Cuando todo acaba
Tres. Leila
TRES
LEILA
El despertador de Leila Jalili suena a las cinco y media. La escarcha de las ventanas enfría el aire por encima de su cama, pese a la calefacción central, que está resignada a dejar encendida durante la noche hasta que su madre se aclimate. Solo están a diez grados menos que en Teherán, pero Habibeh Jalili, de setenta y dos años, los nota en todos los huesos.
Cuando Leila baja, Habibeh ya está levantada, con el chándal verde menta de felpa que lleva por casa.
—Maman! ¿Cuántas veces te lo he dicho? No hace falta que te levantes conmigo.
En el televisor del salón, una mujer impecablemente maquillada con un traje amarillo limón está haciendo una demostración de las cualidades antiadherentes de una batería de cocina. Los canales de teletienda son el placer inconfesable de Habibeh, y la cadena QVC, su droga preferida. En las últimas dos semanas, la cocina de Leila se ha provisto de un cortador en espiral, un pelador para piñas y veinte paños de cocina con microporos.
Habibeh besa a su hija.
—Te he preparado la comida. ¿Qué quieres para desayunar?
—Solo té. Pero ya me lo preparo yo. Tú vuelve a la cama.
—¡Siéntate!
Su madre la sienta en una silla, enciende el hervidor y enjuaga la tetera que Leila solo saca con las visitas.
—Maman, no tengo tiempo de desayunar.
Leila no le dice que es probable que tampoco tenga tiempo de comer y que el kotlet y los encurtidos que Habibeh le ha puesto en fiambreras con tanto amor se quedarán en su bolso hasta el final del día, cuando quizá tenga un momento para comérselos de camino hasta su bicicleta.
Se bebe el té, acepta un pan de pita con la famosa mermelada de fresa de su madre.
—Tengo que irme. ¿Saldrás hoy a dar una vuelta?
—Quizá. Tengo mucho que hacer aquí. Tus ventanas son una vergüenza.
—No me limpies las ventanas, Maman, por favor. Sal a dar una vuelta.
Bajo el porche, la bicicleta de Leila está plateada por la escarcha que la recubre. Su vecina, Wilma Donnachie, la saluda desde la ventana de su dormitorio. Son las seis y media; ¿por qué nadie quiere quedarse hoy en la cama? Cuando se jubile, piensa Leila, se levantará tarde todos los días. Le devuelve el saludo, pero Wilma señala la acera y desaparece. Está bajando. Leila mira la hora. Tarda veinte minutos en ir al trabajo en bicicleta y ese es justo el tiempo que tiene antes de que empiece su turno.
—Buenos días, cariño. Solo quería saber cómo se está adaptando tu madre. —Wilma va abrigada, con una recia chaqueta de punto abotonada y un jersey de cuello vuelto debajo—. Al final no la vi en la venta de pasteles.
—Lo siento.
Habibeh lleva dos semanas en Birmingham y aún no ha salido de casa. Leila estuvo mucho tiempo convenciendo a su madre de que visitara el Reino Unido. Después estuvo incluso más tiempo convenciendo a las autoridades de que se lo permitieran. Le preocupa que Habibeh pase los seis meses que le permite el visado encerrada en su casa adosada de dos habitaciones situada a las afueras de Birmingham.
—Pasaré a verla más tarde, ¿te parece? ¿Para tomarnos un té?
—Eres muy amable, gracias.
Leila quita el gorro de ducha floreado que mantiene seco el sillín de su bicicleta y lo mete en la arcaica cesta del manillar.
—Si no te abre la puerta…
Wilma sonríe.
—No lo tomaré como algo personal.
