Cuando todo acaba
Dieciséis. Max
DIECISÉIS
MAX
Hay ordenadas hileras de tumbonas grises dispuestas a ambos lados de la piscina del hotel, con una toalla enrollada en el asiento de rejilla. En un rincón, un jacuzzi arroja vapor al aire. En las dos últimas semanas he sido el primero en llegar a la piscina todos los días a las seis de la mañana, aliviado de no tener que seguir fingiendo que duermo y de llenar estas horas inútiles antes de que el resto del mundo despierte. Nado, y corro, y trabajo lo suficiente para que Chester me deje en paz; lleno el tiempo hasta que puedo centrarme en lo único que importa: Dylan.
Me coloco al borde de la piscina y me agarro a él con los dedos de los pies. Los azulejos del fondo son negros y el agua oscura parece un espejo. Me inclino hacia delante y, por un instante, me angustia la sensación de desequilibrio, saber que no hay vuelta atrás. Ahora no podría cambiar de opinión, aunque quisiera. Me tiro al agua de cabeza en la parte que no cubre y apuro tanto que rozo el fondo con el abdomen.
No puedo visitar a Dylan hasta las tres, una restricción que me enfurece cada vez que la recuerdo.
—Tengo que pensar en los otros pacientes —dijo la doctora Jalili.
No nos peleamos. Solo tuvimos una conversación acalorada cuando Pip se atrevió a decir que yo estaba «arrastrando a Dylan a un juicio» y yo le recordé que era ella la que había empezado todo, la que se había retractado de lo que habíamos decidido y había obligado al hospital a tomar partido. Los dos nos miramos fijamente, preguntándonos quiénes éramos, cómo habíamos llegado a ese punto.
—Por favor, señor Adams.
La doctora Jalili se ofreció a llevarnos a la sala de descanso, pero yo no me moví. Clavé los ojos en el pasillo, donde un ingeniero estaba colgando un desfibrilador nuevo de la pared, y contuve las lágrimas que no iba a permitirme derramar delante de ella. Odio la sala de descanso. Odio los folletos de orientación esparcidos por la mesita, y la caja de pañuelos de papel, colocada en el sitio justo para acompañar en el dolor. Odio el hecho de que alguien decidiera deliberadamente que los cojines de colores vivos podían, de algún modo, aliviar la pena de los padres. Odio el recio cristal translúcido de la puerta, que difumina la frontera entre las buenas y las malas noticias. Lo odio todo.
—Si usted y la señora Adams visitaran a Dylan por separado, quizá sería más fácil para el personal —dijo. Abrí la boca para protestar, pero ella no había terminado—. Y para Dylan.
Acepté la restricción, ¿cómo no iba a hacerlo?, y desde las tres de la tarde hasta medianoche el tiempo que paso con Dylan solo se ve interrumpido por la necesidad de devolver una llamada o responder un correo electrónico mientras preparo su defensa para mantenerlo con vida.
Las gafas de nadar que me ha prestado la bostezante recepcionista están viejas y rayadas. Sigo la borrosa línea de los azulejos del fondo y, cuando el impulso de la zambullida se acaba, doy una brazada, seguida de otra. No respiro.
A los diez años podía bucear cincuenta metros sin respirar. El equipo de natación entrenaba todos los sábados y, cuando terminábamos, podíamos divertirnos un rato. Aguantar la respiración se puso de moda durante un tiempo. Solo dos de nosotros podíamos bucear los cincuenta metros completos; yo y una niña llamada Blair, que era mi vecina en esa época y quedó primera en mariposa en el campeonato nacional juvenil.
Ahora noto que los pulmones se me contraen incluso antes de tener las puntas de los dedos cerca de la pared. No he contado las brazadas, pero esta piscina no puede tener más de veinticinco metros de largo. Pego la barbilla al pecho para girar bajo el agua y me doy impulso con los pies. El movimiento debería ser fluido y natural, pero el pecho me arde y me falta precisión: me impulso con un solo pie y me salgo del carril imaginario. Estoy desconcertado y sin aliento. Salgo a la superficie y me pongo de pie al mismo tiempo, respirando el aire a bocanadas y tosiendo.
—¿Se encuentra bien?
Es la recepcionista. Está en la entrada de los vestuarios con un montón de toallas.
—Sí.
Avergonzado de haber tenido público, me pongo de nuevo a nadar, cortando la calma superficie del agua con precisión, volviendo el cuerpo hacia un lado cada tres brazadas para respirar. Los pulmones aún me arden. Supongo que ha llovido mucho desde que tenía diez años.
