Jernigan
Chapitre 2
El primer punto del orden del día: devolver el entusiasmo a su nivel original. Una taza de café aguado no contenía bastante cafeína para levantarme el ánimo ni un milímetro, y menos aún para combatir los efectos de cuatro pastillas para la regla. Dios, por lo que digo cualquiera creería que las pastillas de Martha eran droga de la buena; y no, no era más que Jernigan tratando de controlar hasta los más oscuros recovecos de su conciencia. Así que bajé a la cocina con la polla al aire y puse agua a calentar. (Una cosa tengo que admitir: Martha tenía la casa tan caliente que hasta se podía caminar descalzo por el linóleo sin que los pies sufrieran). Si los chicos estaban en casa —debían de estar en casa, ¿no?, porque cuando le había preguntado si quería que los niños nos oyeran, Martha se había acercado— y entraban y echaban un vistazo, el problema lo tendrían ellos, no yo. Tardé mucho en comprender la historia de Noé desnudo en su tienda; debía de ser porque nunca fui a la escuela dominical, donde alguien podría haberme dicho qué tenía que parecerme. No entendía por qué el hijo merecía un castigo: a) su padre estaba borracho, y b) él se esforzó en no dirigir la vista a la (abro comillas) desnudez (cierro comillas) de su padre. La historia la leí —debía de tener unos doce años— en la Vulgata que mi padre exhibía en una pequeña biblioteca decorativa de la sala del apartamento de la calle Barrow; estaba expuesta al lado de los cuentos de los Hermanos Grimm y de La respuesta de una nación al comunismo, de J. Edgar Hoover. (Los libros de verdad los tenía en su dormitorio, ocupaban una pared entera, del suelo al techo). La historia de Noé me indignó y me asustó: como Dios se mostraba tan irracional con todo lo que tuviera que ver con el sexo, la desnudez o la autoridad, temí que mi indignación mereciera un castigo. En aquellos tiempos era capaz de ver las cosas con los ojos de Dios.
Eché tres buenas cucharaditas de café instantáneo en una taza y la llené de agua hirviendo. Después de lo de Judith había dejado de comprar el café de Colombia en grano que ella guardaba en la nevera y que molía cada mañana: para la gente como yo el Medaglia d’Oro era más que suficiente. Martha me dio a probar el Maxwell House con canela; Martha tenía un filtro de plástico viejo rondando por ahí, aunque en vez de comprar filtros de papel usaba uno de tela, siempre el mismo, que lavaba y reutilizaba. Pero ahora nos habíamos pasado al café instantáneo de marca blanca. ¿Y sabéis una cosa? Hacía el mismo efecto. Por el método de la prueba y el error había descubierto que, si no pasaba de las tres cucharaditas por taza —y siempre que añadiera un poquito de leche—, el café todavía era bebible. Aunque supongo que tres cucharaditas por taza echarían por tierra el objetivo que perseguía al comprar café barato.
Traté de beber de inmediato, por supuesto, y me quemé la lengua. Entonces le añadí al café agua fría, acción que echaría por tierra el objetivo que perseguía con las tres cucharaditas y que, en realidad, no echó por tierra nada de nada. Ese mismo razonamiento equivocado lo había aplicado a la ginebra no hacía demasiado. Bebí esa taza, luego me bebí otra y luego volví al dormitorio y recogí mi ropa del suelo. Penny y Tío Fred no iban a saber que no me había cambiado —que hacía dos días que no me cambiaba, ahora que lo pensaba—, y a los otros, esto es, a Martha, que les dieran. Además, le estaba ahorrando trabajo. Llevar la misma ropa tres días seguidos equivalía a reducir la colada a un tercio. Así compensaba lo del café. Entré en el cuarto de baño y me lavé los dientes; después me eché el aliento en la palma de la mano para ver qué tal: no demasiado bien. Tendría que parar a comprar unos chicles de menta Carefree. Mi marca favorita, por el nombre
—que me ponía en bandeja otra ironía barata— [36] y porque no llevaban azúcar. Luego me examiné la cara. Hacía tanto tiempo que no me afeitaba que podría decir que me estaba dejando crecer la barba. Aunque todavía me faltaba una semana para verme realmente bien. En fin. Cogí la billetera y las llaves del coche de la cómoda y me obligué a mirar a Martha. Seguía tumbada de lado con un mohín en la boca y el labio inferior hinchado. Dormida, probablemente. Sentí un cosquilleo en la polla: ¿dónde había quedado mi repugnancia sexual? Parecía que un cuerpo alojado en mi cuerpo, y colindante con mi cuerpo, también —el cuerpo astral, creo que se llama—, estuviera resucitándome. O tal vez estuviera viviendo su vida sin contar conmigo. Porque, a ver, ¿Jernigan con no una, sino dos erecciones en una sola mañana? Tenía que ser cosa de brujería, vudú o algo así. Los místicos dicen que el cuerpo astral es plateado; era como si ayer hubiera herido a ese cuerpo plateado disparándole en su plateada mano y él hubiera decidido actuar en defensa propia mientras el cuerpo físico, un cuerpo mucho más vulgar, aumentaba la producción de glóbulos blancos. Esta era la clase de gilipolleces en las que Martha creía firmemente, aunque me llevó mi tiempo descubrirlo; ya no se comportaba como una fanática, pero los libros seguían rondando por casa. Me dijo que había tratado de emprender dos viajes astrales, pero que no le habían salido muy bien. Yo le dije que siguiera intentándolo, que quizá conseguiría proyectarse directa al manicomio, quién sabe. Y ella: si te leyeras esos libros, créeme… Ya, seguro que leyéndolos cambiaría de opinión.
