Jernigan
Tres
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Ocho días antes de que mi padre muriera fui en coche a Woodstock a verlo. De premonición, nada: la visita de rigor que le hacía cada dos meses. Más vale que aclare enseguida que era Woodstock, Connecticut. Mi padre compró un terreno ahí en 1970, convencido de que la gente no tardaría en descubrirlo, como pasó con los Woodstock de Nueva York y Virginia. Los precios se pusieron imposibles, como en todas partes, pero, por lo que yo veía, nadie lo descubrió en el sentido al que mi padre se refería. No era más que otro agradable pueblo de Nueva Inglaterra que no ofrecía razón alguna para que alguien se mudara ahí.
—¿Cómo van las cosas por América? —me preguntó mientras servía George Dickel, un vaso para mí y otro menos lleno para él. En su código, América significaba Nueva Jersey. El whisky hizo gluglú, como cuando lo viertes de una botella nueva. Tenía la cara más roja que nunca, y su tripa abría huecos entre los botones de imitación de nácar de su camisa de tela tejana.
—Como si te importara, viejo beatnik —le dije—. Seguro que por aquí arriba ni siquiera ves La rueda de la fortuna. Bueno, ¿y a qué te dedicas? ¿A leer a Emerson el día entero?
—¿Emerson? ¿Tú qué te crees? ¿Que me he vuelto trascendentalista? Emerson TV, puede. En realidad, estaba pensando en desempolvar mi latín para poder leer las Églogas. ¿O serán las Geórgicas? ¿En cuáles estaré pensando? Una va de pastores y otra de granjas. La que quiero es la de las granjas.
—Entonces quieres las Geórgicas. Creo.
—Deja que lo anote. Así que todavía te acuerdas de todo esto…
—Es como ir en bicicleta… —dije—. Dime, ¿en qué andas?
—Ya lo ves —respondió mientras levantaba el vaso, ya casi vacío—. Esto y lo otro. Voy trabajando un poco. ¿Quieres que te enseñe un par de cosas? No digas que sí solo para seguirle la corriente a un viejo. Por otra parte, no digas que no.
—¿Qué puedo decir?
—Y alábalas, que no se te olvide —dijo; se levantó y dejó sobre la mesa el vaso vacío—. Por mucho que, en el fondo, te depriman.
—Tienen que ser la bomba. Suponiendo que esté desbrozando tu ironía correctamente, claro.
—Bueno —respondió, obviamente satisfecho—, ya verás lo que te parecen.
Me levanté y lo seguí.
—Déjalo aquí —dijo señalando mi vaso—. Norma de la casa: no entrar con priva en el estudio. A menos que —dijo mientras se daba palmaditas en el estómago— ya la lleves a bordo.
El estudio había sido un gallinero. Mi padre había pagado a un contratista una cantidad excesiva para que lo trasladara de la parte trasera de la casa y lo instalara pegado al muro de la cocina que daba al norte, sobre cimientos nuevos. Donde antes había malla de gallinero ahora se veía un cristal, y en el techo se abrían claraboyas. Sobre un podio de viejos ladrillos recuperados se alzaba una panzuda estufa de hierro colado.
—Esto parece más ordenado que de costumbre —dije—. Yo pensaba que, para desarrollarse, el impulso creativo necesitaba desorden.
En lugar de responderme —o para responderme—, me puso una mano en el hombro e hizo que me diera la vuelta. Era un cuadro gigantesco de la cara de mi madre —de la que tenía cuando yo era niño— sobre un campo amarillo lleno de convulsas pinceladas. Dimensiones: su coronilla quedaba a la altura de la mía, y su barbilla me llegaba al ombligo. Absolutamente fotorrealista, a excepción de los ojos: como la mayoría de los sujetos que pintaba últimamente, tenía dos pares. Y un trozo de papel en forma de puñal de palmo y medio de largo, más o menos, pegado sobre su boca con cola o con laca. Si te fijabas, se veía que lo había arrancado de una ampliación de la Mona Lisa: podía distinguirse la sonrisa, la barbilla, una oreja y algo del desdibujado paisaje. Atravesaba la parte inferior del rostro de mi madre, como si estuviera amordazada. También parecía que esbozara una sonrisita. O que estuviera chillando.
Luego me acerqué más: a cosa de medio metro del cuadro vi que todo estaba pintado. En cuanto caí en la cuenta, él se rió con su risita de dos notas.
—Te la he pegado, ¿a que sí?
—Viejo verde —le dije—. ¿Así que todavía se te levanta?
—Lo intento —respondió—. Tengo un par más por aquí.
De detrás de un biombo parecido al que usaban las modelos para desnudarse sacó otros cinco lienzos, todos de la misma serie.
—¡Cielos! ¿Ahora tengo que hacer de crítico a lo Clement Greenberg, o puedo limitarme a decirte que son maravillosos?
Negó con la cabeza.
—Detalles —respondió—. Explica con todo lujo de detalle por qué funcionan tan bien. Luego quiero oír que Trina los venderá por cien de los grandes la pieza y que a ese mierdecilla de Julián Schnabel se le caerá el pelo.
—Bueno… —dije, preparándome.
—Y luego podrías colar algo de tu propia cosecha, tal vez, y explicarme qué demonios estás haciendo de asistente del vice algo, de limpiabotas en una empresa que pone su granito de arena para expulsar a los obreros de Nueva York. Y a los pintores ya ni te digo.
—¡Caramba! —respondí—. ¿Tenemos que volver otra vez a lo mismo?
—Me preocupo.
