Jernigan
Chapitre 4
Me senté a la mesa de la cocina con el abrigo todavía puesto y oí que Danny subía las escaleras con paso lento. Eché un buen trago a la botella de ginebra a modo de refresco (es broma) y cuando los ojos dejaron de arderme pegué otro trago. Y ahora, un poco de café. Vas a necesitar ese café si piensas conducir hacia Nueva Hampshire esta noche, socio… Así que me levanté, dejé correr el agua caliente, eché vete tú a saber cuánto café instantáneo en un vaso, lo llené con agua y mezclé la pastita con una cuchara hasta que los grumos se deshicieron y dejaron una espuma turbia encima. Luego me metí el brebaje entre pecho y espalda como el Doctor Jekyll y Mister Hyde y volví a sentarme para ver si hacía efecto. Bebí un poco más de ginebra mientras esperaba. Pero ¿qué coño hace una pistola sobre la mesa de la cocina? Después lo recordé. Me la metí en el bolsillo y bajé al sótano.
Me puse a cuatro patas y saqué mi maleta de debajo de la mesa de ping-pong; los topes metálicos rasparon el cemento al arrastrarla. Cuando por fin levanté la cabeza vi el ojo rosa de un conejo blanco. A los conejos no se les podían ver los dos ojos al mismo tiempo. Pasa como con las jotas de picas y las de corazones, creo. ¿Cómo reconstruirá el mundo un conejo, con cada ojo apuntando en una dirección diferente? Peter Jernigan, por ejemplo, superpuesto sobre la pared del sótano en la que no debería estar, como en una escena filmada con retroproyección. Igual que Cary Grant conduciendo borracho en Con la muerte en los talones.
Subí la maleta vacía a la planta baja, hice una breve parada en la botella de ginebra y luego subí a la habitación. La puerta de Danny y Clarissa estaba cerrada. Se oían voces del otro lado: consejo de guerra, obviamente. No había mucho que llevarse, así que no tardaría en hacer el equipaje. Doblé mi único traje y lo puse en el fondo de la maleta. Encima, las cuatro camisas, una blanca, tres de sport: el Jernigan deportivo. Encima, el par de vaqueros, el par de chinos, el jersey de manga larga y cuello redondo, el chaleco con cuello de pico, los calcetines y los calzoncillos. Por último, el otro par de zapatos, con las suelas hacia arriba. ¿No tenía una camiseta?, ¿una camiseta gris? Tal vez estuviera con la ropa sucia. Y eso era todo. El resto lo habíamos dejado en el Heritage Circle, prendas que habían ocupado un armario y una cómoda, y que quizá ahora estuviesen en alguna tienda de segunda mano esperando a que una mujer como Martha se pusiera a mirar entre los percheros en busca de una ganga con la que complacer a un ingrato.
Bajé la maleta y la dejé al lado de la puerta de la cocina. Después entré en el cuarto de baño y me metí las pastillas para la regla en el bolsillo. Con un puñado me bastaría para caer noqueado cuando llegara. Si llegaba. Eché otros dos tragos de ginebra y guardé la botella en mi bolsa. Subí las escaleras por última vez mientras me decía que debía mirarlo todo y dejar que la imagen se consumiera. Borracho y sentimental. Cualquiera habría pensado que le tenía cariño a ese lugar.
Dentro seguían hablando, pero mis golpes a la puerta pusieron fin a la conversación. Martha abrió y me miró fijamente, dispuesta a lograr que desviara la mirada. Oh-oh: una madre severa. Clarissa se escondió detrás de ella. Empecé a reírme. Martha parecía recién salida de una película de dibujos animados: igual que una gallina clueca dispuesta a proteger a los polluelos, tan furiosa que tenía todas las plumas de punta. Sí, sí, conozco la palabra «erizadas», pero yo prefería algo más basto. Como sea, Martha se veía inmensa y protectora, y no pude dejar de reír hasta que ella bajó la mirada y la clavó en mi polla. Pensé que le estaba echando el mal de ojo al doctor Johnson para tratar de debilitarlo o algo así hasta que vi que me había meado encima, la bragueta y la pernera izquierda. (Yo cargo a la izquierda). Y, ahora que lo pensaba, me notaba mojado ahí abajo, vaya que sí.
