Jernigan

David Gates · Chapitre 31 sur 45

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Jernigan

Chapitre 4

 

Dejé el hacha de Martha en el suelo, delante del asiento trasero del Datsun, y me senté al volante. Mientras yo iba enredando, Danny dormitaba hundido en el asiento del copiloto con la chaqueta de cowboy echada encima de las rodillas.

—Supongo que no estaría mal que cogiéramos la guadaña —dije. Como si tuviera el menor interés.

—¿Para qué? —preguntó, y luego bostezó. Eran las ocho de la mañana; cielo azul radiante, sol intenso, escarcha en el cristal.

—Por si tenemos que limpiar la maleza para llegar al árbol. No quiero que te enganches con el hacha mientras vas blandiéndola. —Blandí un hacha imaginaria para hacerle una demostración—. Conviene que tengas mucho espacio a tu alrededor.

Hablábamos de cosas que a los hombres les importan. Yo ya me había tomado tres tazas de café.

Él se desperezó como pudo en el poco espacio del que disponía en el coche —se retorció, mejor dicho— y volvió a hundirse en el asiento.

Y claro, por muchas vueltas que le diéramos, la guadaña no quería entrar. Putos coches extranjeros, peores que una caja de cerillas. Terminé yendo a buscar una llave inglesa para desmontar la hoja; el mango tendría que ir a lo largo, con un extremo entre los dos asientos delanteros.

—¿Y cómo se supone que vamos a meter un árbol aquí? —preguntó Danny.

—Hombre de poca fe. Es que ni lo intentaremos. Lo ataremos al techo, como si fuera un ciervo.

No pareció entender lo del ciervo. Eso me dio que pensar: si lo de hoy funciona y nos lo pasamos bien, ¿por qué no empezamos a ir de caza juntos, Danny y yo? Cogemos un par de rifles, subimos al monte y volvemos a casa con carne de verdad, no como la de esos malditos conejos raquíticos. Carne que nos dure.

Cuando por fin nos pusimos en marcha, lo primero que hizo Danny fue sacar el walkman de la guantera. Me preguntó si me importaba, es verdad, pero ya me había pillado: si decías que te importaba y que preferirías hablar, ¿con qué ánimos ibas a empezar la conversación? Mientras atravesábamos el puente George Washington, volví la cabeza para echar un vistazo a los rascacielos en ese día tan claro; y ahí estaba, con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana, los ojos cerrados y la boca abierta. Un pensamiento fugaz acerca del hospital que quedaría más cerca (los del Bronx no contaban) antes de ver cómo su hombro subía, y luego bajaba, y luego volvía a subir. Me estiré para bajar el seguro de la puerta.

Justo antes de llegar a Hartford, se enderezó y se quitó los auriculares. Hacía rato que se había oído un clic y el casete se había parado, pero él había seguido durmiendo, sobre el silencio.

—¿Falta mucho? —preguntó.

—Unos cuarenta y cinco minutos… Puede que un poco más. —No quería decir que todavía faltaba otra hora.

—Mmm.

—¿Has dormido bien?

—He tenido un sueño raro. Salíais mamá y tú. Era tan real que pensaba que era real, ¿sabes? Cuando me he despertado seguía pensando que algunas partes eran de verdad.

Tiró la chaqueta de cowboy al asiento de atrás y se retorció para desperezarse.

—¿Qué te ha parecido real?

—No sé, es difícil de explicar. Oye, ¿dónde estamos?

—En Hartford —dije, señalando con el dedo.

—¿Pasaremos por la fábrica Colt?

—Sí, ¿te acuerdas?

—Claro —dijo—. Yo no era tan pequeño. La del caballito ahí arriba[30].

—¿Y de qué iba ese sueño? —dije; me sentía obligado a preguntar, aunque temía la respuesta. La última vez que le había oído mencionar a Judith fue el día que sacamos las últimas cosas de Heritage Circle. Yo salía de la casa con una caja de libros justo cuando él señalaba el camino de entrada con el pulgar y le decía a Clarissa: «Justo aquí la palmó mi madre».

—Lo único que recuerdo es que salíais mamá y tú, los dos, haciendo algo. ¿Siguen fabricando revólveres?

