esa persona, ¿quién es?

—Verás —dije—. Al principio Danny salía con su hija y pasaba mucho tiempo en su casa. Y decidieron presentarnos, los niños lo decidieron. Porque ella estaba divorciada y yo era…, bueno, lo que fuera. —Era viudo —. Tan irresponsable que ni siquiera habíamos hablado por teléfono cuando los críos pasaban tanto tiempo en su casa, pero supongo que vas siempre escopeteado, y bueno… En todo caso, para ir resumiendo, terminé liándome con la madre y ahora todos…, todos estamos ahí.

—Mmm —dijo Tío Fred.

—¿Te parece un poco raro?

—No. Yo estoy aquí, sentado, sin juzgar a nadie.

—Curioso. Habría jurado que te parecía un poco raro.

—¿Y entonces?

—Todo se está volviendo raro.

—Mmm… ¿Y cortar por lo sano? ¿Es una opción? Pues claro que lo es. ¿Lo estás pensando seriamente?

—Tampoco sería tan fácil.

—Por Danny y la chica.

—Entre otras cosas.

—¿Te gusta esa mujer? —preguntó—. Y, por cierto, ¿tiene nombre?

—Martha —dije. Reflexioné unos instantes—. No, supongo que no mucho. ¿Tendría que gustarme?

—Bueno, muy fácil, entonces. Regla número uno: no estar con quien no quieras estar. No es bueno ni para ti ni para la otra persona. ¿De acuerdo? Y sí, tendría que gustarte.

—De acuerdo.

—¿Crees que está enamorada de ti?

—No lo sé —respondí—. Tiene…, no sé. Tiene muchas ganas de complacerme.

—Y resulta que no te complace.

—¿Cuándo me has visto tú complacido?

—Esa es otra —dijo. Dio un sorbo a su Bloody Mary. Luego lo dejó en la mesa—. En fin.

—Mira, a Danny solo le quedan dos años de instituto. Un año y medio. Luego irá a la universidad o lo que sea, y entonces, quién sabe. Mientras tanto…

—Mientras tanto te irás pudriendo —dijo Tío Fred—. ¿Estoy siendo demasiado duro?

Eché un trago de Bloody Mary.

—Ahora no quiero hacer de Pepito Grillo, pero ¿a qué te dedicas durante todo el día?

Meneé la cabeza.

—A pensar y a buscarme problemas.

—¿Tú?

—Veo mucho la televisión —dije.

—Ya, seguro —replicó Tío Fred—. Tienes dinero para mudarte a otra casa, ¿no?

—No lo sé. Más o menos. No mucho.

—¿Podría aclarar ese punto para nuestros telespectadores?

—A ver. Está el dinero de la casa —dije—. Pero buena parte se irá a pagar la universidad de Danny, y si el resto me limito a ingresarlo en una cuenta corriente, se lo comerán los impuestos.

—¿Ahora dónde lo tienes?

—Bueno, ahora mismo, en una cuenta corriente, pero…

—Estoy empezando a perder mi flema imperturbable —dijo Tío Fred.

—No te culpo, créeme. El espectáculo no es muy edificante.

—No empieces a idealizar la gilipollez esa de la autodestrucción. Resulta muy tentador, lo sé, pero se trata de tu vida, la tuya.

—No, tienes toda la razón —dije. Me terminé lo que quedaba de Bloody Mary y alcancé la botella de vodka—. ¿Puedo?

—Estás en tu casa —respondió—. Bueno, en realidad estás en la mía. Y ya que lo menciono, me siento en la obligación de…

—No empecemos con eso —dije.

—Como quieras. Para ser totalmente franco, puede que no esté en posición de soltarte un sermón sobre el tema —esperó a que me sirviera y luego él se echó vodka en su vaso, un buen dedo—. Somos hombres, ¿no?

—A la salud de los hombres.

Brindamos y entrechocamos vasos. Me quedé mirando la fila de felicitaciones de Navidad apoyadas en la repisa de la chimenea.

—¿No tenéis árbol? —dije; quería hacerle saber que su puto matrimonio no era tan perfecto.

