Jernigan

David Gates · Chapitre 22 sur 45

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Jernigan

Cinco

 

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1

 

La mujer que nos había vendido la casa de Heritage Circle llevaba tanto tiempo fuera de Century 21 que en la empresa nadie sabía ni cómo se llamaba. Era una tal señora Edmondson; lo recordaba por el Tío Fred y el rollo de Edmund Wilson. Así que me pasaron con una Amy Nosequé que, al teléfono, ponía una agradable vocecita ronca.

Esa mañana, cuando me hubo acostado después de nuestra reunión familiar, Martha fue a una de sus tiendas de segunda mano y me compró una chaqueta de cowboy. Una prenda para tipos joviales: blanca, llena de bordados negros de hojas de vid y flores, con los cortes de los bolsillos rematados con puntas de flecha. Interesante, ver quién le ofrecía la prenda de paz a quién. «Fue Rusty quien me metió en esto».

—H-Bar-C Ranchwear —dijo Martha sujetando la chaqueta por los hombros y agitándola de un lado para otro; los brazos empezaron a moverse como los de los soldados en un desfile—. Auténtico. Tenían un tesoro y no lo sabían, eso está claro.

Me puse la chaqueta para quedar con la tal Amy, y desde la puerta de la cocina Martha se despidió agitando el brazo, satisfecha. Pero en cuanto llegué a la señal de STOP me hice a un lado de la carretera, me saqué la cosa esa y la colgué del asiento del copiloto, como si estuviera vistiendo a un maniquí. Estaba nervioso: una chica preciosa y yo, solos en una casa abandonada en pleno día. Supongo que pensé que se parecería a Amy Irving; eso habría sido de cajón: oyes un nombre y lo asocias con algo. Esa discrepancia entre lo que creemos y lo que, en realidad, sucede —que esas dos cosas puedan coexistir— debió de parecerme bien.

Cuando llegué a Heritage Circle había un coche pequeño delante de la casa, un Ford Escort, creo. Y en el camino de entrada, un viejo Cadillac negro; de mediados de los setenta, tal vez. Muy posterior a los modelos con alerones laterales, eso seguro. Un lado del parachoques trasero estaba abollado; los estribos, oxidados; el techo de vinilo, pelado. ¿Qué hacía ahí ese montón de mierda? Una mujer con una gabardina color habano —debía de pensar que la hacía elegante— se bajó del Escort. (Digamos que es un Escort, para ganar tiempo). Era Amy, sin duda. Llevaba zapatillas de deporte. Severas gafas de pasta negra, de esas que solo se pondría una mujer que se creyera tan guapa como para pensar que incluso eso podía quedarle bien. (Amy, sin embargo, no era especialmente guapa). Alargó la mano, y por solamente un instante olvidé por completo por qué hacía eso la gente. Luego lo recordé y le di uno de esos apretones de mano que reservo para las mujeres y que no consisten en apretar la mano. Consisten en tomarla y basta.

—Amy O’Connor, de Century 21 —dijo—. Parece que tiene una fiesta montada ahí dentro.

—Eso sí que no —dije. Pero sonaba a que sí: batería y guitarra chirriante—. Supongo que será mi hijo con sus amigos. Aunque no puedo creer que se haya fumado la clase.

Me dirigí al corredor que daba al taller; Amy metió la cabeza en el coche para coger una carpeta sujetapapeles y luego me siguió. Una expresión tan anticuada como «fumarse la clase» no iba a impresionar mucho a esa Amy; aunque no era tan guapa como para que me entraran ganas de impresionarla, de todos modos. Abrí la puerta de la cocina y recibí un golpetazo en el pecho, un golpetazo físico: la música. Los berridos desafinados de una voz femenina se imponían al resto de ruidos. Venían del salón, eso era obvio, pero en la cocina los oídos ya me dolían tanto que no me atrevía a acercarme más. Aquello parecía un campo de fuerza de Star Trek. Levanté la palma de la mano para avisar a Amy —«Espera aquí»— y abrí la puerta del sótano. Bajé las escaleras al trote y me dirigí al cuadro eléctrico; sobre mi cabeza retumbaban las atronadoras notas de un bajo. Desconecté el interruptor principal y en cosa de un segundo el batería tocaba solo. Luego el batería se detuvo y un crío gritó:

—¡Eh! ¿Qué coño ha pasado?

