Jernigan

David Gates · Chapitre 33 sur 45

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Jernigan

Siete

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1

 

—Buenos días —dijo Martha mientras dejaba algo encima de la mesilla de noche. Luego se sentó en la cama—. Te he traído café. Y tienes correspondencia.

Estiró el brazo y con un dedo le dio unos golpecitos a dos sobres, uno rojo y el otro blanco, que estaban en la mesilla de noche, al lado de la taza humeante.

Así que estaba en su cuarto y no en el lugar en el que, por lo visto, había soñado. Y que, a medida que yo trataba de recordarlo, iba desvaneciéndose.

—Qué raro —dije.

—¿Qué es raro?

Sacudí la cabeza.

—El sueño. ¿Qué hora es?

—Las diez. Se me ocurrió que debía despertarte. Hace un día precioso. —Al parecer, las dos ideas guardaban algún tipo de relación en su cabeza —. Cuando anoche llegué a casa estabas frito. ¿Qué te hiciste en la mano?

Tenía la mano vendada.

Ahora lo recordaba.

—No lo sé. Me la corté con algo —respondí—. ¿Has visto el árbol?

Ahora que lo mencionaba, noté que me dolía la mano.

—Fue lo primero que vi cuando me levanté para dar de comer a los conejos. Es precioso. —Ya íbamos por la segunda cosa preciosa—. Esperaba que pudiéramos levantarlo hoy mismo.

¿Doble sentido intencionado? Examiné el rostro de Martha en busca de señales de picardía; no las encontré. Una lástima, pensé mirando el bulto que formaba su muslo bajo la tela tejana. Aunque, por otra parte, esa no era manera de cortar en seco con alguien, si es que eso era lo que uno quería. Perfecto: llevaba despierto ¿cuánto?, ¿treinta segundos?, y ya volvía al meollo del problema.

—Me corté mientras la igualaba. La punta —dije. Y ahora me explico su cara de perplejidad—. Con la sierra. El árbol de Navidad.

Sonaba verosímil. Verosímil, esto es, hasta que me quitara la venda y tuviera que explicar qué hacía yo con una cicatriz redonda. Aunque quizá no fuera redonda, exactamente; quizá lo mejor sería que fuera al baño a ver qué me había hecho.

—¿Y esta mañana? ¿Todavía te duele? —preguntó.

Asentí en silencio.

—Soy un estúpido —dije.

—¿No crees que tendrías que dejar que alguien le echara un vistazo?

Moví la cabeza.

—Ya he tenido bastante de Urgencias, gracias.

Funcionó.

—¿Podrías decirme si vas a estar dando por saco durante mucho más tiempo?

—No estoy dando por saco. Era un simple comentario.

Levantó las manos como si estuviera poniendo a Dios por testigo.

—Ya no puedo más de esta discusión. No estamos en 1952, ¿sabes, Peter? Podría haberle tocado a Danny y yo podría haber estado en casa, repantigada, mientras tú estabas fuera trabajando.

—Como, evidentemente, piensas que debería estar haciendo.

Llevaba un minuto y medio despierto.

—Bueno, nunca imaginé que te pasarías el día entero en casa sin hacer nada, no.

—Claro. Lo que tú imaginaste es que me haría poeta. «El compost

como letra C» [34].

—Debe de ser algo ingenioso, seguro —dijo—. Lo único que imaginé, Peter, es que, hicieras lo que hicieras, quizá serías capaz de disfrutar de la vida, para variar. Tendría que haber…, es que saltaba a la vista, y estoy siendo literal, que eras total y absolutamente negado para el placer.

¿Y el sentido figurado? ¿Debía añadirlo? Mejor que no.

—Un análisis incisivo —dije.

—Vete a la mierda.

—Cada vez incides más y más. ¿Tan de buena mañana empieza el Festival de la Réplica?

—Voy a salir —dijo—. Espero que disfrutes de tu café.

—¡Huy! —grité mientras salía de la habitación—. ¡En toda la cara!

