Jernigan
Chapitre 4
Me desperté en la silla. En la tele pasaban el anuncio de los perros de la boca enorme, los que se ponen a cantar «Lies! Lies!». El concepto: aunque los dueños quieran pegársela a sus perros, no conseguirán colarles una marca peor. Para Danny, esa canción de los Knickerbockers siempre será la de un anuncio de comida para perros, igual que para mí el vals ese famoso —ahora no me acuerdo de cómo demonios se llama— siempre será la canción de la cerveza Rheingold. Me entregué a mis reflexiones habituales acerca de cómo terminaba degradándose todo.
Al parecer, fue el golpe de la puerta de la cocina lo que me despertó — ¿se había acabado el partido?—, porque Danny entró y me dedicó una mirada llena de lástima, directamente sacada del repertorio de su madre.
—¿Te has vuelto a quedar dormido? —preguntó.
Cogí el mando a distancia y anulé el volumen justo a tiempo para no tener que oír al forzudo de los silenciadores Meineke bramando «¡No pienso pagar más por el silenciador!».
—A lo mejor trabajas demasiado —dijo Danny sin mucha convicción.
Ahí me tenía: barba de tres días, descalzo, con una camiseta que apestaba y el suelo lleno de botellas de cerveza. Una falsa impresión, en realidad, pero eso era lo que había. En la pantalla, algo que recordaba a una bengala de las del Cuatro de Julio soldaba el silenciador. Aunque tenía la tele sin volumen, en mi cabeza resonaba la jodida música de los Silenciadores Meineke.
—¿Has salido? —pregunté sin apartar los ojos de la pantalla para no perderme el logo de Meineke.
—A casa de Clarissa —dijo.
Era su novia. Una rubita platino teñida, depresiva y bajita; solía llevar tejanos negros y una chaqueta tejana con parches de los Grateful Dead. No tenía ni idea de si eso todavía significaba que le dabas al ácido o qué demonios. Recuerdo que no hace mucho leí algo en el periódico acerca de algún capullo que se ganaba la vida haciendo camisetas de batik de los Grateful Dead. La calavera era un símbolo, decía: bajo la piel, todos somos iguales. Me resultaba difícil imaginar si yo, a los catorce —o a la edad que tuviera la Clarissa esa—, habría captado el mensaje. Eso suponiendo que el mensaje tuviera cierta lógica, para empezar. Como fuera, resultaba evidente que la influencia que Clarissa ejercía sobre la actividad escolar de Danny y, en general, sobre su actitud era un auténtico desastre. ¿Y qué le iba a hacer yo? A veces me preguntaba si hablaban cuando estaban juntos. Y en caso afirmativo, ¿de qué hablarían? También me hacía otras preguntas, las obvias. Era guapa, esa Clarissa, de una belleza algo apaleada.
—Eh, papá. Despierta, ¿vale?
—Perdón.
—Oye, ¿quieres venir?
—Venir —dije. Estas repeticiones mías significan: «¿Qué quieres decir?».
—A casa de Clarissa. Su madre dijo que podrías venir. Es muy simpática y eso. Da una fiesta en su jardín.
Una fiesta del Cuatro de Julio en el jardín, y ni con eso parecía recordar. Pues nada, oye, perfecto.
—¿Qué clase de fiesta? ¿Para niños o para mayores?
Danny se encogió de hombros.
—Para quien quiera ir. No es formal ni nada.
—Tiene pinta de ser justo lo que me va. ¿Y ella te dijo que me invitaras?
Para ser una adulta, una madre, me parecía que hacía las cosas de un modo bastante informal: enviaba el mensaje con el niño. Salíamos en las páginas blancas, por todos los santos. Yo salía en las páginas blancas, quiero decir. No: ahora que lo pienso, seguíamos saliendo en las páginas blancas los dos. Aquella era una de tantas cosas de las que no me había ocupado; no me había visto con ánimos, si es que de ánimos se trataba.
