Jernigan

David Gates · Chapitre 7 sur 45

Pages du PDF

Jernigan

Chapitre 3

 

Hoy hará un año.

Habíamos invitado a unos amigos para celebrar el Cuatro de Julio, y la invitación especificaba el tema de la fiesta: «los emprendedores». Habría comida de emprendedores —pollo, helado Ben & Jerry’s— y todos tendrían que ir vestidos de empresarios. Cuando me llamaron para preguntarme qué coño significaba eso, les dije que llevaran ropa de calle, que en América cualquiera podía convertirse en empresario. Muy agudo. Esta era la clase de bromas que Judith y yo fingíamos adorar. Penny y Tío Fred pospusieron un día su fin de semana en Nueva Hampshire y vinieron de Nueva York. Y también vino una pareja del pueblo, Steve y Sandy, los únicos del lugar a los que tratábamos. Judith había conocido a Sandy en yoga. Y vendría Rick, el hermano de Judith, y su amigo Rich (Judith y yo convinimos en que en la elección de los dos se apreciaba cierto narcisismo), desde Minneapolis. Al final resultó que Steve y Sandy por poco no vienen, él se había enfadado por la invitación. Steve tenía su negocio: una tienda —Bedford Falls Video — en el centro comercial. No sé por qué pensé que se tomaría lo de los emprendedores con humor. En realidad, lo más probable es que no pensara eso en absoluto. Lo más probable es que lo jodiera adrede porque Sandy era la amiga de Judith y a mí me molestaba que me encasquetara a sus amigas, aunque ella tenía que aguantarse cuando yo le encasquetaba a Tío Fred. O así lo veía Judith, al menos. O eso es lo que dijo una vez, durante una pelea.

Los años se habían encargado de demostrar que a Judith no le convenía beber. Pero una copa de vino nunca había sido un problema; en cualquier caso, no conducía necesariamente a otra y a otra más. Ese día bebimos vino de las bodegas Gallo porque la única cerveza de empresa que me vino a la mente era la Coors, y Judith se negaba a que entrara en casa. Y porque Ernest y Julio Gallo encarnaban el espíritu inmigrante. Y porque servir vino blanco en un día como el Cuatro de Julio, precisamente —aunque fuera vino Gallo—, lo hacíamos por joder, sencillamente. Éramos así, íbamos en bañador y estábamos sentados alrededor de la piscina —era una de esas piscinas elevadas, con una tarima de madera de secuoya en tres de sus cuatro lados—, y supongo que no vigilé a Judith como debía porque me dediqué a hablar con Sandy y a pensar que la forma de sus pechos me gustaba mucho más que la de los de Judith, hecho que ahora me horroriza. Judith hizo unos cuantos viajes a la casa para traer comida y retirar los platos sucios y las sobras. Tendría que haberla ayudado. Y no por una simple cuestión de educación, no: es muy probable que en cada viaje a la cocina echara un traguito de ginebra a escondidas. Según el nivel de alcohol en sangre que le detectaron, había ingerido mucho más que las contadas copas de vino que le vimos beber.

Como en la parte de atrás de esa mierda de casa no había puerta —tan solo un par de ventanitas altas—, para entrar en la cocina por el paso cubierto tenías que dar un rodeo por el puto garaje. Eso me resultaba incomprensible: los antiguos dueños de la casa se habían gastado el dinero en una piscina —espero que no creyerais que la piscina había sido idea nuestra—, y ni siquiera se habían molestado en poner una triste puerta mosquitera para poder entrar en la casa. Claro que nosotros llevaríamos ahí cosa de diez años y tampoco nos habíamos molestado en hacerlo.

Tras varios viajes de la casa al jardín, Judith se echó en su butaca y se quedó callada. Un día tranquilo: Sandy estaba sentada entre las piernas abiertas de Steve —un tipo con suerte—; Rick y su amigo estaban cogidos de la mano tratando de ocultar su incomodidad, y Tío Fred evitaba mirarlos. Yo escuchaba a Penny mientras ella me contaba que quería retomar su doctorado, dedicarse a él a tiempo parcial. Mientras ella seguía dale que te pego y yo me preguntaba cómo podía llamarlo «su» doctorado —como si el doctorado ese estuviera esperándola en algún lugar—, Judith se levantó, se me acercó, me clavó los ojos y por fin dijo: «¿Es que no hay nada que no termines jodiendo? Cuando te lo propones, vamos». Empezó con lo de Steve y la historia de los emprendedores —lo miré y vi que cuchicheaba con Sandy—, y luego pasó a la falta de actividad sexual en el matrimonio, algo que, técnicamente, era completamente falso. Con el volumen que había alcanzado su voz, todo el puto vecindario de Heritage Circle debió de oírla. Finalmente, levantó el anular, me dedicó el gesto y se zambulló en la piscina cortando la superficie como un cuchillo. Todos se levantaron. Nadó hasta la parte menos honda, se levantó, se desabrochó la parte de arriba del biquini y me la lanzó. Luego fue deslizando la braguita piernas abajo, se la sacó y también me la lanzó. Me metí en el agua para agarrarla, pero consiguió salir de la piscina de un brinco, desnuda y chorreando, atravesó la tarima a la carrera, delante de todo el mundo, bajó las escaleras y, por el césped, llegó al garaje.

