Jernigan

David Gates · Chapitre 30 sur 45

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Jernigan

Chapitre 3

 

Fue hacia esa época, con las vacaciones al caer, cuando tuvimos que cerrar la casa. Danny y yo hicimos los dos últimos viajes con el coche cargado el día antes; en uno de los viajes Clarissa nos acompañó para ayudar a Danny, que tenía que repasar su ropa. La mayor parte de las cajas eran de libros míos. Entre ellos, la Enciclopedia Británica, undécima edición, que había comprado cuando estaba en el piso de la calle Barrow y que todavía no había sacado de la caja. Otro valiosísimo legado para mi hijo. (Es broma). Los discos de Danny que quedaban, algunas mantas más (a petición de Martha) y unas toallas. Y la televisión en color, que fue directa a la habitación de los chicos: a ojos de Clarissa, mi momento álgido como padrastro. Si los chicos querían creer que mi fidelidad al viejo televisor en blanco y negro era otra muestra de mi generosidad, ¿quién era yo para sacarlos de su error? Aunque Danny tendría que haberme conocido mejor.

Después de firmar los papeles y entregar las llaves, me llevé a toda la familia a Nueva York. Iríamos a cenar a un restaurante y al cine. Tendría que haber sido restaurante y teatro, pero no vimos nada con buena pinta en la cartelera. Vaya novedad. Martha se decidió por el Russian Tea Room y yo dije que muy bien. Claro que en Mamma Leone’s también se comía bien, y a mitad de precio. (Comentario totalmente fuera de lugar). Cogimos el Daily News para consultar el horario de los cines, pero no había ninguna película que quisiéramos ver. Así que, después de cenar, caminamos hasta el Rockefeller Center y nos pusimos a mirar el árbol y los patinadores, lo que resultó una actividad familiar agradable, y luego regresamos a Nueva Jersey como miles de familias, probablemente.

—Dan, ¿tú qué dices? —le pregunté a la mañana siguiente, mientras desayunábamos. (Otra cosa: a partir de ese momento desayunaría con todos. Y eso no se debería a que hubiera pasado la noche despierto, bebiendo. Me levantaría porque por la noche me habría follado a Martha y luego me habría quedado dormido.)—. ¿Estás ocupado este fin de semana?

Se paró a pensarlo, preguntándose, eso era evidente, lo que un no podría depararle.

—Todavía no lo sé.

—Bueno. Esto es lo que he estado pensando: ¿por qué no nos montamos en el coche, tú y yo, vamos hasta donde estaba la casa del abuelo Jernigan y nos llevamos un árbol?

—¿Qué quieres decir, con que nos llevamos un árbol?

—Un árbol de Navidad. ¿Santa Claus? ¿Te suena? —Me había olvidado de que ya no volvería a ser sarcástico nunca más. Bueno, lo pasaría por alto —. Se me ha ocurrido que este año podríamos cortar uno nosotros.

—¿Y no terminarás gastándote lo mismo en gasolina? —preguntó.

—Probablemente. Desde un punto de vista estrictamente económico, será un desastre. Pero ¿y si lo consideramos un ritual para el fortalecimiento de los vínculos paternofiliales? Podría ser más valioso que los diamantes. Más duradero que el puto bronce. —Sarcasmo. No podía evitarlo: él se estaba haciendo el tonto.

Se quedó mirando cómo la mantequilla de cacahuete se derretía sobre su tostada. Yo tampoco habría sabido qué decir.

—¿Alguien quiere más café? —preguntó Martha, servicial.

Danny la miró. Clarissa, como era de esperar, estaba enroscando un mechón platino en un dedo de uña negra.

—Lo siento, no tenía intención de ser tan capullo. Perdón. —Eso lo decía por Clarissa—. Solo quería que pasáramos tiempo juntos, y pensé que esta sería una buena manera. Salir de expedición.

—¿Para qué? ¿Para que no me suicide como Dustin?

—Genial —dije—. Parece que prometes, ¿sabes? Sigue así, que para cuando tengas mi edad puede que seas tan capullo como tu padre.

—Por el amor de Dios —dijo Martha—. Vosotros dos: me dan ganas de taparme los oídos. Danny, ¿por qué no le das una oportunidad a tu padre? Y tú, Peter, deja de ser tan desagradable. Podrías sacar la correa, ya puestos. Al menos eso sería limpio.

—Perdón —dije.

—Perdón, señora Peretsky.

—Mira, hasta ahí arriba hay un buen trecho. No hace falta que la excursión sea tan larga. Solo era una idea.

—No pasa nada —dijo él—. A mí me da igual.

Cabroncete resentido. Estuvo a punto de escapárseme.

—Bueno, ¿qué te parece el sábado, entonces? Nos vamos de buena mañana y luego te dejo en casa con tiempo para que hagas lo que quieras por la noche. ¿Qué dices?

Clavó la vista en la tostada y no la movió de ahí; tenía el ceño fruncido, tratando de reprimir una sonrisa de alivio.

—Que sí, si a ti te parece bien —dijo con una voz grave que todavía no terminaba de pertenecerle. En ese momento sentía tanto amor por él…

Y tanta lástima, también, por lo que había tenido que pasar y por el largo camino que le quedaba por delante… No me refería al camino a Connecticut, no, solo estaba usando una metáfora trillada. O no tan trillada, por lo visto, para mi gusto. Porque yo imaginaba a Danny bajo un cielo monótono en una carretera monótona, dirigiéndose a un punto que se desvanecía a lo lejos, como en el manual de pintura de Jon Gnagy que Santa Claus me trajo un año. Los amigos de mi padre siempre venían a casa por Navidad —la mayoría no tenía hijos—, y cuando desgarré el papel y lo levanté en lo alto se pusieron a reír y a lanzar vítores.

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