Cuando todo acaba
Dieciocho. Leila
DIECIOCHO
LEILA
Se crea una clase especial de energía en la UCIP cuando el estado de un niño pasa de grave a crítico, de estable a una situación de urgencia vital. Cuando suena el timbre de alarma, todo aquel que lo oye acude corriendo; sin embargo, pese a los recursos adicionales que aparecen de repente en el pabellón, todos tendrán la sensación de que harían falta más para atrapar esta vida que se les escapa de las manos.
De forma inesperada, la evolución de Liam pasa a ser crítica; sus constantes caen en picado y su piel adquiere un matiz azulado que se le va extendiendo desde los labios. Junto a su cama, las máquinas están tocando a dúo; un tono áspero y continuo salpicado de insistentes pitidos que se van alargando conforme su frecuencia cardíaca cae.
Un interno está preparando las sondas de respiración y aspiración. Una tarea que ha realizado mil veces, pero las revisa y vuelve a revisarlas como si fuera la primera. Leila se asegura de que Liam no tiene las vías respiratorias obstruidas. Coge la mascarilla con reservorio que Cheryl le da, se la coloca sobre la boca y Cheryl empieza a apretar la bolsa lenta y rítmicamente para insuflar oxígeno en los pulmones vacíos de Liam.
—Tiene cuarenta de frecuencia respiratoria. Le está bajando la saturación.
Leila no despega los ojos de la pantalla, donde aparecen los niveles de oxígeno de Liam. El tratamiento con BiPAP los ha mantenido en el noventa y seis, pero ahora están cayendo en picado, tan rápido que no da tiempo a decirlos en voz alta: 88%, 80%, 75%, 69%…
—Vamos a tener que intubar.
—¿Qué pasa? ¿Se está muriendo? ¿Qué pueden hacer? —Con cada pregunta, la voz de la señora Slater se vuelve varias notas más aguda.
—Por favor.
Leila le señala un costado de la habitación, la puerta, un espacio alejado de donde ella está intentando trabajar. Cuando un paciente se pone crítico en televisión, vemos la camilla surcando pasillos a toda velocidad, los médicos gritando «equipo de parada», parientes preocupados que se quedan atrás sin poder hacer nada. En el quirófano, los cirujanos trabajan en intimidad. Aquí, todo está a la vista.
—Nosotros no nos vamos a ninguna puta parte. —La voz de Connor Slater es ronca e iracunda, con el miedo apenas velado.
Leila no discute. No hay tiempo. No hay tiempo para nada que no sea salvar la vida a Liam. El interno está listo con el tubo endotraqueal, pero los valores siguen bajando y los pitidos son cada vez más largos, están cada vez más juntos, hasta que casi no hay intervalo entre ellos y…
—Está entrando en parada —dice Leila, con toda la calma de que es capaz y en la voz más baja posible.
Inicia el masaje cardíaco.
—¡Nos dice alguien qué coño está pasando! —Connor Slater no pone el signo de interrogación. Quiere intimidar a Leila con la mirada, pero no puede despegar los ojos de la pantalla, donde los números lo dicen todo, de modo que opta por gritarle—. No respira, joder. ¡Haga algo! Joder… —La última palabrota la dirige al techo desde el pie de la cama de Liam, con los puños apretados y los ojos cerrados para no llorar.
—¡Desfibrilador! —grita Leila, pero ya se lo han puesto en las manos. En marcha. Cargando. Listo. Leila mira a Cheryl y asiente. Colocan las palas en el flaco pecho de Liam, vuelven a revisarlo todo en un segundo que se hace eterno y después Leila grita—: ¡Apártense! —Necesita tanto salvarle la vida a este niño que está perdiendo de vista por quién lo hace. Una última comprobación, seguida de una sola descarga, antes de reanudar el masaje cardíaco, una, dos y…—. ¡Tres!
