Jernigan

David Gates · Chapitre 37 sur 45

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Jernigan

Ocho

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Cuando entré, la casa estaba a oscuras. Y fría. Otra vez. Siempre. Tiré de la cuerda y la luz de la cocina se encendió. En la encimera, al lado de la tostadora, vi un soporte de árbol de Navidad. Igual que una araña muy grande: un cuenco metálico rojo montado en patas metálicas verdes. Bajo una de las patas, una nota: POR SI TE INTERESA. Traté de recordar: ¿no habíamos dejado las cosas razonablemente bien? Entonces, ¿a qué venía esa nueva ofensa? No estaba suficientemente loco como para pensar que, gracias a sus aterradores poderes mentales, Martha se había enterado de mi conversación con la chica esa, como-se-llamara, no iba a ponerme a recordar su nombre. (Miranda).

Con esos momentos bochornosos, lo mejor que se podía hacer era no pensar en ellos. En cuanto avanzara un poquito —aquí estoy haciendo una analogía entre el tiempo y la distancia, aunque no estoy seguro de que sea correcta—, esa historia quedaría en el pasado, cada vez más pequeña. La ley de la perspectiva, como explicaba el libro de Jon Gnagy que me regalaron por Navidad. Como cuando explotaba una bomba atómica, que cuanto más lejos estabas —en uno de los monótonos paisajes de Jon Gnagy —, menos te achicharrabas. No me explico bien.

Lo que debía hacer para demostrar que sí me interesaba era montar el árbol. Así que lo arrastré hasta la cocina, lo dejé tumbado en el suelo y aflojé los tornillos de palometa del soporte para meter el extremo del tronco en el aro. Luego volví a apretarlos, tres vueltas por tornillo, para que el tronco quedara bien centrado. Los tornillos penetraron en la madera blanda y yo apreté los dientes. Cuando ya me dolían los dedos de tanto apretar, levanté el árbol. El muy hijoputa había quedado torcido de todos modos. A la mierda. Lo llevé al salón sujetándolo por el tronco, con el soporte apuntando hacia delante igual que si fuera un ariete, y lo dejé en un rincón, entre un extremo del sofá y la ventana. Mi intención era mantenerlo alejado de la estufa. Si ella no lo quería ahí, que lo cambiara de sitio. Llené un cazo de agua y la vertí en el cuenco metálico para regar el árbol. Luego encendí la estufa y me acurruqué en el sofá sin quitarme el abrigo. ¿Qué día era? ¿Domingo? Estarían dando 60 Minutes, si es que no había terminado ya.

Traté de calcular en qué día caería la Navidad. A finales de semana, ¿no? ¿Viernes? ¿Sábado? Me faltaban datos: necesitaba saber la fecha de hoy para, a partir de ahí, ir avanzando. No le había comprado nada a nadie. Intercambiaríamos regalos, supuse, como en unas Navidades normales. Porque, en sentido estricto, ¿qué tenían de raro esas Navidades? Habría mayores, niños y un árbol: nada que pudiera eximirnos de celebrarlas. «Podrías acercarte al centro comercial en coche y sacarte de encima las compras de Navidad —pensé—. Mañana habrá más gente, y pasado mañana, más aún, y al día siguiente será todavía peor».

Acabo de encender la estufa, por todos los santos.

Cierto, pero todavía llevas el abrigo puesto. Y ahora que el sol luce sobre el penol y los marinos esperan ansiosos su ron, podrías hacer el truquito de la lata de Coca-Cola Light con un poco de ginebra y convertir el viaje al centro comercial en una pequeña aventura. El rollo ese del penol, así es como hablan los auténticos borrachos. Me sentía orgulloso de haber recordado la expresión. A fin de cuentas, estaba metiéndome en mi papel.

En marcha, entonces.