—Estás hecho una mierda, Peter —dijo Martha. Supongo que realmente debía de verme así, sobre todo porque los pantalones mojados me habían dado más ganas de reír.
Así que hice un esfuerzo y me contuve un poco. En realidad no era tan difícil: era como cambiar de nivel, pasar del nivel risa al nivel otra cosa. No era tan difícil, pero tampoco era tan fácil. No sé cómo decirlo.
—Oye, me largo. Deséame buena suerte. —Me hacía el desenvuelto. Sinceramente, creo que, de no haber sido por todo el café con el que rematé la jugada, no me habría meado.
—¿Cómo que te largas? —dijo Martha.
—Ya te lo he dicho —respondí—. Me marcho a Nueva Hampshire. Sí señor.
—Ya es más de medianoche y tú te vas a Nueva Hampshire —dijo ella —. En plena tormenta de nieve y borracho perdido.
—Señora Peretsky, no deje que lo haga. —Ese era Danny. Creo.
—Vaya, otro miembro con derecho a voto —dije—. Lo que todos parecéis olvidar es que yo…, ¡tachán! —y saqué la mano del bolsillo del abrigo—… tengo el arma.
Agarré el chisme con las dos manos, flexioné las rodillas —esto lo habréis visto en la tele, la posición de arresto o como se llame— y apunté al amplificador de Danny. Le habían colocado la tele encima. Yo solo estaba haciendo el tonto. El amplificador estaba en la esquina, lejos de todos: si vas a ponerte a jugar con un arma, conviene irse con mucho cuidado. Todos se quedaron de pie, mirándome con los ojos desorbitados.
Bueno, pues eso me puteó. Era lo peor que podían haber hecho.
—¡Por Dios, animaos un poco! —les pedí. Aunque, naturalmente, con alguien blandiendo un arma para acá y para allá (y no es que yo la estuviese blandiendo per se) no iba a esperar que montaran una fiesta.
—¡Pam pam! —dije, jugando, y luego realmente apreté el gatillo.
El arma hizo un pequeño ¡pop!, apenas un ruidito seco y asqueroso. ¡Bing!, ahora había un pequeño agujero en la rejilla que cubría el amplificador. En el estado en que estaba, si se te ocurre algo lo haces y basta. Gracias a Dios la bala parecía haberse alojado en algún lugar y no había salido rebotando por la habitación.
—¡Bones! —le dije a Danny—. Trata de salvarlo…
Me acerqué al amplificador a cuatro patas. Todos se alejaban de mí. Eso me produjo una sensación agradable.
—Vaya —dije—. Ahora sí.
Toqué el amplificador como si le estuviese tomando la temperatura o algo. Me volví y miré otra vez a Danny:
—Lo siento, Kirk. Está muerto. —Nada, ni una risa. Clarissa rompió a llorar. Martha le pasó un brazo alrededor del cuello—. Bueno —dije mientras hacía señas con la pistola—: ahora os quiero a todos lejos de la puerta, ¿entendido?
Obedecieron. Tendría que haber empezado antes a llevarlos firmes. Aunque esa no era manera de gobernar una familia. Persuasión moral, autoridad serena: eso era lo que hacía falta. Clarissa seguía llorando. Martha la abrazó y me fulminó con una mirada en la que no quedaba más que desprecio. Así que, bien pensado, estaba contribuyendo a su proceso de curación. Es broma.
Di un paso atrás hacia la entrada y miré a Danny.
—El tren arranca, machote —le dije—. ¿Has cambiado de opinión?
Él clavó la vista en sus zapatos.
—Papá, no lo hagas, ¿vale? Si de verdad vas a marcharte, duerme un poco y sal por la mañana, ¿sí?
Moví la cabeza: no.
—No. Imposible, machote.
—Mira, papá —insistió—, por favor. Me estás asustando, de verdad. Es como lo de mamá, ¿sabes?
—Mamá era mamá. Y nunca cogerá ese tren. —El tren, figúrate—. Último aviso para los pasajeros.
—Deja que se vaya, Danny —dijo Martha apartando un brazo de su hija para sujetar el antebrazo de Danny.
—Vaya… —dije—. Qué retorcida. Retorcidísima… Deja que tu padre te dé un consejo, machote: a ella le gusta por detrás.
