Jernigan

David Gates · Chapitre 24 sur 45

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Jernigan

Chapitre 3

 

Me desperté en el sofá. De una «cabezadita». Serían las algo menos cuarto, siete menos cuarto, probablemente, según las verdosas manecillas de mi reloj de pulsera, que emitían un débil resplandor en la oscuridad. Si a las siete menos cuarto estaba oscuro —suponiendo que fuera esa hora—, entonces tenía que ser por la tarde. Fui andando hasta la cocina con paso suave, descalzo. Así que, según parecía, antes de quedarme dormido me había quitado los zapatos. Dios protege a los borrachos y a los… ¿A quién más protege? ¿A los tontos? ¿A los locos? ¿A los niños? Qué frío hacía, maldita sea. «Lo que queda de noviembre, diciembre, enero, febrero, y casi todo marzo —me dije, contando con los dedos—: otros cinco meses así». Cinco meses era medio año, casi. Pero alto, cada cosa a su tiempo, ¿de acuerdo? Lo que ahora tenía que hacer era encender la estufa de leña. Lo que conllevaba: arrugar el papel, echar en la estufa astillas para encender el fuego, esperar a que prendiera bien y —entonces, y solo entonces— meter en la estufa los primeros troncos. Perfecto. Y luego podría sentarme delante del puto trasto durante media hora hasta que la habitación se hubiera calentado. Así que lo más recomendable sería levantarse y darle a la manivela de la vieja Honeywell para poner en marcha la calefacción a gasóleo. Perfecto. Y luego Martha empezaría a despotricar por lo caro que era el gasóleo.

En la nevera no había gran cosa. Huevos. Un envase de cartón de leche. Ahora todo el mundo dice cartón a secas. Cuando Danny estaba aprendiendo a leer, a veces yo añadía en los dibujos de su libro «envase de» con rotulador. Eso era cuando las cosas me importaban. (Y hablando de propiedad: los pies descalzos —véase más arriba—, ¿no deberían ser descalzados?) Un melón rescatado del contenedor con tan solo una motita de moho, lo más apetecible de la nevera de no haber sido por las semillas, que tenías que sacar partiendo el puto melón por la mitad. Una caja de copos de salvado de marca blanca que guardábamos en la nevera por el problema de los ratones. Problema que Martha, la asesina en masa de conejos, se negaba a resolver con D-Con o algún otro veneno parecido. D-Con: deconstrucción de las tripas de los roedores, decía. «¿Sabes cómo funciona?», me preguntó cuando le propuse que lo usara. «¿Me importa?» Pero con sus escrúpulos morales Martha me ganó la partida. Escrúpulos. Los antiguos farmacéuticos pesaban con escrúpulos, ¿no? ¿No era esa la palabra? Y un escrúpulo equivalía a no sé cuántos granos.

Así que lo que ahora tenía que hacer era volver a ponerme los zapatos, coger el abrigo y conducir hacia algún sitio para poder encender la calefacción. Ir a comer al McDonald’s o algo así, para que todo tuviera sentido. Había un McDonald’s en la avenida Hamilton, pasado el centro comercial. Y otro en la 17. Vivíamos en un pueblo con dos McDonald’s. Qué nivel.

Pero no suelo fiarme del servicio de entrega en el coche de McDonald’s. El trato personal no parece el fuerte de Jernigan, ya lo sé, pero con estos servicios siempre puede fallar algo: malentendidos por culpa de un interfono que chirría; la espera en una fila de coches mientras vas quejándote. Esa noche, sin embargo, hacía tanto frío que me quedé dentro del coche con la calefacción a tope y el servicio de entrega funcionó como una máquina bien engrasada: pum-pum-pum, y ya estaba fuera. Luego seguí por la avenida Hamilton durante casi un kilómetro, tal vez, hasta que llegué a la tienda de muebles Seaman, que a esa hora estaba cerrada. Aparqué justo delante, de cara al tráfico. Estaría pensando en Wild Bill Hickok de espaldas a la puerta; de ahí viene la expresión «la mano del