Pasé por delante de la puerta del cuarto de Clarissa y oí que gemía: «Oooh, oh, oh…». Algo tendría el aire esa mañana. O tal vez fuera cosa del invierno, que estaba al caer: la vida quemando los últimos cartuchos.
En el E-Z Mart de la avenida Hamilton compré una Coca-Cola Light y una lata de Colt 45. De vuelta en el coche abrí la lata de Coca-Cola, eché un buen trago —un suplemento de cafeína no me vendría mal— y vacié la lata en el asfalto; entonces la llené con cerveza y tiré la lata de Colt 45 en el cubo de basura.
Así podría beber y conducir con espíritu sereno. (Es broma). Y luego, ¡a Nueva York! Estaba tan a gusto, con la cafeína y la Colt 45, a punto de ver a viejos amigos y sin Martha, que saqué el walkman. Todavía tenía dentro la cinta que Danny y yo habíamos escuchado, Megadeath, se llamaba, y pensé: «A la mierda, ¿por qué no?». Como el nombre del grupo auguraba, era música dura y destructiva: podría procesarla sin entretenerme a pensar en qué podía deducirse de los gustos musicales de Danny. Siempre podría achacarlos a las hormonas de la adolescencia; esa era una forma de ver las cosas. La que, al final, decidí adoptar.
Salí de la autopista antes de llegar al túnel y paré en la gasolinera. Fue el tipo quien me llenó el depósito —respetando la legislación vigente—, pero el aceite lo revisé yo: Jernigan el macho. Y como a esos capullos descuidados se les habían terminado las toallitas de papel, no quedaba otra que limpiar la vara medidora en mis pantalones o en la chaqueta de cowboy, que había terminado en el suelo del coche, bajo el asiento trasero. A la mierda; total, siempre la había odiado. Como tenían una cabina en la esquina de la gasolinera, llamé al 212, información de Nueva York, y pregunté por el número de una Miranda McCaslin que vivía por la Noventa y tantos Oeste. Lo que haría de ese día algo todavía mejor sería tener a mi lado una mujer nuevecita con quien aún no tendría la certeza de poder acostarme. Y bingo: una M. McCaslin en la Noventa y ocho Oeste. Rasqué con la llave del contacto en el ladrillo de la pared para apuntar los últimos cuatro números —del 222 me acordaría por Tío Fred— y marqué. ¡Se tragó sesenta centavos, por todos los santos! Y todo porque llamaba al otro lado del puto Hudson. Lo que oí fue un circunspecto mensaje del contestador: solo su voz (pero era su voz, a fin de cuentas) diciendo que habías llamado a tal número y que por favor dejaras un mensaje. «Miranda —dije—, Peter Jernigan, tu colega antiguo…, tu antiguo colega de Kelsey & Chittenden. Estaba por tu barrio y se me ha ocurrido pegarte un toque para ver si estabas en casa. Supongo que no, y…» Esperé unos segundos a que cogiera el teléfono, por si estaba escuchando y tratando de decidirse. «Bueno, otro día será. Espero que estés bien, esto…, bueno, no sé. Ya vale, callo antes de caer en la incoherencia total. Adiós». Dejé la lata vacía de Coca-Cola sobre el tejadillo metálico de la caja que protegía el teléfono, sería una especie de ofrenda. Cuanto más lo pensaba, más me alegraba de que el mensaje de su contestador fuera tan poco caluroso: disuadiría a los más pusilánimes. Estaba decidido a no dejar que esa pequeña contrariedad me desanimara. Así que, ¡en marcha!, y basta ya de perder el tiempo.
Penny y Tío Fred vivían en el último piso de una casa de ladrillo marrón de la calle Ciento dos, entre Riverside y el West End. Aunque era domingo y pensarías que todo el mundo se habría ido de la ciudad, tuve que dar un montón de vueltas buscando dónde aparcar. Al final terminé en la calle Ciento cinco o por ahí. Me costaba creer que hubiera sido capaz de aguantar eso cada día; no era solo la cuestión del aparcamiento, sino todo. Aunque, si tanto había mejorado mi vida, ¿qué hacía yo con un agujero de bala en la mano? Cuando vivía aquí no me dedicaba a dispararme en la mano, ¿no? Pues eso.
Pulsé el botón del interfono y la voz eléctrica de Tío Fred rugió.
—Alto. ¿Contraseña?
¿Qué era lo que había dicho antes? Típico de Tío Fred: daría por saco antes de decidirse a dejarme entrar. No me acordaba.
—No lo sé —dije—. Allen Ludden [37].
El interfono emitió un chirrido; mientras abría la puerta lo oí gritar:
—¡Lo siento! ¡Allen Ludden está muerto!
Me detuve en el rellano del primer piso para recobrar el aliento. «Lo que tendrías que hacer, aparte de todo lo demás, claro está, es ponerle remedio a tu forma física», pensé. Di una palmada al bolsillo del abrigo para comprobar que había cogido las llaves del coche y me acordé de que, por mucho que dijeran que no hacía falta traer nada, siempre tenías que llevar algo, y yo me había olvidado. Nada, me habían dicho, y eso había traído yo, nada. ¿Qué tenía eso de malo?
Tío Fred estaba esperándome en lo alto de las sombrías escaleras, delante de la puerta de su apartamento; estaba abierta y dejaba escapar un rayo de luz que creaba ese efecto tan cursi, el de las partículas de polvo flotando en un haz luminoso.
—Viejo Jernigan —dijo mientras me daba un abrazo manco—. ¡Traen!
Tío Fred llevaba veinte años diciendo «traen»: entraentraentra… Y de un sabotaje psicodélico al lenguaje, ese «traen» se había convertido en una manía irritante para, finalmente, no ser más que algo con lo que podías contar.
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