Y ella, como si quisiera seguir con la broma, dio un portazo. Cogí la taza de café. Bastaba con mirarlo para ver que lo había hecho demasiado flojo. «¡Vamos! Esfuérzate un poquito —pensé— y podrás convertirte en un auténtico monstruo».

Martha volvió a la habitación con gesto indignado, dio otro portazo y me miró fijamente. Tenía la espalda apoyada en la puerta y los brazos cruzados. Los hombros subían y bajaban.

—Sientes por mí un desprecio infinito, ¿verdad? —preguntó.

—¿Y eso? —dije. La mano me dolía un huevo—. ¿La idea te pone cachonda?

Se quedó con los ojos tan abiertos que sobre el iris se veía blanco.

—Grandísimo hijo de puta —dijo.

Por lo visto, le había parecido necesario responder a mi insinuación. Y yo solo la había dejado caer por hacerme el gilipollas.

—Ven aquí —le dije.

—¿Para qué?

—Para no tener que levantar la voz. No querrás que los niños se deleiten con todos y cada uno de los matices de nuestra conversación.

Con eso conseguí que se acercara a la cama. Se quedó de pie, tozuda.

Meneé la cabeza.

—¿Qué estás rumiando? —le pregunté.

—Dímelo tú. Lo único que he hecho ha sido ser amable contigo.

—Qué injusto.

—Es que tú eres tan listo, Jernigan… —contestó—. Qué hombre. Trátalas mal y te pedirán más, ¿no es eso? Eres un auténtico capullo.

—¿Por qué no te sientas? No estás en el despacho del director.

Se sentó.

Me quedé mirándole los pechos y dejé que el silencio se prolongara.

Al cabo de unos instantes dijo:

—Esto es demasiado raro para mí.

—Muy bien. Lo único que has hecho ha sido ser amable. Ese marido tuyo, ¿te pegaba?

Empezó a sollozar. Observé un rato. «¿Qué diablos te crees que estás haciendo?», pensé, y luego le dije que se acercara. No quería. La agarré. Trató de zafarse y yo forcejeé para retenerla, lo que hizo que se me pusiera dura. Debo añadir —aunque el inciso no le resta un ápice de crudeza al asunto— que por la mañana, en cuanto me levanto, se me empina con cualquier cosa. No se trata de una reafirmación de la vida ni nada parecido, no: me pasa porque tengo que ir a mear. El fenómeno se debe a la presión de la vejiga sobre el nosequé —¿la próstata?—, o a cualquier otra causa igualmente…, ahora no me viene la palabra. Lo contrario de místico. Le bajé los tejanos y las bragas hasta las rodillas. Le daría por donde a ella le gustaba.

—Llegará el día en que lamente —tomó aire, que silbó al pasar entre sus dientes— haber sido tan sincera contigo.

Luego nos quedamos ahí sin decir nada. La mano empezaba a preocuparme. Por fin, con un hilo de voz, Martha dijo:

—¿Te acuerdas de cuando tenía nombres inventados?

—Tengo que ir al baño.

A veces conviene que nos hagamos preguntas. El día antes, por ejemplo, hablando con Danny, estaba decidido a cortar por lo sano con esa historia. Y ahora, esto. ¿Enfermizo y brutal? Sin duda. Pero aun así, también había servido para acercarnos. A menos que lo que estuviera haciendo fuese acercarme para que la tensión aumentara y, así, recibir un buen culatazo que, quizá, bastara para lanzarme a velocidad de escape. Me puse a pensar en ese episodio de Star Trek en el que avanzan derechos hacia el sol para que, con su fuerza gravitatoria, haga que la nave termine rebotando —por el llamado «efecto tirachinas»— y regrese de vuelta a su tiempo. Habían vuelto al pasado acercándose demasiado a un agujero negro y a su campo gravitatorio. Ver demasiados episodios de Star Trek era otra de las cosas que estaba haciendo.

Meé, cogí una toalla que estaba colgada de la barra de la cortina de ducha, me la eché al hombro y sujeté una esquina con los dientes. Mordí con fuerza y me arranqué la venda: un agujero de color rojo rabioso cuyos bordes empezaban a cicatrizar y de los que salía un poquito de sangre espesa. Esta vez me vendaría mejor que anoche: doblaría una gasa para cubrir los dos lados de la herida y la sujetaría con esparadrapo. Luego solté la toalla y me tomé cuatro pastillas para la regla.

