Jernigan

David Gates · Chapitre 29 sur 45

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Jernigan

Chapitre 2

 

En fin. Como he dicho, otra historia.

Mi reacción inmediata al asunto Dustin no consistió en pillar un pedo de mearse en los pantalones, no. Todo lo contrario: decidí tomármelo como una señal, como hice cuando Danny tenía dos años y yo me desperté en el suelo de alguien entre obeliscos de mármol, y resultó que estaba en el estudio de un hombre que llevaba veinte años sin echar un trago. Pero esa fue una señal endógena. Eso lo supongo, al menos: en el fondo, seguro que quise ir a un lugar donde pudieran salvarme. Que Dustin se suicidara fue una señal exógena. No sucedió por nada que yo hubiera hecho, quiero decir. Esa fue una señal para advertirme de que yo había hecho de mi vida un infierno inhóspito y de que dejar de beber no era más que una de las muchas cosas que debía hacer. ¿Por qué no utilizaba mis dones —si es que podía llamarlos dones— para ayudar a los demás? Vale, no eres médico. Pero podrías colaborar en un comedor social, ¿o no? O trabajar de voluntario en un asilo. Plantarte en un hospital y coger en brazos a bebés no deseados antes de que se mueran por falta de brazos que los cojan; limitarte a cogerlos, literalmente: para eso, con un CI de veinte basta. Si tenías la suerte de no estar impedido, te dejabas de ensimismamiento y de gilipolleces y cogías el primer trabajo que encontraras para mantener a tu familia y ayudar a los que sí que estaban impedidos. Que eso lo sabe cualquiera.

Pero Jernigan no es de los que cambian de vida (aunque sí que está dispuesto a sentarse y dejar que su vida cambie ella sola). Así que terminé haciendo el propósito de no pasar de una cerveza de vez en cuando, pero una, eh, una sola, y de mejorar en las pequeñas cosas de cada día: saludar con una sonrisa, dar las gracias cuando hubiera terminado de comer —ya sé lo Reader’s Digest que suena esto, creedme— y escuchar a tus seres queridos en lugar de buscar maneras de decirles cuánto te gustaría que te dejaran en paz de una puta vez. Pensé: «La familia de Martin Sanders se va a la mierda, pero tú todavía tienes una familia. O algo que se le aproxima. Y has estado encerrándote en ti mismo, cada vez más y más, sin preocuparte de los tuyos». Eso tenía que acabarse. Volvería a formar parte de mi hogar: cuando me tocara, lavaría los platos y daría de comer a los conejos. Y de la cámara de ejecución también me encargaría. Danny tendría una madre, y Clarissa, un padre, y Martha y yo recuperaríamos nuestra vida sexual y tendríamos un grupo de amigos y todos haríamos cosas juntos. Me informaría sobre los seguros médicos, y el dinero de la casa lo ingresaría en el banco, en alguna cuenta de ahorros, para Danny. Empezaría a ponerme esa chaqueta de cowboy tan divertida. Solo faltaban dos semanas para la Navidad, y pondríamos un árbol y tendríamos visitas y cosas en las ventanas.

Digo que yo no tuve nada que ver con la muerte de Dustin, pero debería haber reparado en las pistas que tanto se esforzó en dejar caer y también en ocultar. Que si los chicos que hablaban del suicidio estaban pidiendo ayuda a gritos. Que si se habría sentido fatal si no lo hubiera probado todo. Que si cuando estabas solo las cosas se ponían feas. Por otra parte, el crío era un cabroncete artero; no me extrañaría que supiera perfectamente lo culpables que todos nos sentiríamos después. Porque descubrí que yo no era el único a quien advirtió. A Danny le había dicho que el otro chico de la banda, el más asilvestrado, el de la camiseta de tirantes y el pelo color platino, hablaba de suicidio. Luego estaba el chico de la universidad popular, el que le vendía drogas, que le clavó cien pavos por una pistola de veinte. A él, Dustin le engañó asegurándole que unos vietnamitas del instituto, unos pandilleros, estaban amenazándolo por andar regalando droga a sus clientes. Claro que en el instituto no había ningún vietnamita.

Y quedaba su padre.

Nunca llegué a enterarme de qué problema se traían entre manos. Pero el día después del funeral estuve sentado con su padre en el salón de su casa para contarle lo que sabía, aunque él ya lo había oído porque se lo había contado la policía. Y para explicarle por qué no le había llamado para decirle que su hijo estaba instalado en mi casa y preguntarle si le parecía bien. Esa noche había tenido que atender una emergencia médica, le dije. Que la (abro comillas) emergencia médica (cierro comillas) también había sido cosa de su hijo —aunque no parece probable que a Clarissa tuviera que obligarla alguien— no me pareció una información que el pobre desgraciado tuviera que asimilar justo en ese momento. Jernigan, el que nunca compartía su pesada carga.

Cuando el padre de Dustin entró en la cocina para traerme una taza de café, miré alrededor: cromo, vidrio, cuero negro, todo con sus ángulos bien puestos. Ahí lo único amorfo era yo. Martin Sanders era delgado y tenía pinta de ser un mal bicho y un hijo de puta. Llevaba unas Ray Ban Aviator con los cristales ahumados a lo Gloria Steinem. Le faltaba el estilo que se requiere para ponerle a tu hijo Dustin. Debió de ser cosa de la mujer. Y también costaba imaginarlo con una colección de vídeos secreta como la que encontraron en mi casa; vídeos que no habían salido de Bedford Falls Video, desde luego.

Me dio una taza de gres negra y se sentó sin nada en las manos.

—Esto ha sido idea de mi mujer —me dijo—. Me ha pedido que le pregunte por lo sucedido para que luego yo pueda contárselo. Ella creía que no sería capaz de hablar con usted en este momento.

Él tampoco parecía muy capaz. Se quitó las gafas y del bolsillo de los pantalones de lana gris sacó un pañuelo blanco. Cuando hubo acabado con el pañuelo se le veían dos pequeños óvalos ahí donde las gafas se le clavaban en la nariz huesuda.

—Es lo primero que me pide en sabe Dios cuánto tiempo —dijo. Y luego añadió—: No hará falta que se lo cuente.

—Por favor. Si necesita hablar…

—Deje que se lo diga de otro modo —replicó—: Lo que quería decir era que no es asunto suyo. Y en cuanto haya oído lo que necesito oír, quiero que se largue de mi casa. ¿Así le ha quedado más claro?

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