—Me pillaste. Que yo sepa, han transformado la fábrica en un edificio de apartamentos. El edificio Colt. —Puse voz de tenor, voz de Don Pardo —: Dígale adiós a su cuadra de mierda. Aquí encontrará un auténtico hogar.

Se rió, aunque es probable que lo que le hiciera gracia no hubiera sido el chiste sino su padre diciéndole «mierda». Íbamos bien.

—Dime —dije—, ¿todavía piensas en mamá?

Se encogió de hombros.

—No mucho.

Esperé.

—A veces pienso en lo triste que es que no piense en ella.

—Ya. Ya sé qué quieres decir. Recuerda que es algo natural y que no significa que la quieras menos. Lo que pasa es que, a medida que avanzas, tu vida va llenándose de cosas nuevas y de gente que necesita tu atención.

—Tengo la impresión de que yo sigo adelante y la dejo atrás, sola — dijo.

Se echó a llorar. Desde el día del funeral, era la primera vez que lo veía llorar. Aunque, si había llorado otras veces, es muy probable que lo hubiera hecho a escondidas. Quizá le producía un efecto catártico (eso en caso de que la catarsis existiera de verdad).

—Danny, no sé cómo serán las cosas, exactamente, pero así no. La gente no se queda tirada y sola.

—¿Y cómo crees tú que son las cosas? —dijo. Con el dorso de la muñeca iba dándose golpetazos en las mejillas para limpiarse las lágrimas —. ¿Por qué sabes tú tanto?

—No digo que lo sepa todo. Solo te estoy contando lo que yo creo.

—Lo crees porque quieres creerlo.

—Podría ser. Para serte sincero, con estas cosas no puedo ayudarte demasiado. Si esto te preocupa mucho, podrías, podrías… —Sí, podría… ¿qué?—. Lo que quiero decir es que hay gente, sacerdotes y así, que creen, lo creen de verdad, que tienen la respuesta a algunas de estas cosas. Supongo que lo que a mí me ha pasado es que nunca me he decidido por nada, y esto he ido aplazándolo indefinidamente.

—Pero ¿cómo puedes vivir sin saberlo? —preguntó.

—No sé. La mayor parte del tiempo no se piensa en estas cosas. Y cuidado, que no estoy recomendando una vida irreflexiva. —Señalé hacia la ventana con el pulgar—. Ahí tienes tu fábrica Colt.

Una cúpula estriada de color azul se elevaba sobre un círculo de columnas blancas. Sobre la cúpula, una bola dorada; sobre la bola, un caballo dorado erguido sobre las patas traseras. En el mundo no hay nada mejor que los revólveres Colt: esa parte del simbolismo la entendía. El resto parecía evocar la idea de las tortugas apoyadas en el lomo de un elefante. O al revés, quizá, los elefantes apoyados sobre las tortugas. Alguien que se tomaba las cosas al pie de la letra había echado a perder el azul ideal de la cúpula con unas estrellas doradas.

—Dustin usó un Colt —dijo Danny—. Uno del cuarenta y cinco automático.

—¿De qué estás hablando? —le pregunté.

—Es lo que dice Mitchell —respondió.

—Mitchell dice tonterías. —Pisé el freno y fui reduciendo la velocidad para coger la curva cerrada del puente—. Solo era una porquería de pistolita del veintidós, Danny. Igual que la que usaron para matar a John Lennon. ¿Qué pasa? ¿Que los críos han empezado a idealizar lo de Dustin?

—¿Como la que la señora Peretsky tiene para los conejos?

—Así que ya lo sabías.

—Clarissa me la enseñó. —Se encogió de hombros—. Bastante raro.

Volví a señalar con el dedo.

—El río Connecticut, por cierto.

—Ya lo sé, papá.

—Cuéntame: Mitchell y tú, ¿ya habéis pensado en un sustituto para Dustin?

—Nadie puede sustituir a Dustin.

—Bueno, ya sabes a qué me refiero.

—Estoy hablando en serio —dijo—. Lo que quiero decir es que todas las canciones eran suyas. Nosotros solo tratábamos de tocar lo que él nos decía. Tocaba la guitarra tan bien como yo. Si escogió el bajo fue para poder cantar. Era el único que sabía cantar.

—¿Y Clarissa? —pregunté—. ¿No era ella la que cantaba el día que os interrumpí mientras ensayabais?

