Cuando todo acaba
Veinticinco. Max
VEINTICINCO
MAX
El juez se pone las gafas de lectura y coge sus notas.
—Es con gran pesar, pero con total convencimiento de que es lo mejor para Dylan, que fallo que se permita a Max Adam llevarse a su hijo a Estados Unidos para que reciba un tratamiento que puede alargarle la vida.
De inmediato, Pip me suelta la mano. Emite un sonido que no es ni una palabra ni un grito. Una sola respiración. Después se levanta, pasa por mi lado y sale corriendo de la sala. Yo también me levanto y estoy a punto de ir tras ella, pero no sé si quiere que lo haga, si tan siquiera me dirigirá la palabra. La dejé cuando más me necesitaba y sé que le hará falta tiempo para comprender que todo lo que he hecho ha sido por nuestro hijo. Por nuestra familia.
Se está apiñando gente a mi alrededor, mientras mi equipo jurídico murmura respetuosos elogios y el pecho se me hincha de alivio, de amor y de algo muy parecido al orgullo.
«Fallo que se permita a Max Adam llevarse a su hijo a Estados Unidos para que reciba un tratamiento que puede alargarle la vida».
He luchado por mi hijo y hemos ganado. No soy el único que piensa que la vida de Dylan merece salvarse. El tribunal está de acuerdo. Conmigo, con el doctor Schulz, con el doctor Sanders, con Laura King. El hospital no puede dejar de tratar a Dylan, tiene que atenerse a la orden judicial. Tiene que permitir que nos llevemos a Dylan a Estados Unidos para que lo traten con terapia de protones.
«Nos llevemos».
Mi piel aún conserva el recuerdo de la mano de Pip en la mía, el calor de sus dedos. El consuelo brindado por la presencia de la única persona que me conoce mejor que yo mismo. En esos pocos minutos, antes de que el juez dictara sentencia, Pip me necesitaba y yo la necesitaba a ella. Durante ese breve período de tiempo no hemos estado enfrentados, sino unidos, de nuevo. Cogidos de la mano.
Laura me estrecha la mano y tarda un segundo más de lo necesario en soltármela.
—Esperarán una declaración: ¿te sientes cómodo haciéndola tú o prefieres que la lea yo?
—No, no. Debería ser yo.
«Nosotros». Deberíamos ser «nosotros».
Ya no me siento partido en dos, ya no soy dos hombres distintos que lidian con reacciones distintas. Pip ha hecho lo que consideraba correcto, igual que yo. Las semanas que ha pasado junto a la cuna de Dylan la han ido desgastando, hasta que solo ha podido ver el esfuerzo de cuidarlo, no el amor. Pero yo ayudaré más. Estaré más presente. Pip temía oponerse a las recomendaciones de médicos en los que habíamos llegado a confiar. Pero ahora puede confiar en un nuevo equipo de médicos. Un equipo que está convencido de poder salvar a nuestro hijo.
—Haré una declaración. Pero después tengo que encontrar a mi mujer.
La acera del Palacio de Justicia está atestada de gente. Prorrumpen en aplausos cuando Laura y yo salimos y veo que alguien agita una bandera con la fotografía de Dylan. Una mujer que no he visto nunca está llorando. Me ve mirándola y sonríe sin dejar de llorar, con una mano en el pecho. Mi hijo ha conmovido a todo un país. ¡A todo un mundo!
Se hace el silencio cuando aliso el papel en el que he redactado mi declaración a toda prisa.
—Hace unos momentos, el juez Merritt se ha negado a conceder una orden judicial que habría acarreado la muerte de un niño inocente. —Alzo la vista —. Se ha hecho justicia. —Hay más aplausos. Miro los márgenes de la multitud, pero no veo a Pip. Emma y Jamie me saludan entre el gentío, con las estacas de las pancartas encajadas en el cochecito de su hija—. Sabemos bien que el camino no será fácil, y sabemos que llevar a Dylan a Estados Unidos para que reciba tratamiento no es garantía de éxito, pero intentarlo es un deber que tenemos con él.
«Nosotros». Pip estaba desgarrada —eso ha dicho cuando ha prestado declaración—, pero, ahora que han tomado la decisión por ella, lo único que tiene que hacer es concentrarse en que Dylan mejore.
—Estamos agradecidos por la atención médica que Dylan ha recibido en el Hospital Infantil Saint Elizabeth y seguiremos colaborando con ellos en las próximas semanas, mientras nos preparamos para trasladar a Dylan a Houston ProTherapy. También estamos agradecidos por el apoyo que nos han brindado personas de todo el mundo y por los donativos realizados a la cuenta de GoFundMe para Dylan. El doctor Sanders ha tenido la generosidad de renunciar al cobro de sus honorarios por la terapia de protones de Dylan, pero los gastos asociados son extremadamente elevados y no podremos ir a Estados Unidos sin vuestra ayuda.
Tengo la boca seca; el corazón me golpea en el pecho. Quiero encontrar a Pip. Quiero ver a Dylan. No quiero estar aquí, fuera del Palacio de Justicia, delante de una mujer que llora por un niño que no conoce. Miro las caras de la multitud que me rodea, a Emma y a Jamie, a la mujer del gorro rojo, a los desconocidos con la cara de Dylan en la camiseta. Los miro a todos y, pese a sus aplausos, sus gritos, su llanto, no veo a nadie que conozca. Nadie con quien me sienta seguro.
«Pip. Necesito a Pip».
—Por último —me obligo a hablar más despacio—, estas últimas semanas han sido increíblemente estresantes para nuestra familia y ahora os pido que nos deis el tiempo y el espacio que necesitamos para seguir adelante.
«¿Dónde está Pip?» Mañana los periódicos harán tantas conjeturas sobre nuestro matrimonio como sobre el tratamiento de Dylan.
Miro a Laura, asiento y nos alejamos rápidamente del Palacio de Justicia. A lo largo de unos metros nos siguen periodistas que quieren más, algo en exclusiva, pero nos mantenemos firmes en nuestros «no tenemos nada más que añadir de momento» y se acaban cansando.
En la calle siguiente nos separamos.
—No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho.
Vuelvo a estrecharle la mano. Ella me dirige una sonrisa perfecta.
—Podría haber ganado cualquiera, para serte totalmente sincera. Me alegra haber conseguido los resultados que querías.
«Los resultados que querías».
Mide sus palabras, nada que ver con la convicción de ayer, y, cuando me alejo, me pregunto qué piensa en realidad. ¿Habría defendido al hospital con la misma facilidad? «¿Está seguro al cien por cien de que quiere llevar esto a juicio? —me preguntó la primera vez que nos reunimos—. Sea cual sea el resultado, va a afectarles para siempre a usted y a su familia».
No importa lo que ella piense. No se trata de mí. Se trata de Dylan. Se trata de que mejore, de volver a reunir a mi familia. Por primera vez desde hace meses siento que un rayo de esperanza se abre paso hacia el cielo.