Jernigan

David Gates · Chapitre 40 sur 45

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Jernigan

Chapitre 4

 

Cuando bajábamos por la avenida principal, las ruedas formaban tiras negras en el asfalto blanco y los copos de nieve revoloteaban frente a las luces delanteras. Cuando salíamos de casa para venir, había discutido con Martha por el Reliant: ella había insistido en que lo cogiéramos, lo que constituía, pensé, un voto de desconfianza en mi habilidad para conducir hasta casa; cuando yo, en realidad, conducía mejor cuando estaba borracho, ya que mi concentración era casi absoluta. Pero ahora me alegraba que ella hubiera insistido: sus ruedas estaban menos gastadas.

—¿Qué tal estás? —pregunté.

—Solo quiero ir a casa —contestó.

—No me ha quedado claro —dije—. ¿Es el estómago o qué?

—Solo quiero ir a casa —respondió—. Ni que fuera un crimen.

Miré por el retrovisor. Danny estaba susurrándole algo a Clarissa mientras ella se miraba las uñas.

—Quizá alguien —dije bajando el tono de voz— tenga la amabilidad de contarme qué diablos está pasando. El semental este anuncia que tiene novia, y tú tienes que irte a casa a toda prisa. ¿Podrías decirme exactamente qué hay entre vosotros dos?

—Nada que ver con lo que debes de estar pensando.

—¿Y cómo sabes tú qué estoy pensando?

Le había dado la vuelta a la discusión.

—No te preocupes, Peter —dijo—. En realidad no sé lo que piensas. Eres tan inescrutable como crees que eres. No corres el peligro de que alguien se te acerque demasiado.

Pensaba que me había dado una puñalada certera, eso era evidente.

—¿Podríamos poner la radio? —preguntó Danny.

La otra cosa que me gustaba del Reliant era que tenía una radio de verdad.

—No creo que pongan más que música de Navidad —dije.

—¡Eso es justo lo que queremos! —exclamó Danny.

Puse la radio, pero solo tenía la AM y no había manera de encontrar música navideña. Radio Noticias 88, música latina y un montón de programas de llamadas de los oyentes.

—Una gran noche para las almas solitarias —dije, y apagué el cacharro.

Martha se echó a llorar.

—Joder —dije. Y, al menos, todo el mundo calló durante el resto del camino.

Unos kilómetros más adelante los hombros de Martha dejaron de agitarse.

Me detuve delante de casa y apagué el coche. Todos se quedaron ahí sentados. Sin el rumor del motor, el silencio era total (tan total como puede llegar a ser en Nueva Jersey). La nieve caía en el parabrisas y se derretía. Al final, Danny dijo:

—Nosotros vamos a entrar, ¿vale?

Me encogí de hombros como diciendo «Qué coño importa lo que quiera hacer cada uno». A eso se le llamaba no poner nada de tu parte.

—¿Está bien, señora Peretsky? —preguntó Danny.

—Estoy bien —contestó—. Id a casa.

Entonces nos quedamos los dos solos.

—Era el mejor amigo de Rusty —dijo Martha. Bueno, por lo visto ahora tocaba historia de Tim—. Se conocían de antes del instituto, y los dos acabaron aquí otra vez cuando los licenciaron del ejército. No fueron a Vietnam ni nada. En realidad, Tim estaba en las fuerzas aéreas, mientras que Rusty pasó casi todo el tiempo en Marruecos. El caso es que compartían casa y Rusty y yo empezamos a salir. Yo había acabado la facultad y tenía mi primer trabajo de verdad, ya sabes, algo que no fuera de camarera, y encima tenía un novio alucinante. Así que al final me mudé con ellos. Era la única que tenía trabajo. Cada cierto tiempo Rusty recibía un paquete de Marruecos o salía por ahí con Tim y compraban un kilo de marihuana entre los dos que luego vendían en porciones pequeñas y así recuperaban el dinero, y nunca iba más allá de eso. El alquiler subía a unos cien dólares en total. Así que Rusty y Tim iban a gorronear cosas por ahí. Me acuerdo, por ejemplo, de que la madera que quemábamos en invierno la conseguían de seguir a gente que podaba árboles. Creo que el padre de Tim lo metió en el negocio de la cría de conejos. Bueno, total, que estos rollos le metieron a Tim la idea de la revista en la cabeza, algo que Rusty consideraba una locura. Rusty le llamaba el «eme e» porque decía que iba a convertirse en un Magnate Editorial. Yo solía escribir a máquina cuando volvía del trabajo y le ayudaba en esto y aquello. Hacía los dibujitos que aparecían al final de las páginas y esas cosas.

Supongo que lo que yo tendría que haber dicho era «Oh, ¿en serio?, me encantaría ver alguno». No tenía ni idea de que dibujara. A esas alturas ya me daba igual.

La nieve empezaba a quedarse pegada al parabrisas.

—Después, cuando me quedé embarazada de Clarissa —prosiguió—, Rusty y yo nos íbamos a casar y todo eso, pero pensábamos seguir viviendo en la casa igual que antes. Y casi un mes antes de que naciera la niña, Rusty le vendió hierba a un policía de paisano y lo encerraron un año. Eso pasó en el setenta y dos. Mientras, Tim se quedó y cuidó de Clarissa y de mí durante aquel año. Porque yo dejé mi trabajo y todo. Durante una temporada incluso trabajó en la gasolinera del área de servicio de Garden State para ganar algún dinero. Y en ese tiempo nunca pasó nada, te lo creas o no.

—¿Por qué no iba a creerlo? —pregunté.