muerto»[27], a menos que esté equivocado, claro. Me quedé sentado en el coche con las luces apagadas, el motor en marcha y la calefacción empujando hacia mis espinillas nubes cálidas e invisibles. Me asusté, aunque fue cosa de segundos: pensaba que, de repente, había alguien sentado en el asiento del copiloto, pero era la chaqueta de cowboy blanca. Fui prudente con las patatas fritas para no terminármelas antes de acabarme las dos hamburguesas de queso, y luego metí todos los envoltorios en la bolsa, la arrugué, la embutí en el vaso vacío del batido, lo cerré con la tapa de plástico para que todo quedara bien recogido y lo dejé en el suelo del coche, en la parte de atrás, entre las latas de Coca-Cola Light y los vasos de café de polietileno en cuya tapa se veían pequeños triangulitos arrancados.

Y terminé sintiendo el mismo hartazgo y el mismo asco de siempre.

Lo único que podía hacer era beber más. Y no es que beber más fuera a arreglar nada, pero bueno. Abrí mi vieja billetera: uno de cinco y tres de uno. Con eso me llegaba para una botella de tres cuartos de ginebra Gordon’s, la compraría en la tienda que hacía descuento, aunque también podría llevarme una botella de medio litro y echar gasolina para poder seguir conduciendo; daría sorbos cuando a mi espalda se perdieran las luces de los coches y escucharía el walkman. En aquella época, para escuchar música en el coche me bastaba con guardar un walkman y algunos casetes en la guantera: podrían robarme, pero al menos no sabrían que tenían motivo para hacerlo. Así que repasé los casetes que tenía a mano, como si eso me ayudara a decidirme. Beach Boys variados, que tanto valían para la ironía fácil como para el disfrute auténtico, o incluso para ir alternando entre la una y el otro. George Jones variado (regalo de Tío Fred). La cinta de Webb Pierce que Martha me había grabado. Música que hoy solo escuchan los blancos. Quizá con eso pudiera sentir un escalofrío de emoción sin tener que arriesgarme: conducir por algún gueto de Newark escuchando música de blancos y dando sorbos a una botella de licor de blancos.

Por otra parte, ¿no me quedaría corto con la botella de medio litro, justo a un palmo de a donde quería llegar?

Y entonces recordé que en el armario de la cocina de Heritage Circle todavía quedaba una botella de ginebra; y no una mísera botellita de tres cuartos de mierda, no, sino todo un pedazo de botella de litro, ahí esperándome. Medio llena, por lo menos, en caso de que los chicos no hubieran atacado, cosa poco probable: la había guardado en el estante de arriba, detrás de un paquete de tortitas de avena Quaker. Perfecto.

Todas las luces de la casa estaban encendidas y el Cadillac abollado volvía a ocupar el camino de entrada. Que ese montón de mierda estuviera aparcado ahí significaba que yo tendría que caminar un trecho extra a la intemperie, el trecho que ocupaba un coche. Bueno, sobreviviría. Al menos Danny no se limitaba a quedarse en su cuarto con su guitarra y su Rockman, unos auriculares que le devolvían, como en un bucle, la música que él había imaginado. Abrí la puerta del coche y sentí una bofetada de aire frío con la que ya contaba; lo que no oí, sin embargo, fue el barullo que esperaba. ¿Estarían tomándose un descanso? ¿Descansando para hacer qué? En la puerta mosquitera que daba al pasaje cubierto no estaba echada la llave, y en la cocina, tampoco. Metí la cabeza dentro y grité:

—¡Hola! ¿Hay alguien en casa? —Quise advertir de mi llegada.

Luego entré al calor. Y por ahí, en calcetines, se paseaba el crío gordo.

—Vaya. ¿Qué tal la noche? —pregunté.

—Bastante decente. Me parece que nunca nos han presentado. —Alargó la mano—. Dustin Sanders.

—Pete Jernigan —dije, dándole uno de mis apretones de mano, de los que reservo para los hombres. A saber por qué dije «Pete»: nunca me han llamado Pete. Powerful Pete. Debía de sentirme en la obligación de mostrarme campechano (campechano, esto es: no opresivamente paternal) —. ¿Estáis todos aquí?

—No. Creo que Danny sigue en casa de Mitchell. Y a Clarissa la he dejado en su casa.

