Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 16 de 56

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Cuando todo acaba

Quince. Leila

QUINCE

 

LEILA

 

—No sabe lo agradecidos que estamos, doctora Jalili.

Leila sonríe a Darcy, que balbucea alegremente y extiende los rollizos brazos para coger las gafas de Alistair. Luce un pelele con el eslogan «Dos papás son mejores que uno». Han pasado dos días desde que estuve en la sala de descanso con los padres de Dylan, dos días en los que el ambiente del pabellón ha estado cargado de tensión. La buena noticia de hoy es muy de agradecer.

—Nos encantaría agradecérselo —dice Tom—. Tenemos una casa en Antigua…

—Aire acondicionado —interviene Alistair—, piscina infinita, con vistas al océano…

—… y nos encantaría que la utilizara. Llévese a un amigo, ¿o a su encantadora madre, quizá?

Leila piensa en cambiar el gris y lluvioso Birmingham por dos semanas al sol del Caribe; piensa en Habibeh, tiritando con su recio forro polar.

—Son muy generosos, gracias. Pero no puedo.

—Claro que…

—Son las normas del hospital —dice Leila con suavidad—. Para asegurar que damos el mismo trato a todo el mundo. —Ellos parecen desanimados y Leila siente que les está haciendo un feo—. Hay una organización benéfica que se llama Amigos de la UCIP —añade—. Estoy segura de que se pondrían locos de contentos con unas vacaciones para su próxima rifa, si ustedes…

Antes de que haya siquiera terminado de hablar, los dos hombres asienten con entusiasmo.

—Nos encantaría.

Leila sonríe.

—Muchas gracias. Están recaudando dinero para un desfibrilador nuevo. El hospital no tiene presupuesto para reemplazarlo hasta el nuevo ejercicio.

—Eso es terrible.

—Hay uno en la sala de operaciones y otro en la Unidad de Alta Dependencia, pero no es lo ideal, desde luego. Ayudar económicamente a los Amigos sería la mejor manera posible de darnos las gracias.

Leila acompaña a los Bradford hasta el final del pasillo. Les da un espontáneo abrazo de despedida a los dos. Cuando regresa al pabellón, ve que Pip los estaba observando desde la Habitación 1. Duele, Leila lo sabe, ver cómo el hijo de otros llega y se va, mientras el propio está postrado en la cama, mudo y enfermo. Max Adams ha llegado, pero ha ocurrido algo, un cambio en su relación, que crea malestar en todo el pabellón.

Pip —o Max— ha movido las dos sillas colocadas junto a la cuna de Dylan y ahora, en vez de sentarse uno al lado del otro, están separados por ella, lo que los obliga a tener todas sus conversaciones a través de barrotes.

—De todas maneras, casi no se hablan —le ha dicho Cheryl por la mañana —. Esta mañana, él ha dicho: «Después tengo que ir a la casa». —Cuando Leila no ha reaccionado, Cheryl ha enarcado las cejas—. «A la casa». No a casa, «a la casa». Creo que se han separado.

Leila está triste. Ojalá pudiera decirles a los Adams que todo irá bien, que esto es lo más tremendo, lo más espantoso que les sucederá en la vida, pero que un día podrán volver a reír. Que la montaña que se ha alzado entre ellos y parece tan infranqueable puede no disminuir, pero ellos aprenderán a ascenderla. Volverán a encontrarse, en la cima, y al volver la vista atrás verán lo que han ascendido y les parecerá imposible, pero, de algún modo, ahí estarán.

No puede decirles eso. No le corresponde. Tiene un cometido que cumplir y hoy debe hacer lo más difícil que ha hecho desde que es médica. Mira la pared del fondo del puesto de enfermeras, donde hay un gran corcho lleno de fotografías y cartas de agradecimiento. Fotografías de escuelas, vacaciones, ceremonias de graduación. Fotografías de estudio: toda la familia tumbada boca abajo en una luminosa sala blanca, riéndose. Niños que esquían, juegan al fútbol, montan a caballo. Niños que juegan al baloncesto en sillas de ruedas; que corren con piernas artificiales. Niños que han vencido los obstáculos, cuyas vidas pendían de un hilo en este mismo hospital, cuyos padres estuvieron sentados en esta misma sala y escucharon cómo un médico les decía que sus hijos quizá no vivirían. Y, no obstante, lo han hecho.

