Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 33 de 56

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Cuando todo acaba

Treinta y Dos. Pip

TREINTA Y DOS

 

PIP

 

2015

 

Max me besa en el cuello después de retirarme el pelo para encontrar el punto detrás de la oreja que hace que me fallen las rodillas si estoy de pie. Estamos en la cama, uno frente al otro, bajo las mantas aunque la tarde es cálida.

—Te he echado de menos.

Las palabras me hacen cosquillas en la oreja.

—Llevas tres días seguidos viéndome.

Max trabajó desde casa el viernes, lo que le ha permitido tener un fin de semana largo que coincide con tres de mis cuatro días libres. Llegué de Dubái el viernes por la mañana y fuimos al café de la esquina para tomarnos un desayuno calórico que venció mi jet lag a golpes.

—Echaba de menos esto.

Muevo la cabeza y lo beso con vehemencia, porque es cierto que ya no hacemos esto tanto como antes, y porque besar es más fácil que hablar. Max se coloca encima de mí y me coge la cara entre las manos, y yo le recorro la tersa espalda con las mías. Max está en mejor forma que nunca y soy consciente de mi vientre blando y mis pechos caídos. Baja la cabeza y me los besa, y yo pienso que debería estar haciendo algún ruido, de manera que cierro los ojos y gimo en voz baja mientras él va bajando por mi cuerpo.

Cuando vuelve a hablar, está dentro de mí, moviéndose despacio, con todo su cuerpo apretado contra el mío y sus labios rozándome las mejillas, la nariz, las pestañas. Me pierdo en el calor que se extiende por mi cuerpo, con la espalda arqueada y los ojos aún cerrados. Max me susurra al oído:

—Tengamos un hijo.

La gota que colma el vaso es la palabra «un». Como si no hubiéramos tenido ninguno. Como si fuéramos dos recién casados que dan sus primeros pasos vacilantes para ser padres.

—«Otro» hijo.

Max se detiene. Se apoya en los codos y me mira.

—Sí —dice despacio—, otro hijo.

Lo aparto y me doy la vuelta.

—Es demasiado pronto.

—Han pasado dos años.

Voy al baño y cierro la puerta. Dos años. ¿Hay un límite de tiempo para el duelo? ¿Debería estar ya lista? Sé que parezco estar funcionando con normalidad. Trabajo, tengo vida social. No me deshago en lágrimas en momentos inoportunos y nadie —ni una sola persona— me lleva ya aparte para preguntarme: «¿Cómo lo llevas, Pip?».

Y sin embargo…

Cuando salgo del baño, Max se ha puesto el pantalón de chándal y la camiseta que utiliza como pijama y está sentado al borde de la cama.

—¿Podemos hablar de esto?

Hago un gesto afirmativo con la cabeza, aunque no sé si puedo, y me siento a su lado. Tiene los ojos clavados en la cómoda mientras habla y yo me alegro, porque, aunque no sé explicar por qué, es más fácil tener esta conversación sin mirarnos.

—No intento sustituir a Dylan.

Respiro hondo.

—Quiero tener otro hijo porque quiero ser padre.

—Ya eres padre —le digo, pero la respuesta es hueca y me recuerda a mis propias palabras dirigidas a Lars mientras se cerraba la puerta del ascensor. «No, no tengo hijos».

Max y yo no somos padres. No somos nada. Somos un matrimonio sin hijos no porque lo hayamos decidido ni por problemas genéticos. Teníamos todo lo que queríamos y nos lo arrebataron, y ahora solo somos personas, sentadas al borde de una cama, intentando vivir como dos seres en vez de tres.

—Quiero chutar un balón con mi hijo, quiero enseñar a mi hija a jugar al golf. —Max habla deprisa y sube la voz con cada afirmación—. Quiero ir a ver funciones escolares y celebrar Acción de Gracias, y hablar con otros padres de la pesadilla que es la adolescencia. Quiero dar consejos a mis hijos y que ellos los ignoren; verlos crecer, equivocarse, salir adelante. —Noto que me mira—. Quiero volver a ser padre, Pip.