A Leila le gusta ir al trabajo en bicicleta. Le gusta el sutil cambio de paisaje cuando los barrios periféricos dan paso al núcleo urbano; la libertad de pasar pedaleando junto a una cola de coches, cuyos ocupantes están tamborileando impacientemente con los dedos en el volante. Le gusta el aire fresco con el que empieza y termina una jornada laboral sin luz del día, y el ejercicio que de lo contrario no tendría tiempo de hacer. Hay días en los que es un gusto atravesar Birmingham en bicicleta; pasar por Highbury Park y por delante de la Mezquita Central, con sus minaretes coronados por medias lunas. Por otra parte, están los días como hoy.
La lluvia parece azotarla horizontalmente, tome la dirección que tome. El agua helada le ha calado la bufanda empapada y se le cuela por dentro de la camiseta, y, pese a las fundas impermeables que lleva sobre las piernas, el pantalón se le pega a la piel. Tiene las zapatillas de deporte chorreando; los pies, entumecidos. Debido a la falta de sueño, las piernas le pesan y cada golpe de pedal le supone un esfuerzo.
Ve un destello plateado con el rabillo del ojo; un espejo retrovisor lateral le roza la tela de la manga. Un coche pasa a toda velocidad, demasiado cerca, y la atenaza el miedo que conlleva haber estado a punto de tener un accidente. Este tramo de carretera no es lo bastante ancho para adelantar con tráfico en sentido contrario, pero eso no disuade a los conductores de intentarlo.
La adelanta otro coche, y otro, y cuando vuelve la cabeza para ver si vienen más, nota que la rueda delantera le patina, desviada por ese momentáneo lapso en la concentración. Oye un fuerte bocinazo y, un poco después, dos, tres coches la pasan como balas, impacientes por avanzar antes de que ocurra un accidente que pueda obligarlos a detenerse.
El hombro de Leila es lo primero en impactar contra el suelo, con un golpetazo que ella sabe por instinto que le causará una contusión, pero no le romperá ningún hueso. Luego le toca a la cabeza, seguida del cuerpo, lo que le saca el aire de los pulmones junto con una maldición involuntaria.
—La’nati!
Oye un estrépito metálico, un derrape de caucho sobre el asfalto. Su cabeza quiere que se incorpore, pero el cuerpo no le obedece. La están sujetando contra el suelo.
—No se mueva, eso es. ¿Alguien puede llamar a una ambulancia?
—Estoy bien, no necesito una ambulancia.
Hay una mujer con un chubasquero azul arrodillada junto a Leila; se ha dirigido a un corrillo de transeúntes que se han acercado a mirar.
—Mi bicicleta…
—Su bicicleta da igual —dice la mujer en tono mandón—. No mueva la cabeza, podría haberse roto el cuello. ¡Una ambulancia! —vuelve a gritar.
—No me he roto el cuello.
Un dolor sordo le irradia del hombro. Mueve los dedos de las manos y los pies para comprobar que aún le funcionan; luego se desabrocha el casco y se lo quita porque de golpe le da claustrofobia.
—¡No hay que quitarse nunca el casco! —grita la mujer y, por un momento, Leila cree que podría intentar encasquetárselo de nuevo. Hace otro intento de levantarse, pero sigue faltándole el aliento.
—¿Puedo ayudar?
Hay un hombre de pie al otro lado de Leila. Ella mueve la cabeza para verlo mejor y la mujer del chubasquero le grita que se quede quieta.
—Tengo formación en primeros auxilios, y han llamado a una ambulancia.
—Soy técnico de ambulancia —dice el hombre—. Le echaré un vistazo y así podré informar a mis compañeros cuando lleguen.
—No lleva uniforme.
—Voy camino del trabajo.
Le enseña su identificación y, por encima de ella, Leila ve los conocidos colores del carnet del hospital.
—Se ha quitado el casco, mira que se lo he dicho.
—Yo me ocupo.
El hombre se coloca al otro lado de Leila y se arrodilla, con lo que la otra mujer no tiene más remedio que apartarse. Leila la oye murmurar algo a alguien que no ve.
—No hay que quitarse el casco. Se lo he dicho…
El hombre sonríe.
