Jernigan
Chapitre 2
Ese día no fui al trabajo.
A la mañana siguiente me levanté y cogí el tren de las 07.31 y entré en la oficina bien temprano. No me llegó una sonrisa de Miranda, que levantó la vista y se limitó a seguir tecleando.
—¿Qué tal? —pregunté.
—Bien —respondió.
—Eso es bueno —dije.
A una ráfaga de golpes de tecla le siguió un «¡Mierda!», y luego cogió el líquido corrector.
—Yo me encuentro mejor, gracias —dije. Tenía que seguir el juego de mi enfermedad inventada.
Se inclinó hacia delante y sopló en la hoja de papel en la que había esparcido el líquido blanco.
—¿Sabes qué? El doctor K tendría que estirarse un poco y comprarte una máquina con cinta correctora. En la escala evolutiva, esta está un peldaño por encima de la tablilla y el cincel. —Doctor K era el mote que le había puesto a Kelsey.
Entonces ella me miró.
—Esto lo odio, de verdad, ¿vale? —me dijo—. Pero me dijo que te dijera que quiere verte. En cuanto llegues.
—Estás tratando de decirme algo.
—Lo siento, de verdad —dijo.
—Mieeer-da. Mmm. Eh… Vale. —Nunca me habían echado de ningún sitio.
Raro. Un jefe irascible y un empleado patoso, igual que en las tiras de
Dagwood [22]. Claro, seguro que esa Miranda iba a saber quién era Dagwood. ¿Cuántos años tendría? ¿Veinticinco? Aunque quizá las tiras de Dagwood siguieran publicándose.
En el mundo real, ¿qué te decían exactamente cuando te despedían? Está usted despedido, no, imposible. En las tiras de Dagwood te agarraban por el cuello de la camisa y el fondillo de los pantalones, creo.
—Tendrías que avisarlo por el interfono, ¿no? —dije, esperando que, al menos, Miranda admirara mi sangre fría. Los líos en la oficina eran muy mala idea, aunque yo ya había tenido el mío, había tenido dos, casi, cuando Judith vivía. Pero ahora que, por lo visto, ya no andaría más por ahí, tal vez podría llamar a Miranda algún día para tomar un café. Aunque ahora tendría que ocuparme de Martha.
—Dile que pase. —La voz de Kelsey se elevó de la mesa de Miranda.
Miranda le hizo una reverencia al altavoz levantando las palmas de las manos, y luego me dijo:
—Mentón bien metido, piernas flexionadas.
Di unos saltitos y pegué un par de derechazos al aire; lo hice por ella, para demostrarle lo poco preocupado que estaba.
—Siéntate —dijo Kelsey.
Me senté.
—Puede que esto te pille por sorpresa o puede que no —dijo—, pero hemos decidido prescindir de ti. Seré muy franco: no has encajado bien.
—Supongo que lo intuía desde hace tiempo —dije. ¡Tú! Tú que siempre decías que te iba la degradación… Pues disfruta del momento. Degradación. Jugué con la palabra mientras contemplaba las manos de Kelsey; de las manos para arriba no me atrevía a mirarlo. La alianza de oro le pellizcaba el dedo hinchado. Me inventé la palabra Dagwoodación. Y me imaginé a Elmer Gruñón farfullando.
—Maldita sea… —decía Kelsey—, tienes mucho talento. Eres listo, eres presentable… —El tercer atributo parecía habérsele olvidado—. Y todo esto solo ha conseguido impedir que hagas… —se encogió de hombros— lo que deberías estar haciendo, sea lo que sea. Y es algo en lo que creo firmemente: las personas, cada persona, son buenas para un trabajo en especial, cada una tiene su nicho, la mercadotecnia, ya sabes. —Lo pronunció así: mercadotecnia—. Francamente, me gustaría que fuéramos lo bastante grandes para poder recolocar al tipo que no funciona en su puesto, probar algo diferente. Pero afortunada o desafortunadamente… —Separó las manos para hacer patente su desesperación—. Lo único que podemos hacer es decir ¡Ve con Dios! y calcular una indemnización que sea justa para todos y… —volvió a extender las manos.
—¿De qué tipo de indemnización estamos hablando, exactamente? — pregunté, yendo al grano. De hecho, había olvidado que lo que hace de un trabajo un buen trabajo es el despido: no pueden echarte a la calle con la última paga y adiós.
—Bueno, nuestra oferta (y si no te parece razonable, te ruego que lo digas) son dos meses de sueldo completo, más la posibilidad de utilizar el despacho durante, pongamos, la próxima semana, para que vayas levantando cabeza, para hacer tus llamadas, lo que necesites. También estaríamos dispuestos, si hiciera falta, a mantener tu seguro médico durante un mes, mes y medio, así tendrías tiempo de buscar alternativas.
