Cuando todo acaba
Cuarenta. Pip
CUARENTA
PIP
2015
Los aviones son países aparte con zonas horarias elásticas. Los pasajeros desayunan a la hora de cenar, se toman el gin-tonic cuando aún quedan muchas horas de sol. En los aviones, el mundo real no existe y yo desearía que hoy el viaje no se acabara nunca.
He desayunado en la habitación, demasiado preocupada por tropezarme con Lars para atreverme a salir. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué se le pasó por la cabeza cuando lo besé? «Una de esas —debió de pensar—. Otra azafata boba que le ha echado el ojo a un piloto». Pero yo no soy así. Yo jamás haría eso. Yo… y en cambio lo hice. Al menos, lo intenté.
¿Qué habría hecho si él no me hubiera detenido? ¿Me habría acostado con él? ¿Para vengarme de Max? Crispo la cara, muerta de vergüenza.
—¿Está bien, cariño?
Una mujer quemadísima por el sol me mira preocupada, con dos círculos perfectos donde llevaba las gafas de sol. Estoy echando una mano en clase turista y agradezco la distracción.
—Sí, perdone. Un vino blanco, ¿verdad? ¿Y patatas fritas?
Le dejo el aperitivo en la mesita y le doy a su marido, con los mismos ojos de panda que ella, la cerveza y las galletas saladas que me pide. Me pinto una sonrisa y sigo avanzando despacio por el pasillo. «Zumo de naranja, no hay problema». «Lo siento, pero se nos han acabado los refrescos bajos en calorías». «¿Lo quiere con hielo?» Mientras charlo con los pasajeros, me pregunto qué hace Max en este momento. Si sigue pensando en lo que va a decirme o si ya tiene su explicación, sus excusas: todo listo.
Al final apagué el móvil. Le mandé un mensaje de una sola línea —«Hablaremos cuando vuelva»— y me lo metí en el bolso.
Cuando lo enciendo en el coche, por si lo necesito en el trayecto a casa, solo tengo un mensaje suyo.
Buen viaje. Te quiero xxx
Miro el mensaje, incapaz de sentir nada aparte de enfado. Tres besos. Hace un tiempo tan importantes, ahora tan carentes de sentido.
Hay poco tráfico y antes de las nueve y media ya he llegado a nuestra calle. Debería dormir después de un turno de noche, pero, como tengo tres días libres, me quedaré despierta para poder acostarme a una hora normal esta noche, a fin de reajustar mi reloj biológico. Johannesburgo tiene que ser mi último viaje: no puedo ocultar este embarazo durante mucho más tiempo. Llamaré a Recursos Humanos. Mañana. Ignoro la vocecilla interior que me dice que será más fácil eludir a Lars si me quedo en tierra.
Me quedo un momento en la puerta, con la llave en la cerradura, sintiéndome como una desconocida en casa de otra persona. En el recibidor, casi me sorprende encontrarlo todo igual —los zapatos de Max junto al felpudo, su abrigo en el perchero— cuando tengo la sensación de que todo ha cambiado.
Max está sentado a la mesa de la cocina. Ninguno de los dos dice nada. A su lado hay varios vasos y tazas vacías, y un cuchillo sucio en un plato lleno de migas de pan. Tiene el pelo alborotado y muchas ojeras. Da la impresión de no haberse levantado de la silla desde que regresó de Chicago.
—¿Quién es? —digo en voz baja.
Max hace una mueca como si las palabras le dolieran físicamente y yo me alegro, porque su mera idea me está haciendo daño a mí.
Max se dirige al plato vacío.
—Se llama Blair. Éramos vecinos… iba al mismo club de natación cuando éramos pequeños. Me encontró en Facebook y… —Se interrumpe—. Nos vimos en Chicago.
—¿Os «visteis»? —Dibujo las comillas con los dedos—. ¿Qué es eso? ¿Una especie de eufemismo para «follar»?
Max se levanta con tanta brusquedad que su silla se vuelca y se estampa contra el suelo embaldosado. Se acerca a mí y me agarra los brazos con vehemencia, y me sorprende ver que está llorando.
—Lo siento mucho, Pip. No quería hacerte daño. No quería que nada de esto pasara, pero estabas tan distante y…
Me suelto.
—¡No te atrevas a echarme la culpa a mí!
Pero mi ira está alimentada por el miedo, la certeza de que tiene razón, de que, poco a poco, lo he ido apartando cada vez más. De forma instintiva, me llevo la mano a la barriga, al secreto que no debería haberle ocultado.
—No, no, claro que no. Eso no es lo que digo. Claro que es culpa mía. Solo estoy intentando explicar que necesitaba… —Suspira exasperado, con las manos alzadas como si buscara las palabras en el aire, y el enfado que siento se apaga tan rápido como ha prendido. De golpe estoy agotada.
Cruzo la cocina, recojo la silla del suelo y me siento al lado.
—Necesitabas ser normal con alguien —digo en voz baja.
Max asiente despacio.