—Más o menos. —Estaba pensando algo, era evidente—. Clarissa y yo le preguntamos si podías venir, vamos, y ella dijo que claro que sí.
—Muy cortés por tu parte.
—Vamos, papá. Aquí no estás haciendo nada.
—Los niños y los borrachos, ya se sabe… Bueno, vale. ¿Por qué no? Ya es hora de que conozca a esta presunta mujer. ¿Y a qué hora tendrá lugar la recepción? —En cortesía no iba a ganarme mi hijo.
—Ahora mismo. O cuando quieras venir. Es muy informal, de verdad.
—Suena muy apetecible —dije. Me estaba riendo en su cara de su modo de hablar: o no le molestaba en absoluto, o se había armado de paciencia—. ¿Puedes esperar a que me duche y me ponga algo limpio?
—Vale. Si es que te apetece venir, claro —dijo.
Y entonces lo entendí todo: demostraba demasiado poco interés. Así que, por la razón que fuera, la función la representaba por encargo. Perfecto: yo me apuntaba a todo. A todo quizá no, pero sabía reconocer el deber cuando ya no había forma de mirar para otro lado.
La casa de Clarissa quedaba en una calle que salía de la avenida Maple; enfilabas esa calle sin salida y terminabas en una hondonada, y ahí se encontraba, entre un montón de árboles, con únicamente otra casa a la vista. Imitación Tudor de dos pisos, fachada estucada: de los años treinta o cuarenta, probablemente. Resultaba evidente que, durante muchos años, fue la única casa de la calle. Hasta 1960 la zona se mantuvo desierta; Heritage Circle, mi urbanización, era de 1964, creo. Cuando yo nací, la casa debía de estar ahí sólita, en su hondonada, como la casita de Blancanieves. Más o menos. La pintura gris estaba desconchada, y el estuco, agrietado. A la valla le faltaban tablones; parecía la boca del típico paleto de tira cómica. Pero al menos la casa tenía algo. Más que «pero», sin embargo, es muy probable que lo adecuado fuera un «por lo tanto». Que una casa con carácter pudiera alumbrar una chica tan colgada como las que salen de casitas de mierda como la mía daba que pensar: ¿es que siempre nos equivocábamos?
Aparqué al lado de una furgoneta Volkswagen de color mostaza pálido —¡lo que faltaba!— y delante de un Reliant azul. Traté de ingeniármelas para que nadie me bloqueara el paso. Por el asfalto agrietado, Danny me guió hasta la puerta de la verja. Rodeamos la casa y llegamos al jardín. Danny estaba en lo cierto cuando dijo que no sería nada serio: conté a seis personas, tres y tres, de mi edad, más o menos. Dos mujeres con shorts y camiseta, y una con unos shorts y una camiseta anudada al cuello; dos hombres llevaban tejanos y camiseta, y el otro, tejanos cortados y camiseta. De la casa, riéndose por algo, salieron una pareja y otra mujer. Las mujeres estaban bien conservadas; los hombres, sin embargo, ya habían empezado a echar tripa. Dos llevaban barba, detalle que ya no resultaba revelador en absoluto. Atada al arce y a la polea de la cuerda de la colada de la ventana de la cocina, había una red; sobre el césped —al que le hacía falta un buen repaso— descansaba un balón de voleibol. Dentro de un barreño metálico se veían latas de cerveza y Pepsi Light; del agua helada asomaban los cuellos de jarras de vino de tapón de rosca. Nachos en un cuenco de madera y guacamole en uno de barro. De dos altavoces —cada uno apoyado en una silla plegable de metal; los cables llegaban a la casa por otra ventana— salía el «My Guy» que Mary Wells cantaba, muy valiente. El escenario perfecto.
—Estará dentro —dijo Danny.