Justo cuando entré en la cocina oí el golpetazo de la puerta. Miré por la ventana de la cocina y la vi: seguía desnuda y estaba metiéndose en el Honda. (Teníamos un Honda Civic nuevo, además de mi cafetera de Datsun). Giró la llave en el contacto y pisó a fondo para arrancarle un rugido al motor. Yo corrí por el paso cubierto hasta el camino de entrada y traté de agarrar la manecilla de la portezuela, pero el coche dio marcha atrás y se me escapó. Judith se metió en la calle de culo —debía de ir a treinta kilómetros por hora— sin volver la cabeza. Tenía los ojos clavados en los míos: una mirada de odio. Claxon, chirrido de neumáticos. La furgoneta chocó contra su coche, no alcanzó a detenerse.

Cuando volví a mirar vi su pelo y un brazo caído sobre algo metálico. No se movía. El conductor de la furgoneta tampoco. Había atravesado el parabrisas y se había quedado plegado: de cintura para abajo seguía dentro del coche, mientras que la cabeza y los brazos le colgaban. Con los dedos tocaba el parachoques: parecía que estuviera zambulléndose en una piscina.

Me metí en casa corriendo, pero Rick ya estaba dentro, gritándole al teléfono, mientras, fuera, una muchedumbre rodeaba el coche y la furgoneta. Pero nadie terminaba de acercarse demasiado. Parecía una escena de un capítulo viejo de La dimensión desconocida: los vecinos de una calle de las afueras contemplando un platillo volante con cuya aparición su fascismo quedaría al descubierto. Un pensamiento de lo menos oportuno. En fin. De hecho, todo parecía ocurrir en blanco y negro. Tendría que haberme abierto paso entre la multitud y haber hecho algo. Más tarde me dijeron que murió en cuestión de segundos: nada de culpabilizarme. Muy bien. Pero de todos modos lo que yo hice fue rodear el garaje y volver a la piscina, que había quedado desierta. Subí a la tarima por las escaleras, sentí que estaba a punto de desmayarme, me senté rápidamente en algo y, cuando ante mis ojos dejaron de bailar las motas brillantes, miré al suelo y vi cómo se desvanecían las huellas de Judith.

Nos interrogaron en la mesa de la cocina. En mi sitio —el sitio donde yo había trinchado pavos y bendecido la mesa con los ojos en blanco, para que a nadie se le escapara lo irónico de mi acción— se sentó un poli con una gran pistola metida en una gran funda de cuero.

—No era más que una fiesta familiar —dije. Dato: en realidad, la única familia ahí era Rick—. De familia y amigos, quiero decir.

—Pues vaya fiesta familiar —dijo el poli—. ¿Un poco de coca para celebrar el Cuatro de Julio? El laboratorio nos enviará un informe, pero podría ahorrarnos tiempo.

Sacudí la cabeza.

—Era una reunión normal, nada más.

—¿Y para usted es normal que su mujer salga en coche sin nada encima?

Rick intervino.

—¿Qué está diciendo? Le habla como si fuera su culpa. Soy el hermano de Judith, ¿sabe? Todos pensábamos que no le pasaba nada, y no le pasaba nada y todos estábamos pasándolo bien y todo era normal, como le ha dicho él.

—¿Y usted es su hermano? —preguntó el poli. Le miraba el cuerpo, excesivamente esbelto, y el bigote, excesivamente cuidado.

Al menos Danny no estaba en casa. Había salido al lago con su amigo Warren Robinson y con la familia de Warren, de pícnic. Digo al menos, aunque en realidad quizá habría sido mejor que hubiera estado ahí para ver lo que ocurrió, así sabría que nadie pudo hacer nada. Aunque, por otra parte, si lo hubiera visto se le habrían quedado esas imágenes en la cabeza. El pelo, el brazo. Aunque quién te dice que él no se ha formado sus propias imágenes. Pero serán vagas, al menos. Al menos al menos al menos.

Llamé a los Robinson; naturalmente, saltó el contestador. Lo que tocaba era ir en coche hasta el lago a buscarlos (si es que eso era lo que tocaba).

—Michael —le dije a Tío Fred—, ¿qué voy a hacer con Danny? ¿Tendría que ir al lago ahora mismo y remover cielo y tierra para encontrarlo y arruinarles el pícnic a los Robinson? Zonas de pícnic hay como un millón. Y además, los Robinson se joderán… No sé, tengo la impresión de que nadie puede hacer ya nada. ¿Y si dejo que disfruten del día?

—A la mierda los Robinson y su puto día, tío. Ni sé quiénes son ni me importa una mierda. Si dejas que Danny pase la tarde en un pícnic, no te lo perdonará nunca, tío. Te lo aseguro.

Así que dejamos a Penny en casa para que cogiera el teléfono y Tío Fred me llevó al lago. Fuimos parando en un pinar tras otro, levantando polvo. Al final encontramos a Henry y Suzanne Robinson (¿o era Suzette?). Estaban sentados a una mesa de pícnic, uno enfrente del otro, con botellas de ese cóctel de vino dulzón de Bartles & Jaymes. Gracias por vuestro apoyo, como decía el viejo Bartles en el anuncio. Henry Robinson vio que me acercaba y dejó la botella encima de la mesa.

Danny y Warren Robinson y la hermana de Warren, como-se-llamara, estaban en el agua, nadando. Henry Robinson señaló hacia un montón de cabezas y brazos que chillaban y salpicaban, respectivamente.

—Debajo llevo el bañador —dijo—. Me meto y te lo traigo.

Moví la cabeza: no. Eso, esos pocos minutos, no iba a arrebatárselo, por mucho que más adelante tuviera que pagar por ello.

OceanofPDF.com