Llevé a Dylan a nadar a los tres meses. Pip pensaba que era demasiado pequeño, pero a él le encantó. Estuvo como pez en el agua. Tenemos una fotografía suya buceando, con los ojos muy abiertos y los brazos extendidos hacia mí. Lo llevo los sábados por la mañana y después nos sentamos en la cafetería del polideportivo y mojamos cruasanes en chocolate deshecho. «Lo llevaba». Siento una opresión en el pecho que no tiene nada que ver con mi respiración y, después, un dolor insoportable que por un momento me hace pensar que puede estar dándome un ataque al corazón. Veo borroso, pero no son las gafas rayadas, sino las lágrimas que las llenan. «Dylan». Escondido bajo el agua, permito que el aire que me queda en los pulmones salga en forma de fuertes sollozos y, como la opresión disminuye un poco, dejo que continúen.
Nado otros veinte largos así, llorando a lágrima viva en el agua. Me quito las gafas cuando siento que hay más agua dentro que fuera y nado más fuerte y rápido, con el cloro escociéndome en los ojos. Un largo más de veinte brazadas. Dieciocho. Quince. Cuando termino, me agarro al borde y me quedo un momento colgando de mis brazos doloridos, notando cómo se me estiran los músculos. Luego salgo y me visto. Tengo que coger un tren.
Mi abogada, Laura King, tiene un bufete en Londres y cobra doscientas diez libras por hora. En el dedo anular lleva un anillo con un diamante cuadrado y me pregunto cuántas horas de trabajo representa. ¿Un día? ¿Dos? Su despacho es grande, con un escritorio curvo de madera de nogal y dos sofás, colocados uno enfrente del otro, donde estamos sentados ahora. Un hombre con un moño hipster nos sirve café y deja una bandeja de cruasanes minis en la mesa.
—No estaba segura de que hubiera desayunado —dice Laura. Lleva un traje pantalón negro con una camisa blanca muy bien planchada. Cuando se recuesta, la chaqueta se le abre y el forro rojo me hace pensar en el traje de Drácula que Pip llevó una vez en una fiesta de disfraces—. Bien, empecemos, ¿le parece?
Agradezco su tono serio, la falta de compasión que me ha mostrado a mi llegada. Me permite hablar de Dylan sin atropellarme, sin derrumbarme. Tengo que enfocar esto como un estudio de casos: solo así aguantaré hasta el final.
—El hospital ha solicitado que se declare que el tratamiento de soporte vital ya no es lo mejor para el niño. —Laura lee del expediente que descansa en su regazo—. Concretamente, quiere que se declare que a) el niño carece de capacidad para aceptar o rechazar un tratamiento, en virtud de su minoría de edad, y b) que lo mejor para él es no recibir más tratamiento de soporte vital y, en cambio, recibir cuidados paliativos a discreción de los médicos que lo tratan. ¿Bien hasta ahora?
Me mira y yo asiento, aunque disto mucho de estar bien. Mi cabeza quiere volverse para mirar a Pip, mi mano quiere buscar la suya. Esto es algo que deberíamos afrontar juntos, y estar aquí sin ella me parece mal en todos los sentidos.
—¿Cómo puede ser lo mejor para él negarle un tratamiento que podría salvarle la vida?
—Eso es precisamente lo que tendremos que demostrar al juez. —Laura numera los puntos con sus finos dedos—. Uno, que la terapia de protones que ha identificado tiene muchas posibilidades de éxito; dos, que los posibles beneficios para Dylan pesan más que los aspectos negativos.
—¿Qué aspectos negativos?
—Cómo puede afectarle un vuelo transatlántico, cambiar de hospital, más radioterapia… —Se encoge ligeramente de hombros, como si diera a entender que los riesgos son interminables, y el gesto me enfurece.
Cojo un cruasán, utilizo una servilleta como plato y lo parto por la mitad, para no tener que mirarla a los ojos. Sí, hay riesgos. Sí, llevar a mi hijo al otro lado del mundo será duro para él, incluso antes de que la terapia de protones le genere efectos secundarios.
Pero la alternativa… La alternativa es peor.
—El hospital arguye que la calidad de vida que se espera para su hijo después de la terapia de protones es considerablemente inferior a lo que se consideraría razonable.
—¿Se consideraría razonable por parte de quién?
—Excelente argumento. El término es subjetivo: buscaremos ilustrar las diversas maneras en las que Dylan podría disfrutar de la vida a pesar de sus discapacidades.
—¿Qué tengo que hacer? —Imito conscientemente el tono enérgico que mi abogada ha utilizado a lo largo de nuestra conversación.
—Ayudarme a preparar la defensa. El doctor… —mira el apellido en sus notas— Sanders podrá prestar declaración por videoconferencia, pero tendrá que haber examinado antes a Dylan para presentar sus conclusiones y sustentar su caso.