—En otras palabras: eres el único que está aquí.

—Sí. No sé, hemos tocado cosa de media hora y sonaba de pena, una mierda. Nos ha entrado una especie de depresión y recogimos los bártulos. Tendríamos que haber insistido, ¿no? ¿Usted estuvo alguna vez en una banda, señor Jernigan?

—¿Estuve en una banda? No. No, de las muchas cosas que he hecho… —Y luego pensé: «¿Para qué soltarle esta mierda al niño?»—. Dime, ¿qué ha pasado con Danny?

—Sigue en casa de Mitchell, creo.

—¿Y Mitchell sería…?

—El chico que toca la batería. Fuimos a su casa a ver su nuevo reproductor de compact disc.

—Pero tú volviste aquí.

—Odio los cedés —dijo—. Es que no puedes librarte de ellos. Y comparados con los vinilos, mi padre los encuentra fríos. Claro que él lo que escucha es música clásica, sobre todo. Bueno, total, que decidí ir a buscar unos vídeos para ver.

—Pero ¿qué es lo que haces tú aquí? —continué—. Si no te importa que te lo pregunte, claro.

—¿Es que Danny no le ha dicho nada? Joder, vaya colgado. —Cayó en la cuenta de cómo había sonado eso—. No quiero decir que vaya colgado, qué va. Si él no le ha comentado nada a usted, esto le parecerá raro. Verá: me dijo que podía quedarme aquí un par de días. Espero que no le importe.

—¿Y de esto, qué…? —Iba a decir «opinan tus padres», en plural, pero ahora…—. ¿No tienes otro lugar adonde ir? —Yo quería parecer delicado, pero la pregunta había sonado poco hospitalaria. Lo advertí en cuanto oí mi voz.

Él se rió.

—No soy un sin techo ni nada. Pero lo que pasa es que… —Se encogió de hombros—. Padres e hijos, ya sabe.

—No, no lo sé —respondí. Sí que lo sabía.

—La situación estaba poniéndose crítica en casa, como cuando empiezan a rebotar demasiados neutrones, y entonces… ¡bum! —Sus manos, formando dos cuencas, fueron separándose lentamente: eran una bola de fuego que se expandía.

—¿Tus padres saben que estás aquí?

Pensó y luego contestó.

—Saben que estoy bien.

—No te importará que los llame —dije. No era una pregunta.

Se sacó un paquete de Camel del bolsillo de su camisa blanca.

—Cuatro tres siete, siete siete tres cuatro. Se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Se lo apuntaré si quiere. También puede buscar Martin Sanders en la guía. —Dio golpecitos con el índice en la base del paquete y aparecieron tres filtros, cada uno de una longitud diferente, como los tubos de un órgano. Me apeteció un cigarrillo. Al cabo de, ¿cuánto?, ¿más de un año?—. Si pudiera evitar darle la dirección, mucho mejor. Pero si él le pregunta, tendrá que dársela, ¿no? Por cierto, ¿puedo fumar en su casa? Puedo salir a fumar fuera, si lo prefiere.

—Da igual. De mía ya no tiene casi nada —dije. Si no sabía que había vendido la casa, debía de estar preguntándose de qué diablos iba ese rollo —. Que lo disfrutes. Qué envidia.

Se encendió un cigarrillo y buscó un lugar donde dejar la cerilla consumida. Se decidió por una lata vacía de cobertura de chocolate Betty Crocker que había en la encimera. Se había provisto de víveres, o eso parecía.

—¿Lo ha dejado? Qué bien. Mañana dejo de fumar. Y también dejo de comer porquerías.

—Esta noche, la última canita al aire, ¿eh?

—Canita al aire. Sí, supongo. ¿Va a algún sitio? ¿Puede quedarse? Así hablamos un rato.

—Claro —dije—. Estoy a tu disposición. ¿Vamos adentro y nos sentamos?

Lo seguí al salón. Sobre la televisión ahora había un aparato de vídeo, y encima del vídeo, tres bolsas de plástico amarillo. En una, arriba del todo, pude distinguir las letras BE. Pensé en Belén, que tanto valía para el nacimiento como para la confusión. Ironía cristiana de tres al cuarto.