De vuelta en la planta baja encontré a Danny subiendo y bajando los interruptores y a Clarissa quejándose —«qué palo»— mientras se desplomaba en el sofá. Sentada tras una colección de tambores y platillos, una criatura nervuda con camiseta de tirantes y el pelo teñido de color platino, igual que Clarissa, se encendía un cigarrillo. Un chico con sobrepeso y una camisa de Dacron blanca por fuera de unos pantalones de traje negros seguía recorriendo el mástil de su silencioso bajo con los dedos. Llevaba unas gafas como las de Amy, y el pelo, corto y bien peinado, con una raya impecable. ¿Usaría loción capilar? ¿Venderían todavía loción capilar? Un cuarto de siglo atrás habría parecido un chico gordo y estudioso, normal y corriente.

Silbé y cuatro cabezas se volvieron. Danny se quedó mirándome y luego dedicó su atención a Amy la de la gabardina.

—Esta señora —dije— ha venido a ver la casa. Confío en que no se encontrará con una sorpresa en alguna de las habitaciones.

Cuatro miradas inexpresivas.

—Voy a dar la luz, así que haced el favor de desconectar todos los aparatos. Y cuando haya terminado de enseñar la casa, me gustaría tener una charla con vosotros dos.

Con los dedos índice y corazón señalé a Danny y a Clarissa. Una charla, por todos los demonios: estaba hablando como un director de escuela. Imaginé que Amy tampoco estaría demasiado impresionada.

—Lo siento —continué mientras recorría con Amy el pasillo (resonaba el eco: suelo de madera desnudo, paredes satinadas desnudas) y señalaba: aquí, el baño; en la puerta de al lado, el dormitorio principal, con armario para la ropa blanca.

—Ya estoy acostumbrada —dijo ella, poco amigable.

El sótano.

—¿La mesa de trabajo la dejará? —preguntó, bolígrafo preparado.

—Claro, ¿por qué no? Estaba aquí cuando yo llegué. Las herramientas me las llevo, naturalmente.

Había tenido intención de usar el taller, de verdad. En un mercadillo casero me hice con una sierra de banco; y cuando leí en una revista de bricolaje que los usos de la fresadora eran «casi ilimitados», me compré una. Me gustó el nombre: fresadora. ¿Existirían las frambuesadoras? Al final, el trasto solo lo usé una vez para hacer una librería para el cuarto de Danny. En lugar de apoyar las estanterías sobre listones, abrí unas ranuras en los lados de la librería y en el panel del fondo: bastaba con encajar las estanterías. Al año de instalarme en la casa, no había usado la muela más que para afilar la cuchilla del cortacésped. Y el afilado no era especialmente urgente: tenía el césped bien domesticado.

—¿Lavadora y secadora?

—¿Perdón?

—¿La lavadora y la secadora se quedan?

—Bueno, deje que lo piense. —¿Debía cargarlas hasta casa de Martha, o ya estaba bien equipada? Dios mío, vivía en su casa desde hacía, ¿cuánto? ¿De, digamos, mediados de junio a mediados de octubre? ¿Tres meses? Demonios. Lavadora tendría: siempre estaba metiendo ropa limpia en los cajones, ¿no? De su sótano, sin embargo, lo único que recordaba eran las jaulas y las balas de paja—. No sé. Sí, las dejo.

—¿Aquí, quiere decir?

—Sí —respondí. Si ella podía estar de malas, yo también podía estar de malas—. Ah, escuche, a la porra: las herramientas las dejo, también. Solo me llevaré un par de destornilladores, unas llaves inglesas, y poco más. Aquí tengo una sierra de banco, una muela, la fresadora nueva que compré…, ¿qué más? Un torno de banco bueno…

Ahora Amy parecía preocupada.

—Si de verdad no los usa, sería aconsejable que los vendiera usted por su cuenta. No añaden nada al valor de la casa. Normalmente, los compradores que echarían en falta cosas así ya las tienen.

Yo entendía lo que quería decir, aunque, literalmente, era absurdo: no se puede echar en falta lo que ya se tiene, ¿no?