Hoy, Leila debe decirles a Pip y a Max Adams que el hospital ha hecho una recomendación oficial con respecto al tratamiento de su hijo. Debe darles la oportunidad de aceptar la recomendación y después, si uno de los dos está disconforme, debe informarles de que el hospital emprenderá acciones legales.

Tiene un insólito momento libre antes de reunirse con ellos, veinte minutos en los que solo le daría tiempo de ir al comedor y regresar sin poder comprarse nada. Va, en cambio, al despacho de Nick, donde se bebe a tragos el té preparado con el hervidor que él esconde en un armario.

—A lo mejor se ponen de acuerdo —dice Nick.

—No lo harán.

—Entonces tienes el respaldo del hospital. —La mira—. No estás sola en esto.

Pero a Leila se lo parece. Entre los numerosos alimentos que Habibeh le ha preparado con optimismo, hay un paquete plano envuelto en papel de aluminio. Leila sonríe. Tahdig. El arroz a la persa deja un crujiente disco en el fondo de la cazuela, un manjar que a Leila le recordaba que debía compartir con los invitados cuando era pequeña. Parte el tahdig en dos y da una mitad a Nick.

—Tienes que esconderle el pasaporte a tu madre; esto está increíble.

—Está muy rico, sí.

Leila se siente fortalecida por el amor de su madre y las palabras tranquilizadoras de Nick. Llama a Ruby cuando regresa al pabellón.

—Gracias por una noche tan bonita. Siento haber llegado tarde. Y haber estado gruñona.

Ruby no es rencorosa.

—Parecías estresada; me preocupaste.

—Yo siempre estoy estresada. —Leila intenta bromear.

—No tanto. ¿Qué pasa?

Leila le explica a Ruby parte de lo que ocurre y su amiga la escucha en silencio. Luego dice: «Jesús, eso es horrible», y «Yo estaría hecha polvo», y «No sé cómo lo haces». Leila llega entonces a la entrada de la UCIP y…

—Tengo que dejarte.

—Si me necesitas, aquí estoy, ¿vale?

Hay muchas personas para cogerla si se cae. Ayuda saberlo, un poco, pero cuando asoma la cabeza por la puerta de la Habitación 1 y les dice «cuando ustedes quieran» a Max y a Pip, y cuando recorre el largo pasillo unos pasos por delante de ellos para sentarse, una vez más, en la sala de descanso, jamás se había sentido tan sola.

—No. —Max Adams tiembla tanto que parece que esté moviéndose, aunque sigue sentado—. No se lo permitiré.

—Sé que esta es la peor noticia posible para ustedes —dice Leila—. Hemos revisado el caso de Dylan a fondo y, aunque aceptamos que la terapia de protones puede reducir el tumor, no creemos que lo elimine del todo.

—¿Así que dejarán que crezca? —pregunta Max—. ¡Hasta que lo mate!

—Pondríamos en marcha un plan de cuidados paliativos para controlar el estado y el dolor de Dylan y…

—Esto es culpa tuya. —Max se vuelve contra Pip, que ha escuchado en silencio el resumen de Leila de la reunión que ha tenido por la mañana con el director médico—. La decisión era nuestra. ¡Nuestra! Y entonces cambiaste de opinión y ahora… —Se interrumpe, restregándose la cara con ambas manos.

— El CAFCASS, el Servicio de Asesoramiento Jurídico para los Menores y la Familia, asignará a Dylan un tutor independiente —explica Leila—. Designará un abogado para él. —Mira a Max y después a Pip—. Ustedes dos serán partes del proceso judicial y tendrán derecho a preparar su defensa.

