Jernigan
Chapitre 6
Era tardísimo, pero las luces seguían encendidas cuando dejé el coche en la entrada de mi casa, detrás del Cadillac del como-se-llame ese. Dustin. Y, por primera vez, advertí que el cartel de EN VENTA había sido reemplazado por otro parecido —sabe Dios cuánto tiempo llevaría ahí—, otro que rezaba VENDIDA. Por un cartel, en otras palabras, cuyo objetivo no era beneficiarme a mí sino a los negocios de la inmobiliaria. ¡Estaba ofreciéndoles a los muy cabrones publicidad gratis! Me peleé con el cartel para arrancarlo del suelo helado, lo llevé bajo el tejadillo y, metiendo ruido, lo arrojé al suelo de cemento: Aviso a los explotadores. Y así también pondría sobre aviso a Dustin, por si tenía intención de asesinarme al estilo Manson: iba a entrar en casa, enfadado y peligroso. La puerta de la cocina seguía sin tener la llave echada. Entré y me quité el abrigo —el cabroncete no escatimaba en la calefacción que yo le estaba pagando—, lo dejé caer encima de la mesa de la cocina y grité:
—¿Hay alguien en casa?
La televisión estaba encendida.
—¿Es aquí? —decía una voz que salía del televisor.
—Pues claro que es aquí. —James Stewart, sí señor, esa voz era inconfundible. Así que Dustin había puesto la película.
—Pero si en esta casa no vive nadie desde hace veinte años —decía la otra voz.
Entré en el salón. Dustin estaba tumbado en el sofá, de lado, viendo esa tele atronadora. Bert aparcó el coche de policía al lado del taxi de Ernie.
—¿Qué pasa, Ernie? —decía. Miré cómo miraban a James Stewart mientras se acercaba a las ruinas de lo que fue su casa.
—No sé —decía Ernie—. Hay que vigilar a este tipo, está chiflado. — Bert era Ward Bon, que terminó actuando en la serie Wagon Train.
—¡Eh! ¡Dustin! —dije.
Seguía impermeable al entorno.
—¡Mary! ¡Mary! —gritaba James Stewart—. ¡Tommy! ¡Janie! ¡Zuzu! ¡Zuzu! ¡Peter!
No quería que el crío terminara levantándose, fuera a la habitación y me encontrara ahí. Además, convenía que me asegurara de que no se había quedado ahí tirado con los ojos fuera de las órbitas, catatónico perdido.
—No están aquí, George —decía Henry Travers—. No tienes hijos.
Le toqué el hombro.
—¿Dustin?
—¿Dónde están? —preguntaba James Stewart—. ¿Dónde están mis hijos?
Dustin no se movía.
—Arriba las manos. —Volví a mirar la pantalla. Ward Bond apuntaba a James Stewart con una pistola. No quería perderme la escena siguiente, la de su madre, una mujer malhumorada que no lo reconoce.
Le cogí el hombro con suavidad, con las puntas de los dedos, y lo moví. Su carne parecía suelta y extrañamente pesada.
—Bert —decía James Stewart con esa voz suya—, ¿qué le ha pasado a la casa? ¿Dónde está Mary? ¿Dónde están mis hijos?
Y entonces vi la pistolita en el suelo, justo al lado de la mano que colgaba del borde del sofá. Supe al instante que era de Martha; imaginé al instante que Danny se la había pasado a Dustin para que se protegiera; vi al instante a Danny entrando en la cárcel. (Era del calibre veintidós, pero no era de Martha, por supuesto; terminaron presentando cargos contra el chico que se la había vendido). Acerqué el dorso de la mano a su nariz y a su boca como una dama se la acercaría a un caballero distinguido. Sin el menor aliento. Luego le toqué la mano. Nunca en mi vida había tocado nada parecido a esa carne. Blanda y fría.
Corrí a la cocina a llamar por teléfono. Aunque también podría haber andado, total. Total, podría haber esperado un año entero.
—Mire —dijo Ward Bond—, sea usted bueno y deje que le llevemos al médico. Verá como todo se arregla.
Pulsé la tecla O. Alguien —la operadora— sabría qué era lo que debía hacer.
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