Hay medio segundo de silencio cuando el desfibrilador suministra la descarga, solo interrumpido por el llanto de Nikki y la respiración gutural de Connor. La habitación está llena de personas, hace calor y falta el aire. Leila va a repetir el procedimiento cuando siente un temblor imperceptible del niño bajo las manos. El propio pulso le palpita en los oídos.
—Hay latido —dice cuando reaparece un brevísimo silencio entre los pitidos. Poco a poco los silencios se prolongan, los pitidos se estabilizan y… —, hay latido —repite Leila, porque decirlo en voz alta ayuda a restablecer la normalidad.
Mira a los Slater y les dirige una sonrisa que no engaña a nadie.
—Este trasto nos ha dado un buen susto a todos. Apuesto a que los tiene siempre en vilo.
—¡Oh, sí, sí! —El alivio da vértigo a Nikki—. Siempre ha sido un trasto.
—Vamos a tener que ponerle el respirador —le explica Leila—. Estará sedado, no sentirá nada, pero es duro de ver para los padres, y nos vendría bien tener espacio de maniobra…
—Esperaremos fuera, ¿verdad, Connor?
El padre de Liam está paralizado, mirando a su hijo con la cara blanca como el papel. Sin decir una palabra.
No habla hasta después, cuando Liam ya se encuentra estable y el pabellón ha recobrado la normalidad. Leila ya no puede con su alma cuando regresa del comedor, donde ha comprado una rosquilla que se ha comido en la cola y un café solo que se ha bebido por el camino. Connor está en el pasillo, mirando el desfibrilador. No, no el desfibrilador, sino el trozo de cartulina plastificada que uno de los enfermeros ha pegado al lado en la pared, mientras intentan convencer al Departamento de Finanzas de que se merece algo más permanente.
«Donado generosamente por los Amigos de la UCIP, gracias a Tom y Alistair Bradford y su hija, Darcy».
Leila sigue mirando al frente para respetar la intimidad de Connor, pero, cuando pasa por su lado, la llama.
—¿Doctora Jalili?
La pronunciación es perfecta.
Leila se detiene. Se da la vuelta. Connor Slater está librando una batalla consigo mismo. Cierra y abre los puños a los costados, un movimiento que le abulta los bíceps y le tensa los tendones a ambos lados del cuello. Tiene la vista desenfocada y parpadea con fuerza, pero esta vez le es imposible contener las lágrimas, que le caen sobre la barriga. No hace ademán de enjugárselas, pero frunce el entrecejo con rabia, como si fuera otra persona la que le moja las mejillas, la que llora sin disimulo en el pasillo de un hospital.
Leila espera a que diga lo que tanto le cuesta expresar en palabras.
Al final, las que elige son sencillas. Y las únicas necesarias:
—Gracias, doctora.
Ambos se sostienen la mirada y los ojos de Connor transmiten a Leila todo lo demás que quiere decirle pero no puede. Quizá encuentre las palabras en otro momento, o quizá no. No importa. Leila duda que haya más exabruptos prejuiciosos. Duda que haya más problemas para entender su acento.
—Para eso estamos, señor Slater.
Leila está a punto de marcharse a casa cuando le llama el director médico.
—A mi despacho. Ya.
Leila suspira. Ha sido otra noche de mucho trabajo y está deseando meterse en la cama, tomarse un té y comerse una de las galletas de Madar que Habibeh ha traído de Irán. Nota punzadas de malestar en la columna. ¿Se ha enterado Emmett de la excursión de ayer para ver amanecer?
Leila permitió que Pip y Dylan se quedaran el mayor tiempo posible, hasta que las llamas anaranjadas del cielo desaparecieron sin dejar rastro de que hubieran siquiera existido. Después, impaciente por retornar a Dylan a la UCIP antes de que alguien los viera, tocó a Pip en el hombro con suavidad.
Dylan está bien, se recuerda ahora. Si Emmett discrepa de su decisión nada ortodoxa, no será por haber puesto en peligro a un paciente. Dylan no ha sufrido ningún efecto adverso por salir al aire libre; de hecho, lleva estable veinticuatro horas, sin convulsiones ni taquicardia.
