Jernigan
Chapitre 3
Me desperté con frío en medio de una luz grisácea. Mientras yo perdía el día entero durmiendo en el suelo de esa caravana de mala muerte que apestaba a humedad, el fuego se había apagado. Me saqué las manos de debajo del sobaco y me las puse en la cara; la tenía muy fría, sobre todo la nariz. Lo único que conseguí fue que se me enfriaran las manos. Como la izquierda todavía me dolía un huevo, me pregunté —estaba suficientemente despierto como para pensar un poco— si no habría sido el dolor, y no el frío, lo que me había despertado. Aunque también podría tener la culpa otro dolor: la migraña que me taladraba el ojo derecho. Eché a un lado las mantas, me embutí en mi abrigo congelado y me puse en pie para librarme del frío del suelo. Lo mejor sería arrastrar un colchón hasta aquí: mi humilde plan para adelantarme a los acontecimientos. Encendí la lámpara de pie de al lado del sofá, pero la hijaputa no daba luz. Levanté la pantalla e incliné la cabeza: sí que tenía bombilla. Tiré de la cuerda que colgaba del anillo fluorescente del techo de la cocina: tampoco funcionaba. Por lo que parecía, en la caravana no había electricidad. En la encimera de la cocina vi un quinqué al que no le quedaban más que un par de dedos de queroseno. La mecha estaba hecha una mierda, pero no me apetecía ponerme a buscar unas tijeras que al final ni encontraría, así que encendí la cosa esa y funcionó bastante bien, teniendo en cuenta las circunstancias. En el bolsillo del abrigo encontré el frasco de paracetamol. Solo quedaban cuatro. Pues a la mierda. Y me los tragué todos de golpe. Pero me atraganté, los sentía encallados en la garganta, así que salí por la puerta de atrás y me arrodillé junto a la pila de leños y tragué nieve hasta que noté que las jodidas pastillas se despegaban y bajaban. Miré hacia arriba y, tras la colina Studebaker, vi un último latido de sol: desapareció al cabo de un instante y el aire se volvió todavía más frío, aunque es probable que todo fueran imaginaciones mías. Entré cargado con algunos troncos y por fin conseguí que la estufa tirara.
Y entonces me quedé sin saber qué hacer.
Traté de sentarme en sitios distintos: el sofá apestoso, una silla de cocina pintada de rojo, una butaca que también apestaba cubierta con una vieja tela marrón de flores o gambas o algo así. Lo que pasaba es que yo no sabía estar quieto. Me levanté y, por el pasillo, llegué a la habitación que antes ocupaba Diane. Hacía años que se había casado con no sé quién y se habían hecho una casa en una isla por Seattle y ahí siguen, que yo sepa. Como si me importara una mierda. En la pequeña cama de madera de arce de la habitación había un colchón de rayas, de esos viejos con botones cosidos. Lo cogí de las cintas, lo cargué por el pasillo y lo dejé al lado de la estufa. Cuando cayó al suelo, levantó polvo. Me tumbé en el colchón sin quitarme el abrigo. Me puse de lado. Boca arriba. Cambié de lado. Boca abajo. Hasta aquí las distintas posibilidades. Pero no conseguía dar con una postura en la que me sintiera totalmente horizontal. Me levanté otra vez para buscar algo que leer y en la repisa de debajo de la mesa que quedaba a un lado del sofá encontré unos libros, libros que años atrás al señor y a la señora Warriner debieron de parecerles lectura ligera para las vacaciones: Thorne Smith, Agatha Christie, P. G. Wodehouse, volúmenes con tres aventuras de Ellery Queen cada uno. Aunque la selección también podía ser cosa de Tío Fred, se apreciaba su mano: libros que constituían una parodia de la lectura ligera ideal para un fin de semana en el campo. Así que cogí el libro de P. G. Wodehouse y me lo llevé a la butaca. Sentarse en la caravana y sentirse transportado al castillo de Blanding. Como si fuera tan fácil.
Bueno, conseguí aguantar con P. G. Wodehouse durante unas dos frases.
Luego me entró miedo de que sonara el teléfono. Era de esos antiguos, de los que no se pueden desenchufar. No era de los de clavija extraíble, vamos. Levanté el auricular para ver si había línea: tampoco. A ver, pensemos un poquito: ¿Tío Fred iba a dejar el teléfono con línea para que alguien le forzara la puerta de la caravana —ni eso hubiera hecho falta, por todos los demonios, con abrir la puerta bastaba— y se pusiera a llamar como un loco? ¿Con una factura que pagaba él? También había cortado la electricidad. Por si alguien se instalaba en la caravana con estufas eléctricas o algo así.
Pensé en buscar un cazo para llenarlo de nieve y derretirla en la estufa, como si estuviera en una expedición al Everest. Ahí tenéis: datos, el mundo real, lo que la gente hace en el Everest. Ya estoy harto de tener que oír la mierda esa de que Jernigan va a lo suyo y no se entera.
También pensé en tratar de encontrar hojas para escribirle a mi hijo y pedirle perdón. Sin entrar en muchos detalles, que lo que cuenta es la intención. Pero ¿qué se le dice a un hijo cuando ya le has pedido perdón? ¿Que te comprometes a enmendarte? Como si os estuviera viendo: Bien, muy bien, vas mejorando.