—Hola, soy Jim. ¿Cómo te llamas?
—Leila Jalili. Soy médica. Y estoy bien.
Jim pone los ojos en blanco.
—Uf, sois los peores pacientes. Los dentistas os siguen de cerca. Siempre sabéis más que nadie. Eso sí, la gente corriente no es mucho mejor: prefieren confiar en el doctor Google que en alguien formado para hacer su trabajo…
Mientras habla, explora a Leila; con suavidad, le palpa el cráneo, la nuca, las orejas y la nariz. Le afloja la bufanda y le pasa los dedos por la clavícula. Leila sofoca un grito.
—¿Te duele?
—No, tienes las manos heladas.
Él se ríe, una risa melosa que concuerda con su expresión afable.
—Lo siento.
Tiene los ojos castaños salpicados de motitas doradas y pecas en el puente de la nariz.
—He caído sobre el hombro izquierdo. Solo es una contusión.
La muchedumbre ya se ha dispersado porque el nivel de drama es insuficiente para que la gente se cale hasta los huesos. Jim prosigue con su metódica exploración. No lleva abrigo y la lluvia le ha oscurecido el pelo rubio.
Por fin, se pone en cuclillas.
—Solo es una contusión.
—Ya lo sé —dice Leila, exasperada, pero sonríe porque él lo hace, y porque sabe que, de haber estado en su lugar, ella habría hecho exactamente lo mismo.
Coge la mano que él le tiende y se pone de pie con cautela. La señora del chubasquero ha ido a buscar su bicicleta que, aparte del guardabarros abollado y la cesta aplastada, ha salido indemne.
—Gracias por la ayuda —les agradece a los dos.
—Voy a anular la ambulancia —dice Jim—. Mi coche está ahí. Mete la bicicleta en el maletero y te llevaré al trabajo.
—Gracias, pero estoy… —Leila no termina la frase. El dolor del hombro se le ha intensificado, está empapada y muerta de frío, y llega tarde al trabajo —. Sería estupendo.
Con los asientos traseros abatidos, la bicicleta de Leila cabe justa en el Passat de Jim.
—Perdona el desorden. —Coge un montón de ropa del asiento del acompañante y lo arroja a la parte de atrás. El suelo es un revoltillo de botellas de agua vacías, envoltorios de sándwich y McDonald’s y algo que cruje cuando Leila lo pisa—. Tuve que dejar mi piso hace un par de semanas y aún no he encontrado otro. Duermo en casas de amigos, pero eso significa que más o menos estoy viviendo en el coche, y… bueno, cuesta tenerlo ordenado.
—Debería prestarte a mi madre.
—¿Es ordenada?
—No me atrevo a dejar una taza de té hasta que me lo termino: ella la tiene lavada y guardada en diez segundos de reloj.
Jim se ríe.
—Parece la compañera de piso ideal. ¿Estarás bien? —Se detiene en la parada de autobús delante del hospital infantil, baja del coche, saca la bicicleta de Leila y endereza el guardabarros para que la rueda pueda girar—. Convendría que la llevaras a revisar a algún sitio, para mayor seguridad.
—Lo haré. Gracias de nuevo.
Camino del pabellón, Leila pasa por Neurología y asoma la cabeza por la puerta abierta de un amplio despacho con las paredes llenas de estanterías. Su mentor, Nick Armstrong, está leyendo un expediente, inclinado hacia atrás en una silla apoyada sobre dos patas. Se echa hacia delante cuando ve a Leila y las patas delanteras de la silla hacen un ruido sordo al tocar el suelo.
—¿Qué te ha pasado?
Leila se mira las fundas impermeables de las piernas, que están manchadas de barro.
—Me he caído de la bicicleta. —Se sienta y hurga en la mochila en busca de 50 mg de codeína; se pone la pastilla sobre la lengua y se la traga sin agua —. Estoy bien.
