Jernigan
Chapitre 4
El Reliant de Martha todavía no estaba aparcado cuando llegué a casa, pero en la ventana de Clarissa se veía un resplandor amarillo. En la cocina, donde ahora hacía tanto frío como fuera, grité:
—¡Eh! ¿Hay alguien en casa?
Nadie respondió. Encerrados, como siempre. Clarissa tenía uno de esos radiadores de aceite en su cuarto; con plástico en las ventanas y una manta vieja en la puerta, ella y Danny podrían apalancarse ahí arriba y dejar que el resto del mundo se fuera a la mierda.
Guardé la ginebra en la nevera y entré en el salón, que estaba helado. Desde ahí podría oír la puta música. Eso significaría que Danny había vuelto. O que no. Una cosa me cabreaba particularmente: que no podía cabrearme. Lo que tenía que hacer era prepararme para hablar con mi hijo acerca de si estaba o no estaba pensando en suicidarse. Lo primero: volver a la cocina y echar dos buenos tragos de ginebra; luego encendería la calefacción mientras la ginebra me iba haciendo efecto. Así tendrás un lugar calentito donde hablar, Jernigan, y estarás más tranquilo. Pero vaya mierda no poder entrar en tu casa, quitarte el abrigo y sentarte. Claro que esa no era tu casa. ¿Qué esperabas, entonces?
Fui a la cocina y me pegué tres lingotazos —esto es, cinco o seis— y luego regresé al salón y abrí la puerta de hierro de la estufa, que chirriaba. Por el amor de Dios, ahí habría unos quince centímetros de ceniza. Así que volví a la cocina y cogí el cubo de plástico que Martha usaba para la basura que iba a la pila de compost. No se me ocurría qué podría servirme de pala. Al final encontré un molde de plum-cake. Y me puse de rodillas, pasando frío, sacando ceniza de una estufa con un molde de plum-cake y metiéndola en un cubo apestoso. Y me acordé de la primera vez que entré en la casa, el Cuatro de Julio, y de que pensé: «Qué bien, una estufa de leña». Cuando hube sacado casi toda la ceniza, llené el fondo de la estufa de páginas arrugadas del New York Times, luego rompí unas ramas con la rodilla, las coloqué sobre el papel, cruzadas, encendí la esquina de la página C7, me aseguré de que tiraba bien y cerré la puerta con un chasquido. Con el cubo de ceniza, salí por la puerta de la cocina y, por el patio trasero, llegué a la pila de compost dejando huellas oscuras en la hierba, que se había vuelto blanca y crujiente. Esa no era una pila de podredumbre para la vieja Martha, no; era un señor montón cercado con malla de gallinero y todo. Aquí y allá, estacas que, cuando llegara el momento, habría que sacar para dejar que entrara el aire. Eché la ceniza encima de hojas de zanahoria y cáscaras de melón. Y probablemente me echarían un sermón. Porque probablemente, antes de la ceniza tendría que haber dispuesto una capa de césped cortado. O césped cortado o harina de sangre, fuera lo que fuera la maldita harina de sangre esa. Eso era para el nitrógeno. Sobre las cáscaras de melón no podía echarse la ceniza directamente; había que separarla con una capa de harina de sangre. Probablemente la regla era esa.
Cuando estuve de vuelta en casa, el papel de periódico ya se había consumido y las maderitas ardían. Eché en la estufa trozos de tablones de madera que había rescatado de contenedores, con clavos y todo —mira, para Martha: cuando estas cenizas terminasen en la pila de compost, a su nitrógeno podría añadirle un poquito de hierro—, arrastré el sillón Morris para acercarlo a la estufa y me senté sin quitarme el abrigo. Lo que haría sería esperar a que el salón se hubiera calentado por completo y resultara bien acogedor: si no teníamos que sentarnos arrebujados en el abrigo mientras nos soplábamos las manos, resultaría más fácil explicarle a Danny por qué suicidarse era una mala idea. Empezaría diciéndole que últimamente parecía en baja forma. Si lo admitía, todo en orden; si lo negaba, le diría que a veces puedes llegar a estar tan deprimido que ni siquiera te das cuenta de que lo estás. Lo más preocupante de encontrarse así, le explicaría, era que ya nada te preocupa; lo que en condiciones normales parecería impensable comienza a parecerte razonable. Luego, cuando hubiéramos llegado a ese punto, podríamos pasar a por qué suicidarse era mala idea. Aunque solo se me ocurrían los típicos incentivos mundanos: si se avenía a vivir, podría follar más. Escuchar más discos. Ya había follado y ya había escuchado discos; ¿por qué tendría que mostrarse pasmado y reverente ante la idea de poder seguir haciendo lo mismo? ¡Mejores chicas! ¡Mejores discos! Ah, sí. Su Arte. Me había olvidado de su Arte. Suicídate y el mundo tendrá un guitarrista menos. No: ese era un mal enfoque. La táctica a adoptar: centrarse en lo mal que se sentía y en por qué se sentía así, suponiendo que eso pudiera sacárselo. Y luego, probablemente, la vida volvería a seguir su rumbo sin mi endeble ayuda. Suponiendo que lo de hablar de lo mal que estaba uno y de por qué estaba mal funcionara de verdad y ayudara a que la gente se sintiera mejor.
