Jernigan
Chapitre 3
Aquí, en medio de todos estos borrachos y oyendo sus historias familiares —que siempre son la misma historia, en esencia—, uno se pone a pensar. El bueno de Danny no tiene escapatoria. Y no lo digo solamente por Judith y por mí. Puedo remontarme bien atrás. Mi padre. El padre de Judith, que había muerto un año antes de que yo la conociera (sesenta y dos años, ataque cardíaco, fumador empedernido, bebedor empedernido). El abuelo de Judith, por todos los diablos, el padre de su padre. (Lo que le pasó al padre de su madre ya lo he olvidado). Yo vi al abuelo una vez. Íbamos camino a Boston para la graduación de Rick —de la cual la familia había acordado no informar al abuelo— y pasamos por su casa en Westerly. En la bolsa del mercado que usaba de cubo de la basura había una botella vacía de Four Roses tirada en medio de latas de carne en conserva; tenía otra botella de Four Roses, por la mitad, junto a su butaca reclinable. Él estaba sentado con el respaldo derecho y una mantita de cuadros sobre las rodillas. Sin afeitar, con los pómulos salidos y la dentadura postiza en un tarro de mantequilla de cacahuete sobre la mesita, viendo una película del Oeste en un televisor en blanco y negro. Se disculpó por lo mal que olía la casa: el gobierno estaba echando algo en el agua que le hacía mearse en los pantalones. «Esto no es debilidad moral —me dije—, sino una enfermedad».
Pero ¿no sería una debilidad moral empeñarse en transmitir semejante enfermedad? Yo solía preguntarme —y sigo preguntándomelo, dejando a Danny de lado— si Judith no debería haber abortado y haber dejado que la cosa terminara allí. Pero en ese momento —hay que tener en cuenta lo jóvenes que éramos— nos pareció ver algo místico en la llegada de ese niño que había desafiado al diafragma y al espermicida como si estuviese decidido a triunfar en la vida. Aunque ahora estoy hablando de él como si hubiese salido disparado de mi polla, un homúnculo en forma de Danny, y se hubiera implantado en Judith, lo que está muy pero que muy mal.
Nació en 1971. El 14 de agosto. Que, según descubrí, es el día de la victoria sobre los japoneses. No es que eso tenga un significado particular, solo es algo para recordar. Judith y yo vivíamos en el piso de renta regulada en el que yo había crecido. Mi padre se había mudado a su casa de Connecticut y nos había dejado las llaves del piso de la calle Barrow y una caja con chequeras y recibos de depósito de su banco en Nueva York. Todos los meses arrancábamos el cheque del alquiler de una chequera diferente, por si se daba el caso remoto de que el casero, que hacía años que quería sacar a mi padre del apartamento, revisara el número de los cheques. Y dejamos que los grifos siguieran goteando por miedo a que el administrador le contara al casero que una pareja joven se había mudado al piso del viejo.
Recuerdo que llovió durante toda la mañana. Luego, hacia mediodía, las nubes se abrieron, se alejaron hacia el horizonte y, asomando por detrás de una inmensa nube negra, irrumpió el sol. Yo lo veía todo desde el banco que había junto a la fuente del parque en Washington Square, sentado sobre un New York Times para no mojarme el fondillo del pantalón, bebiendo una lata de Budweiser envuelta en una bolsa de papel.
—Estoy de un humor de perros —había dicho Judith. (Yo ya me había dado cuenta)—. Te harías un favor, y me lo harías a mí también, si salieras a caminar o algo.
Tenía veintitrés años. Apuré la cerveza y me levanté para caminar de regreso a la calle Barrow. Las chicas guapas ya habían empezado a salir a la calle y decidí volverme a casa; lo hice, en parte, porque me avergonzaba de estar mirándolas a ellas en lugar de estar pensando en mi pobre mujer, embarazada y hecha una vaca. Hasta ese momento nunca había sido infiel —llevábamos… qué, ¿un año de casados?—, y Judith tampoco, estoy seguro. Pasé tanto calor en el camino de vuelta a casa que me desabroché la camisa. Hace más calor que en Tofet, solía decir el abuelo Jernigan. Yo imaginaba que Tofet sería algo cálido, húmedo y pegajoso: toffee, supongo que eso era en lo que pensaba. Por Dios, cómo odié la ciudad ese día. La odiaba cada día. Los charcos ya estaban grises y olían fatal. Tipos mugrientos y moribundos con la palma abierta y soltando sus Dios-le-bendiga. Algo estaba claro: nunca criaría a un hijo en un sitio así. Tampoco habría tenido con qué, de todos modos. Aunque el casero no llegara a descubrirnos, un buen colegio privado en el que un chico pudiera educarse de verdad nos chuparía la sangre. Nunca había pensado en terminar teniendo un hijo pero, ya que iba a tenerlo, por Dios que iba a hacerlo bien.