—Supongo que ahí dentro no llevas nada de comer.
Leila saca los dos táperes y se los acerca por la mesa.
—Kotlets. La especialidad de mi madre.
—¿Cómo está?
—Volviéndome loca. No hay manera de que salga de casa.
—La echarás de menos cuando se vaya.
Leila pasea la mirada por el despacho de Nick; la posa en las estanterías repletas de libros de consulta, en las paredes llenas de fotografías de su mujer y sus cuatro hijos mayores. Detrás de Nick, en el alféizar de la ventana, hay una fotografía suya con la reina, el día que lo nombraron miembro de la Orden del Imperio Británico en el 2005. Ahora tiene unas cuantas arrugas más, y un poco más de entradas quizá, pero, en cuanto al resto de su persona, no ha cambiado. Siempre lleva el traje arrugado y la corbata torcida. Hoy tiene un aspecto especialmente desaliñado.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Nick mira su reloj.
—Cinco horas y media. Hemorragia subaracnoidea en la Unidad de Ictus.
—¿Has dormido?
—Un par de horas debajo de la mesa. —Se restriega el cuello—. No te lo recomiendo.
—¿Y el paciente?
—Muerto. —Toma un bocado de kotlet—. Esto está increíble. ¿Qué es?
—Carne de ternera picada mezclada con patata y rebozada en abundante aceite. Engorda mucho.
Leila sonríe porque Nick es alto y delgado, con la envidiable capacidad de comerse todo lo que le apetezca sin engordar un gramo. Ella es todo lo contrario; no tan menuda como Habibeh, ni tan armónica, sino curvilínea y con la capacidad de ponerse kilos encima con solo mirar un pastel.
—¿Mucho trabajo?
—¿No es siempre así? Esta mañana vamos a desentubar a Dylan Adams.
Nick arruga la frente.
—Refréscame la memoria.
—Tres años, meduloblastoma.
—¿Neumonía?
—Ese. Lo hemos intentado tres veces y en todas hemos tenido que volver a conectarlo al respirador en menos de veinticuatro horas.
—¿Reflejos de las vías respiratorias?
—Intactos.
—¿Secreciones?
—Tratables. Sin duda, está listo. Le estamos dando ventilación en modo SIMV y ventilación controlada por presión desde hace cuarenta y ocho horas; todos los signos son buenos.
—Fantástico —dice Nick, con la boca llena de kotlet.
Leila no dice nada. No puede quitarse la sensación de que algo malo va a ocurrir.
Oye los gritos antes de alcanzar el pabellón y aprieta el paso hasta que llega a la Habitación 1, donde Cheryl está hablando en tono tranquilizador con el causante del griterío: un hombre de cuello recio con una camiseta de la selección de fútbol inglesa que le tira en la protuberante barriga.
—Como ya le he dicho, no puedo hacer eso.
—¡Pues vaya a buscar a un médico que sí pueda, joder!
—Buenos días a todos —dice Leila en tono alegre, como si no se hubiera dado cuenta de que algo va mal.
Aaron está al lado de Cheryl con los puños cerrados, como los espectadores de una pelea de bar.
Pip Adams tiene un brazo apoyado en la almohada de su hijo. En la otra mano sujeta un cepillito de pelo con las cerdas blandas, de esos que se usan para los bebés. Acaricia la rala pelusa de la cabeza del niño; nada que ver con la suave aureola de rizos castaños de la fotografía colgada de la pared junto a su cuna.
«Dylan Adams, casi tres años. Meduloblastoma». La información se le pasa por la cabeza de forma casi inconsciente, como el texto de una fotografía que aparece brevemente en pantalla.
Al otro lado de la cuna de Dylan están Alistair y Tom Bradford, los padres de Darcy.
«Darcy Bradford, ocho meses. Meningitis bacteriana».
—¿Qué tal fue el teatro? —les pregunta Leila, en parte por educación y en parte para distender el ambiente.
