Cuando todo acaba
Después
VEINTISÉIS
PIP
2013
Dylan murió diecinueve días antes de cumplir tres años.
—Pero íbamos a comprar globos —dije como una tonta.
Cheryl lloró mientras me ayudaba a vaciar el armario junto a la cuna vacía de Dylan. Se lo llevaron después de que nos despidiéramos de él —«Tomaos todo el tiempo que necesitéis»— y yo no soportaba pensar que pasaría su cumpleaños en la morgue del hospital.
—Quiero que el funeral sea antes del cinco de mayo —le dije a Max.
Él asintió en silencio y juntos hicimos preparativos que ningún padre debería hacer nunca.
El servicio dura treinta y cinco minutos. Uno por cada mes de la vida de Dylan.
Nos sentamos en sillas aún tibias por las personas que acaban de dejarlas y, cuando salimos en fila treinta y cinco minutos después, la recepción ya es un hervidero de gente esperando a entrar. Oigo: «Qué grande estás» y «Esta no puede ser Alice», y bien podría ser una boda por los abrazos, apretones de manos y risas compartidas, las corbatas alegres y los zapatos de tacón elegantes. Una persona mayor, pienso, incluso antes de ver «Abuelo» rodeado de claveles. Una persona que ha vivido los años suficientes para que la tristeza se troque en alivio; para que el funeral se convierta en una celebración de su vida.
Esto no es lo que yo quería. Quería colores vivos y canciones entonadas con lágrimas pero también con entusiasmo por toda la gente que conocemos. Quería amigos y familiares, compañeros de trabajo y vecinos. Espacio para que los rezagados se quedaran de pie, tanta asistencia que habría un programa para cada tres personas, globos elevándose hacia un cielo despejado.
—Recomendaría llevarlo con discreción —dijo el agente de policía cuando hubo rellenado el papeleo—. Habrá menos posibilidades de que se sepa la ubicación.
En la mesa que nos separa hay una bolsa de papel marrón con mi abrigo.
—Se lo devolveremos después del juicio —me dijo su compañera. Había escrito «Max Mara» todo junto para identificar la prueba—. A lo mejor se lo pueden limpiar.
Yo no quería que me lo devolvieran. Ningún producto químico iba a eliminar la mancha ni el olor metálico que aún notaba en las fosas nasales.
Sangre de cerdo, eso le dijo a la policía. La mujer del gorro rojo que lo hizo. Seguía en la entrada de la UCIP cuando la detuvieron, con el compacto grupo de defensores de la vida que se habían desplazado del Palacio de Justicia al hospital y parecían no irse nunca a casa. Se la veía impasible ante el circuito cerrado de televisión, las esposas, los cargos de delito de daños y agresión común.
—Son cosas que pasan —comentó el agente de policía en mi cocina—. Aunque esta vez se enfrenta a una condena de prisión —añadió en tono alegre, como si eso fuera lo que yo quería.
Como si fuera lo importante. Nada de aquello importaba. Ni la policía, ni el abrigo para tirar a la basura, ni el «¡tienes sangre en las manos!» que la mujer me gritó a la cara. Me daba igual.
Pero luego pasaron a la caca de perro en el buzón, y los hondos surcos por todo mi coche como rayas de carreras, y las cartas, montones de cartas, de personas que sabían mucho más que yo sobre lo que era mejor para mi hijo. El hombre que escupió a mis padres en la calle; los periodistas que querían «cubrir el suceso», como si la muerte de Dylan fuera una feria de pueblo.
Por eso el funeral fue íntimo. El crematorio, en vez de la iglesia de mi infancia. Voces demasiado escasas para que se oyeran. Mis padres, tan apesadumbrados por mí como por su nieto. Todos con lágrimas en los ojos, todos afligidos. Y sé que es injusto, y sé que no soy la única con derecho a sentirse como si le hubieran arrancado el corazón, pero aun así… Dylan era «nuestro hijo». ¿Qué derecho tiene nadie a estar más triste que nosotros? ¿A llorar, cuando nosotros tenemos los ojos secos?, ¿cuando estamos esforzándonos tanto por seguir poniendo un pie delante del otro?
—Veníos con nosotros. —Mi madre tiene el rímel corrido. Pone una mano en el brazo de Max—. Los dos. Quedaos con nosotros. El tiempo que queráis. —Mira brevemente a Max—. Ya debes de estar cansado de ir de un lado para otro.
—Karen. —Una advertencia de mi padre—. Deja que lo resuelvan ellos. — Lo dice como si fuera una riña de adolescentes.
Me dirige una sonrisa que no lo es realmente, con los labios apretados y el entrecejo fruncido, en tácito reconocimiento del dolor que asumiría en mi lugar sin dudarlo.
—Iré el fin de semana —digo—. Creo que… creo que necesito estar sola por un tiempo.
Los vemos marcharse. La madre de Max, Heather, se acerca a nosotros. No disimula su dolor ni lo resentida que está con Max por no haberle pedido que viniera mientras Dylan se encontraba en la UCIP.
—¿Estás bien? —le pregunto, porque eso es lo que parece que lleve todo el día haciendo: consolar a otras personas, tranquilizarlas. «Será más fácil, ahora descansa en paz, sé que es duro». «Sí, casi tres años». «Sí, muy duro. Lo sé». «Lo sé. Lo siento». Dirigiéndoles las palabras que yo necesito oír e intentando ignorar el enfado que me corroe por dentro, porque ¿qué derecho tiene nadie a estar más triste que Max y yo? ¿Qué derecho tiene nadie a llorar, cuando yo me estoy obligando a no derramar una sola lágrima?