Hay una tácita acusación —«Tú me has quitado eso»— y de nuevo oigo el veneno de su voz el día del fallo. «Has firmado la sentencia de muerte de tu propio hijo». No vuelvo la cabeza.

—Por favor.

Su súplica es el preludio de lágrimas y mi angustia crece, lista para embargarme. Si Max llora, lloro yo. Y no quiero hacerlo. Estoy saliendo adelante, sintiéndome tan normal como me es posible sentirme, y él lo está estropeando todo ante mis propios ojos.

—No puedo —consigo decir, con la mirada clavada en el tocador.

Cuento los objetos. Planchas para el pelo, joyero, cestita de maquillaje. Un platillo con monedas y anillos. Un vaso de agua vacío, translúcido por el lavavajillas.

—¿Por qué no? —Esta vez me obliga a mirarlo agarrándome por el hombro y volviéndome el cuerpo hasta que estamos cara a cara—. Eras muy buena madre.

«Era».

Ahora está llorando sin disimulo, y por mucha saliva que trague, por muchas veces que parpadee o cuente hasta diez, no puedo impedir que suceda. Estoy volviendo a romperle el corazón y le debo más que un mero «no puedo».

Encuentro las palabras:

—No puedo volver a querer a un niño para después perderlo.

—Eso no pasará.

—¡No lo sabes!

Ahora soy yo la que llora, fuertes sollozos que me desgarran el pecho y me sacuden el cuerpo.

—No puedo hacerlo, Max. No puedo y no lo haré.

Y, por segunda vez en nuestro matrimonio, no logramos ponernos de acuerdo.

 

Max no vuelve a mencionar el tema, pero sé que le ronda por la cabeza. Lo veo en su cara cuando sonríe a los niños por la calle y lo percibo en el ambiente, pendiendo entre nosotros, cuando el locutor Chris Evans habla con niños emocionados en su programa de radio matinal.

—¿Qué harás por primera vez hoy, Zak?

—Tocaré la trompeta en el concierto de la escuela.

«No puedo. Sencillamente, no puedo».

A veces sueño que estoy embarazada, o interpreto los borboteos de mi estómago vacío como un primer signo de embarazo, y el corazón se me para por una fracción de segundo hasta que la lógica vuelve a tomar las riendas. A veces veo a un niño en silla de ruedas o en un cochecito adaptado, o leo un artículo en el periódico sobre éxitos «a pesar de las dificultades», y me abruman el temor y la culpa de que nos equivocáramos. De que yo me equivocara.

Sé que tengo un problema. Sé que no es lógico cruzar la calle para eludir un cochecito que se acerca o dar pretextos en el trabajo para no hablar con familias. Sé que el dolor y la culpa se han transformado en una conducta que dista mucho de ser normal, pero saberlo no la modera.

Es en mayo cuando todo se precipita, durante uno de esos vuelos en los que todo sale mal. La niebla nos retrasa y, cuando por fin salimos, incluso los pasajeros de clase alta, aplacados con champán antes de despegar, están gruñones e impacientes. Hay siete horas a Dubái y, al cabo de tres, ya reina el caos. Después de esperar una hora en la pista de despegue, los pasajeros están inquietos y levantados, estorbando en los pasillos y entorpeciendo el servicio de bebidas. Cada vez hay más ruido y la cola de los aseos rebasa la cortina que separa la clase turista de la clase preferente.

—Pip, ¿puedes echarme una mano en turista? —Derek, imperturbable y con las cejas tan arregladas que da envidia, es hoy el encargado de a bordo—. Todo se ha salido un poco de madre.

Se oye un zumbido cuando la puerta de la cabina de mando se abre y Lars sale para tomarse un descanso; oye las últimas palabras y mira a Derek con expresión interrogante.