—Es curioso, ¿sabes? Fuimos a la tienda de los coreanos de Broadway a mirar árboles y nos deprimimos muchísimo, porque recortan los malditos árboles con tijeras de podar. Todos tienen esta forma. —Con los índices dibujó un triángulo isósceles en el aire—. Parece que acaben de salir del puto barbero. El año que viene tendremos tiempo de coger el coche para ir a buscar un árbol que tenga el aspecto de un maldito árbol.

—Nosotros fuimos a buscar un árbol —dije.

Tío Fred me miró.

—Estás en un estado verdaderamente lamentable, ¿verdad?

Levanté el vaso y bebí a la salud de mi estado.

—Peter, si necesitas escapar de todo para poder pensar, estás invitado a quedarte. Danny y tú, los dos. Sé que Penny estará de acuerdo. Lo que os ofrecemos es el suelo, pero está a vuestra disposición. En cualquier momento. Llegad a medianoche, incluso, da igual.

—Mierda —dije—. Gracias.

—Escucha. Otra idea. Si quieres irte a algún sitio y prefieres que no andemos por ahí en medio, piensa en la caravana. Como parece que empieza a gustarte el estilo montañero… —Se pellizcó la barbilla con el pulgar y el índice—. En realidad te queda bastante bien. Mi vecino me ha dicho que todavía están con treinta centímetros de nieve, pero, si no te importa pasar frío durante un rato, la estufa calentará la caravana en un pispás, y por ahí deben de rondar dos o tres cargas de leña. A menos que alguien las haya birlado. Veamos. La última vez que estuve ahí vacié el agua de las cañerías, pero te explicaré cómo se da el agua. Podrías cargar tus trastos y mudarte a la caravana, si quisieras. Total, está ahí vacía.

—Suena muy bien —dije—. Lo más probable es que no termine haciendo algo tan drástico, ¿sabes?, pero te agradezco la oferta de todos modos.

—Mira, si consiguieras que pareciera que alguien vive ahí, me harías un favor. Ya han entrado unas cinco o seis veces. Chicos del pueblo, matones. Una vez dejaron todas las lámparas sin bombilla. Se lo llevan todo excepto los malditos libros; esos, ni tocarlos. ¿Te acuerdas de la última vez que subí para cerrar la caravana? Encontré un condón pegado al suelo. Tuve que sacarlo con una espátula.

—Gracias por compartir tus experiencias conmigo.

—Perdón —dijo Tío Fred—. Solo te lo cuento para que sepas que mi buen corazón no es lo único que me mueve. Nunca subimos en invierno porque ninguno de los dos esquía ni nada. Y ahora, en verano cada vez tenemos menos tiempo. O ganas, supongo. El viaje en coche se te come medio fin de semana, y luego siempre te quedas con la sensación de que tienes que hacer esto o lo otro, o si no la caravana empezará a caerse a pedazos. ¿Te he contado que Penny y yo hemos estado pensando en construir una casa? Donde está la caravana no. Un poco más arriba, a media colina. La vista es bestial, kilómetros a la redonda. Pero…, por cierto, a Penny no le he contado lo del condón.

—Lo captamos —dije mientras formaba un rombo con las puntas de los índices y de los pulgares, a saber de qué galaxia vendría.

—Dios mío. No me digas que, encima, ahora eres un trekkie.

—Qué va. Solo lo veo.

—Bueno, total, que no sé qué hacer. Tengo unos recuerdos maravillosos de cuando subía a la caravana con mi padre. Pero es como si alguien la hubiera profanado. Y los inviernos son una mierda. —Dio un sorbo al Bloody Mary, echó más vodka y removió con el dedo, que luego se chupó y se limpió en los pantalones.

En el fondo, entre Tío Fred y yo siempre había eso. Porque, en última instancia, ¿qué une a los hombres? Y, por otra parte, ¿había algo que, en el fondo, no fuera infame? Por mucho que, en lugar de infame, decidieras considerarlo otra forma de ser, nada más. El truco estaba en no llegar nunca al fondo.

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