Me levanté y volví a la cocina. Otro trago y luego de vuelta al salón, a ver si ya se había calentado lo suficiente para quitarse el abrigo, y luego empezaríamos a charlar, ¿vale? Suponiendo que Danny estuviera en casa. Abrí la nevera, desenrosqué el tapón de la botella de ginebra y pegué un buen trago. Dejé la lengua marinando durante unos segundos y luego tragué. Luego otro, y otro más, el último, de propina. Enrosqué el tapón, cerré la nevera y me volví: Clarissa estaba ahí, en la puerta de la cocina, mirándome.
—¡Eh! —dije. Era el hola, nuevo y dinámico, que ahora usaba con los chicos.
—¿Señor Jernigan? —dijo, aunque habíamos quedado en que yo ya era Peter—. Me parece que tengo un problema.
Tenía pinta de tenerlo. Más que de costumbre, quiero decir. Mirada fija. Pelo alborotado. Y advertí que iba descalza: con un frío como el que hacía, no era capaz de imaginar lo que sería andar así. «Mierda —pensé—: descalza y preñada». Así que eso era lo que preocupaba a Danny. Y yo que pensaba que era mal de siècle.
—Acércate y quédate al lado de la estufa —dije. Le puse una mano en el brazo para guiarla y protegerla. Tendríais que haber visto el salto que pegó.
—Usted no es mi padre.
—De esa me libré —dije, aunque es posible que lo dijera tan bajo que no me oyera—. Clarissa —continué, haciéndole señas para que me siguiera al salón—, siéntate, por favor.
Escogió el sillón Morris; yo escogí el suelo frío, a su lado. En cuanto te apartabas de la estufa, el salón ya no era ningún puto Déjeneur sur l’herbe.
—A ver, ¿a ti qué te pasa? —pregunté—. Dime que no estás embarazada, por favor.
Movió la cabeza y dijo:
—Los bebés-monstruo del LSD.
—¿Perdón?
—Hace que la gente tenga bebés-monstruo —dijo—. Creo que me he pasado. —Meneó la cabeza—. Huy. Creo que pensar en eso no es bueno. — Paseó la vista por el salón—. Huy.
—Vale, tranquila. Clarissa, ¿no estarás colocada, por un casual?
—Aunque claro, me parece que me he pasado. Me he comido tres porque Dustin ha dicho que sería una ocasión muy especial, pero creo que tres es demasiado. Porque soy menuda. —Empezó a soltar carcajadas—. Soy menuda.
—¡Dios! Oye, Clarissa: ¿dónde está Danny? ¿Cuándo…? —Las preguntas, mejor de una en una—. Bueno, a ver. ¿Dónde está Danny?
—Que vale, que ya le he oído.
—¿Danny está aquí?
—No, sigue en casa de Mitchell. ¿Sabe lo lejos que está?
—Clarissa. A ver. ¿Danny también ha tomado algo?
—Le ha dado miedo. Y luego, como se ha enfadado conmigo, Dustin y yo hemos ido al centro comercial, pero no me ha gustado. ¿Puede llevarme al hospital?
—Pobre Clarissa —dije, y lo sentí de verdad—. Lo estás pasando muy mal, ¿verdad?
—Creo que pueden ponerme una inyección —dijo—. Dustin ha dicho que pueden ponerte una. ¿Podría llevarme ya?
—Créeme, Clarissa, sé por lo que estás pasando. Y mejorará, te lo aseguro.
—¿Y cómo puede saberlo?
Bien visto.