Alistair sonríe.
—Estuvo muy bien, gracias.
—Feliz aniversario por ayer.
Se oye un desdeñoso bufido al otro lado de la habitación y, de repente, Leila comprende qué sucede y, a la vez, espera estar equivocada. Se acerca a la cama de Liam Slater, donde su madre Nikki está con el hombre barrigudo que Leila supone que es su marido. Alarga la mano derecha.
—Doctora Leila Jalili. Soy una de las especialistas que cuida de Liam.
El hombre la mira fijamente y ella resiste la tentación de dar un paso atrás. Le sostiene la mirada y sigue con la mano alargada hasta que resulta más que evidente que el hombre no se la va a estrechar.
—Este es Connor —dice Nikki, y la voz le tiembla como si no estuviera segura—. El padre de Liam.
A Connor le late una vena del cuello. Leila percibe un olor a sudor reciente y un leve rastro de cerveza.
Por fin habla:
—Quiero que cambien a Liam de sitio.
«Liam Slater, cinco años. Crisis asmática. Crítico pero estable».
—¿Cambiarlo de sitio? Señor Slater, su hijo está muy enfermo. La Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos es el mejor sitio posible para…
—No sea condescendiente conmigo, «doctora». —Lo dice como si fuera un insulto—. Quiero que lo cambien de cama. Lejos de esos. —Escupe las palabras en la dirección de Tom y Alistair Bradford.
Leila permite que su cara refleje una perplejidad que no siente.
—Perdone, ¿lejos de quién?
Espera que Connor Slater no se atreva a decirlo en voz alta, pero Tom Bradford no les da la oportunidad de averiguarlo.
—Lejos de los gais, quiere decir.
Tom lo dice en tono exagerado, con una jovialidad que Leila no está segura si es sincera o fingida, y Connor frunce el labio superior.
—¿En serio, señor Slater?
Leila es médica, no una defensora de los valores éticos, pero, aun así, un tono de censura tiñe su pregunta. Piensa en la noche que ingresaron a Darcy, con la fiebre por las nubes y un sarpullido revelador en todo su cuerpecito. En Alistair y Tom, cogidos de la mano con los nudillos blancos. Padres, como todos los demás, asustados por el estado de su hija.
—Quiero que lo cambien.
Connor Slater habla en tono brusco e iracundo, con los puños cerrados a los costados; pero tiene los ojos hinchados y enrojecidos. Hay padres que lloran sin disimulo en el pabellón; otros que preferirían morirse a que los vieran llorar. Connor Slater, sospecha Leila, pertenece a la segunda categoría.
—Lo siento, pero no es posible.
—Me parece increíble que Tom y Alistair estén tan calmados cuando usted está hablando de ellos de una forma tan insultante —interviene Pip—. Solo demuestra lo encantadores que son.
—Gracias, querida, tú también eres bastante encantadora. —Tom adopta una voz afeminada que Leila no le ha oído nunca. Alza una mano y la deja colgando de la muñeca.
Alistair pone los ojos en blanco.
—Eso no ayuda, Tom.
—No pienso exponer a mi hijo —a Connor se le está poniendo la cara colorada, tan crispada por la rabia que le cuesta pronunciar las palabras— a «eso».
Aaron da un paso hacia Connor.
—Vamos, amigo, no puede…
—¡Yo no soy su amigo, joder!
El padre de algún paciente pasa por delante de la puerta abierta y se queda mirando sin disimulo. Leila alza ambas manos, con las palmas abiertas.
—¡Ya basta! Esto es un hospital, señor Slater. Hay niños en estado crítico cuyos padres aterrorizados pueden oírle, y su comportamiento es inaceptable.