Volví a la habitación y me tumbé al lado de Martha.

—¿Has terminado ahí?

—De momento.

—Vale. Ahora vuelvo.

—Contaré los momentos.

Cuando volvió y se tumbó a mi lado, yo seguía mirando al techo. Trataba de imaginar los dibujos que formaban las grietas; como los antiguos, que en la disposición aleatoria de los astros creyeron ver arqueros y todo el rollo. Lo único que fui capaz de distinguir, y a duras penas, fue el perfil de George Washington.

—¿Cuántos momentos? —preguntó.

—Mil setecientos setenta y seis.

—Esos son muchos momentos.

—Si te parecen muchos, prueba a dividirlos en instantes.

—Creo que voy a tratar de contar ovejitas —dijo—. ¿Te importa que eche una cabezadita? Llevo levantada desde las cinco y media.

Un hombre más atento que yo le habría preguntado por qué.

—¿Puedes quedarte conmigo hasta que me duerma?

—No me voy a ninguna parte.

Se tumbó de lado dándome la espalda y se entregó a la respiración lenta y profunda que utilizaba para relajarse. Cogí la taza y di un sorbo de café frío y flojo. Me quedé mirando fijamente a George Washington y luego hice eso que hacen los niños y que consiste en imaginar que el techo es el suelo; las puertas se cruzan saltando el dintel, y las lámparas hacen las veces de hoguera a cuya vera sentarse.

La respiración de Martha se hizo más silenciosa. Sus hombros iban subiendo y bajando. Me incorporé y cogí los sobres. A juzgar por su forma, cuadrada, eran felicitaciones de Navidad. Como siempre, me sentí culpable por no enviar ninguna; como siempre, sentí un gran desprecio por los que todavía se molestaban en enviarlas. El matasellos del sobre blanco era de California: tenía que ser de Rick, que nunca me había culpado por lo de su hermana. Hecho que, a mi entender, no decía nada bueno de él (a mí me ponía los pelos de punta). Volví a dejarlo en la mesilla, sin abrir. En el sobre rojo leí Warriner/Kaplan. (Ahora lo recordaba: había soñado con la vieja caravana de Tío Fred mezclada con la casa de mi padre en Woodstock, creo, porque la sucesión de habitaciones no se terminaba nunca). Era una de esas tarjetas con pan de oro: la Madre, el Niño, los tres Reyes Magos y la estrella de Belén, y, observándolo todo desde lo alto, un ángel de aureola dorada. Tío Fred la había amañado con caras que había recortado. La Virgen era Madonna con los labios pintados; los tres Reyes Magos eran Los Tres Chiflados, Curly, Moe y Larry. El ángel era Liberace, y el niño Dios, Nixon, a saber por qué. El muy cabrón debía de haberse pasado horas buscando las fotos. Y las había recortado con muchísimo cuidado, con tijeras de manicura o algo así. Dios, cómo echaba de menos a Tío Fred. Era el punto fijo de un mundo en rotación. Ahí estaba Tío Fred, quiero decir, ¿lo entendéis?; las blasfemias seguían haciéndole gracia.

Abrí la tarjeta. Bajo un versículo de la Biblia impreso («Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Jn. 3,16), un mensaje manuscrito:

¿Cuántos años crees que te quedan antes de la venida del Señor? ¿Y qué excusa de mierda crees que podrás darle por no haber ido a ver a tus amigos cuando todavía tenías tiempo? Llámame inmediatamente. Ya sabes mi número. Llama ahora, gilipollas.

Te quiere (sin pelos en la lengua)

Tu Tío Fred

P. D.: Coge el teléfono. Ahora.

Me levanté y me dirigí hacia el teléfono. ¿Qué hora era? ¿Estaría en su despacho o habría salido a comer? ¿O qué? ¿Qué día era hoy, maldita sea? Reconstruí… Si ayer fuimos a por el árbol, sería sábado. Hoy era domingo, entonces. Estaría en casa, entonces (si es que no había salido).