—¿Tendremos que ir a juicio? —pregunta Pip, acongojada—. ¿Uno contra el otro?

Leila elige sus palabras con cuidado.

—El hospital ha solicitado una orden judicial para impedir que Dylan se marche del Saint Elizabeth y reciba otro tratamiento que no sean cuidados paliativos. En cualquier momento, la solicitud puede retirarse…

—Entonces… —Max intenta hablar, pero Leila insiste.

—… si los dos dan su consentimiento a este plan de tratamiento — concluye.

El silencio se cierne sobre la sala mientras los tres piensan en lo que esto significa para Dylan. Para ellos.

—Entonces las veré en el juzgado. —Max lanza una mirada a su mujer y Leila se pregunta si Pip ve el dolor de sus ojos o si está camuflado por la ira de su voz—. A las dos.

 

A Leila está a punto de estallarle la cabeza. Ha quedado con Jim a las ocho y media y se plantea anularlo, pero ya son las ocho y no tiene valor para dejarlo plantado.

Se ven en el King’s Arms.

—Marchando una lima con tónica.

Jim le hace una reverencia teatral y se dirige a la barra.

Leila ve la mesa a la que se sentó con Nick, la noche de la fiesta de Ruby, y se ruboriza al recordar la delicadeza con la que él eludió su propuesta de pasar la tarde juntos.

Jim reaparece con una cerveza y el refresco de Leila.

—Venga, Jalili, cuéntame lo más destacado de tu día. Lo mejor, lo peor. Dispara.

Habla como si estuviera actuando para un público —con vigor y para hacer reír— y Leila se pregunta si, con el tiempo, acabaría cansándole. Si alguna vez desconecta. Aun así, no puede evitar sonreír.

—¿La mejor parte? —Leila alza su vaso—. Tomar algo después del trabajo.

—¿Esa es la mejor parte? Vaya, debes de haber tenido un día de mierda. — Jim sonríe, pero dulcifica la voz cuando capta la expresión de Leila—. Oh. Has tenido un día de mierda, ¿verdad?

Leila asiente.

—¿Quieres hablar de ello?

—No es nada del otro mundo, es decir… —Leila se esfuerza por encontrar las palabras adecuadas y lo mira fijamente—. Los pacientes se mueren, ¿no? Perdemos a gente. Continuamente. Pero —se encoge de hombros sin mucha convicción— así es este trabajo.

—Eso no impide que sea duro.

Toman un sorbo de su bebida. Leila se pregunta qué será de Pip y Max.

—Tenemos unos padres que discrepan sobre el tratamiento de su hijo.

Jim asiente con aire pensativo.

—Pasa. Más a menudo de lo que la gente cree.

Está pensando en las riñas que tiene que presenciar a todas horas. «No va a ir al hospital…» «¡Sí va a ir!» «Lo acompaño yo». «¡No, iré yo!» «No lo toque». «¡Haga algo!» Leila se cuestiona su suposición de que las discusiones en las que Jim se ve inmerso sean menos graves porque se desarrollan en la calle, en un pub, en el salón de alguien. Él vive situaciones de vida o muerte todos los días, quizá más a menudo que ella. Si alguien entiende a qué se enfrenta Leila, es él.

—El paciente está terminal. —No hay nadie en las mesas contiguas, pero, de todas formas, Leila habla en voz baja. Jim mira su cerveza con el entrecejo fruncido mientras la escucha—. Nosotros recomendamos cuidados paliativos. La madre está de acuerdo. El padre no.

Jim alza la vista.

—¿Y qué pasa ahora?

—Vamos a juicio —responde Leila con un profesionalismo que no siente —. Y dejamos que el juez decida.

Se quedan en silencio. Luego Jim se recuesta en la descolorida tela del banco.

—Tuve una orden de no reanimación la semana pasada. Un hombre mayor. Parada cardíaca. Invadido de cáncer, cada dos por tres en el hospital, y supongo que ya estaba harto. Había dejado claro, la última vez que ingresó, que no quería que lo reanimaran si volvía a ocurrir y su mujer estaba al corriente de todo. —Toma un sorbo de cerveza y vuelve a dejar el vaso en la mesa, con cuidado—. Pero, a la hora de la verdad, su mujer quiso que le salváramos la vida.