Cruza el aparcamiento hacia el edificio central que alberga los departamentos de administración y dirección del hospital. No da importancia al primer fotógrafo que ve; no es infrecuente ver periodistas alrededor del hospital infantil, a menudo a petición de padres que hacen campaña para recaudar fondos o dar a conocer la labor que realiza el equipo médico.
No obstante, de vez en cuando, la prensa acude por una sospecha, fundada o no, de negligencia o mala praxis. Por ese motivo, cuando Leila ve al segundo fotógrafo, apoyado en una pared y charlando distraídamente con un compañero abrigado con un anorak, cambia de rumbo y pasa por el otro lado de la plaza adoquinada para esquivarlos. Su inquietud aumenta y es entonces cuando relaciona a los dos fotógrafos con la llamada del director médico para que acuda a su despacho.
—Está por todo Twitter.
Emmett vuelve la pantalla para que Leila vea los millares de tuits que han convertido el hashtag #DylanAdams en una tendencia nacional. Va seguido de otros hashtags que pronuncian el veredicto popular en unas pocas manidas palabras. #LuchaPorDylan, #JusticiaparaDylanAdams, #DerechoAMorir. Mientras Leila mira la pantalla, Twitter va actualizándose. «Veintisiete nuevos tuits». «Cincuenta y nueve nuevos tuits». «Setenta y dos nuevos tuits». Tantas opiniones; tan pocos datos.
—Los periodistas han empezado a aparecer hace una hora. Hay otro grupo apostado en la casa de los Adams.
—¿Están bien?
—La señora Adams está disgustadísima.
Leila recuerda el final de su turno de ayer por la mañana, la paz que transmitía Pip. Le cogió las manos y le dijo: «Gracias, muchísimas gracias». Luego se sentó junto a la cuna de Dylan y lo miró, su expresión era más serena de lo que Leila había visto en mucho tiempo. Imagina a Pip abordada por periodistas gritándole que declare ante la prensa, ofreciéndole una exclusiva.
—Pobre mujer.
—Su marido, en cambio, parece haber aprovechado la oportunidad. Ya ha hecho una declaración. —Emmett se quita las gafas y se restriega la cara—. Supongo que no tengo que preguntarte si has hablado con los medios de comunicación.
—No… claro que no.
—La noticia se habría acabado filtrando, pero esto nos pone en desventaja. Cualquier comunicado de prensa que ahora hagamos parecerá defensivo, aunque sea lo que teníamos previsto decir. —Guarda silencio—. Tienen información detallada, Leila. No solo sobre la orden judicial, sino sobre el conflicto entre los Adams. Una información que solo pueden haberles dado los propios Adams, lo que ambos niegan rotundamente, o —se calla un instante— alguien del hospital.
Leila se nota acalorada.
—Yo no he hablado con ningún periodista. Jamás lo haría.
Pero al momento recuerda la conversación telefónica con Ruby; cómo se ha escudado en la tragedia de los Adams para justificar su grosería. Ruby no haría nada semejante. Imposible. No a propósito. Pero ¿se lo podría haber comentado a otra persona creyendo que no importaba?
Emmett ha entornado los ojos y Leila siente que las mejillas se le sonrojan todavía más.
—¿Qué puedo hacer para mejorar la situación?
—Informa al personal de sus obligaciones en lo que respecta a la protección de datos y dales a todos el memorándum sobre cómo tratar con la prensa. —¿Son imaginaciones de Leila o el tono de Emmett es más calmado? —. Y traslada al paciente a una habitación individual, donde es menos probable que alguien oiga algo que no debe.
Leila repasa mentalmente el espacio de la UCIP. En vez de cambiar a Dylan, trasladará a Liam al pabellón principal y dejará a los Adams solos en la Habitación 1. No es lo ideal: dos camas suponen una pérdida importante en una unidad como la UCIP, pero son circunstancias excepcionales.