—Lo que quiero decir es que esto me ha pasado a mí y… —¿Y qué le digo? ¿Algo así como «y mírame ahora»?—, y termina bajándose, te sentirás mejor. Ahora, escúchame. ¿Puedes decirme quién más ha tomado esto?
—Ya se lo he dicho. Dustin. Dustin Dustin Dustin.
—Vale, tranquila.
—Guau —dijo Clarissa.
—¿Dustin y tú lo habéis tomado a la vez, o él sólo te lo ha dado?
El chico me había parecido bastante racional, aunque que alguien me parezca racional a mí no significa gran cosa.
—¿Y cómo es que Dustin le interesa tanto? —preguntó—. Quiero ir al hospital.
—Vale, vale. Al hospital, entonces. —Mejor el hospital que tratar de manejar el asunto yo solo. Cuando hubiéramos salido de esta, la buena de Martha me debería una—. Nos vamos en un minuto. Si te pregunto por Dustin es porque me preocupa que él también lo esté pasando mal.
—Dustin lo lleva bien. Conducía su coche y todo. Hemos ido al centro comercial, pero no me ha gustado.
—Fantástico —dije. Lo más probable era que el mierdecilla ese se hubiera tragado un Pez y a ella le hubiera dado caramelitos de los buenos. En los tiempos gloriosos de Jernigan eso no habría sido raro—. Bueno, supongo que tendremos que dejar que Dustin se ocupe de Dustin.
Eso le hizo gracia. Se retorció en la silla con una risita tonta y luego se detuvo.
—Noto como si mis dientes fueran demasiado grandes para mi boca — dijo.
—¿Clarissa? Trata de relajarte. Esto no durará siempre, y te llevaremos a un lugar donde te ayudarán, ¿de acuerdo? Y ahora, ¿por qué no te pones unos zapatos, te pones el abrigo y vamos en busca de ayuda? ¿Sí?
—Te pones unos zapatos. Te pones unos zapatos, te pones unos zapatos. Huy… Creo que sigue subiéndome.
—Tendría que echarte una mano —dije, y luego me di cuenta de que si «te pones unos zapatos» la había desconcentrado, lo de «echarte una mano» le parecería absurdo. Pero ni se inmutó. Y yo me acordé de cuando iba tan colocado que nada, ni una palabra, ni una imagen visual, ni una idea, tenía sentido ni guardaba relación con el resto del mundo. En un estado como ese, ¿no se convertiría el terror mismo en una cosa más, en otro objeto? Clarissa parecía cerca de dar con la respuesta, pero hacerle esa pregunta era muy mala idea. Y si estaba cerca de dar con la respuesta, no sería capaz de entender la pregunta. Ni siquiera sabría qué era una pregunta. Me levanté y extendí la mano, y ella, que parecía capaz de recordar cómo iba la cosa, la cogió y se levantó. Afortunadamente, no se le había ocurrido examinar a fondo ese proceso. Tal vez Clarissa no fuera tan inteligente como para meterse en líos gordos. Aunque, por otra parte, lo estaba pasando mal, eso era innegable.
Subí con ella a su habitación y la senté en la cama.
—¿Los calcetines están aquí? —pregunté mientras abría el primer cajón de la cómoda. Estaban ahí—. ¿Estos? —dije con un par de color rosa en la mano; los dos calcetines estaban doblados, uno metido dentro del otro.
Levantó los brazos y se quitó la sudadera. No llevaba nada debajo.
—Vuelve a ponértela, Clarissa. Ahora. —Bonitos pechos, blancos y pequeños, del mismo tamaño que la bola de calcetines que tenía en la mano —. Hablo en serio.
Cogí la sudadera y se la lancé. Estaba orgulloso de mí: ni la menor tentación, ni siquiera fugaz. Por lo visto, existía un límite que ni el mismo Jernigan sobrepasaría. Como Clarissa se había quedado mirando fijamente la sudadera, se la quité de las manos y busqué la etiqueta del cuello para enseñarle qué era el frente y qué el dorso. Luego, sujetando la sudadera por abajo, la abrí bien y le dije que levantara los brazos. Funcionó. Metí uno en una manga y luego el otro, le pasé la cabeza por la abertura del cuello y tiré del jersey hacia abajo.
—Ahora no te la quites. Y no te muevas.
Me arrodillé y le puse un calcetín rosa en cada pie. Debajo de la cama asomaba una Reebok; la pareja estaba sobre la cómoda.
—Ten —le dije cuando se las di—. Puedes hacerlo tú. No eres un bebé.