—¿Qué hicisteis?

—Le quitamos el dolor y le dejamos morir. —Jim se queda callado un momento—. Su mujer me llamó asesino y, aunque yo estaba mirando una orden de no reanimación firmada por el hombre al que le estaba cogiendo la mano, hubo una parte de mí que se sintió así.

—Lo siento mucho.

Se encoge de hombros.

—Como tú has dicho, es parte del trabajo, ¿no?

Pasan a temas más fáciles: dónde se criaron y qué los trajo a Birmingham. Jim tiene talento para la mímica y Leila se ríe tanto de sus imitaciones de sus mutuos compañeros que le entra flato. Se toman otra bebida, y luego otra, y, cuando Leila mira la hora, le sorprende descubrir que ha pasado toda una tarde.

—Deberíamos repetir —le dice Jim cuando salen del pub.

Para Leila ha sido una buena tarde. Ha pasado tres horas riéndose, hablando y pensando en la vida fuera de la UCIP, fuera de su mundo. Sin embargo, cuando regresa a casa en bicicleta, todo vuelve a pesarle. Piensa en Pip y en Max, y en Dylan, y vuelve a sentir una opresión en el pecho.

Como la mayoría de los iraníes, Leila tiene dos juegos de cortinas en las ventanas del salón. Unas recias estampadas, para correrlas en las noches frías y oscuras, y otras muy finas, con ribetes de hilo de oro, para tener intimidad. Las dos están corridas, pero cuando Leila apoya la bicicleta en la barandilla y enfunda el asiento con el gorro de ducha, oye los compases del canal de teletienda y la vocecilla de una presentadora deshaciéndose en elogios hacia algo con accesorios. ¿Una aspiradora? ¿Un robot de cocina? Entra en casa.

—¡Leila joon! He preparado torshi.

A Leila no le hace falta mirar para saber que sus armarios estarán repletos de tarros llenos de verduras —coliflor, zanahorias, apio— conservadas en vinagre ácido especiado.

—¿Ha pasado Wilma? Me ha dicho que nunca te encuentra en casa.

Por supuesto, Leila sabe que Wilma no puede no encontrarla en casa, porque Habibeh aún no ha salido a la calle.

Su madre aparta la mirada, absorta, según parece, en lo que Leila ve que es un aparato para tonificarse la piel de la cara. «Y eso es solo durante cuatro minutos, para tener la piel firme, mucho más elástica y visiblemente más joven. ¿Dónde tengo que firmar?» La presentadora suelta una risa cantarina. Una súbita exasperación posee a Leila. Hacia su madre, por ignorar los intentos de Wilma de hacerse amigas. Hacia el canal de teletienda, por sus tentaciones superficiales.

—A lo mejor lo ha hecho. Me ha parecido oír el timbre, pero tenía el pañuelo arriba, y cuando he bajado… —Habibeh levanta ambas manos y se encoge de hombros.

—Maman! —Leila coge el mando a distancia y apaga el televisor.

Habibeh chasquea la lengua.

—Estoy segura de que es una señora encantadora, pero ¿habla farsi? No. ¿Hablo yo inglés? No. Te lo he dicho, Leila, estoy bien en casa. Cocinando, viendo mi canal. —Se queda callada. Se dulcifica. Porque, al fin y al cabo, es madre—. ¿Qué pasa, Leila joon?

Leila le habla de Dylan Adams. Del juicio que destrozará la vida de sus padres incluso más de lo que ya ha hecho la enfermedad de su hijo.

Habibeh le coge la cara entre las manos y le masajea las sienes con los pulgares.

—Eres buena persona, Leila, y buena médica. Solo puedes hacer lo que consideras que es lo correcto.

Y Leila deja que su madre la abrace, como si volviera a ser una niña.