Cuando todo acaba
Cincuenta y Uno. Max
CINCUENTA Y UNO
MAX
2019
Blair está medio dormida en su asiento. Se ha tapado con el jersey y tiene la cabeza a unos centímetros de la mía, con las pestañas rozándole las mejillas. Está bronceada después de pasar diez días en Florida y el moreno le favorece.
—Deja de mirarme —dice sin abrir los ojos.
La beso en la punta de la nariz y sonríe. Al otro lado del pasillo, Brianna y Logan están viendo películas: El proyecto esposa y Hobbs & Shaw, respectivamente. Carecen del sexto sentido de su madre y no se dan cuenta de que los miro. Logan aún lleva la gorra de Pantera Negra que le compramos el primer día que pasamos en Disney World, con la visera tan baja que me sorprende que pueda ver la pantalla del televisor. Brianna se ha pasado los diez días llevando una diadema con las brillantes orejas rosas de Minnie Mouse, pero al llegar al aeropuerto se la ha quitado y la ha metido en la maleta. Cuando empiece la escuela, estará en segundo de Secundaria. Es una edad complicada, a caballo entre la infancia y la edad adulta, y ella y yo seguimos situándonos en nuestra relación.
Discuten en el aeropuerto, donde el bajón posvacacional empeora con la demora en la recogida del equipaje. Cuando la cinta por fin se pone en marcha, saca la maletita de Logan y la maleta más grande que comparto con Blair, pero no la bolsa rosa de viaje con «Brianna Arnold» en la etiqueta.
—Ha sembrado el pánico en seguridad —dice Logan.
—Cállate.
—Tendrán que registrarla.
—¡Cállate!
—Probablemente te están registrando la ropa interior ahora mismo. — Logan se coloca un sujetador imaginario en el flaco pecho. Adopta la voz grave de un guardia de seguridad ficticio—: «Caballeros, aquí no cabe ningún explosivo, podemos pasar a la siguiente maleta».
—¡Mamá!
Brianna le da un manotazo en la cabeza y le tira la gorra al suelo.
—¡Ay! ¡Mamá!
—¡Parad, los dos! Sois peores que críos pequeños.
—¿Encargamos la cena esta noche? —le propongo a Blair—. ¿Pasamos de la vida real hasta mañana?
Ella asiente agradecida y yo veo por fin la bolsa rosa de Brianna en la cinta transportadora.
Nos dirigimos al aparcamiento cuando veo a Pip acompañada de sus compañeros de trabajo. Avanzan en formación, como pájaros tropicales no voladores: diez auxiliares de vuelo, vestidos de rojo, y dos pilotos, con barras doradas en las mangas. Arrastran sus maletas con ruedas y de repente me recuerdo sacando la maleta de Pip de su coche, subiéndola al dormitorio y dejándola sobre la cama.
—¿Podéis adelantaros? —Doy a Blair las llaves del coche—. Solo quiero…
Pero ella también la ha visto. Sonríe.
—Ve. Ya cojo yo la maleta.
Pip está charlando con una chica negra muy alta que anda como una modelo. Hablarán de anoche, imagino. Del bar al que fueron, de lo que cenaron. De las compras, las atracciones turísticas, la vida social.
—¡Pip!
Ella se vuelve de inmediato, con una sonrisa en los labios, como si casi esperara verme aquí.
—Dos minutos —le dice a su compañera. Me abraza, muy fuerte—. ¿Dónde has estado?
—En Disney World.
—¿Con Blair y los niños? ¿Lo habéis pasado bien?
—Ha sido estupendo. —Vacilo—. Me alegro de verte. Quería… Quería decírtelo en persona. —Percibo un atisbo de inquietud en su cara, el legado de una época en la que solo nos daban malas noticias, y no la dejo en vilo—. Blair y yo vamos a casarnos. —Abre un poco la boca, pero no dice nada de inmediato, y yo me fijo en su rostro buscando desaprobación, tristeza, preocupación… Lo que sea—. Crees que es demasiado pronto. Crees que estamos precipitándonos.
Y entonces pone los ojos como platos y me sonríe.
—No, creo que es maravilloso. Me alegro mucho por ti, Max. Me alegro mucho de que vuelvas a ser feliz.
—Nos gustaría que vinieras, si no es demasiado raro.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Le brillan los ojos. Detrás de ella, a cien metros de distancia, la formación roja y azul se ha detenido. La están esperando. Pip sigue mi mirada. Hay un piloto algo separado del resto.
—¿Es Lars?
Ella asiente. Se sonroja un poco, como nos sucede cuando oímos el nombre de la persona de la que estamos enamorados. Nos miramos un instante.
—Podrías…
—¿Presentarnos? —Cuando has terminado las frases de otra persona, y ella las tuyas, durante tantos años, es una costumbre difícil de cambiar—. Claro.
Lars es alto, con el pelo rubio y los ojos azules. Es mayor que yo —es patético por mi parte que me importe o que tan siquiera me fije, pero es un hecho— y su apretón de manos tiene la firmeza justa. No es flojo, pero tampoco agresivo; no le hace falta marcar territorio.
—Pip no para de hablar de ti —dice casi de inmediato—. Me alegro de conocerte por fin.
—Igualmente.
Se les ve bien juntos. ¿Es extraño pensar eso de tu exmujer? Encajan. Parecen felices. Pip parece feliz. Y eso es lo único que quiero para ella.
Los veo alcanzar a los demás e incorporarse a la formación como si nunca la hubieran abandonado. Veo que la chica con andares de modelo se vuelve para mirarme —«¿Así que ese es tu exmarido?»— y sonrío para mis adentros cuando me doy la vuelta y me encamino al aparcamiento.
Enamorarte por segunda vez es una sensación extraña. Haría lo que fuera por poder retroceder en el tiempo hasta el verano antes de que Dylan ingresara en el hospital. Antes de que supiéramos que estaba enfermo, antes de que nos pidieran elegir, antes de que nuestro matrimonio fuera, poco a poco, naufragando.
Y en cambio, si Pip y yo siguiéramos juntos, yo no me casaría con Blair. No me despertaría todos los días con esperanza en el corazón y una maraña de tirabuzones en la almohada junto a la mía. No tendría un negocio que me encanta, en una ciudad que me encanta, con aprendices que me han ayudado a ver el mundo de otra manera.
No puedo tener las dos vidas, solo puedo vivir esta.