Parecía responder mejor a esta táctica que a la del «ya sé por lo que estás pasando».
Se sentó con una zapatilla en cada mano. Parecía encantada.
—Uf. ¿Es esto un mal viaje?
La doctora que atendía en urgencias —lo supimos cuando por fin tuvieron la amabilidad de concedernos audiencia— era una mujer de mi edad, alta y caballuna. Patas de gallo y dientes salidos.
—¿Clarissa? Soy la doctora James. ¿Quieres venir conmigo? Señor Peretsky, resultaría muy útil que usted nos acompañara.
—Es Jernigan. Soy su padrastro.
Entornó los ojos; se acentuaron sus patas de gallo. Porque no era el momento de andar aclarando cuál era mi nombre, o porque con la palabra padrastro las probabilidades de que se tratara de algo feo aumentaban. Aunque quizá todo se debiera a que me había olido el aliento.
La doctora se sentó sobre el papel que protegía la camilla; con cuidado, simplemente tocándole la barbilla con las yemas de los dedos, consiguió que Clarissa le mirara a los ojos. De repente, me sentí fuera de lugar. Vale: era alta, no llevaba alianza de casada y, lo peor de todo, hacía algo útil para el mundo. Sacabas tus conclusiones, eso era inevitable. «Querido Dios — pensé—, por favor, que no se le escape lo de la puta sudadera».
—¿Clarissa? —dijo la doctora—. ¿Puedes decirme qué has tomado y cuánto hace que lo has tomado?
Clarissa se echó a llorar.
La doctora se dirigió a mí:
—¿Qué le ha contado?
—Que eran tres pastillas de ácido. En realidad, solo ha dicho que se había tomado tres algos, pero he supuesto que serían ácidos. —Blablablá—. No sé cuánto hace que los ha pillado, pero no creo que fuera antes de las tres o las cuatro de la tarde.
A quien yo quería pillar era al gordo cabrón de Dustin.
—Clarissa, ¿te queda algo de lo que has tomado? ¿Me dejas verlo?
Clarissa sacudió la cabeza.
—¿Puedes decirme qué aspecto tenían?
—Verdes —dijo Clarissa—. Eran tan pequeñas…
Miraba hacia abajo, ahora a una mano, ahora a la otra, las dos sujetando las rodillas.
—¿Así de grandes? —preguntó la doctora extendiendo el índice y el pulgar.
Clarissa asintió en silencio.
—No —dijo la doctora—. Mira lo que te estoy enseñando. ¿Eran así de grandes? ¿O eran más pequeñas?
Clarissa miró.
—Así de grandes —dijo. Volvió a mirarse la mano y movió los dedos. Tenía las uñas pintadas de negro—. Uf.
—¿Eran de color verde chillón o verde pálido? ¿Tenían motitas?
—Sí. Huy… ¿Usted también las ha tomado?
—No, cariño —dijo la doctora—. No te preocupes, te pondrás bien. Te daremos una inyección y te encontrarás mejor.
Se acercó a un armario gris muy alto, metálico. Y Clarissa, sin que nadie le dijera nada, se arremangó.
—Al menos sabemos qué tenemos entre manos —me dijo la doctora—. Llevo viendo estas pastillas verdes desde el verano. Por lo que me han contado, con tres tienes más que suficiente para viajar directo a Disneylandia. Me encantaría saber de quién fue la idea de traer esta porquería al pueblo.
—No es la única a quien le gustaría saberlo —dije yo, cabronazo hipócrita.
Una vez, Tío Fred y yo le compramos cincuenta cápsulas a un tío; nos aseguró que eran de ácido de Owsley, del auténtico. Con las que vendimos nos bastó para cubrir gastos, y las que nos sobraron las repartimos entre los chicos de la residencia. Me acuerdo de uno que entonces estudiaba para ingresar en Medicina y que ahora vive en Maine. Se dedica a grabar estampas balleneras en dientes de cachalote. Tío Fred quedó con él hará unos años, cuando subió por ahí. El tío se gana bien la vida, por lo visto.
La doctora perforaba con la aguja el sello plástico de un frasquito de líquido transparente. Entre tanto, Clarissa se había sacado el cinturón y se lo había enrollado en el antebrazo; con los dientes agarraba un extremo del cinturón, y abría y cerraba la mano. La doctora me miró y después, con los dedos, tocó el hombro de Clarissa.
—Esto no va a hacer falta. Es una inyección intramuscular.
Clarissa miró a la doctora con los dientes todavía ocupados. Luego me miró a mí. Luego aflojó el cinturón.