He perdido la cuenta de los médicos con los que he hablado en las dos últimas semanas, de los correos electrónicos que he mandado con el asunto «Niño menor de tres años con meduloblastoma». ¿Quién iba a imaginar que había tantos centros de terapia de protones en Estados Unidos? Encontré al doctor Gregory Sanders, de Houston, Texas, cuando dejé de buscar «oncólogo terapia haz de protones» y busqué, en cambio, «terapia de protones juicio».
Los señores Howes dieron efusivamente las gracias al doctor Gregory Sanders, cuya
«convincente» declaración ha influido sin duda en el fallo de esta mañana.
Había encontrado a nuestro médico.
Para mí puede ser la primera vez, pero él ya ha pasado por esto. Y ha ganado.
—También propongo hablar con fisioterapeutas y terapeutas lúdicos independientes —dice Laura—, con cualquiera que pueda opinar sobre el estado de Dylan sin estar influido por el hospital.
—¿Y si sus conclusiones son las mismas que las de la doctora Jalili?
—Pues no los llamaremos a declarar. —Laura hojea el expediente antes de volver a mirarme—. Según tengo entendido, la terapia de protones puede alargarle la vida a su hijo, pero tiene pocas posibilidades de eliminar por completo el tumor. Podría pasar por todo esto por un período de tiempo adicional para Dylan muy corto. ¿Está dispuesto a eso?
—Dylan tiene casi tres años. Un mes representa casi el tres por ciento de su vida. El tres por ciento. Aunque la terapia de protones solo nos dé nueve meses más, está aumentando su esperanza de vida en un veinticinco por ciento. Es el equivalente a que usted o yo vivamos otros diez años. —La miro —. ¿No lo aprovecharía?
Laura elude la pregunta.
—Entiendo —dice, en cambio.
—¿Qué me impide sacar a Dylan del hospital?
Si mi sugerencia la asusta, no lo demuestra.
—¿Ahora mismo? Nada. Pero la ley puede actuar deprisa cuando es necesario, señor Adams. La policía podría pedir una orden de alejamiento con carácter urgente o Dylan podría quedar bajo custodia judicial o sujeto a una orden judicial que prohíba sacarlo del país que conlleve una orden de arresto para usted si lo intenta. —Laura se queda callada—. Y lo que es más importante: sin la medicación correcta, el equipo adecuado, el bienestar de su hijo podría verse afectado.
Guardo silencio y ella me sostiene la mirada.
—Señor Adams, ¿está seguro al cien por cien de que quiere llevar esto a juicio? Sea cual sea el resultado, va a afectarles para siempre a usted y a su familia.
Veo un atisbo de compasión en sus ojos y respondo antes de que la queda voz de la duda tenga ocasión de colarse en mi cerebro.
—Estoy seguro, señora King. Quiero darle a mi hijo la posibilidad de vivir.
Hay un silencio antes de que me responda.
—Pues eso es lo que haremos.
Miro la hora cuando salgo del bufete y sumo doscientas veinte libras a la cuenta que llevo en la cabeza. Tenemos ahorros, gracias a Dios, pero sus honorarios se los comerán enseguida, y eso es antes de que empiece el tratamiento. El doctor Sanders ha convenido en no cobrarme nada por un tratamiento que podría costar hasta cien mil dólares. Altruismo, dijo, y estoy seguro de que en parte es eso. Publicidad para la clínica, esa es la razón principal. Otro juicio ganado, otro renglón en su currículo. El motivo no importa, solo importa que quiera hacerlo. Pero los vuelos, esos no los pagará. Los gastos de las semanas que pasemos en Houston, el hotel en el que me alojo ahora. Siento un hondo resentimiento por haberme mudado a este maldito país con sus leyes arcaicas, por cómo Pip desdeñó la necesidad de contratar un seguro de salud, incluso por haberla conocido…
Salvo que, naturalmente, si no hubiera conocido a Pip, no tendría a Dylan.
No puedo pagar los gastos de Dylan yo solo, ni tampoco puedo pedir prestada esa suma. Pienso en la cantidad de veces que he abierto un enlace compartido en Facebook o enviado por un compañero de trabajo. «¿Puedes ayudarnos con unas libras?» ¿Con qué frecuencia he hecho justo eso? Quizá no siempre, pero sí a menudo. Quizá no un donativo importante, pero, aun así, un donativo. Y si ese acto se repite una y otra vez…
En el tren a Birmingham busco GoFundMe y abro una cuenta. Creo una página, explico el caso de Dylan, subo algunas imágenes. Paso las fotografías del álbum que Pip creó para Dylan y me detengo en una de los tres juntos. Es un selfi; estamos apretujados para caber en el encuadre, con las mejillas pegadas y sonriendo de oreja a oreja. La fotografía es un primer plano, sin nada de fondo. Me oprime el pecho mirarla. Así me sentía yo, estando con Pip y Dylan. Cuando llegaba a casa los viernes, el trabajo desaparecía, el mundo se empequeñecía y solo estábamos Pip, Dylan y yo.