La dirección de Tío Fred era 222 nosequé. Como había perdido el rastro de mi libreta de direcciones, tuve que llamar a Información para que me dieran su número. El teléfono sonó dos veces, luego se oyó un clic y Jim

Reeves empezó a cantar: «Acerca tus dulces labios al teléfono…»[35]. Luego Tío Fred añadió en un tono distinto «Y no te olvides de dejar un mensaje después de la señal». Esperé la señal y dije: «Tío Fred. El Jernigan errante al habla. He recibido tu tarjeta, y gracias por… por hacer lo que yo tendría que haber hecho y no hice, y…, ¿qué puedo decir? Deja que te deje un número al que puedes…».

Un clic. La voz de Penny.

—¿Peter? —El teléfono empezó a pitar—. No cuelgues, Peter, deja que apague este trasto estúpido. —Otro clic y los pitidos cesaron—. Hola. Cuánto me alegro de oír tu voz.

—Eh —dije, como en los viejos tiempos—. Ídem de ídem, cariño. ¿Qué tal lo llevas?

—Bah. Navidades.

—¿Mucho lío?

—¿Lío?

—¿Cocinando?

—¿Cocinando? Siempre has sido un maestro de la sobriedad y la contención, Peter.

—Y todavía soy capaz de contener al primer gilipollas que… Y, hablando de gilipollas, ¿está Tío Fred por ahí?

—Claro que sí. ¿Mikey? Peter, ¿cuándo te veremos? Mikey, es Peter Jernigan.

—Buena pregunta. A ver si entre todos somos capaces de dar con la respuesta.

—Te paso a tu tiito —dijo.

—Jernigan. —Era la voz de Tío Fred—. Alto. ¿Contraseña?

—No puedo seguir, seguiré.

—Sé que esto sale en algún sitio —dijo Tío Fred—. Lo que pasa es que soy demasiado analfabeto para saber dónde, maldita sea. ¿Cómo demonios estás? ¿Y dónde demonios estás?

—Sigo en Jersey.

—Bueno, pues o vienes tú para aquí, o voy yo para allá. ¿Qué haces esta tarde?

—Esta tarde no puedo.

—Y una mierda.

—En serio.

—Vale —dijo—, me estás vacilando. ¿Qué pasa esta tarde? ¿Te toca limpiar el vertido tóxico de tu jardín?

—De verdad. Tengo que ocuparme de unas cosas. Pero dejémoslo para después de las fiestas, ¿vale?

—Lo siento. Tío Fred dice que hoy.

—Eres un tipo duro —le dije.

—Eso dice mi… No, espera, no voy a tocar el tema. Mi señora lo pasa mal cuando digo guarradas. ¿No es verdad, cariño? Entonces vienes tú a vernos, ¿no? Vaya mierda, Nueva Jersey.

—Tu voluntad es mi sosiego.

—Muy bien dicho. La forma, fantástica. El contenido ya es otra cosa… ¿Te traes a tu cielito para que podamos repasarla?

—Pas de cielito. Hoy trabaja. —Quizá eso fuera cierto y todo: ¿no iba a trabajar cada día hasta Navidad?

—Un cuento convincente —dijo—. ¿Y dónde trabaja este supuesto cielito, que no libra en domingo? ¿En una planta química de alta seguridad?

—En unos grandes almacenes —dije—. Solo despacha durante las fiestas.

—¿Cómo se llama? ¿Glendora? A ver cómo te lo digo para que no te ofendas, Jernigan: ¿no será hinchable, tu cielito? Espera, mi señora me está diciendo que soy un cerdo. Escucha, ven cuando puedas. Te acuerdas de lo del interfono, ¿no? Piso de arriba, botón de abajo.

—¿Qué llevo? —dije. Siempre tienes que ofrecerte a llevar algo.

—Con tu tan añorada persona bastará —dijo—. Esos chillidos de angustia que oyes al fondo son del ternero cebado que estamos sacrificando.

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