—¿Por qué, por todos los santos? El sueldo está bien, siempre que no quieras vivir de él en Manhattan. Mejor que el de profesor adjunto. Y es…, no sé cómo decirlo, relajante. Es un trabajo más y alguien tiene que hacerlo, ¿no?
—Me deprime una barbaridad —dijo—. Bajo todas tus capas de chorradas y trolas, lo que hay es un montón de autocompasión. Y debajo, supongo, la rabia que me tienes por lo que crees que te hice, sea lo que sea.
No os preocupéis, no iba a pillarme tan fácilmente.
—¡Ajá! —troné levantando un dedo acusador—. ¡Todo es culpa del padre! —Soplé la punta del dedo y enfundé—. Vamos, hombre. Ser hijo de Francis Jernigan no es como tener síndrome de Down, por todos los demonios. —Al menos eso era cierto; lo que a mí me pareciera daba igual —. Si quieres echarle la culpa a alguien, échasela al como-se-lla-me-ese, a Hofmann.
—¿Qué Hofmann? ¿De qué estás hablando?
—El tío del LSD —respondí—. Un Hofmann. Hans Hofmann.
—Hans no —dijo.
—Era un chiste.
Sacudió la cabeza.
—¿Cómo puede alguien tomar la cosa esa dos veces? —preguntó—. Esa maldita pastillita tuya me costó seis meses de trabajo.
—Esa fue tu expiación, ¿no? —Incliné la cabeza para señalar los cuadros—. Dime: ¿y para estos cuadros en qué te has basado?
—Ah. Pura inspiración. Me visita cada vez que froto la botella. Las de George Dickel son las que mejor funcionan últimamente. La frotas y… — De repente se cansó de su jeu d’esprit—. Una vieja foto que tenía por ahí. ¿La has visto alguna vez?
Se acercó a su mesa de trabajo, abrió una lata de tabaco Edgeworth y me dio una vieja fotografía en blanco y negro del tamaño de un naipe.
—La mandé ampliar para verla mejor, ¿sabes? Y luego copié la cabeza.
Ahí estábamos los tres en traje de baño, con una torre de socorrista al fondo. Yo estaba entre mi madre y mi padre, cogiéndolos de la mano. A juzgar por la foto, tendría tres o cuatro años; era lo bastante bajo como para tener que levantar los brazos como un forzudo para cogerles la mano. La cara de mi madre era la cara del cuadro, sí. Evité mirarle los pechos. A través de los años, sus ojos se cruzaban con los tuyos.
—¿Dónde era esto?
—Florida.
—Lo recuerdo vagamente. Donde nos alojábamos había una cucaracha enorme o algo así. —Volví a mirar la foto: los tres—. ¿Y quién tomó la foto?
—Ah. Esto es lo que hace de esta foto algo tan especial: Jack Solomon.
—Estás de broma —dije—. ¿Estaba ahí con nosotros, con los tres?
—Claro. Él y Margaret. Pobre Margaret. ¿Te parece que tengo mal aspecto? Tendrías que verla a ella ahora. Que recuerde, solo sacamos los bañadores para la foto, para no escandalizar a los del drugstore. La mayor parte del tiempo lo pasamos corriendo en pelota picada. ¿Te acuerdas de que solía meterse en el agua y andar contigo a hombros?
Sacudí la cabeza.
—Espero haberme cagado en su espalda peluda —dije.
—Qué va, erais grandes amigos —dijo—. Demonios, él y yo éramos grandes amigos.
—¿Eso fue antes de que empezara la historia? ¿O no lo sabes?
—Durante. Justo en plena historia. Que yo sepa. Llevarían seis meses, un año. Supongo que no descubrí nada porque resultaba demasiado obvio. Igual que en La carta robada. Puedo recordarlo justo así —con el índice y el pulgar en ángulo recto, formó el medio marco del artista—, cuando sacó la foto. Él estaba de pie, desnudo, enfocándonos con la vieja cámara de cajón, con la polla colgándole.
—Dios.
—Me ha llevado todos estos años entender que podía usar la imagen sin preocuparme por…, por su historia ni nada. Supongo que llegué a la conclusión de que ya no le importaba una mierda a nadie. Ni siquiera a mí.
—Bueno, te ha servido para pintar un cuadro buenísimo. Una serie buenísima.
—Y no es más que una parte de mi largo legado de luz y alegría. — Abrió la puerta—. ¿Qué te parece si salimos a pillar una buena taja? Yo ya me he concedido el día de mañana libre para ver las finales. Este es el Emerson que llega aquí. Emerson TV. —Parecía haber olvidado que la broma ya la había hecho antes.
—Por mí, perfecto. Judith ha ido a ver a su madre y se ha llevado a Danny, así que no me esperan. Puedo volver a casa mañana por la mañana, si es que tienes una cama donde pueda desplomarme.
—Tengo un par —respondió—. ¿Y cómo es que la vieja vaca consigue ver a su nieto y yo no? —Llenó su vaso y terminó de llenar el mío.
—No es que no le gustes —dije. (Y una mierda.)—. Le gusta subir a casa de su abuela porque en la esquina de su manzana hay una tienda de música inmensa. ¿Qué tienes tú a la vuelta de la esquina para competir con eso?
—Vacas. De cuatro patas. Y un espectáculo mucho más bonito. Y más útil para la especie humana. Y no mucho más estúpido.
—Qué puedo decir. La próxima vez.
Que resultó ser su funeral. No fue el ataque cardíaco para el que me había estado preparando, sino un incendio que lo quemó todo hasta los cimientos. Primero el estudio y luego el resto de la casa. El aceite y la trementina y la estufa y él ahí dentro, probablemente borracho. Encontraron una botella, en todo caso; el calor la había hecho añicos.
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