Y luego pensé en postrarme en aquel mismo instante en el suelo y rezar para que me sometieran. En caso de que al personal todavía fueran sometiéndolo, claro está. No se haga mi voluntad sino la tuya. No sé a qué me estaría aferrando yo en aquel momento; a lo que me aferró ahora, probablemente. Los de rehabilitación siempre me dicen que tengo que superarlo. Aunque, en realidad, ya lo superé en una ocasión —esto no se lo he contado a ellos—, hace muchos años. Casi lo dejé; entonces me ventilaba una botella al día, una botella de lo que fuera. Con Danny berreando todo el rato por cualquier cosa, las paredes del apartamento de la calle Barrow se me caían encima. Y un buen amigo de mi padre —un escultor— me llevó a sus reuniones de Alcohólicos Anónimos. Años atrás él le había sugerido a mi padre que también lo acompañara (imaginaos). Total, resulta que un día entré en el taller del tipo cuando no estaba y me desplomé en el suelo, inconsciente. Llegado a ese punto, estaba dispuesto a intentar lo que fuera. Quería darme una oportunidad porque estaba asustadísimo —ni me acordaba de cómo había entrado en su taller— y también por Danny, que nunca pidió que lo trajeran a este mundo. Los de AA me decían: «No lo dejes; funciona». Funcionó, funcionó. Y ahí estaba yo: de pie, cogido de la mano, formando un corro y rezando el padrenuestro, que de niño nunca me aprendí porque Francis Jernigan era un Ilustrado y mi madre no se desviaba un milímetro de las directrices del Partido. Así que me enamoré del padrenuestro de inmediato, naturalmente. Pero al cabo de un tiempo lo que pedía empezó a asustarme: «¿Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores?». Y aquí se colaba, podía oírlo, «en la medida de lo posible»: el truco, la trampa concebida para alejarme del perdón para siempre. ¿Y estaría realmente preparado para que viniera a mí su reino? No podía dejar de imaginar una tormenta nuclear de dos pares de cojones. Y cada vez me apetecía menos que me alejara de la tentación, por supuesto. Decidí limitarme a: «Padre nuestro que estás en los cielos, danos hoy nuestro pan de cada día y líbranos del mal, amén», pero luego sospeché que incluso ahí habría truco, que Dios se lo tomaría al pie de la letra y lo único que comería sería pan. Aunque para entonces ya pensaba: «A la mierda, ya lo tienes controlado, ¿qué problema hay?». Y empecé a tomarme una cerveza de vez en cuando y vi que no pasaba nada terrible. Así que me dije: «¿Por qué no te callas la boca y confías en apañártelas?».
Aquí detestan esta actitud, la odian.
Pero ¿quién no confía en apañárselas, en librarse por los pelos? ¿Tío Fred? Muy bien, dejad que os cuente una cosa de Tío Fred. ¿Sí? Bien, volvamos al Verano del Tripi (segunda parte): Nos pasamos la noche en vela colocadísimos y tal y cual y volvemos a la caravana por la mañana y etcétera, esa parte os la sabéis. Y entramos en el cuarto de Tío Fred. Aunque el ácido empieza a bajar, aún tardaremos varias horas en poder dormir, y mientras fuera cantan los pajaritos Tío Fred se pone a contarme con todo detalle cómo piensa suicidarse. Subirá aquí en invierno, se internará en lo más profundo del bosque, donde nadie pueda oírlo, se encadenará a un árbol y luego arrojará la llave a la nieve. ¡Tiene la cadena y el candado guardados debajo de la cama! Levanta la manta y los arrastra hacia fuera para enseñármelos. Así que recordadlo bien cada vez que Tío Fred salude a alguien con un «Alto. ¿Contraseña?» o con cualquier otra gilipollez campechana de las suyas.
Y por si pensáis que eran cosas de la adolescencia, ahí va otra historia de Tío Fred. Hace dos veranos fui a pasar un fin de semana en la caravana. O fue hace tres veranos, no sé. Lo que sí sé es que Judith aún vivía, porque recuerdo lo dispuestos que estuvieron Tío Fred y Penny a tragarse la trola penosa que les conté: que Judith había decidido quedarse en casa con Danny en el último minuto. Por aquel entonces Tío Fred había equipado la caravana con un nuevo extra: un loro y un montón de casetes de Merle Haggard y George Jones. Música country en la caravana: si conocierais a Tío Fred, sabríais que aquello era una gran parodia de esa idea según la cual todo encaja (aunque la música country estaba empezando a gustarle de verdad). Penny ya se había acostado y estábamos sentados fuera, los dos, bebiendo Jack Daniel’s bajo el matamosquitos eléctrico. No se veía más luz que la de la bombilla morada y la de la luna brillando sobre la colina. Estrellas. Habíamos sacado el loro. Y cuando Merle Haggard cantaba una canción sobre el test de Rorschach que le había dado un loquero, cuyas manchas, todas, le recordaban a corazones rotos —me pareció una imagen un poco forzada—, Tío Fred anunció que él, Tío Fred, era un apóstrofo. Pensé que lo que quería decir era «apóstata» y le pedí que me lo aclarara. «Es como si yo sólo sirviera para indicar que falta algo», me contestó. Luego se inclinó y vomitó. Cuando volvió a erguirse se limpió la boca con la mano y me suplicó que fuera a buscar una pala y tapara el vómito para que a la mañana siguiente Penny no descubriera nada. Hice lo que me pidió, por supuesto.
Bueno, ahora ya no había rastro del loro. O se lo habían llevado los ladrones, o Tío Fred lo tenía en la ciudad. Pero cuando volví a sentarme en el sofá noté algo; metí la mano debajo y encontré la caja de plástico vacía del casete de Serving 190 Proof y me entraron ganas de oír la voz de Merle Haggard. A menos que lo hubiese dejado en el coche, el Walkman tenía que estar por ahí. Pensé en levantarme y empezar a revolver entre los cojines del sofá para buscar el casete, pero luego caí en la cuenta de que lo que estaba haciendo era querer algo. Y sabía que después de una cosa vendría la otra, y querría algo más, y otra cosa, y luego otra. Y, para mí, eso era lo último.
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