—Esperaré en el coche —le dice Heather a Max.
No le ha perdonado. No sé si alguna vez lo hará. «Ven cuando esté mejor —le dijo Max—. Cuando esté en casa». Tal era su convicción de que el tribunal fallaría a su favor. Pero no lo hizo, y aunque podríamos haber tenido tiempo, meses, con Dylan, no ha sido así. Tuvimos tres semanas. Tres semanas que pasé sentada en una sala sin hablar con mi callado hijo y mi marido igual de callado. No nos dirigíamos la palabra, pero tampoco nos peleábamos. El furibundo rencor que había poseído a Max durante las semanas previas a la vista se evaporó tan deprisa como había llegado, pues ninguno de los dos quería que nada enturbiara el tiempo que nos quedaba con nuestro hijo.
Tres semanas que pasé eludiendo a los manifestantes, diciendo «sin comentarios», saliendo del hospital con Max, porque eso daba menos pábulo a la prensa; después, cada uno subía a su coche y yo regresaba a casa sola, donde encontraba el contestador automático parpadeando con propuestas de entrevistas.
Y entonces, de forma inesperada, la llamada de la UCIP a las dos de la madrugada. «Tiene que venir. Tiene que venir ahora».
Max ya estaba en la sala cuando llegué, con un abrigo puesto encima del pijama y sin recordar los kilómetros que había conducido. Le miré los ojos, enrojecidos e hinchados, y por un momento pensé: «He llegado demasiado tarde, he llegado demasiado tarde», pero él me cogió la mano y me condujo hasta la cuna, donde nuestro niño estaba inmóvil pero vivo. Y nos quedamos los tres así, hasta el final.
Heather estaba sobrevolando el Atlántico cuando su nieto murió. Se enteró de la noticia en la sala de llegadas, rodeada de jubilosos reencuentros y lágrimas de felicidad, y se derrumbó sobre Max como si hubiera envejecido una década de golpe. «Una vez más —dijo—. Solo quería abrazarlo una vez más».
Empiezan a cantar dentro del edificio que tenemos detrás: cincuenta voces que entonan con ímpetu «Cuán grande es Él». Me pican los ojos de las ganas que tengo de llorar. Quiero irme, pero mis pies se niegan a dar un paso, y quizá Max sienta lo mismo, porque tampoco se marcha. Nos quedamos donde estamos, sin hablar, y yo miro las lápidas expuestas junto a la entrada e intento imaginarme acudiendo aquí, a esta cinta transportadora de dolor, para recordar a mi hijo. Me meto las manos en los bolsillos.
—Podríamos tener un banco en vez de eso —dice Max.
Me vuelvo para mirarlo.
—De una lápida —aclara Max—. En el parque, quizá, o en la reserva natural. Un sitio donde podamos sentarnos para estar con él.
La cuarta vez que salí con Max, yo terminaba sus frases; la quinta, él terminaba las mías. Cuando nos comprometimos, podíamos tener conversaciones enteras sin necesidad de hablar. Recuerdo que pensé: «Ya está. He encontrado a mi media naranja».
—Podríamos… —Se me atragantan las palabras cuando me imagino esparciendo las cenizas de Dylan en algún lugar bonito, en vez de enterrarlas aquí.
Max asiente.
—Sí. Han dicho que podemos recogerlas la semana que viene.
No podemos llorar una pérdida sin antes haber amado, y mi corazón ahora rebosa de ambas emociones. Por mi hijo, por mi marido, por mi matrimonio. Max se vuelve para mirarme, con patas de gallo que no tenía hace un mes. Arruga la nariz y pestañea para combatir las lágrimas que le han puesto los ojos brillantes.
—Lo siento mucho, Pip.
Me pongo a llorar.
—Entiendo que me odies. Yo… —Mira el cielo. Respira hondo, muy despacio. Cuando vuelve a mirarme, lo hace con férrea determinación—. No podía, Pip. No podía rendirme. Tenía que luchar, tenía que hacerlo. Aunque sabía lo que nos haría.
—Te he echado de menos —susurro.
Una caravana de coches entra en las instalaciones y se dirige al aparcamiento. Dentro del crematorio están cantando el último himno. Pronto saldrán, enjugándose las lágrimas y dándose indicaciones para ir al velatorio, comentando lo bonito que ha sido el servicio, cuánto le habría gustado al abuelo. Saco las manos de los bolsillos, justo cuando Max se dispone a cogérmelas.
—Nuestro hijo —dice—. Nuestro precioso hijo.
Oír cómo se le quiebra la voz me parte el corazón. Me abrazo a él, con la cabeza encajada bajo su barbilla, en el hueco que parece hecho expresamente para ello, y siento sus lágrimas humedeciéndome el pelo.
—Ven a casa —digo, antes de poder contenerme.
Se aparta, sin soltarme las manos. Escrutándome la cara.
—¿Lo dices en serio?
—Eres la única persona del mundo que sabe exactamente cómo me siento ahora mismo. No puedo hacerlo sin ti. —Vuelvo a apoyarme en su pecho y siento cómo le palpita el corazón, porque esto es lo que más he echado de menos, esta prueba tangible de que está vivo y me ama—. Por favor, Max, ven a casa.