—Siento que haya pasado esto —le dice a Pip cuando se han llevado la cama y la cuna y han bajado la persiana de la ventana que da al pasillo.
La Habitación 1 parece enorme y las palabras de Leila resuenan de forma inquietante. Cuando ha regresado al pabellón después de la conversación con Emmett, se ha encontrado con una parada cardíaca y un médico de baja por enfermedad, de manera que lleva ocho horas de este segundo turno no programado. El cansancio se ha convertido en un concepto abstracto, una noción alejada de la realidad presente. Sabe que está cansada, pero eso da igual. Tiene un trabajo que hacer.
—Han averiguado mi número de móvil, no sé cómo. —Pip está temblando —. No dejan de llamar, constantemente.
—Voy a enseñarle otro camino para entrar y salir del edificio. —Leila descuelga la gráfica de Dylan del pie de la cuna y la coloca en un lado, donde no puede verse cuando la puerta está abierta—. Es un poco más largo, pero así podrá evitar a los fotógrafos que pueda haber en la entrada principal.
Pip mira el reloj y se levanta.
—¿Me lo puede enseñar ahora, por favor?
Leila también mira la hora. Queda un cuarto de hora antes de que llegue Max.
Leila tarda un momento en hablar.
—Las cosas deben de ser… complicadas.
—Es como si tuviera que elegir entre mi hijo y mi matrimonio. —Pip habla de forma entrecortada. Intenta no llorar—. No quiero perderlos a ninguno de los dos, pero…
Las lágrimas le ganan la batalla y le ruedan por las mejillas.
«Pero ahora parece que podría perderlos a los dos», piensa Leila. Quiere consolar a Pip, abrazarla, pero no le compete, no es su trabajo. Por tanto, pide a Paul, el celador, que enseñe a Pip la salida del personal y vuelve a disculparse con Max cuando él llega al cabo de diez minutos con expresión pétrea.
—Todos están de parte de Dylan —dice Max—. Todos los periodistas, los fotógrafos. Ellos también quieren que viva.
«Lo que quieren es un reportaje» piensa Leila, pero tiene la prudencia de no decirlo. Tampoco le compete. Y se siente aliviada cuando por fin termina de trabajar. Aliviada, por una vez, mientras pedalea hacia casa, de que su madre no lea los periódicos, no vea las noticias. Cuando llegue y deje la bicicleta, Habibeh estará viendo la QVC. Leila se sentará a su lado y se pondrán a hablar de las ventajas de la vaporeta frente a limpiar a base de frotar.
Hay una caja en el recibidor cuyo contenido es frágil, tal como especifica la cinta de embalar. Leila se está preguntando cuál es la última adquisición de su madre cuando oye una voz que reconoce. En la cocina, sentada al lado de Habibeh, está la vecina de Leila, Wilma. Ante ellas hay dos vasos de té y un iPad, en cuya pantalla aparecen los dos recuadros blancos del traductor de Google.
—¡Hola, Leila! —Habibeh saluda a su hija en inglés.
—Tu madre me estaba explicando cómo hacer kofte. —Wilma sonríe.
Al oírle mencionar las albóndigas, Habibeh alza la mano.
—Yek lahzeh lotfan— «Un momento». Señala el iPad.
—Claro, adelante. —Wilma mira a Leila—. Lo he traído de casa: he pensado que podría ayudarnos a conocernos.
Habibeh está escribiendo en la pantalla. Se detiene y lee la traducción, hablando despacio pero perfectamente, y sonríe con aire triunfal cuando termina.
—Te daré menta.
Abre un armario y le da a su vecina una de las bolsas de menta seca que ha traído de Teherán.
—Merci, Habibeh.
—De nada.
Las dos mujeres se sonríen satisfechas y Leila se alegra de tener una vecina con un corazón tan grande, cuando el suyo ya está demasiado lleno.