Hasta yo me daba cuenta de que podría sacarle más. ¿Dos meses? Eso, incluso para una empresa tan roñosa como Kelsey & Chittenden, no podía ser sino una estrategia para romper el hielo. Por todos los santos, ¿no me había invitado a negociar? Él estaba ahí sentado, pensando en lo que sea que los hombres de negocios piensen. Tratando de prever mi reacción, probablemente, para saber por dónde clavármela. Y yo no tenía cuerpo para eso, en absoluto.
—¿Dos meses? —pregunté—. ¿Eso es lo normal?
—Supongo que en este caso podríamos ser flexibles —contestó—. Creo que podríamos justificar otras dos semanas por situación de extrema necesidad. Podríamos acogernos a lo repentino del cese y a tus años de servicio. Fuera de eso, no creo que estemos dispuestos a prolongar las cosas de un modo que no resulte productivo para nadie.
Según parecía, con tan solo evitar las palabras «de acuerdo» iba a poder ver cómo iba creciendo ese montón de dinero gratuito.
Exhalé un suspiro que, esperaba, él interpretaría como: «Yo tenía en mente algo así como unos tres meses».
—Así que estamos de acuerdo —dijo.
Vaya con Jernigan el hábil negociador. Llegados a ese punto, solo quería largarme de ahí.
—No sé. Lo que tú digas.
—Ahora —dijo, e inspiró sin separar los dientes. Así que había más—. Por lo que a recomendaciones respecta, estaré encantado de proclamar a los cuatro vientos lo que ya te he dicho a ti: que eres brillante, elocuente…, pero no estoy muy seguro de que eso te sirviera de mucho.
Esperó a que yo dijera algo.
Finalmente, añadió:
—En lo tocante a la ética de toda esta historia, me pones entre la espada y la pared. Por un lado, y como comprenderás, dejar a la gente sin oportunidades está muy feo…
—¿Tan mal está la cosa? —pregunté.
—Voy a decirte algo para que te sirva de consejo. Esto ya lo estuvimos sopesando hace un año, cuando lo de tu desgracia. Y entonces nos pareció que a) en ese momento no sería lo correcto, y también nos preguntamos, francamente, y perdóname por lo que te voy a decir, sin ánimo de ofender, si no estarías teniendo problemas en casa que, a su vez, podrían tener relación con los otros problemas. Y que, con el tiempo, cabría la posibilidad de… —no fue capaz de llevar más allá la idea de un Jernigan transformado —. En fin.
—Bueno —dije.
—¿Puedo serte sincero? —preguntó—. No me caes bien. Y si el señor Chittenden me hubiera escuchado cuando quiso contratarte, nunca te habría contratado. Pensé que esto también tenía que transmitírtelo, para que te hicieras cargo de la situación.
—Así que, en realidad, se trataba de eso.
—No —respondió—. Pero puedes pensar lo que más te convenga, por supuesto.
—Diez años.
—Mucho tiempo.
Decidí poner en práctica esa famosa frase del instituto. A esas alturas, ya no tenía absolutamente nada que perder.
—No ha sido un placer. Gracias, muy odiable —dije.
Y vaya si funcionó.
—No hay de qué —respondió.
Cuando salí de su despacho, Miranda miró hacia arriba y levantó las cejas: quería saber.
— [23] Son cosas de la vida —dije; la frase la había tomado de El almuerzo desnudo. Cuando uno se ha pasado tanto tiempo como yo en los trenes de cercanías, termina leyendo de todo. Yo ya había pasado por la fase P. G. Wodehouse, por la fase Chesterton, por la puta fase Lamb-Hazlitt-De Quincey. El almuerzo desnudo correspondía a la fase Relee Todo Lo Que Leíste En El Instituto. Aunque solo releí las partes guarras, medio atemorizado, todavía, de volverme homosexual.
—Te parecerá muy mal momento —me dijo Miranda—, pero creo que debo decirte que no es tacaño ni nada. En realidad, la máquina tiene cinta correctora, pero utilizo el líquido por razones morales. Porque retroceder y deshacer los errores sin más no me parece correcto.
Eso me llamó la atención. Con todos los meses que Miranda llevaba ahí, y yo no había entendido que estaba loca.
Suficientemente loca como para quedar conmigo fuera del trabajo, quién sabe.
—Interesante —dije—. Una manera de verlo muy interesante. Oye, se han ofrecido a dejarme venir a la oficina durante unos días más, pero creo que ahora recogeré algunas cosas y las meteré en una bolsa. Si no, la situación le resultará incómoda a todo el mundo, a mí incluido, creo. Pero pensaba que si alguna vez paso por el barrio podría llamarte y podríamos ir a tomar un café o algo.
Me echaban después de diez años de trabajo, y ya ligaba alegremente con la Miranda esa. Si a eso podía llamársele ligar. Si eso era alegremente.
OceanofPDF.com