—¿Clarissa? Vaya desastre.

Lo miré.

—Dustin le pidió que cantara un par de temas porque le daba lástima — dijo—. Pero ella era solo imagen. Ya sabes: el grupo lo hicimos con ella, pero luego no sabíamos cómo decirle que la cosa no funcionaba. En cierto modo, si tenía que pasar…

—Alto ahí —lo interrumpí—. ¿Lo que estás diciendo es que Mitchell y tú estáis usando lo de Dustin como excusa para mandar la banda a la porra porque tenéis miedo de decirle a Clarissa que no sabe cantar?

—Vaya gilipollez.

—Mira, Danny. Ya sé que estas cosas no son fáciles. Clarissa se ofenderá, como es natural. No la culpo. Es probable que os monte un numerito. Aunque, por otra parte, ¿estarías dispuesto a dejar la música solo por ahorrarte un enfado? —Estaba muy en mi papel de padre ejemplar.

—No voy a dejarla —dijo—. Seguiré ensayando con la guitarra y todo. Lo único que tengo que hacer es pasar lo que queda de año y luego el año que viene, que es el último, y luego podré hacer lo que quiera.

—Para eso falta mucho —dije.

Miró el reloj.

—Dímelo tú a mí, papá.

—Y, por lo que tengo entendido, las cosas no andan demasiado bien entre Clarissa y tú.

—Creo que está un poco loca —dijo—. A veces me gustaría poder escaquearme, ¿sabes?

—No puedo decir que me extrañe. Y sobre todo después de nuestra velada en Urgencias.

—Aunque la señora Peretsky me cae muy bien, ¿sabes? Oye, papá — dijo—, me muero por un cigarrillo, ¿vale? Total, ya sabes que fumo, ¿no? ¿Te importa que me fume uno? Puedes echarme el sermón, si quieres, pero me gustaría muchísimo fumarme uno.

—Qué narices… ¿Todavía no has entendido que yo soy uno de esos padres permisivos?

Nunca había visto a nadie sacarse un cigarrillo de la chaqueta a una velocidad semejante. Así que se había pasado a los Camel.

—Gracias —dijo, mientras rebuscaba las cerillas.

—Baja la ventana un dedo para no hacer de tu viejo un fumador pasivo y acelerar su inevitable final.

Abrió la ventana un dedo y echó una gran nube de humo. Olía de maravilla.

—Bueno, ya sabía yo que esta historia había sido un error —dije—. En cuanto vendimos la casa supe que nos arrepentiríamos. —(El plural os ha gustado, ¿verdad?).

—Supongo, pero después de lo de Dustin volver a casa habría sido un poco raro, ¿no? Y con lo que le pasó a mamá y todo.

—Aunque también podríamos alegar que si hubiéramos estado en nuestra casa, donde teníamos que estar, lo de Dustin no habría pasado.

—¿Es eso lo que dijo el señor Sanders?

—No. Se me ha ocurrido a mí solo.

Volvió a mirar el reloj.

—¿Falta mucho?

—Media hora. Porque preguntas por Woodstock, ¿no? Bueno, tal vez tendríamos que replantearnos la situación, nosotros dos.

—No sé —dijo—. Lo mejor sería que me callara la boca. Me da rabia porque te lo estás tomando en serio. Lo del árbol de Navidad y todo. Y has estado bebiendo mucho. Lo que quiero decir es que no estamos tan mal, supongo.

—A mi edad, una conclusión como esta podría considerarse un triunfo, pero a la tuya no tendrías que conformarte con tan poco.

—No pasa nada, de verdad.

—¿Muy loca? ¿Cuánto, exactamente? —pregunté. Danny parecía perplejo—. Me has dicho que Clarissa está un poco loca, ¿no?

Aspiró tan profundamente que imaginé que podía sentir el humo en mis pulmones. Luego expulsó el humo.

—No te enfadarás, ¿verdad?

—No tenía intención de hacerlo.

—A ver, esto te sonará raro, ¿vale? Pero tú no le hiciste nada, ¿no? La noche que le dio el ataque.

—¿Perdón?

—Sabía que te enfadarías —dijo Danny.

—No me enfado. Solo estoy atónito. En realidad, ni siquiera estoy atónito. —Más valdría que le contara la historia—. Clarissa estaba bastante mal; cuando traté de llevarla al hospital, tuve que detenerla antes de que se quitara la sudadera. A ver, ¿qué cree ella que pasó?

