Jernigan
Chapitre 5
Cuando aparcamos delante de casa, Clarissa tarareaba una cancioncilla ridícula. Algo como Schoenberg al ritmo de «¿Quién teme al lobo feroz?». El Reliant volvía a estar en casa, por fin.
Martha nos abrió la puerta.
—Soy todo oídos. ¿Sabéis qué hora es?
—Estoy convencido de que tú nos lo dirás. ¿Puedo preguntarte dónde estabas tú?
—¿Mamá? —dijo Clarissa—. ¿Danny está en casa? Tengo que hablar con él.
—Danny ha llegado hace dos horas y ha ido directo a la cama. ¿Qué está pasando aquí, jovencita?
—Mira, mamá, de repente estoy muy cansada, ¿vale? —Y echó a andar por el pasillo.
—Peter, ¿de qué va esto? Son casi las dos de la madrugada. Estaba desesperada.
—Ya sabía yo que, tarde o temprano, terminarías haciendo de reloj. ¿Te importaría que me quitara el abrigo y me sentara? ¿Y que me sirviera una copa? No ha sido una noche agradable. —Al menos tenía la casa caliente. Me quité el abrigo y lo dejé en una silla.
—Confío en que tú sí que hayas disfrutado de la velada haciendo lo que te haya parecido más conveniente. —Saqué la ginebra de la nevera; para no herir la susceptibilidad de Martha, cogí un tarro de mantequilla de cacahuete del escurreplatos.
—Lo que me pareció conveniente fue ir a trabajar. Eso ya lo sabías.
—¿Qué significa que ya lo sabía?
—Tuvimos esta conversación ayer por la mañana, Peter. No puedo creer que lo hayas olvidado.
Me encogí de hombros.
—Refréscame la memoria.
—Peter. Ayer por la mañana. Estabas sentado justo ahí —señaló la silla de la mesa de la cocina que se había convertido en mi silla— y te dije que algunas noches saldría porque volvería a trabajar en Alexander’s. Durante las vacaciones. Las vacaciones, ¿te suenan? ¿La Navidad? ¿O en cosas así tú no reparas? Y, de hecho, hemos vuelto a hablar del tema esta mañana porque te he dicho que hoy volvería a casa muy tarde porque abrimos hasta la medianoche y te he preguntado cómo te las apañarías para cenar. ¿Sí? ¿Esto no lo recuerdas?
Me acerqué al fregadero. Con un poco de agua en la ginebra parecería menos imperioso. Más afable. Removí con el dedo índice.
—Sí. No sé. Supongo.
—La verdad es que no te acuerdas.
—Sí, vale, ahora sí que me acuerdo —dije mientras me sentaba a la mesa. No tenía ni idea de qué coño estaba diciendo.
—¿Qué ha pasado esta noche? —preguntó.
—¿Por dónde empezamos? Vale. Primero, uno de los amigos de Danny me ha dicho que podría tener tendencias suicidas.
—¿Danny o el amigo?
—Por favor —dije, levantando la mano—. Este no es el momento. Primero me entero de esto. No, en realidad primero me entero de que el amigo de Danny se ha instalado en mi casa, y luego de que Danny tiene tendencias suicidas.
—Por cierto, Peter, no estaba de broma. No te entendía, de verdad. Perdón por ser tan estúpida.
—Luego —continué, haciendo caso omiso de Martha— vuelvo aquí y me encuentro a tu hija en pleno mal viaje de ácido y pidiendo a gritos que la lleve a Urgencias. Que es donde hemos acabado y donde hemos pasado unas horas muy edificantes esperando a que, por fin, una doctora la visitara y le inyectara tranquilizantes. Ah: y a que me sometiera a un breve interrogatorio acerca de nuestra organización doméstica. Eso de propina.
—Dios mío —dijo Martha mirando hacia el pasillo—. ¿Qué ha pasado? ¿Clarissa está bien?
—¿Y yo cómo coño voy a saberlo? Ya la has visto. Puede hablar y caminar. No sé qué le habrán chutado, pero el pánico se lo ha quitado, por lo menos. Y eso, créeme, ha sido un detallazo.