—Yo pago mis impuestos…
—… lo que el Sistema Nacional de Salud le agradece muchísimo. No hay más camas, señor Slater. Liam está aquí porque es donde necesita estar. Si lo cambiamos, será por una necesidad médica, no por una preferencia personal. Sobre todo cuando esa preferencia personal es desagradable en el mejor de los casos y homófoba en el peor.
Leila se calla de golpe, antes de pasarse de la raya. Puede que ya lo haya hecho.
A Connor se le enrojece el cuello mientras sostiene la mirada a Leila. Le dirige una sonrisa torcida y frunce el entrecejo, antes de mirar a su mujer y encogerse de hombros.
—No entiendo ni una palabra de lo que dice, ¿y tú?
Leila vuelve a fijarse en sus ojos enrojecidos. Se recuerda que está al borde de perder a un hijo, que está enfadado con el mundo, no con ella. Habla despacio y con claridad:
—No cambiaré a Liam de cama, señor Slater.
Él le sostiene la mirada.
—Lo siento, no la entiendo… Es el acento, corazón.
Alguien inspira hondo detrás de Leila. Pip, quizá. Leila no reacciona. Connor Slater no es el primero, ni será el último.
—¿Quiere que busque a otro médico para que hable con usted?
—Sí. —Un triunfo mal disimulado inunda la cara de Connor—. Sí, desde luego.
Esta vez no ha tenido ninguna dificultad con su acento.
—No hay problema. Creo que el doctor Tomasz Lazowski está de turno. ¿O quizá el doctor Rehan Quereshi?
Se hace un silencio mientras Leila y Connor Slater se sostienen la mirada. Por fin, Connor aparta los ojos.
—Vamos a comer algo —le dice a su mujer.
Ella se escabulle detrás de él y, cuando la puerta se cierra y el mecanismo de seguridad evita el portazo que seguro que a Connor le habría encantado, se oye un pausado aplauso.
—Bravo, doctora Jalili.
Leila coge la gráfica de Liam y la escudriña, azorada por el aplauso de los Bradford.
—Está asustado, nada más.
—Todos estamos asustados —dice Pip en voz baja.
—Ha estado magnífica —la elogia Tom con efusividad.
Leila se pregunta si él y Alistair dan más importancia a las palabras de Connor Slater de lo que parece. Se pregunta si les duele o si, como ella, no les afecta.
—No sabría decirles. Solo me sabe mal que haya pasado.
Alistair rodea a Tom con el brazo.
—Hemos pasado cosas peores, se lo aseguro.
—Aun así. ¿Quieren que intente encontrar otro sitio para Darcy?
—¿Y dejar que se salga con la suya? Ni hablar. —Tom sonríe—. Además, no vamos a estar aquí mucho más tiempo, ¿verdad?
—No demasiado. —Leila es reacia a darles una fecha concreta—. Les pasaremos a la Unidad de Alta Dependencia en cuanto haya una cama libre; después, quiero ver la saturación de Darcy un poco más estable antes de que empecemos a hablar de ir a casa.
—¿Oyes eso, princesa? ¡A casa!
Alistair saca a Darcy de la cuna con la misma delicadeza que si fuera de cristal, con cuidado de no arrancarle el oxímetro que lleva en el piececito ni los electrodos adhesivos que monitorizan su frecuencia cardíaca. Tom los abraza a los dos y ambos miran a su hija.
—Sois una familia preciosa —dice Pip, y luce una sonrisa que cualquiera juraría que es sincera de no haber atisbado, como ha hecho Leila, el dolor que le crispaba la cara hace un momento—. Tendréis que dar una fiesta por todo lo alto para compensarla por haber pasado aquí su primera Navidad.
—Buena idea —dice Tom, pero Alistair está mirando a Pip, que ha vuelto a coger la labor de punto, con la sonrisa aún pintada en la cara.
—Perdona, Pip. No queremos restregártelo por las narices.
—No seas bobo. Me alegro por vosotros. A nosotros nos tocará dentro de poco. —Mira a Leila—. Hoy le quitan el respirador a Dylan, ¿verdad?