—Nada grave —responde Derek—, pero han volcado una bebida y dos han vomitado, y hay unos recién casados en la fila 23 que se están montando una fiesta privada.

—Pon la señal de abrocharse el cinturón durante veinte minutos —propone Lars.

Con los pasillos vacíos y sin nadie que haga cola para ir al baño, podemos organizarnos en la cocina. A las personas que han vomitado les proveemos de cubitos de hielo para chupar, limpiamos el refresco volcado y Derek da una manta a los recién casados. Echo un último vistazo cuando regreso a clase alta.

—Perdone, ¿se apagará pronto la señal de llevar el cinturón? —La mujer del asiento 13E es más o menos de mi edad. Tiene el largo pelo oscuro recogido en una trenza pasada por encima del hombro y un flequillo que le llega a las pestañas. Sentado a su lado, en el 13D, va un niño de unos ocho o nueve años—. Necesita ir al baño y no aguantará si hay mucha gente esperando; me gustaría ser los primeros, si es posible.

El niño es discapacitado. Tiene la cabeza apoyada en el asiento, pero inclinada hacia un lado en una postura que no parece cómoda. El brazo que está suelto le tiembla de forma involuntaria. Le sonrío y él me devuelve una sonrisa radiante.

—Pueden ir ahora.

—¡Oh, gracias! —Desabrocha los cinturones y ayuda a su hijo a levantarse. El niño puede moverse, pero lo hace con torpeza y da cada paso como un niño que está aprendiendo a andar mientras avanza por el pasillo delante de su madre—. Es su primer viaje en avión y estaba preocupadísima por cómo lo llevaría. —Baja la voz—. Los médicos decían que nunca andaría. ¿Se lo puede creer?

De golpe me entra frío, aunque la cabina de pasajeros está caldeada; me obligo a sonreír, digo: «Increíble, es un niño adorable, debe de estar muy orgullosa», regreso a clase preferente y me dirijo a la cocina, donde Jada está recogiendo las bandejas de la comida y Lars está apoyado en la encimera, bebiendo café y estorbando. Pienso en el fallo del juez y en las declaraciones que oímos esa semana; en el convencimiento del doctor Gregory Sanders de que la terapia de protones eliminaría el tumor de Dylan. Pienso en el profesor y su escuela especial para niños discapacitados. Imagino a Dylan, aprendiendo a pronunciar sonidos, a utilizar un ordenador. En un avión, de vacaciones, en el mar. Me zumba el oído y me apoyo en la encimera, demasiado mareada para mantenerme erguida.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta Jada.

En un avión no hay adónde ir. No hay manera de retirarse al baño de señoras o salir disimuladamente para dar la vuelta a la manzana. Es imposible esconderse de la gente, de los compañeros, de una misma.

—Estoy bien —digo sonriendo alegremente, y como Jada jamás ha tenido que esconderse detrás de una sonrisa, eso es todo lo que necesita para quedarse tranquila.

Es Lars quien no está convencido y no me quita ojo cuando me sirvo un vaso de agua y me lo bebo entero. Es Lars quien espera hasta que Jada está atendiendo a un pasajero para decir:

—¿Qué ha pasado?

Y quizá, si me hubiera preguntado, como ha hecho Jada, si estoy bien, o hubiera dicho: «¿Estás segura?» o «¿Necesitas algo?», yo me habría retraído. «Estoy bien». «Sí, estoy segura». «No, gracias». Pero hizo la pregunta correcta. Preguntó: «¿Qué ha pasado?».

Miro las nubes por la ventanilla.

—Mi hijo murió. El tribunal dictaminó que había que dejarle morir, aunque mi marido no estaba de acuerdo.

—Eras tú —lo dice en voz baja, casi para sus adentros.

—Era yo. —Lo miro y me noto la cara crispada, al borde de las lágrimas—. Y creo que me equivoqué.