—Dios mío.
—Pero si ha habido un momento en el que habría agradecido tu presencia, ese ha sido el de la inyección, cuando se ha hecho un torniquete con el cinturón. Muy atractivo. Para sacarse la vena, ¿sabes? Tendrías que haber visto a la doctora. —Interrumpí el discurso para echar un trago de ginebra. Ahora me jodía haberla aguado—. Me dijiste que Clarissa había tenido un problemilla con las drogas. Lo que nunca me contaste es que se chutaba, por todos los santos.
—¿Y de qué creíste que estaba hablando? ¿De que se le iba la mano con las aspirinas?
Eché otro trago.
—Tendrías que habérmelo dicho.
—Eso. Para que la miraras como si fuera un monstruo. Y a mí, como a una madre de esas que viven de las ayudas del gobierno. Necesita que la traten como a una cría normal, Peter. Como parte del proceso de recuperación.
—Pues vaya recuperación. Se ha recuperado tan bien que ahora solo se come algún ácido que otro de vez en cuando y luego se pega unos sustos de muerte. —Lo que no añadí fue que había sido un amigo de Danny quien se lo había dado; estaba despotricando contra Martha y su hija, y eso no venía a cuento—. Dios, esta vez sí que me he metido en una buena.
—Pues antes eso no te importaba.
—Es que antes no sabía de qué se trataba —respondí.
—Al ritmo al que te ventilas las botellas —dijo ella—, estás en una situación magnífica para ir opinando sobre Clarissa.
—Huy. Touché. Estoy mal del tarro, ¿no? Aquí, el que está mal del tarro soy yo. —Iba dándome golpecitos en el pecho con el dedo índice. Luego no pude evitar reírme—. Dios, parezco Ralph el de The Honeymooners. ¿Lo has oído?
Martha me miraba fijamente.
—¿Habrá algún momento del día en particular en el que estés lo bastante sobrio como para que podamos hablar? Creo que nos hace mucha falta.
—Estoy listo para hablar —respondí—. ¿Qué? ¿Que como soy capaz de distanciarme de mi propia persona durante unos instantes ya no estoy en condiciones de enfrentarme a nada? Estaba en condiciones de llevar a tu hija al hospital. ¿Quieres que hablemos de condiciones?
—Voy a ver cómo está Clarissa —dijo—. ¿Me disculpas?
—Gracias. —Quería provocarla.
—¿Por qué? ¿Por qué me das las gracias?
—Olvídalo. Ve. —La despedí con un movimiento de mano algo lánguido, dejándola caer con la muñeca floja—. Ya que vas, podrías ver cómo está Danny.
—Por supuesto.
Me quedé sentado a la mesa, en mi silla, el cabeza de familia, y me terminé lo que quedaba de la ginebra aguada. Vaya manera de echar a perder una buena ginebra…, aunque en realidad no la había echado a perder, porque seguía siendo la misma cantidad de ginebra. Bueno, por lo menos Danny estaba a salvo en la cama —eso era un suponer—; eso podía esperar. Pero la historia esa era increíble. Esa noche solo me apetecía quedarme sobado en el sofá, pero ni eso podía hacer: por la mañana, los chicos sabrían que había habido pelea. La «mañana», esto es, cuando el despertador sonara al cabo de pocas horas. Vaya día les esperaba en el colegio…
Me levanté, fui hasta la nevera, eché un buen trago de ginebra, a morro, y luego vertí el resto en el tarro de mantequilla de cacahuete. Se acabó lo que se daba, señor Gordon. Me senté a la mesa otra vez para beber este último dedo y tratar de decidir dónde dormir. ¿Volvía a mi casa, mientras todavía fuese mi casa? Claro que el jodido gordito estaba ahí. ¿Y qué estaría haciendo? ¿Se deleitaría inocentemente con vídeos y latas de cobertura de chocolate para consolarse por no haber podido beneficiarse a Clarissa? ¿O estaría jugando a un juego más serio? ¿Y si no se había tragado un Pez o algún otro caramelo? ¿Y si toda nuestra conversación la había mantenido colocado, el muy artero, manteniendo la compostura mientras veía cómo se me iba desintegrando la cara (por ejemplo)? Eso sería, probablemente, más peligroso que un alucine manifiesto como el de Clarissa. Analicé el asunto desde el punto de vista de la presión: el flipe de Clarissa había sido, en última instancia, un escape inofensivo, mientras que lo que estuviera cociéndose bajo esa superficie que Dustin quería mantener inalterada a fuerza de aplicar contrapresión… No hacía falta que completara mi reflexión. Luego me pregunté si pensar en la mente desde esa especie de óptica newtoniana tendría sentido. Y hasta ahí pude llegar con mis cavilaciones antes de que Martha volviera.