Me llevó a la cocina y luego al salón. Algo excéntrico, aunque acogedor; un sitio donde no te importaría pasar el rato. Un sofá color avena, grande y desfondado. Un sillón Morris (¡Dios mío!). Cubriendo la tele, un mantelito blanco con estampado de cerezas rojas. Tenía hasta una vieja estufa de leña con pinta de seguir en funcionamiento. Vi a una mujer de rodillas con los talones descalzos clavados en las nalgas. Estaba rebuscando entre un montón de discos metidos en una caja de plástico roja, de esas apilables. Iba moviéndolos con las dos manos, igual que un perro que estuviera escarbando. Brazos robustos, piernas robustas. Con un poco de sobrepeso, quizá. No me resultaba desagradable en absoluto. O la camiseta había encogido o ella había engordado, porque bajo el hombro se le veían los… —¿cómo se llaman?—, la piel esta, el pliegue justo al lado del sobaco. Quería ver cómo era de cara (por decirlo crudamente).
—¿Señora Peretsky? —dijo Danny tocándole el hombro—. Mi padre.
Volvió la cabeza. Ancha de cara, guapa. Tenía los ojos demasiado separados para mi gusto. Se puso de pie y se acercó tirando de una pernera de los shorts.
—Peter Jernigan —me presenté.
—Martha Peretsky —dijo ella.
Manos extendidas. Como suelo hacer con las mujeres, le di un apretón fuerte, sin sacudida. (Con los hombres muevo la mano de arriba abajo).
—Clarissa está en su cuarto —le dijo a Danny, que corrió escaleras arriba. Ver lo familiar que le resultaba la casa me dolió—. Creo que mi hija es medio vampira —dijo Martha Peretsky—. Parece que con que le toque la luz del sol…
Unas letras de goma agrietada estampadas en su camiseta rezaban: SOY LA MEJOR .
Del piso de arriba llegó una bofetada de música ensordecedora que no era «My Guy» de Mary Wells. Luego se oyó un portazo y volvimos a oír el «My Guy» de Mary Wells. Martha Peretsky se encogió de hombros.
—No quiero ni saber qué harán ahí arriba. Al menos no están pegados a la tele. Clarissa y yo llevamos unos días en punto muerto: yo no quiero comprar una televisión en color y ella no quiere mirar la de blanco y negro —continuó.
—Pero ¿qué es lo que hacen ahí arriba? —pregunté.
—Oh. —De pronto pareció recordar que yo era una parte interesada—. No creo que se droguen ni nada. En eso Danny es una buena influencia para Clarissa. Ya sabrás que cuando su padre nos dejó lo pasó muy mal; lo pasamos mal las dos, pero sobre todo ella.
Yo no sabía nada de nada, evidentemente.
—¿Y cuándo fue eso? —pregunté. Quería imprimirle a la pregunta un tono de buen rollo, pero en realidad parecía un poli en pleno interrogatorio. (Ese poli. Interrogándome. De eso hacía un año).
—¿Hace dos años? —se preguntó—. Yo tenía… Clarissa tenía doce años. Hará tres años en octubre.
—En octubre de este año —dije, concretando. Como si me importara una mierda.
—Eso mismo. Cuando te diviertes, el tiempo vuela. Esto, ¿quieres una cerveza? ¿Un refresco?
—Una cerveza va bien.
Sonrió con una mezcla de franqueza y picardía: bonita combinación.
—Sígueme —dijo.
Hizo ademán de arrastrarme con el índice. No me importó. Me preguntaba cómo serían sus pechos. Que tenían un buen tamaño resultaba evidente. Pero quería más detalles. Aparte del polvo de usar y tirar que eché dos meses después de que Judith muriera —una clienta a la que emborraché; no volví a llamarla y la venta nunca se cerró—, llevaba un año sin ver unas tetas.