—Ya veo por dónde va —dije—. Pero van con la casa, ¿sabe? Quien compre la casa ya hará lo que quiera con ellas. Lo mismo con el cortacésped y todos los trastos del garaje, el cortabordes, lo que haya… Se llevan una vida entera, ¿vale?

—Bueno…

—Platos. Platos, la cubertería. Toda la… —no podía recordar la expresión—, la ropa blanca. La ropa de casa, ¿verdad? El lavavajillas de debajo del puto fregadero. —Había dicho puto—. Perdón. Le ruego que me perdone.

Silencio.

—Esto puede resultar muy triste, lo comprendo —dijo. ¡Por fin!—. Entonces, supongo que los electrodomésticos también.

—¡Puf! Ya no están. Se han desvanecido igual que una brisa fresca.

—Creo que ya no necesito molestarle más —dijo—. Si quiere pasar por la oficina esta tarde, podremos empezar a mover el tema inmediatamente. Se reunirá con el señor Pagliarulo.

Fue elegante, cierto, pero me apuesto algo: el bueno de Pagliarulo no sabría nada de la reunión hasta que ella volviera a la oficina y le prometiera que, si le quitaba a ese capullo de encima, estaría en deuda con él.

—¿Pagliarulo como el jugador de béisbol? —pregunté.

—No sigo el béisbol.

Después de acompañarla al coche, volví a entrar y vi al gordo metiendo el bajo en la funda de vinilo negro y a la criatura con el pelo de color platino desenroscando el platillo de una vara. Danny y Clarissa estaban en el sofá, cada uno con el brazo en la cintura del otro, la viva imagen del amor joven y perseguido.

—Vosotros dos —dije, y con la cabeza apunté hacia la cocina.

Se miraron, se levantaron y entraron en la cocina. Saqué una silla para Clarissa. Se sentó. Le señalé a Danny otra silla. Se sentó. Yo me apoyé en la nevera.

—Veamos —dije.

Ellos no dijeron nada. Clarissa se quedó mirando el tablero de la mesa. Movimiento descontrolado de la pierna.

—¿Qué es lo que debería deciros? Sabéis que tendríais que estar en clase.

Nada. Qué cabroncetes tan listos: si conseguían que siguiera hablando, terminaría diciendo algo para lo que tendrían respuesta. Y una mierda. Lo único que debía hacer era prolongar mi silencio; así, tarde o temprano uno soltaría algo para lo que yo sí que tendría respuesta. Miré el reloj que colgaba de la pared, justo encima del fregadero. Ya estaba ahí cuando compramos la casa, el puto rectángulo beis; siempre lo había odiado. Beis: el rectángulo de los colores. Rectangular: el beis de las formas.

El segundero estaba justo en las dos. Y de repente estaba un pelo más adelante. Entonces miré a los chicos, que miraban los gallos del papel de pared. Un día a Judith se le desató la vena kitsch y recorrió media docena de tiendas hasta que dio con un papel de pared con gallos. Se oía a los otros chicos recogiendo sus cosas en el salón. El silbido de los platillos, el rasgar de la cremallera.

Después de lo que me pareció mucho tiempo, le eché otro vistazo al reloj. El segundero estaba en las nueve. Parecían dispuestos a quedarse ahí sentados tanto tiempo como yo quisiera. Y eso porque por lo que a vida interior respectaba, debían de andar muy escasos. O tal vez tenían una vida interior excepcionalmente absorbente. O quizá estuvieran fumados. El segundero rebasó las doce.

—A la mierda —dije—. ¿Queréis colgar los estudios? Problema vuestro, ¿sí? A partir de ahora mismo, hago efectiva mi renuncia al cargo de poli. —Me levanté: era un hombre libre—. Chao.

—¿Eso significa que podemos quedarnos aquí? —preguntó Danny.

—Buen intento. Pero ya no juego. Si queréis que os digan lo que podéis hacer, buscaos un gurú o lo que sea. Estoy harto de tener que decíroslo yo todo. —Me llevé una mano a la cabeza en señal de despedida, extendí el brazo con la palma hacia arriba y me dirigí a la puerta—. Hasta cuando nos veamos.

—¡Dustin! —gritó Danny—. No pasa nada, no tenemos que largarnos. ¡Mitchell!

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