Jernigan

David Gates · Chapitre 19 sur 45

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Jernigan

Chapitre 4

 

Recortadas contra el cielo azul cobalto, las hojas eran de colores enfermizamente vistosos: las fases —amarillo hepático, naranja, rojo— de la tisis. Lo que estaba mandado, sin embargo, era que te parecieran preciosas. Aquella mañana, mientras caminaba hacia el coche o avanzaba bajo el túnel de árboles que conducía a la avenida Hamilton, ni siquiera me fijé en las hojas. La culpa era solo mía: tener trabajo no debía, por fuerza, anularte. Un ejemplo obvio: Wallace Stevens. Bastaba con pensar en Wallace Stevens para que cualquier empleadillo desgraciado se sintiera todavía peor.

Al menos algo estaba clarísimo: con esos cien mil dólares imaginarios o sin ellos, mudarse a casa de Martha sin trabajo y sin un lugar adonde ir suponía una pérdida de poder.

En caso de que estuviese clarísimo. Si llegado un momento querías trabajar, pues muy bien, te buscabas un trabajo, ¿no?

Pero ¿de qué? ¿Y qué ibas a explicar cuando te preguntaran lo que habías estado haciendo durante el último año?

Y eso se convertía en una cuestión totalmente distinta: ¿a qué ibas a dedicarte, el día entero?

Aunque, por otra parte, podrías buscarte un trabajo para no tener que pensar a qué dedicarte durante el día entero. Dios. Por esta parte, y por la otra parte, y por la reotra reputa parte.

Giré en Maple, caminé una manzana y llegué a Oakdale por Nottingham. Esa zona de la ciudad le daba mil vueltas a Heritage Circle. Casas grandes, unas unifamiliares y otras adosadas, de tablillas de madera, la mayor parte, aunque cada vez se veían más revestidas de aluminio o de ladrillo. Grandes árboles que ocupaban las lenguas de tierra entre calle y acera; raíces que habían ido hinchándose con el paso de los años y que ahora levantaban una de cada cuatro o cinco losas de cemento.

Más adelante, en la acera, una mujer venía hacia mí empujando un carrito de bebé; una sillita, mejor dicho. El trasto en el que el crío va sentado y el mundo se le va echando encima. Mujer joven; jersey irlandés de lana verde para un día de otoño. Un poco rellenita, como le corresponde a una madre. ¿Y eso? Vaya cosa de decir. Pálida, cara bonita, flequillo recto y rojizo. La bandera de Irlanda misma, si es que Jernigan no ha perdido su ojo. Todavía le gustaba flirtear, me pareció, pero el sexo lo dejaba para ocasiones muy especiales, como le corresponde a una madre. No puedo creer que Peter Jernigan venga con esas ahora.

En realidad, no sabía nada del vecindario, y eso me fastidiaba. Sí: sabía que parecía anclado en 1953. Bastante irresponsable, cambiar tu vida (y de la de tu hijo mejor no hablar) sin pararse a considerar este tipo de cosas. Bueno, ahí tienes una oportunidad: una persona absolutamente imparcial.

—Hola, perdona —dije, y luego no supe cómo continuar.

No terminaba de decidirme por el tono que emplear. Iba a preguntarle si vivía por ahí, pero esa era una pregunta de violador típica, saltaba a la vista. También pensé en preguntarle si era irlandesa y en comentar que yo también lo era. Parecería un desequilibrado, pero no advertiría ánimo de violación.

Se detuvo, miró hacia abajo, hacia el bebé, y luego me dedicó una sonrisa fugaz, seria-sonrisa-seria: una señal de atención, por lo visto.

—Perdona —dije—. Soy nuevo en el vecindario, y, de hecho, estoy pensando en… —decir que estaba pensando en instalarme ahí permanentemente sonaría raro, ¿qué significaría eso para alguien que no conociera mi situación? Nada en absoluto— en comprar por la zona.

Nunca mientas, tío: ¿no te das cuenta de que fue un error? Nuevo en el vecindario da a entender que ya estás en el vecindario; pensar en comprar da a entender que todavía no has llegado. ¿Qué iba a pensar? ¿Que estaba de alquiler? Da igual: es probable que todo aquello no le pareciera más que una cháchara simpática. Continué.

—Pero me preguntaba… Como imagino que vivirás por aquí — deslizando sutilmente la pregunta del violador—, me preguntaba si esta es una buena zona.

La mujer entornando los ojos cada vez más.

—¿Se refiere a si es segura?

—Bueno, más o menos. No solo eso.

Echó una mirada por encima del hombro y luego, bajando la voz, preguntó:

—¿Se refiere a si se está llenando de negros? Debo decir que en absoluto.

¿Cuánto había tardado en dar con su lado oscuro? ¿Diez segundos? Debía de ser una persona agradable; el asunto, algo de lo que se hablaba mucho por la zona. Ahora tendría que ingeniármelas para no avergonzarla por haber hecho un comentario racista y, a la vez, evitar muestra alguna de complicidad.

—No pensaba en eso tanto como en, ya sabe, ¿es buena, en general?

—Creo que no sé exactamente a qué se refiere —respondió mientras se inclinaba y arreglaba al bebé—. Christopher, más derecho. ¿Me deja pasar? —Y siguió adelante empujando el carrito.

Tendría que haber respondido «perdón» cuando pasó, pero ¿para qué? ¿Para reconocer abiertamente que le había hecho el reproche en el que ella ya había reparado?