Danny meneó la cabeza.

—Cuenta un montón de historias —dijo—. Como cuando dice que su padre la obligaba a hacer cosas. Al principio me daba mucha lástima.

—Hacer cosas —dije. Que significaba: explícate.

—Ya sabes. Pero la señora Peretsky nunca habría dejado que pasara nada.

—Colega… —dije.

Cuanto más nos alejábamos de Hartford y del río, más colinas y menos casas veíamos. Todos los árboles estaban desnudos, y la hierba estaba a punto de perder el poco verde que le quedaba. Se veían las distintas formas de los distintos tipos de árboles: unos eran rechonchos y tenían ramas como la cornamenta de un ciervo; otros eran rectos y esbeltos. No me había aprendido los nombres de los árboles, lo que equivalía, prácticamente, a fracaso moral. Y de fracaso moral también podía tacharse el hecho de que, en vez de apreciar en el paisaje una belleza severa, me pareciera muerto y destrozado. En esa parte del mundo, si no eras capaz de ver en un árbol pelado algo severamente hermoso, te pasabas medio año jodido. Y el otro medio lo desperdiciabas pensando en lo poco que duraría esa mitad buena.

Abandonamos la interestatal por la salida de siempre. No había vuelto por allí desde el funeral de mi padre. El paisaje seguía siendo muy campestre, aunque ahora veía, aquí y allá, casas que, si la memoria no me fallaba, antes no estaban. Cinco años. La casa blanca de estilo colonial con el tejado hundido ahora era de color chocolate; las antiguas ventanas de guillotina y cuarterones habían sido reemplazadas por unas modernas, y en el jardín delantero se veía un triciclo de plástico rojo volcado. Cortamos por la carretera que va de Westford a Eastford y llegamos a la posada del General Lyon, y luego subimos hacia Woodstock Valley por la 198. Hace muchos años, en la casa de enfrente de la oficina de Correos vivían unos hippies. Un día de verano pasé por ahí en coche y vi a un grupito que iba de boda y posaba para las fotos en el jardín: novia rubia y guapa, novio con el pelo largo y perro que brincaba. ¿Dónde estarían ahora? ¿Qué les habría pasado en todo ese tiempo? Aquí no, y nada bueno supuse.

Ahora, haciendo esquina con el sendero de mi padre, en lo que antes era un terreno abandonado y lleno de maleza, se alzaba una casa nueva. Habían conservado la cerca de piedra y habían asfaltado la entrada. No era una auténtica casa, en realidad, sino una caravana muy ancha con una galería acristalada. Junto al caminito de lajas del jardín, una farola. Los habitantes de la casa parecían cuidarla mucho, y del césped marrón cortado al uno se desprendía que con la llegada del otoño no se habían abandonado. Yo siempre me saltaba los dos últimos repasos al césped; me hacía a la idea de que pasaría el invierno con una hierba larga y marchita que me haría daño a la vista.

—¡Primer strike! —le dije a Danny—. Hace años, ese campo siempre estaba lleno de pequeños perennifolios.

—¿Qué campo?

Señalé la caravana con el pulgar.

—Antes, eso era un campo —dije.

—Esto no lo recuerdo mucho —dijo.

—Ya lo sé. Es una pena. Creo que tu abuelo no sabía cómo tratar a los niños. Cuando me hice mayor terminamos llevándonos bien, él y yo, pero antes… —Levanté una mano del volante y moví los dedos para dar a entender que las cosas no habían estado muy claras.

Me aparté para parar en el arcén. Aquí estaba la casa. Dos arces, viejos y nobles —el nombre de ese árbol sí que lo sabía—, cada uno a un lado del agujero que fue el sótano, donde ahora crecían unos tristes arbolitos canijos. Apagué el motor: de repente, un silencio profundo.

—Bueno, veamos —dije. Demasiado fuerte; demasiado efusivo—. Me parece recordar que detrás de la casa había unos pinos pequeños.

Nos bajamos del coche y Danny se desperezó estirando los brazos, bien rectos, y levantando los puños.

—De momento, podríamos dejar las herramientas aquí —dije.

—¿De quién es esto ahora? —preguntó Danny.