En el jardín sumergí la mano en el agua helada y la saqué con una lata de Old Milwaukee. Me dolía la mano al sujetarla. La abrí y seguí a Martha Peretsky, que me presentó a sus amigos. Había un Jerry con j e y; había un Gerri, sin relación alguna con el primero, con g e i, hecho que suscitó gran regocijo. También había un Dave y un David: los dos barbudos. Y un Tim que no parecía tímido y llevaba unas gafas con montura al aire: Tim Al Aire. Es que soy muy malo para los nombres y trato de organizarme con chorradas como esta. Este Tim tenía a Gerri y a otra mujer a carcajada limpia. Era uno de esos hombres de nariz puntiaguda y sonrisa lobuna. Podría hacer pensar en un lobo. Me senté en una tumbona con el asiento y el respaldo de rejilla metálica; el alambre del mismo grosor que el de una percha. Había visto esas tumbonas en oferta en Caldor’s; incomprensiblemente, esa Martha Peretsky las había comprado.
Se hizo a un lado y le dijo algo al Tim ese. Él le respondió otra cosa y los dos se pusieron a reír. Luego Martha se acercó, se sentó en el césped, a mi lado, rodeó las rodillas con los brazos y levantó la vista.
—Eres muy simpático —dijo. ¿En qué se basaba para afirmar tal cosa? ¿En que le había dicho que una cerveza me iba bien?—. Ya me lo había dicho Danny. Nos hemos hecho muy amigos, Danny y yo.
—Bueno, eso siempre es bueno. Que tus hijos piensen que eres simpático, quiero decir.
—Dios, siempre meto la pata —dijo—. Di lo que piensas, Martha. Lo que pienso es que yo también soy simpática, y que los simpáticos del mundo deberían unirse. Unión, hermano.
—Por los simpáticos —dije levantando la lata de cerveza, que de la clavícula pasó a la altura de la barbilla. Pero no bebí. Haber echado un trago justo entonces habría sido una grosería, ¿no os parece? Habría dado a entender que este mundo es tan terrible que todos tendríamos que emborracharnos de inmediato. Así que me limité a levantar la lata de cerveza y a bajarla, como si me estuviera santiguando. Luego, al cabo de un par de segundos, me decidí y eché un trago, como si alguien hubiera cambiado de tema.
Al parecer, seguíamos con el mismo.
—En realidad, no hacía falta que Danny me dijera que eres simpático —dijo Martha Peretsky—. Él es tan simpático que sabía que lo había criado alguien… —Y, por razones que debió de desear que no resultaran evidentes, vaciló—. Quiero decir que, con un chico tan simpático, el padre también tenía que ser simpático.
Me entraron ganas de brindar otra vez: A la salud del intelecto humano y de su capacidad para elaborar razonamientos de mierda.
—Sí, estoy orgulloso de Danny —dije mirando hacia la calle para ver si desde la tumbona divisaba mi coche. Estaba un poco espeso, ese día: ¿cómo era posible que hubiera tardado tanto en darme cuenta de que Martha Peretsky llevaba un pedo descomunal y estaba tratando de mantener la compostura?
—Sí, mi conclusión era esa.
—A la salud de las conclusiones —dije, y eché un buen trago. ¿Por qué no iba a cogerme un pedo yo también?
Entornó los ojos.
—Eres listo —dijo—. Yo también soy lista, pero, si quería dejarlo claro, no me está saliendo nada bien.
Traté de pensar en algo que decir. Al final me decidí.
—¿Y eso importa?
—Si vamos a ser amigos, sí, creo que importa —dijo—. Me gustaría mucho que fuéramos amigos. Dios, ya vuelvo a desbarrar. Martha, ma chère: para variar, ¿por qué no te taisez-vous, n’est-ce pas?
Movió la cabeza. Obedeciendo a saber qué ley de la física, su flequillo rubio se ladeó justo en la dirección contraria a la que llevaba su cabeza creando un efecto que empezaba a interesarme. Querría evitarme tener que prestar atención a su charla, supongo.