En los inmensos aparcamientos que rodeaban el centro comercial había un montón de plazas libres. Hasta la sala de video juegos que quedaba justo a la entrada del Acceso Sur estaba prácticamente vacía; solo había un adolescente negro con una gorra de los Mets vuelta del revés y la nariz pegada a la pantalla; a su lado, una chica sentada en el suelo abrazándose las rodillas. El domingo antes de Navidad. O había acertado al venir a esa hora, o los efectos de la crisis bursátil sobre las ventas eran ciertos.

Ahora se trataba de no complicarse. Tenía que gastarme más en Danny que en Clarissa, por supuesto, aunque el de Clarissa tenía que ser un regalo considerable. Así que: un vale regalo de cincuenta dólares de Record Town para Danny; un vale regalo de cincuenta dólares de Benetton o The Gap o una tienda de esas para Clarissa y, tal vez, otro vale regalo de cien dólares de Sam Ash Music para Danny (suponiendo que en Sam Ash Music hicieran vales regalo, aunque ¿por qué no iban a hacerlos?). Y algunas cositas baratas para que tuvieran algo que desenvolver, aunque no se me ocurría cuáles. En Hickory Farms tendrían comida. Pues claro… Me refiero a que a lo mejor a los chicos les gustaría que les regalara salchichón y queso y rollos de esos para comer en su cuarto. O un jueguecito, un puzzle de los de meter balines dentro de los agujeros, o uno de esos chismes llenos de agua con un pez espada de plástico en cuya nariz tenías que ensartar las anillas flotantes. Total, como se encerraban en su cuarto a colocarse, qué más daba.

Y con eso solo me quedaba Martha. ¿Qué le gustaría? ¿Una caja de cartuchos del veintidós? Comentario de muy mal gusto. Lo retiro. Me acordé de que en una ocasión había comentado algo sobre Margaret Drabble. O quizá era Margaret Atwood. O Iris Murdoch. Iría a Waldenbooks, una librería sería lo mejor, aunque ¿regalarle libros no sería una manera de decirle pega la nariz al puto libro y déjame en paz? En una situación como la nuestra, sin embargo, en todos los regalos —en todos menos en unas braguitas abiertas por delante— terminaba adivinándose la misma intención.

No era un gran enemigo del desorden, cierto, pero supe organizarme bien las paradas: primero fui a buscar los vales regalo y me reservé los paquetes pesados, como los libros, por ejemplo, para cargarlos después. Había dado con una tienda perfecta para Clarissa, mejor incluso que The Gap: Mandee. Habréis visto los anuncios, son los de las chicas con pinta de guarra que hablan en rimas. Lo más probable es que todas las amigas de Clarissa tuvieran ropa de Mandee —eso suponiendo que tuviese alguna amiga— y ella, sin dinero, se sintiera excluida. Me dio tanta lástima que el vale regalo terminó siendo de setenta y cinco dólares. Con los cien dólares de Sam Ash Music y los cincuenta de Record Town para Danny, ¿le estaría haciendo ver a Clarissa que Danny me importaba el doble que ella? Bueno, en fin, cosas de la Navidad. Cuando hube comprado los vales fui a buscar los juguetitos. No pude encontrar el del pez espada, pero tenían uno de un pingüino en el fondo del mar, plantado delante de un bosque. (¿Qué hacía un pingüino entre árboles verdes? ¿Y por qué había árboles verdes en el fondo del mar?) Había cinco anillas de plástico que tenías que hacer pasar por encima del pingüino inclinando el chisme. También les compré un puzzle hecho de cuadraditos que tenías que mover de sitio para formar la imagen de Superman volando. Y dos barajas. Y un libro de juegos de mesa Hoyle, tapa blanda. No es que imaginara a nuestra pequeña familia jugando a la canasta, qué va, pero al menos tendríamos los juegos a mano si la situación llegaba a enderezarse. Y, si no, al menos servirían para dar fe de que lo habíamos intentado todo. Luego fui a Hickory Farms. Debo confesar que, dada la distribución de las tiendas, ese plan mío tan ordenado y racional —el de ir de lo más ligero a lo más pesado— conllevaba un montón de idas y venidas por el centro comercial. Así que volví a pasar una vez más por delante de Bedford Falls Video, donde el bueno de Steve el Emprendedor destilaría antipatía por mí, y por delante de la exposición de quitanieves, con el vendedor del blazer granate sentado tras pilas de folletos. Con un megáfono, profetizaba la llegada prematura del invierno.

