Cuando todo acaba
Prólogo
Leila recorre la sala de justicia con la mirada. Solo el puñado de periodistas con autorización para asistir se mueven, esbozando rápidos trazos en taquigrafía con sus bolígrafos en los que dejan constancia de cada palabra que dice el juez. El resto de los asistentes están muy quietos, observando, aguardando, y Leila tiene la extraña sensación de estar congelada en el tiempo, de que todos podrían despertarse, dentro de un año, y seguirían sentados en esta sala de justicia, esperando el fallo que va a cambiar tantas vidas.
Leila traga saliva. Si es tan duro para ella, ¿cuánto más insufrible debe de ser para Pip y Max escuchar las palabras del juez? ¿Saber que en unos momentos conocerán la suerte de su hijo?
Antes del receso, Max y Pip Adams estaban sentados cada uno en un extremo del largo banco detrás de sus equipos jurídicos. Siguen en el banco, pero la distancia entre ellos se ha acortado y ahora están tan cerca que pueden tocarse.
De hecho, mientras Leila los observa, y conforme el juez va acercándose al momento de dictar sentencia, ella ve movimiento. No sabría decir si Max se ha movido primero o si lo ha hecho Pip. Ni tan siquiera está segura de que sepan que lo están haciendo. Sin embargo, bajo su atenta mirada, dos manos se aventuran despacio por la tierra de nadie que los separa y se encuentran.
Los padres de Dylan se cogen de la mano.
El juez habla.
Y una sala de justicia contiene la respiración.