—Perdón —se disculpó—. Perdón perdón perdón. Mira, voy a tener que contártelo, si no, terminarás pensando lo peor de mí: Clarissa me dio una pastilla. Porque iba a ponerme nerviosa. Con los invitados que vendrían. Y me advirtió de que no bebiera. A ver, un momento, tranquilidad. ¿Cómo iba una niña de catorce años a darme algo con lo que no pudiera tomarme una cerveza? —Movió la cabeza—. ¡Uf!
—¿Cuánto hace que te la has tomado?
Volvió a mover la cabeza.
—Antes de que llegaran los invitados. In-a-vi-ta-dosh. Hará cosa de dos horas.
—Mira, no bebas más y seguro que se te pasa enseguida. —Como si yo tuviera alguna idea de lo que le había dado su hija—. ¿Quieres ir a dar un paseo? Para despejarte un poco.
—Me apetece tumbarme, así que quizá tendría que caminar. Ayayayayay…
Me levanté y ella extendió la mano como una alumna que se sabe la respuesta, y yo tiré para que se pusiera en pie, y empezamos a andar. De nuestro juego de manos deduje que tenía posibilidades: cada uno sujetó la del otro durante más tiempo del necesario, y luego los dos nos soltamos como si hubiéramos contado: uno, dos, tres. Si esta Martha Peretsky había sido capaz de hacer una cosa así con la borrachera y el colocón de sedantes que llevaba, unos sedantes obviamente fuertes, es que debía de ser toda una experta en control corporal, pensé. Sentí una punzada de calor en el pene. Bruto que es uno.
Atravesamos la puerta de la verja y salimos a la calle esquivando los baches como si fueran charcos. Que era en lo que debían de convertirse cuando llovía.
—Me gustaría saber si hay ranas —dije; debió de parecerle que la frase no tenía ningún sentido.
—Mmm.
Llegamos hasta la casa más cercana, un cajón con tejado a dos aguas de principios de los sesenta, probablemente, con ventanas alargadas. Como las mías.
—Fea —dije. Estaba criticando la casa y su vecindario.
—Gente fea, la que vive aquí —contestó. Y luego añadió—: Estoy desatendiendo a mis invitados.
—A tu invitado favorito no —dije yo, viejo zorro. De estas tácticas me acordaba, más o menos.
—Tú —dijo. Me dedicó una sonrisa pacífica y me cogió del brazo.
Pensé en ponerme a pensar adónde nos conducía todo aquello, pero descubrí que ponerme a pensar no me apetecía. ¿Con solo una cerveza? Ponerme a pensar no tendría que apetecerme.
—Esto es una locura —dijo—. ¿Qué estamos haciendo?
—Estoy llevándote de paseo. De un modo ostensible. Pero no veo por qué algo más allá de lo ostensible tendría que ser, necesariamente, una locura. —¡El viejo zorro volvía al ataque!—. Mira: tenemos a nuestros hijos en casa haciendo lo que sea que hagan. Lo que no significa…
Traté de pensar qué no significaba aquello.
—No oigo la música —dijo ella.
Aparté el brazo; supuse que con ese truco sobado trataba de insinuar que empezaba a cambiar de idea.
—Tendríamos que volver a poner música —dijo—. No se puede organizar una fiesta para luego descuidarla. Eso es tanto como descuidar a tus hijos. —Parecía que esto último se lo tomaba muy en serio.
—Ahora mismo, ¿estás en condiciones de ocuparte de tu fiesta?
—Ocuparme de mi fiesta me ayudará a estar en condiciones de ocuparme de mi fiesta. —Me cogió de la mano y tiró—. Pero tú tienes que colaborar.
Aquella era mi primera tarea marital en un año. Un año, exactamente. Preciso, hasta la puta hora. Más o menos. Y resultaba evidente que yo era la primera ayuda conyugal de la que Martha Peretsky disfrutaba desde hacía mucho tiempo.
Me acordé de cuando estaba arrodillada al lado de la caja llena de discos. Tratando, incauta, de dar con la canción que lo desencadenaría todo.
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