—Lo de sentirte como en tu casa te lo has tomado en serio, ¿no? —dije.

—¿Por? ¿Por eso? —preguntó señalando el vídeo—. No se preocupe, es mío, de mi cuarto. Lo único que he robado es una de las cintas porno que mi padre tiene escondidas en el sótano, pero por eso no me metería bronca, seguro, le daría demasiada vergüenza. —Se sentó en mi sillón Morris, de cara al televisor. Yo ocupé una esquina del sofá—. De hecho, me alegro de que haya venido. Danny me tiene un poco preocupado.

Lo miré.

—Decir esto no resulta nada fácil —dijo—. ¿No se ha dado cuenta de que parece un poco…, no sé cómo decirle, un poco depre?

—¿Cómo de depre? —pregunté. En realidad, Danny me parecía el de siempre. Pero diciendo eso pondría de manifiesto que como padre había sido un fracaso.

—Bueno, ¿a usted le ha ido con historias sobre la muerte?

—No, a mí no. —Porque no me había dicho nada, ¿no?—. ¿Qué ha dicho?

—No le contará a Danny que se lo he contado, ¿verdad?

—Dustin.

—Vale. ¿Sabe lo de los dos chicos que se suicidaron? Los que salieron en las noticias, los del coche en el garaje. —Pacto de suicidio entre adolescentes, en el pueblo de al lado. Lo recordaba. El verano pasado—. Cuando pasó, él decía cosas como que habían salido ganando. Que estarían tranquilos, con Dios, y todo el rollo, ¿sabe? —Eso no parecía propio de Danny en absoluto—. Pero lo más raro es que todavía habla del tema.

—¿Y qué dice?

—No sé, muchas cosas.

—¿Qué cosas, Dustin? ¿Ha dicho algo de suicidarse?

—Exactamente, no. Pero, después de lo del verano, en el instituto nos dieron unas charlas. Vinieron unos y nos explicaron en qué teníamos que fijarnos. En si algún chico empieza a regalar todas sus cosas, por ejemplo.

«Podría regalar muchos trastos. A los niños pobres, por ejemplo».

—¿Danny ha estado regalando cosas?

—Exactamente no. Pero dijo que si le pasaba algo quería que me quedara con su guitarra. Y también nos contaron que, cuando un chico habla de estas cosas, tal vez esté pidiendo ayuda.

—Dios. ¿Y qué más tendría que saber, Dustin? ¿Drogas? ¿Se está pasando?

—No quiero buscarle problemas a Danny —dijo—. A los chicos les gusta divertirse, ya sabe. Si yo tuviera un hijo, me preocuparía más por sus sentimientos, por su interior, que por las drogas y cosas así.

—Y tú crees que Danny no se siente muy bien.

—Pues, bueno… No. Creo que está muy mal, supermal. Y los otros chicos no pueden hacer nada para ayudarlo porque no son más que chicos, como él.

—Gracias, Dustin —dije—. Has hecho bien en contármelo.

—Usted era mi última oportunidad. Y justo va y aparece, qué raro.

—Dime una cosa, ¿qué están haciendo en casa de como-se-llame? ¿Estará bien ahí?

—¿En casa de Mitchell? Sí, ningún problema. Estarán escuchando música, probablemente. —Apagó el cigarrillo—. Mientras tenga a alguien cerca, no creo que pase nada. Es al estar solo cuando las cosas se complican. Ya sé que esto suena muy fuerte, señor Jernigan, pero ahora mismo yo no dejaría a Danny solo.

Me levanté y volví a la cocina. Abrí el armario, estiré el brazo y cogí las tortitas de avena. Claro que sí: ahí estaba la botella de ginebra, medio llena, más o menos. Pero no podía. Si lo hacía, no me lo perdonaría. Aquella se había convertido en una noche para permanecer sobrio y tratar, por todos los medios, de controlar la situación. Dustin me había seguido a la cocina. Lo que debió de haber visto: un adulto mirando hacia arriba, contemplando una botella de licor.