Martha soltó a Clarissa y se me echó encima. La apunté con la pistola justo entre los ojos, y reculó, vaya si reculó, igual que un vampiro huyendo de la cruz. Se quedó quieta; su cuerpo se hinchaba y se encogía al ritmo de su respiración. Una escena increíble, suponiendo que no me la estuviera imaginando. Con el arma en la mano derecha y sin quitarles los ojos de encima, me puse en cuclillas y busqué la bolsa tanteando por el suelo con la mano izquierda. Por fin di con la muy hijaputa y volví a colgármela al hombro. Vaya crisis de los cuarenta… Porque sería la crisis de los cuarenta, ¿no?
—Os quiero a todos en esta habitación —dije mientras salía por la puerta—. No salgáis de aquí hasta que oigáis que el coche se aleja. —Miré a Danny—. ¿Crees que podrás controlar la situación, machote?
Danny se acercó a Martha todavía más y luego extendió el brazo para darle la mano a Clarissa.
—Ahora eres el hombre de la familia —le dije.
Ni siquiera me miró.
—Papá, si quieres irte, vete, ¿vale?
—Righty-oh —respondí, y les cerré la puerta en sus estúpidas narices.
La maleta estaba esperando al lado de la puerta de la cocina, justo donde la había dejado, como un perro fiel. La gracia de Dios no había permitido que la cabrona se moviera de ahí mientras yo hacía mi acto de despedida.
Fuera seguía cayendo nieve. Dejé la maleta en el asiento trasero del coche, y la bolsa, sobre el asiento del copiloto. El coche arrancó como en sus buenos tiempos. Luego me acordé de que todavía llevaba la maldita pistola en el bolsillo. Así que nos quedaba un último dilema moral: por un lado, Martha y los chicos podrían necesitar el arma para defenderse, en caso de que al como-se-llamara se le ocurriera regresar; por el otro, Danny acababa de pedirme que dejara el chisme donde Clarissa no pudiera cogerlo.
Me bajé del coche con el motor encendido y me dirigí a la casa a paso ligero. Abrí la puerta de un golpe y vi a Danny en la cocina, mordiéndose el labio superior, con miedo de acercarse, eso era evidente, pero contento de que su padre hubiese cambiado de opinión y hubiese dado media vuelta.
—Toma —le dije levantando la pistola.
Él la miró.
—Es de la señora Peretsky —le dije—. Asegúrate de que llega a sus manos, ¿de acuerdo?
—Aquí no la queremos. ¿No podrías llevártela y tirarla por ahí, papá?
—Podríais necesitarla, en serio. No quiero dejar al fruto de mis entrañas desamparado. —Y puse el trasto encima de la mesa. Un gesto de confianza, igual que cuando un perro se tumba panza arriba. Y porque de verdad podría necesitarla. Y porque mejor él que yo.
Lo siguiente que recuerdo es que subí por la colina culeando con el coche, llegué a la cima, me salté el STOP y bajé por la avenida Mapple en zigzag. Luego avancé por alguna autopista, la Garden State, supongo, en dirección norte. El único que iba en coche era yo; los demás debían de haber vuelto a su casa, a salvo, después de celebrar las fiestas. La nieve se precipitaba contra el parabrisas y me recordaba a las estrellas que se veían en la pantalla de la Enterprise. Recuerdo que me pregunté si no habrían sacado de ahí la idea para la serie: Gene Roddenberry, o quien fuera, conduciendo en invierno y pensando «Ajá». Hacía tanto frío que la nieve no se quedaba pegada; algo era algo. Conducir así resultaba relativamente agradable: en lugar de quedarse en el suelo, mojada y pesada, la nieve volaba formando nubes blancas que se arremolinaban en el asfalto y hacían que la carretera pareciera no tener fondo. Mejor no prestarle mucha atención al efecto ese.
Con miedo a seguir oyendo el ruido de fondo que formaban el viento, los neumáticos y el motor, metí la mano en la bolsa y busqué el walkman. Luego llevé el volante con los codos para poder meterme los chismes en las orejas. Lo que estuviera puesto me iría bien. Resultó ser Webb Pierce, así que seguí adelante acompañado de todas estas canciones: «Missing You», «Wondering», «There Stands the Glass», «Backstreet Affair». Historias tristes e inevitablemente esquemáticas, sí, pero historias, al fin y al cabo, contornos a los que agarrarse, detalle a detalle.
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