Bueno, hasta ahí la inspección del vecindario. Aunque un montón de pros y contras habrían resultado igual de inútiles. Así, al menos, había descubierto que los negros no se estaban mudando al barrio. ¿Y cómo tenía que tomármelo? Malo: nada de diversidad cultural. Aunque lo que había descubierto, en realidad, era que ese era un barrio cuyos vecinos no querían a negros que se mudaran ahí. Y eso, ¿cómo tenía que tomármelo? Malo: luego vendrían a por mí.

Seguí andando por Oakdale en dirección a la avenida Hamilton (hacia el este, supongo, aunque nunca he sido capaz de orientarme en Nueva Jersey), pensando que tendría que calcular cuánto se tardaba en llegar a la tienda más cercana. Por si vivía para ver la gasolina a tres dólares el litro, supongo. Después de caminar mil putas horas, al final llegué al E-Z Mart que quedaba después de la tintorería Hamilton, a la vuelta de la esquina. Eran las cuatro menos cuarto, dato que no me aportaba absolutamente nada: había salido de casa sin mirar el reloj. Entré y compré una Coca-Cola Light que no quería.

Era evidente: iba a hacer esa locura. ¿Por qué Martha y no cualquier otra mujer? Porque a ella la tenía justo delante de las narices. Aunque tal vez estuviera negándome a aceptar algún oscuro motivo psicológico, algo que tendría que ver con mi madre, probablemente. ¿Y qué no está relacionado con las madres, en esta vida? Probablemente decidí que la cosa funcionaría: a fin de cuentas, si vas haciendo cada cosa a su tiempo, todo puede funcionar. ¿Y eso, entonces? ¿Por qué no?

Probablemente no fue la decisión más meditada de mi vida. Si es que a eso se le puede llamar decisión.

De vuelta en casa, encontré a Martha en el sótano dando de comer a los conejos.

—Escucha —dije—. Antes de decirte lo que voy a hacer tengo que hablarlo con Danny. También es cosa suya, ¿sabes?

—Por supuesto. No esperaba menos. Ven, cariño. Aquí, bonito —le dijo a un conejo con manchas blancas y negras. Lo levantó y le enterró la cabeza en la axila—. El chico está listo —dijo Martha, acariciándolo—. Tranquilo, machote. Tiene gracia, pero a Danny ya he empezado a verlo como parte integrante de la casa. Tranquilo, pequeño. —Devolvió el conejo a la jaula.

—¿Para cuándo tiene cita con el destino? —pregunté señalando el conejo con el pulgar.

—Para dentro de un par de días, creo. La despensa está bastante vacía, y ya está listo para el viaje. Si se ponen mucho más grandes no son tan sabrosos, creo.

—Oye una cosa —dije—: ¿por qué no lo celebramos esta noche? Él será el invitado de honor.

—Una idea sensata. Vamos arriba. Sirvo un par de copas, vuelvo a bajar, lo hago y luego lo hacemos, ¿vale?

—Espera, ¿quieres que lo haga yo? No me importaría hacerlo, de verdad, y me parece que deberíamos repartir un poco las culpas. Ya me he comido bastantes bichitos.

—¡Cielos, estás poniendo toda la carne en el asador!

—Un hombre no puede esquivar sus responsabilidades.

—Eres muy amable, pero no. En serio. Ya le he cogido el tranquillo, ya me he acostumbrado.

—Lo odias —le dije—. ¿Por qué no me lo dejas a mí, para variar?

—¿Estás seguro, Peter?

—Aparta, mujer —dije—. Y acércame el trabuco.

Le arranqué una sonrisa, lo que hizo que cayera en la cuenta de lo idiota que había sido la broma.

—En serio —continué—. Es un trabajo terrible, y ya estoy cansado de ver cómo me escaqueo mientras tú lo haces. Y luego me siento a la mesa relamiéndome, ¿sabes? Bueno, ¿me lo quito de encima ahora mismo, o espero a que falte menos para la cena?

—Por tu bien, yo no esperaría mucho más. Te lo dice una que sabe de qué habla.

—Entonces sube y haz tus preparativos, y el finado y yo nos reuniremos contigo a mayor brevedad.

—¿Estás seguro de que sabes cómo…?

Señalé con el dedo hacia las escaleras.

—Fuera —dije.

—Gracias.

Entré en la sala de ejecución y saqué la pistola de la caja de herramientas. ¿Cargada? Levanté la palanquita de la empuñadura y saqué el cargador. Vaya que sí. Volví a empujar la palanca, oí que encajaba con un clic, y me metí la pistola en el bolsillo. Para ir a Kelsey & Chittenden por la mañana llevaba esos mismos pantalones, y ahora tenían una pistola dentro. Volví a la otra habitación y saqué al conejo con manchas de su jaula. Enterró la cabeza en mi axila; le acaricié el pelo y le dije: «Buen chico, buen chico». Sin mirarlo demasiado.

Estaba caliente, el conejo. Era un mamífero, igual que yo. Traté de encontrar la palabra adecuada y di con lapínido. La que buscaba era marsupial. Aunque según el diccionario los conejos no son marsupiales. Supongo que lo de lapínido se me ocurrió por lapin. Lo metí en la sala de ejecución, nos sentamos sobre unas balas de paja y, sujetándolo con la mano izquierda, saqué la pistola del bolsillo con la otra y la dejé a mi derecha, al lado de la cadera. Levanté el conejo con las dos manos, lo senté al otro lado y lo apoyé contra mi muslo derecho. Con la mano izquierda le sujetaba las paletillas con fuerza, con crueldad, ahora que apartaba la mano derecha. Trató de zafarse, pero lo tenía demasiado bien asido, y cogí la pistola con la mano derecha, le metí la boca entre las orejas y apreté el gatillo deseando con todas mis fuerzas que la bala de paja fuera lo bastante gruesa. La pistola hizo un chasquido y el conejo se estremeció y se convirtió en carne.

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