Qué silencio, Dios mío.

—Buena pregunta. Del banco, que yo sepa. Será un bonito lugar para cualquiera.

Caminamos por los hierbajos que antes fueron césped y nos quedamos parados en el borde del agujero del sótano. Del tapiz de hojas de arce amarillas y pardas asomaban un montón de ladrillos —la antigua chimenea — y la punta chamuscada de una viga. Las copas de los arbolitos que crecían en el suelo sucio me llegaban a las rodillas. Me dirigí hacia la derecha; dejé atrás el arce y entré en el jardín, donde una lila vieja se alzaba entre zarzas y lampazos.

—Eso era el estudio —dije señalando el rectángulo que formaba la base de una pared de ladrillo medio desmoronada que lindaba con los viejos cimientos de piedra.

Aquí también crecían arbolitos en medio de los escombros. Distinguí el codo de una estufa, medio comido por el óxido.

—¿Ves? En origen, el gallinero estaba ahí —le dije mientras se lo señalaba—. El traslado y los cimientos le costaron un ojo de la cara. La entrada de la cocina estaba justo en ese lugar. Por la mañana, bajaba a la cocina, se hacía su café, y a trabajar. Cuando se incendió el estudio, se

quemó la casa entera. ¡El puente! ¡El puente!, ¿entiendes? [31]

—Supongo —dijo Danny esforzándose por fingir que lo había entendido. Igual que su padre, que, con su galimatías, estaba haciendo lo imposible para que su hijo se estuviera callado. Dios.

—Bueno, no te preocupes, campeón —dije—. Tu padre no va a andarse con discursos. Veamos si somos capaces de coger por sorpresa a alguno de esos árboles, ¿vale? Creo que a esta hora bajan a la ladera de la colina a pastar.

Como broma dejaba bastante que desear, pero al menos no requería erudición alguna por parte del puto oyente.

Salimos por la parte trasera de la casa atravesando zarzas y arbustos, cruzamos el arroyo que hacía de linde entre el jardín trasero y el huerto de manzanos, nos manchamos un poquito de barro, y luego volvimos a pisar tierra firme. Sobre la hierba muerta yacían, pudriéndose, unas manzanas amarillas hinchadas. Con los manzanos a mano derecha, enfilamos un sendero que recordaba y que, por detrás del huerto, subía colina arriba.

—¡No falla! —dije, y con el dedo señalé hacia la empinada ladera de la colina, con sus salientes y sus manchas de enebro—. Árboles de Navidad a mogollón. Demos media vuelta para ir a buscar nuestras herramientas,

amigo [32].

Aquí y allá se alzaban abetos de la altura de un hombre, abetos o lo que fueran.

—¿Estás seguro de que esto está bien? —preguntó.

—Si nos pillan, caeremos juntos.

De vuelta en el coche, saqué el hacha, la hoja de la guadaña y el mango.

—Cuando consiga montar este trasto, te dejaré que hagas de Parca — dije mientras rebuscaba en los bolsillos la maldita llave inglesa—. ¿La has usado alguna vez?

—He visto cómo unos tipos la usaban —dijo. Debía de estar refiriéndose a la televisión.

—¿Dónde demonios está la llave inglesa? Sé que la he traído, por todos los santos.

Danny se dio unas palmaditas en los bolsillos, servicial, aunque debía de saber que era imposible que la tuviera.

—Scheisse —dije—. Sin llave inglesa, no hay guadaña; sin guadaña, no hay árbol, sin árbol… Danny, ¿puedes mirar en la guantera?

Abrió la puerta del lado del copiloto y se desplomó en el asiento mientras yo metía y sacaba las manos de los bolsillos como un cómico de película de cine mudo.

—¿Y esto? —dijo mientras levantaba unos alicates.

—De buena me has librado. No puedo creer que haya olvidado la llave inglesa. ¿Qué diría Freud? Ist das nicht ein Bricolagenlapsus? Ja, das ist ein Bricolagenlapsus.

Me miró mientras yo montaba la guadaña, preguntándose, probablemente, que coño estaría mascullando ahora. Era imposible que pudiera quererme. Aunque, claro, no tenía a nadie más a quien agarrarse. Aparte de mí, el único pariente que le quedaba era su tío Rick, que rompió con su amigo Rich poco después de que Judith muriera y que se había instalado en Eureka, California. Le estuve dando vueltas a la idea de preguntarle a Danny si me quería, así, a bocajarro, pero para qué estropear un buen día. Porque eso era un buen día, ¿no?