Cuando llegué a casa, a Judith se la veía más apacible.
—He roto el chisme —dijo.
Yo pensé que estaba hablando del cordel de cuentas africanas que su hermano Rick le había dado para consolarla por lo gorda y espantosa que se sentía.
—¿Podremos irnos? —dijo—. Es mejor que nos vayamos. Creo. ¿Necesitaré una chaqueta?
—¿Una chaqueta? —dije, con menos delicadeza de la que hubiera debido—. Fuera estamos a treinta y dos grados.
Supongo que estaba muerto de miedo, aunque también estaba portándome como un capullo porque ahora no podría siquiera sentarme un segundo enfrente del maldito ventilador.
—No lo sé —dijo Judith—. Te das cuenta de que no sabes nada.
El resto solo lo recuerdo a trozos. Lo importante es que llegamos al Saint Vincent sin problemas y que nuestro hijo, Daniel, nació alrededor de las once y media esa noche. En la sala de espera —para que veáis el tiempo que ha pasado— traté de concentrarme en encontrarle el sentido a «El comediante como letra C» pensando que, ya puestos, podría emplear el tiempo en algo inteligente. Para que veáis lo joven que era. Me quedé mirando el verso de «las burdas artimañas quebradas por el viento», preguntándome si no debería tomármelo como algo personal.
Me hicieron pasar cuando ya todo había terminado y Judith estaba exhausta y en paz. Colocada, me dijo la enfermera más tarde, de Demerol y no sé qué más. El bebé, envuelto como un fardo a su lado.
—Ay, Peter —dijo—. ¿No es increíble? Pero pensaba que iba a morirme, de verdad.
Me senté sobre las sábanas bien tirantes y puse la mano sobre su cabeza.
—Me ha dicho que lo has pasado bastante mal.
—He gritado y todo. Muy embarazoso —dijo—. Es broma.
—Me encantan tus bromas —dije, aliviado al ver que seguía siendo Judith.
—Más te vale, socio —dijo—. Tendrás que cargar con esta durante el resto de tus días. ¿Quieres cogerlo?
—¿Puedo?
—¿Que si puedes? —Se rió—. Es tuyo, Peter. ¿Estás seguro de que sabes cómo se hace?
—Solo tengo que ir con cuidado, ¿verdad? Sostenerle la cabeza y todo eso, ¿no?
—Ya aprenderás —dijo Judith—. Por Dios, ¿qué es lo que estoy diciendo? Parezco la Voz de la Maternidad. Si yo tampoco sé nada.
Cogí a mi hijo en brazos y, por primera vez, miré su diminuta cara. En ella no me reconocí, y tampoco reconocí a Judith: lo que veía era un ser humano indeterminado. Venas azules que se bifurcaban bajo la piel roja y delicada. Estaba dormido, con la boca abierta. Una boca diminuta, diminuta.
—¿Te ha comido la lengua el gato? —preguntó Judith.
No sabía cuánto tiempo llevaba mirándolo fijamente.
—Sí —respondí—. Solo tenemos que ser muy cuidadosos con este jovencito.
Ya empezaba a distinguir mis cejas y el labio superior de Judith, tan separado de la nariz. Y algo más que no era de ninguno de los dos: la primera insinuación de lo que sería Danny.
—Serás uno de los padres más geniales de todos los tiempos —dijo Judith—. Puedes enseñárselo todo sobre el béisbol y Chéjov.
—Nave enemiga aproximándose a la Enterprise, capitán —dije. Ella se rió—. Uh-uh… ¿No era este Chéjov? ¿Cuál, entonces? ¿El de El jardín de los cerezos?
—Me refería a los dos. Tendrá que saberlo todo —dijo muy adormilada.
—¿Quieres seguir durmiendo, cariño? Lo cogeré un rato y luego se lo daré a la enfermera, si quieres.
Ella negó con la cabeza, pero muy lentamente, y con los ojos ya cerrados.
—No quiero perderme nada —susurró. Entonces abrió los ojos de golpe —. Peter, no dejes que lo pongan donde no es, que luego terminas con un bebé distinto.
Por un momento no entendí qué tendría eso de terrible en un momento en que nuestro bebé se distinguía tan poco de todos los demás. Después recordé que las cosas no funcionaban así.
—Tranquila. —Me incliné con cuidado con el bebé en brazos y le di a Judith un beso en la mejilla, suavemente, bajo su mirada atenta. Cuando abrí los ojos después del beso, ella ya había cerrado los suyos—. Descansa. Yo lo cuidaré.
Y eso he hecho. Un poco de cualquier manera, pero lo he hecho.
Hasta ahora.
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