¿Qué ocurrirá después del juicio?
¿Vendrá Pip a Houston? Sé la respuesta antes de hacerme siquiera la pregunta. Claro que vendrá. Dylan la necesitará. Parpadeo con fuerza, sin despegar los ojos de los campos yermos que veo por la ventanilla, hasta que estoy seguro de que no voy a llorar. Yo la necesitaré. Resulta que es posible odiar lo que hace una persona, pero seguir queriéndola tanto que duele.
Envío el enlace de la plataforma para recaudar fondos a toda mi libreta de direcciones; a continuación, abro Twitter y pego el enlace de GoFundMe en un tuit. Adjunto dos fotografías de Dylan. En una está corriendo por las dunas de Woolacombe, riéndose con la cara vuelta hacia el sol. En la otra está en la UCIP, con los ojos cerrados y la piel translúcida.
«No me dejan llevarme a mi hijo para que reciba un tratamiento que le salvará la vida. ¿Dónde están mis derechos como padre? Por favor, ayuda a recaudar dinero para la batalla judicial de #DylanAdams y para pagar los gastos de vivir en Estados Unidos mientras recibe tratamiento».
Añado algunos hashtags —#derechoalavida, #provida, #padre—, publico el tuit y comparto el mensaje con todos los famosos que se me ocurren. ¿Podría hacerme el favor de retuitear esto para sus seguidores? Me paso el resto del viaje retuiteando, abriendo tuits y buscando famosos.
¡Qué pena! —ha escrito una mujer llamada Alexa Papadakis, cuya biografía le atribuye tres reality shows e incluye el enlace de su representante—. Vamos, tuiteros, ¡haced lo que se os da bien! El emoticono de una cara triste completa la publicación, que ya se ha compartido cuarenta y ocho veces. Los fans de Alexa siguen su ejemplo y mi cronología pronto se convierte en una sucesión de hashtags y emoticonos que lloran. Abro el enlace de GoFundMe y veo que el gran cero se ha convertido en treinta libras. Estamos en camino.
Son más de las cuatro cuando llego a la UCIP. Mi cronología de Twitter es un aluvión de mensajes de apoyo, pero responderlos todos me ha dejado agotado en vez de estimularme, y es un alivio apagar el móvil y correr la cortina alrededor de la cuna de Dylan para aislarnos del resto de la habitación.
Me abstraigo del ruido que hacen los Slater y de la conversación susurrada entre Cheryl y Aaron. Bajo las barandillas de la cuna y cojo a Dylan con cuidado. Tiene los ojos abiertos, pero pesa como un niño dormido.
—El mundo entero está de tu parte, campeón —susurro.
Cuando Dylan nació, la comadrona animó a Pip a colocárselo sobre el pecho desnudo, con una manta envolviéndolos a los dos. «Recomendamos el mayor contacto piel con piel posible cuando son pequeñines —le dijo a Pip—. Estabilizará las frecuencias cardíaca y respiratoria de este hombrecito, le regulará la temperatura, incluso le aumentará la cantidad de oxígeno en sangre».
Me siento a Dylan en el regazo. Me cuesta manejarlo: tiene el cuello demasiado débil para el peso de la cabeza y la espalda rígida. Con una mano, le desabrocho los corchetes del pelele y después me desabotono la camisa. Coloco a Dylan de manera que las piernas le cuelguen por fuera de las mías, le apoyo la cabeza en el hueco de mi cuello y pego su pecho desnudo al mío. Cojo la manta de lana de la cuna y se la echo sobre la espalda. La emoción se desboca dentro de mí y me contengo porque este no es el momento. No es así como quiero que mi hijo me vea.
Siento los latidos de su corazón dentro de su flaca caja torácica. Me fijo en los valores que marca el monitor, veo que la saturación de oxígeno le aumenta de noventa y tres por ciento a noventa y cinco, noventa y seis. Veo que el pulso se le vuelve más lento. Y después cierro los ojos y no hago caso de las máquinas. En cambio, presto atención a lo que Dylan me está diciendo. Escucho el calor de su cuerpo pegado al mío, el rítmico bum bum de su corazón. Escucho su respiración, húmeda en mi cuello. Estoy atento a oír vida… y la oigo.