—Vale, tío —dije, dándole la guadaña y cogiendo el hacha—. A subir.

El sendero que salía del huerto conducía a lo que quedaba de un viejo camino que, tras rodear la falda de la colina, atajaba por el bosque y llegaba a lo que debió de ser el henal de una granja lechera. La maleza, que nos llegaba a los hombros, había invadido el camino de tierra, y para evitar las zarzas teníamos que desviarnos.

—Qué desastre —dije—. Probemos a subir un poco. Parece más fácil.

Dejamos la maleza para seguir por la hierba seca de la ladera.

—¡Papá! —gritó Danny. Me volví. Estaba señalando un pino que teníamos justo encima—. ¿Qué te parece este?

—Es una posibilidad —dije—. Aunque no sé. ¿Ves? Ahí, por arriba, está un poco abierto. No sé qué podríamos hacer.

—Ya. Supongo que no.

—Por abajo es bonito, y se ve tupido.

—Déjalo —dijo Danny.

—Si no encontramos algo mejor, será un candidato —dije.

Era un árbol espantoso. Espantoso solo desde nuestra limitada perspectiva, que no se me olvidara: hay que irse con cuidado con lo que uno piensa.

Fuimos subiendo por la ladera con dificultad, trazando una diagonal y evitando los enebros con un rodeo.

—¿Ese? —pregunté.

Danny miró.

—¿No es un poco raro por arriba, también? —dijo—. Ahí está todo vacío, no se ve ni una rama.

—Pues cortas las de arriba. Cortas por arriba, unos treinta centímetros. Fuera. Y clavas la estrella ahí.

—Ya, podría ser.

—No te emociona, ¿verdad? —le dije.

—Qué va, no está mal —respondió.

—Mira. Busquemos uno al que podamos ofrecer todo nuestro apoyo. — Silencio. Con la metáfora política se me había ocurrido un chiste—. Uno con madera de presidente —dije. Tal vez fuese demasiado rebuscado.

Seguimos subiendo. Aunque hacía fresco, yo empezaba a sudar. Sentía cómo me latía el corazón y tuve que hacer el esfuerzo de respirar lentamente, por la nariz, para que Danny no oyera cómo su viejo jadeaba. Él avanzaba dando zancadas con esas piernas largas y magras de sus dieciséis años.

—¿Quieres que paremos para descansar?

—Ya casi estamos arriba, papá. —Me pareció advertir en su voz una sutilísima aspereza. Aunque, ¿y si tan solo estaba animándome? Me volví: desde ahí arriba se distinguían a la perfección los cimientos desmoronados y se veía que el césped había sido eso, un césped. Ruinas cuya complejidad solo podía apreciarse desde arriba, igual que las pistas de aterrizaje para los extraterrestres de Erich von Däniken.

Me senté.

—¿Sabes qué? Como, de todos modos, tu viejo ya no está en forma, deja que te coja uno de esos.

—¿Uno de qué?

—Un cigarrillo —dije—. Bertie Wooster los llama gaspers. ¿No es una palabra fantástica? Gaspers.

—No creo que te convenga, papá.

—Eso demuestra lo mucho que sabes tú —repliqué. Tremendamente crudo, cuando mi intención había sido sonar ingenioso.

—¿Cuánto hace que lo dejaste?

—Demasiado, maldita sea —dije mientras me levantaba y extendía la mano.

—Papá, no creo que te convenga, de verdad —dijo—. Si vuelves a engancharte te arrepentirás un montón.

—Es mi problema.

—Son mis cigarrillos.

Me quedé mirándolo. Un chico guapo llevando al hombro una guadaña que sostenía con torpeza, la hoja apuntándole a la pantorrilla. Un poco más alto que yo. Mordiéndose el labio inferior.

—Al infierno —dije, y volví a sentarme usando el hacha como un viejo habría usado un bastón.

Tenía el culo sobre el suelo frío. Danny no se movió. Volví a mirar hacia abajo, hacia el lugar en el que mi padre había muerto.