—Supongo que los dos están dormidos —dijo, sentándose en su silla, la que quedaba enfrente de la mía—. He llamado a la puerta y solo los he oído respirar.
—Mientras respiren… Ten. —Hurgué en los bolsillos de los pantalones —. La doctora me ha dado una lista, no sé… Son sitios a los que puedes llamar.
—Sitios.
—Sitios donde podrías llevarla para su tratamiento.
Levanté el papel, lo dejé caer y, disparando con un dedo, lo envié al otro lado de la mesa, donde estaba Martha. Fue a parar a un plato manchado de yema de huevo seca. El puto cachivache llevaba ahí desde la hora del desayuno, y ya faltaba poco para que volviéramos a desayunar.
Martha cogió el papelito y se quedó mirándolo, y luego lo dejó en la mesa.
—Lo que Clarissa necesita, en esencia —dijo—, es que los últimos diez o quince años no hubieran existido.
—Así que te cruzas de brazos, ¿no?
—¿Y tú qué sugieres? ¿Endosarles el problema a los expertos para no ser tú quien deba solucionarlo?
—Un momento: ¿por qué es este problema mi problema?
—Me refería a cualquiera, en general. Para que no sea uno quien deba solucionarlo. Pero mira, sí: tú, Peter. Por qué fui lo bastante tonta como para creer que podrías ayudarme. Dios, paso de su padre a ti… Es a mí a quien tendrían que encerrar.
Me levanté.
—Esto me resulta fascinante, pero me parece que esta noche dormiré en el sofá.
—Qué va. No. A mí me parece que esta noche dormirás en tu casa. No te quiero aquí. Si no te ves capaz de conducir, puedes llamar a un taxi. Pero quiero que te vayas.
—Soy perfectamente capaz de conducir —dije. Y era lo bastante hombre como para no alegar que tal vez en casa estuviera esperándome un adolescente colocadísimo de LSD. Detrás de la puerta, por poner, con un cuchillo, dispuesto a abrirme el corazón para ver cómo funciona. Levanté el tarro de mantequilla de cacahuete—. Te lo voy a enseñar.
Apuré el último dedo de ginebra y me restregué la boca con la mano.
—«Restriégate la boca con la mano, y ríe. El nosequé nosequé nosequé. Los mundos giran…» Ahora no sé cómo sigue. —Levanté el índice a lo Tío
Fred—. «Alguna cosa infinitamente amable sufriendo infinitamente»[29].
—Y podría pasarme sin tus ironías, de verdad —dijo Martha—. Signifiquen lo que signifiquen.
—Tú podrás pasarte sin ellas, pero yo…
Me puse el abrigo y metí la mano en el bolsillo derecho para buscar las llaves. Bien: dos bultos; uno, el de las llaves del coche, y otro, el de las de casa. Las de casa las distinguía al tacto. Eran las del llavero de Powerful Pete. ¿O esas eran las del coche? No estabas en tu mejor momento, Jernigan: te echaban de ahí antes de que hubieras podido hablar con tu hijo acerca del suicidio.
—Pero recuerda —dije, con la mano en el pomo de la puerta—: si me pasa algo —pensaba en un asesinato a lo familia Manson, pero ella debió de pensar que estaba refiriéndome a un accidente de coche—, tendrás muchas cosas que explicarle al bueno de Danny.
—Me arriesgaré.
—Famosas últimas palabras… —dije. Estaba pensando en mí.
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