En Hickory Farms compré una bandeja de regalo del tamaño de una caja del Monopoly, de las envueltas con plástico transparente, con salchichón y un surtido de quesos. Había Cheshire y ya no recuerdo cuáles más, aunque todos serían Cheddar de Wisconsin con distintos tipos de colorante alimentario, supongo. Como si los chicos fueran a distinguirlos. Luego tuve que dar media vuelta hasta la otra punta del centro comercial, rumbo a Waldenbooks. Para cuando llegué ya estaba a punto de rendirme. No tenían ningún libro de Iris Murdoch, y resultó que entre Margaret Drabble y Margaret Atwood había bastantes diferencias, pero yo no sabía cuáles y es probable que hubiera terminado escogiendo un libro de la que no era. Cuando lo único de Jane Austen que encontré fue el puto Orgullo y prejuicio, pensé: «Perfecto, se acabó la expedición: le das a Martha un vale regalo y te largas». Cien dólares. Empataba con el regalo grande de Danny, aunque con los otros cincuenta de Record Town él seguía en cabeza. Habían quedado así: Danny, ciento cincuenta; Martha, cien; Clarissa, setenta y cinco. Eso más los detallitos. Confiaba en que con mis regalos no se llevarían la impresión equivocada. La impresión general que transmitía, sin embargo, era otra: a esta gente no la conozco de nada. Mientras caminaba de vuelta al Acceso Sur, el hombre de las quitanieves guardaba sus folletos en una caja de cartón y en las tiendas apagaban las luces del techo. En la tienda de The Gap, una dependienta se agachaba bajo la persiana metálica a medio cerrar.

De vuelta en casa, escondí los juguetes y la bandeja de Hickory Farms debajo de la cama, cogí un vaso de agua, lo llené de ginebra hasta la mitad y fui pegándole duro hasta que «caí rendido» en el sofá. Durante Star Trek, creo. Antes de que Martha volviera a casa, en cualquier caso. El episodio de Star Trek era el de Joan Collins haciendo de pacifista durante la Depresión. Tiene que morir atropellada por un coche para que, a partir de ese momento, la historia no cambie. Veréis: si Joan Collins vive, América no entrará en la segunda guerra mundial etcétera, etcétera. Es el episodio en el que Bones, el doctor McCoy, toma una droga y se vuelve loco (ahí empiezan todos los problemas), y luego todos atraviesan la puerta del tiempo.

Me despertó una pesadilla en la que salía Robert Stack. Cuando el terror hubo remitido traté de pensar por qué Robert Stack. Tardé un par de minutos en acordarme de que salía en la serie de Los Intocables. Por todos los demonios. Dime algo que no sepa. Alguien había apagado la tele, que volvía a estar cubierta con el mantelito. Tenía un dolor de cabeza infame, evidentemente, y en la mano sentía unas punzadas brutales. Fui al baño, meé, me tomé cinco ibuprofenos de un frasco sin estrenar —Martha se había dado cuenta de que nos habíamos quedado sin existencias—, y después entré en la cocina y bebí agua fría de la nevera. Boca seca. Evidentemente. Juré que mañana no bebería (por «mañana» entendía cuando me despertara). Entré en el dormitorio y vi a Martha dormida o haciéndose la dormida. Y luego yo también me quedé dormido, aunque no sé cómo fui capaz, con la mano y la jaqueca y sin poder dejar de darle vueltas a la cabeza.

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