—Lo siento, [33] amigo —dije al cabo de un rato—. No iba a montar un numerito, y mírame, montando un numerito.

—Estar aquí te parecerá raro, ¿no? —dijo.

—No se me había ocurrido —respondí—. Supongo que no debería subestimar mi capacidad para tener una reacción normal, ¿no? De cualquier modo, gracias por no dejarme pasar ni una. Eso sí que es amor. Cabrón. — Yo había querido imprimirle un tono jocoso. Todo chirriaba—. Colega.

—¿Qué te parece si vamos tirando? —preguntó Danny.

Lo miré.

—Ni siquiera sé por qué estamos haciendo esto —dije—. La hemos jodido, ¿no? Con el rollo navideño, quiero decir. ¿De verdad queremos pasar las fiestas con ellas? ¿Sabiendo lo que sabemos?

—¿Y cómo es que me lo preguntas a mí, papá?

—Estoy pensando en voz alta, por todos los demonios. No te estoy preguntando a ti. —Ya que no sabía qué hacer, al menos me pondría quejica —. ¿Has comprado algún regalo de Navidad? —pregunté con la vista fija en el agujero del sótano.

—Algunos.

—¿Cosas para Clarissa?

—Papá, no sé por qué me preguntas todo esto. ¿Qué quieres decir? ¿Que como ya hemos comprado los regalos de Navidad, mejor no echarlos a perder? No te entiendo.

—Estoy tratando de pensar, solo eso.

—Mira, mejor que nos quedemos, ¿sabes? La señora Peretsky y tú estáis bien, y con ella yo me llevo muy bien, y con Clarissa me las apaño. Total, podría palmarla de sobredosis.

Aparté los ojos del sótano.

—Era broma —dijo Danny—. ¿Papá? Solo estaba bromeando. ¿Sí? ¿Una broma?

—Bueno, tendríamos que sacarnos esto de encima. —Me puse en pie apoyándome en el mango del hacha—. Mira. Este de aquí. ¿Qué tiene de malo?

Miró el árbol.

—Venga ya.

—En serio —dije—. Lo talamos y nos quedamos con lo de arriba, son casi dos metros. La copa tiene una forma bonita.

—¿Vas a cortar el árbol entero para…? Muy bien, perfecto. Me da igual.

—Bien. Adjudicado. Ahora desbrocemos un poco ese lado, ¿vale? Y nos ponemos manos a la obra.

Se puso a dar golpes con la guadaña a diestro y siniestro.

—Alto, alto. Deja que te enseñe. —Le quité la guadaña de las manos—. Tienes que mantener la hoja horizontal, ¿sí? Y… —Le hice una demostración—. Así. Golpes secos. No tendría que costarte mucho.

Volví a enseñárselo.

—Vale. Vale ya —dijo Danny—. Deja que lo intente.

Lo intentó.

—Tienes razón —continuó—. Así va mejor.

—Lo que yo pensaba —dije con una modestia muy paternal.

Así que ese era el momento que pensé que nunca llegaríamos a compartir. No sé cómo lo recordaría, pero en ese instante no me parecía gran cosa.

Cuando Danny hubo terminado, yo corté con el hacha las ramas más bajas del árbol para poder derribarlo sin que nada me entorpeciera.

—¿Qué te parece? —le pregunté a Danny—. ¿Quieres encargarte tú del trabajo sucio?

—Sí, supongo.

Le di el hacha y él se plantó delante del árbol, parado, igual que un jugador de béisbol bate en mano.

—Vale. Ahora…

—Ya lo sé —dijo—. Córtalo como si quisieras sacarle un pedazo, ¿no?

—Y procura no rebanarte el pie —dije.

Danny consiguió derribar el árbol y yo me encargué del resto. Cortar los cerca de dos metros de copa no fue fácil: con el árbol acostado, parte del tronco quedaba suspendida, y cada vez que le daba con el hacha, rebotaba. Tirado en el suelo, el trozo que habíamos descartado constituía un espectáculo escalofriante: parecía el cuerpo de un ciervo al que alguien hubiera matado para quedarse con la cabeza y las pezuñas y hacerse un perchero. Arrastramos la copa colina abajo y el tronco se quedó donde estaba. Si dijera que no sentí remordimiento alguno, mentiría. Aunque los remordimientos que sentí no me hicieron ningún bien.

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