—Sí.
Vacila un momento y se sienta conmigo a la mesa. Nos miramos largamente y yo pienso en todo lo que hemos compartido, en todas las cosas que nadie más podría entender.
—¿Cuánto hace que la ves?
No quiero oír la respuesta y, sin embargo, me es imposible no saberla.
—¿Cinco, seis meses?
Su entonación es interrogativa, como si necesitara que yo se lo confirmara.
Se me corta la respiración. Pensaba que serían semanas, no meses. Ella, Blair, está en Chicago; Max está en el Reino Unido: no se trata de sexo, al menos no se trata solo de sexo. Se trata de llamarse a larga distancia, de mandarse mensajes y conversar por Skype, de echarse de menos… Retrocedo mentalmente cinco, seis meses. Abril. Mayo. Cuando Max empezó a hablar de tener otro hijo. ¿De eso se trata?
—¿La quieres?
Max se restriega la cara con fuerza. Me mira, desdichado, abatido.
—Te quiero a ti.
—Pero ¿la quieres a ella?
Lo desafío a mirarme a los ojos, a tener la decencia de sostenerme la mirada mientras me dice la verdad. El silencio se hace eterno.
—Sí.
Asiento. Y luego, como las cosas no pueden ir peor, le digo que estoy embarazada. Atisbo una alegría fugaz en su cara, antes de que quede mitigada por lo que ha sucedido, por el hecho de que yo no se lo haya contado hasta ahora. Me mira como si me viera por primera vez, fijándose en los cambios que ha causado el embarazo.
—No me lo dijiste.
—Te lo digo ahora.
—¿De cuánto estás?
—No lo sé exactamente, no he ido al médico. Unas dieciséis, diecisiete semanas…
Max pone los ojos como platos y luego parece confundido.
—¿No has ido al médico? ¿No deberías haberte hecho ya la primera ecografía? Nos hicimos una a las doce semanas con… antes. —La ausencia de Dylan pende entre nosotros, pesada y dolorosa, antes de que Max vuelva a hablar—. ¿Y si le pasa algo al niño?
No respondo. ¿Qué podría decir? ¿Que al principio me daba igual cómo estuviera el niño? ¿Que al principio ni siquiera quería reconocer que estaba embarazada? Debe de notármelo en la cara, porque la suya palidece y le cuesta decir las palabras, como si cada una le escociera.
—Ibas a abortar.
—¡No!
—¿Cómo puedes hacerme esto otra vez?
«Otra vez».
Hemos estado fingiendo, desde que Dylan murió, que somos un matrimonio. Hemos salido adelante llevando vidas aparte, sin hablar nunca de cómo nos sentimos, de lo que sucedió, de por qué hicimos lo que hicimos. Y durante todo ese tiempo nuestro rencor ha ido creciendo.
Hablo con toda la calma de que soy capaz, en voz baja y tirante:
—Nunca habría interrumpido este embarazo.
—Entonces ¿por qué lo has mantenido en secreto?
—Es demasiado difícil de explicar.
—¿Es de otro? ¿Es eso?
—¡No me juzgues por tu mismo rasero! —Pienso en mi beso con Lars y me callo. ¿De verdad soy mejor que Max?—. Tenía miedo —digo por fin—. Miedo de perder a otro hijo, de querer a este niño, para que luego me lo quiten. —Veo que Max se mueve como si fuera a cogerme la mano, pero cambia de opinión y se agarra a los lados de la silla—. Y me parecía una traición. Quería, quiero muchísimo a Dylan, y sustituirlo me parecía…
—No lo estás sustituyendo, Pip.
—No digo que tenga lógica, digo que así es como me sentía. —«Sentía». No «siento».
—No me puedo creer que no me lo hayas dicho. Todo este tiempo…
—No estás en situación de juzgarme por guardar secretos, Max.
—Lo último que quería era hacerte daño, Pip, tienes que creerme.
Damos vueltas y más vueltas. Oscilo violentamente entre la callada aceptación y la cólera furibunda. Max es menos voluble: se mantiene firme en sus disculpas e insiste en que nunca quiso que sucediera esto.
—Pero ha pasado —digo por millonésima vez, o eso me parece, y él hace la pregunta que los dos nos hemos estado haciendo desde que leí el mensaje de Max.
—¿Y ahora qué?
No respondo. Me da demasiado miedo decirlo, ser la que toma la decisión.
—Le diré a Blair que se ha acabado, que no volveré a verla.
—No puedes dejar de quererla así como así.
—Sí puedo. —Y esta vez no cambia de opinión: mueve la silla para tocarme las rodillas con las suyas y me coge las manos entre las suyas—. Podemos hacer que esto funcione, Pip. Vamos a tener un hijo.
—Esa no es una razón para seguir juntos.
Me aprieta las manos, apoya la frente contra la mía y me habla en voz baja y sincera:
—Te quiero.
—Yo también te quiero. —Me echo a llorar—. Pero no creo que sea suficiente.