—No sé. Rusty no se lo creyó. Cuando salió, los tres seguimos viviendo juntos, pero él no hablaba demasiado con Tim. Conmigo tampoco. Había cambiado mucho. Siempre me pregunté si los hombres de allí le hicieron alguna cosa. Pero lo raro de verdad no ocurrió hasta que nos mudamos aquí y Tim se fue a vivir solo.

—Lo raro de verdad —dije.

—Bueno, me pegaba y eso —dijo.

Lo imaginaba.

—El caso es que, después de que Rusty y yo nos separásemos, empecé a ver a Tim otra vez. Quiero decir, no a verle-verle, sino que nos íbamos juntos a hablar de cosas, a cenar. Lo siento, no sé por qué me he puesto tan rara esta noche. Creo que me va a venir la regla.

—Por el amor de Dios —dije—, no te rebajes.

—¿Te parece que esto es rebajarse? —exclamó.

El parabrisas entero estaba ya cubierto de nieve. No se podía ver nada fuera.

—No lo sé. Yo solo estoy hablando. —Aquella era la mayor verdad que había dicho en las últimas semanas—. Hace frío. ¿Quieres entrar?

—Dentro también hace frío —dijo.

—A no ser que los chicos hayan encendido la estufa —dije—. Es broma.

Nos quedamos un rato allí con el eco de mi broma.

—Bueno, mira —dije—, yo voy a entrar.

—¿Me haces un favor enorme? —preguntó—. ¿Podrías dejarme la llave para quedarme aquí con la calefacción mientras tú entras y enciendes la estufa? Yo iré cuando la casa esté caliente. Solo por esta vez. Creo que no podría soportar entrar esta noche y pasar frío.

—¿A qué te refieres con que te deje la llave? Es tu coche, ¿no?

—Te lo agradezco mucho —dijo—. No voy a convertirlo en una costumbre.

—Oye, que no es Navidad más que una vez al año —dije mientras abría la puerta del coche. El Señor Compasivo.

Estaba nevando mucho. El camino estaba completamente blanco y solo sobresalían algunas puntas de césped cubierto de nieve. Hacía menos frío dentro que fuera, pero la estufa estaba tan fría que podía tocarla. En la habitación de los chicos se oía la televisión.

Encendí la estufa y me senté allí con el abrigo puesto. Primero sentí el calor en las espinillas. Después lo sentí en la cara. Luego salí a buscar a Martha. El coche parecía vibrar con las ventanas completamente empañadas y una de esas ocurrencias imposibles se me pasó por la cabeza: que Martha hubiera cogido un tubo de aspirador y que lo hubiera empalmado al tubo de escape. ¿Significaba eso que quería que se muriera, o era una ocurrencia y nada más?

La ayudé a subir los escalones para que no se resbalara. Entró y se sentó en el suelo, junto a la estufa, abrazándose las rodillas como la chica del cuadro de Edward Hopper. Cuando yo era pequeño, mi padre tenía una lámina de ese cuadro colgada en el salón. Una mujer sentada en la cama con la ventana abierta y la cara llena de sol. Mi padre se había esmerado tanto en pintar encima unas gafas de sol de las que estaban de moda en los años cincuenta que yo crecí pensando que el cuadro era así de verdad. Traté de arrancarme un sentimiento de sobrecogimiento gratuito comparando el minúsculo pinchazo del fuego de la estufa con la inconmensurable inmensidad del fuego del sol. Pero la mente humana no es capaz de saltar de una magnitud a la otra así como así, claro está.

—Supongo que los regalos pueden esperar a mañana —dije.

—¡Mierda! —exclamó—. Me he olvidado de coger los regalos. Va a pensar que soy horrible.

—Aunque Él sufra por cómo vivimos —dije—, siempre dirá «os

perdono»[41]. ¿Quieres tomar algo?

Meneó la cabeza.

—Entonces bebo solo —dije, y me fui a la cocina—. ¿Y comer? — pregunté mientras me servía un vaso entero de ginebra.

No hubo respuesta. Me había terminado la botella de Absolut (al que no derrocha nada le falta), pero no te llegaba al alma del mismo modo que mi vieja amiga la ginebra.

Me quedé en la puerta de la cocina mirando a Martha. Esa noche se había puesto la falda de tela vaquera, habría querido enviarle un mensaje a Tim: en su corazón, la década de 1970 no se acabaría nunca. Estaba desabotonada hasta la mitad de los muslos. La parte de delante de la falda le cubría las rodillas, mientras que la parte trasera estaba caída dejando a la vista los muslos blancos y la ropa interior. Yo había alcanzado, por fin, ese estado: ni pizca de deseo.

Miró hacia mí y vio que yo la miraba.

—Te doy permiso para que te emborraches tanto como quieras —dijo —. Si eso es lo que te preocupa.

—¿Cómo? ¿Preocuparme yo? —contesté. Pensé en rematar la pregunta con una risa estúpida estilo Goofy, ju ju ju. Pero eso habría sacado las cosas completamente de quicio.

Se oían chasquidos dentro de la estufa de leña.

—Debo decirte, Peter, por si estuvieras sintiéndote culpable, que estas no son las peores Navidades que he vivido. Aunque quizá la idea te halagara.

Se puso de pie y se dirigió al dormitorio.

—Creí que querías calentarte.

—No voy a decir obviedades —respondió.

Sabía lo que habría dicho, pero ¿con qué palabras lo habría formulado?

Oí la puerta del dormitorio cerrarse. Solo cerrarse, sin portazo. Y eso me hizo pensar en cómo las cosas se mueven en círculos, como solían decir los Beatles. Empezabas cerrando la puerta, luego las cosas acababan tan mal que cerrabas de un portazo y después todo iba fatal y lo único que hacías era cerrar la puta puerta, y basta. ¿Y por qué los Beatles? Pues estaría pensando en aquella canción. En «Tomorrow Never Knows», la del principio del principio del principio…

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