Leila asiente.
—Cuando termine la ronda. Me gustaría hacerlo aquí, para minimizar el estrés de Dylan, así que… —Mira a Alistair y a Tom.
—Nos iremos —dice Tom.
La puerta de la Habitación 1 está cerrada. Los Slater han ido al comedor, y los Bradford, a trabajar. Leila ha intentado convencer a Pip de que salga a dar un paseo, tanto por su propio bien como por el bien de Leila y su equipo, pero la madre de Dylan ha insistido en quedarse con su hijo. Está sentada en una silla en un rincón de la habitación, una pequeña concesión que ha hecho cuando Leila le ha pedido espacio.
Junto a Leila, en un carrito metálico, hay tubos endotraqueales y cánulas de traqueotomía, además de un bisturí esterilizado y lidocaína, en el improbable caso de que Leila tenga que establecer una vía respiratoria alternativa. A un lado de Dylan está Cheryl; al otro lado, Aaron, quien le está quitando la cinta adhesiva de la cara con tanto cuidado, tanta ternura, que Dylan podría ser su hijo.
—¿Listos?
Leila hace un gesto con la cabeza a cada uno de sus compañeros. Aaron aspira el tubo endotraqueal y desinfla el balón que lo mantiene en su sitio. Leila mira los monitores para asegurarse de que la frecuencia cardíaca y el nivel de saturación son estables. Despacio, milímetro a milímetro, extrae el tubo. Oye la respiración rápida de Pip detrás de ella; la voz serena de Cheryl cuando habla a Dylan, pese a la sedación.
—Ya casi está, cariño, así. Lo estás haciendo muy bien.
La última vez no llegaron tan lejos. Leila pensaba que Dylan estaba listo y lo tenía todo preparado igual que ahora, pero sus constantes vitales cayeron tanto y tan deprisa que pararon y esperaron a que se estabilizara, y cuando Dylan no lo hizo, Leila no tuvo más remedio que invertir el proceso.
«Esta vez», piensa. Pero aún le queda un resquicio de duda que la hace estremecerse de la cabeza a los pies. Algo malo va a ocurrir.
Solo que entonces el tubo está fuera, con una tos de perro que insta a Pip a levantarse de un salto.
—¿Qué pasa? ¿Está bien? ¿Respira?
—Es un reflejo —responde Leila con dulzura—. Al principio ayudaremos a respirar un poco a Dylan, después iremos reduciendo la presión y veremos cómo le va. —Aaron aspira las vías respiratorias de Dylan y Leila le coloca una mascarilla para BiPAP y regula la presión—. Si con esto mejora —añade —, probaremos con una cánula nasal de alto flujo. Pero cada cosa a su tiempo.
Pip asiente dócilmente. Espera hasta que Aaron y Cheryl se llevan el carrito, y hasta que Leila se aleja de la cuna de Dylan, y entonces cruza la habitación y pega los labios a la frente de su hijo. Pasa los dedos por los pegajosos restos de cinta adhesiva.
—Pediré que le traigan un poco de alcohol.
Pip se sobresalta, como si hubiera olvidado que Leila estaba con ella. Entonces le dirige una sonrisa vacilante y le escruta la cara, como si pudiera leerle el pensamiento.
—Va bien, ¿verdad? ¿Verdad? ¿Qué opina usted?
Y su expresión es tan suplicante, y su voz tan desesperada, que lo único que Leila quiere decir es: «Sí, Dylan es estupendo, su evolución es buena, se pondrá bien».
Pero Leila no puede mentir. Y por eso dice:
—Hay que ver cómo evoluciona en las próximas veinticuatro horas.
Y se marcha. Porque la sensación que tiene en la boca del estómago desde que ha llegado al hospital, la sensación que ha tenido en el despacho de Nick, de que algo malo iba a ocurrir, es más fuerte que nunca.