—¿Señor Jernigan? —dijo—. Estoy seguro de que Danny estará bien donde Mitchell. Si quiere quedarse a ver una película, siéntase como en su casa.

Volví a dejar las tortitas Quaker en el estante.

—Suena raro decirle a alguien que se sienta como en su casa en su propia casa —continuó—. Lo siento.

—Mira, no pasa nada porque estés aquí, Dustin. Pero en vista de lo que me has contado, debería ir a ver si Danny ha vuelto a casa.

—Lo comprendo. Claro. Y, de todos modos, me alegro de que hayamos hablado. Si no hubiera agotado todas las alternativas me sentiría fatal, ¿sabe?

—Has sido de mucha ayuda —dije—, y te estoy muy agradecido. Sé que te habrá hecho falta mucho coraje. Y, por cierto, si puedo hacer algo por mejorar tu situación…, ya sabes, si quieres que le diga algo a tu padre cuando hable con él.

Meneó la cabeza.

—No es nada. Lo superaremos.

—Bueno, de todos modos yo le llamaré y lo pondré al corriente de todo —dije. Y pensar en eso hizo que cambiara de opinión respecto de la ginebra. Un traguito no me haría ningún daño; quizá hasta me ayudara y todo. Volví a bajar las tortitas de avena y me puse de puntillas para alcanzar la botella; la agité (¡yo-jo-jo!) en muestra de jovial autoironía.

—¿Qué vas a ver esta noche? —pregunté, volviendo a dejar, otra vez, las tortitas de avena en su lugar. Desde la caja, el vejete, el cuáquero, me miraba sin ánimo de reprobación.

—Aún no lo sé. Pensé que tendría que hacer de esta noche algo especial y en el vídeo club me he puesto las botas. Tengo Reanimator y La matanza de Texas. Quería sacar La noche de los muertos vivientes, pero alguien la había alquilado. ¿La ha visto?

—¡Vaya! Eres mejor hombre que yo.

—En realidad no son tan malas —dijo—. Son bastante divertidas, de hecho. Y también tengo un par de óperas.

—¿Un roquero como tú? ¿O es que ahora la ópera es lo último?

—No —respondió—. Mi padre me aficionó a la ópera cuando era muy pequeño, era profesor de música.

—Sería fantástico que Danny se aficionara a la ópera. Si lo lograras…, un poco de variedad siempre viene bien. —¿Tan bien vendría un poco de variedad? Estaba exagerando mi papel de padre preocupado. Ahí de pie, tratando de meter una puta botella de ginebra en un bolsillo de abrigo que era demasiado pequeño, y hablando de la ópera y de la variedad—. ¿Qué óperas has alquilado?

—No sé si la conoce: Las troyanas. Es de Berlioz. Muy larga. Y también Madama Butterfly.

—Madama, sí señor —dije.

—No soporto que la gente diga Madame —dijo—. Mi padre me enseñó un montón de cosas, un montón. Ah. Y también he alquilado… bueno, en realidad es muy ridículo. Es una película antigua: Qué bello es vivir.

—Gran película —dije. Sonaba igual que el viejo chocho de la tele que, cuando pilla a su nieto leyendo Moby Dick, suelta «Gran relato». (En el anuncio de la colección Grandes Clásicos, los encuadernados en piel.)—. Parece que te espera una buena noche. Oye, no quiero parecer el típico padre, pero no te acuestes muy tarde, ¿vale?

—Vale —respondió—. Y gracias.

—Por nada —dije mientras abría la puerta que daba al paso al garaje—.

[28] Gracias a ti. Y no te preocupes, no le contaré nada a Danny, te guardo el secreto.

—No pasaría nada, ahora ya da igual.

—Bueno —dije—, pues eso.

—Pues eso —dijo, y, en broma, se llevó la mano a la frente.

Un buen chico, este Dustin. Le devolví el saludo.

Cuando llegué al coche, me volví para mirar hacia la casa. En el ventanal, a la izquierda, alguien había apartado la cortina. En lo que apenas si era una rendija, vi unos dedos blancos recortados contra la tela oscura y media cara que espiaba. Así que, a pesar de lo que el crío había querido hacerme creer, ahí debía de haber gato encerrado.

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