—¿Puedes subirte la manga un poco más? —dijo la doctora—. Puede que, durante un instante, notes un pellizquito, pero no te haré daño.
Frotó el hombro de Clarissa con un algodón y se dio la vuelta.
—Perfecto. Clarissa, ahora me gustaría que te tumbaras en la camilla un ratito y sujetaras el algodón. Te encontrarás mejor muy pronto.
—Vale —dijo Clarissa con un hilo de voz.
—Descansará durante unos minutos —anunció la doctora—. ¿Puedo hablar con usted?
Con la cabeza señaló hacia la puerta. La seguí a su despachito.
—Esta niña tiene problemas —dijo mientras se sentaba al escritorio—. ¿Qué piensa hacer al respecto?
Junto al escritorio había una silla, pero no me invitó a que me sentara. Me quedé de pie como un niño malo.
—¿Puede hacerse un poco a la izquierda, por favor? Quiero tenerla controlada.
—Para serle sincero —empecé—, esto es toda una novedad. Hace poco que conozco a su madre y… —Eso, ¿y qué?
—Pensaba que era su padrastro.
Con cuidado.
—Bueno. De facto. No estamos casados, pero su madre y yo llevamos viviendo juntos desde…, deje que piense…, agosto. A estas alturas, padrastro nos parece la palabra menos, no sé, menos liosa.
—¿Y dónde está la madre de Clarissa?
—Está…, está aquí. Resulta que esta noche, cuando todo empezó, había salido.
—Hmm.
La doctora había cogido una carpeta sujetapapeles y uno de esos bolis en forma de abrecartas. Se puso a dar golpecitos en la carpeta con el extremo en forma de abrecartas del boli y a mirar al frente, esquivándome. En aquel espacio tan reducido, traté de desviar mi aliento alcohólico respirando por las comisuras de la boca. Muecas, eso es lo que debía de parecer que estaba haciendo.
—Bueno. En mi opinión, a Clarissa le hace falta algún tipo de terapia, eso como poco. Puedo remitirle a un par de programas muy buenos.
—¿Sería tan amable? —dije.
Me miró.
—Sí. Seré tan amable.
De vuelta en el coche, Clarissa se quedó sentada con las manos en el regazo mientras yo soltaba tacos en voz baja, giraba la llave en el contacto y pisaba el acelerador. Y estábamos en noviembre, por todos los santos. ¿Qué iba a hacer yo en enero?
—¿Podemos poner la radio? —preguntó cuando por fin logré que el maldito motor arrancara—. Y la calefacción, también.
—La calefacción la pondremos dentro de un minuto —dije mientras salía marcha atrás—. En cuanto el coche se caliente un poco. Échate esto por encima, si quieres.
Levanté una manga de la chaqueta de cowboy, que seguía colgada del asiento del copiloto. Pero ella estaba mirando algo al otro lado de la ventana.
—Y para la música —continué—, si abres la guantera verás un walkman y varias cintas.
Movió la cabeza sin dejar de mirar afuera, como si hubiera descartado por completo la posibilidad de ser capaz de escuchar alguna de mis cintas.
El hospital estaba en la calle División; caí en la cuenta de que bastaba con bajar por División y cortar por el aparcamiento, y… ¡bingo!, estabas en la avenida Hamilton. Si hubiéramos venido por el bulevar JFK, habríamos tardado cinco minutos más, con todos los semáforos. Así que los que quieran creer que todo tiene sus cosas buenas ya pueden fijarse en la de esa noche: un nuevo atajo.
—¿Cómo te encuentras? —pregunté.
—Genial, de verdad. ¿Ha visto la luna?
—No, lo que he visto es la calzada —respondí. Ahora que la crisis parecía superada, podría volver a hacerme la víctima y a portarme como un capullo.
—Mira —dijo, y con el dedo señaló el otro lado de su ventana.
Me incliné hacia delante, encorvado sobre el volante, y miré hacia arriba y hacia la derecha: el disco blanco de la luna encaramado ahí arriba, con una cara dibujada.
—Sí —dije mientras volvía a acomodarme en el asiento—, luna llena.
—¿Podría seguir conduciendo un rato? Ya no alucino, y se está tan bien…
—Me parece que tendríamos que volver a casa. Ya hemos tenido bastantes aventuras por esta noche, n’est-ce pas?
—Vale. Como quiera. Lo siento por usted, que se lo está perdiendo.
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