Cuando todo acaba
Veinticuatro. Pip
VEINTICUATRO
PIP
El juez se pone las gafas de lectura y coge sus notas.
—Es con gran pesar, pero con total convencimiento de que es lo mejor para Dylan, que accedo a la solicitud presentada por el Hospital Infantil Saint Elizabeth y fallo que pueden retirarle legalmente todo el tratamiento, aparte del paliativo, y permitirle morir con dignidad.
De inmediato, Max me suelta la mano. Me vuelvo hacia él, pero está mirando al frente, meneando la cabeza con movimientos breves y fluidos.
La voz del juez es neutra y tiene la mirada fija en los bancos de la sala, entre la abogada de Max y el letrado del hospital. Sigue hablando, pero no asimilo lo que dice porque lo único que oigo es la sentencia, una vez tras otra.
«Pueden retirarle legalmente todo el tratamiento… y permitirle morir con dignidad».
Max se mete las manos en los bolsillos con brusquedad, fuera de mi alcance. Le toco el brazo y se aparta como si se hubiera quemado. Sigue mirando al juez, negando con la cabeza como si no diera crédito a sus oídos. Siento un alivio inmenso de que todo haya terminado, de que Dylan no tenga que sufrir más, pero me dura poco. No puedo alegrarme de una sentencia que significa que Dylan morirá, por acertada que sea la decisión.
Cuando Dylan aún no tenía un año y gateaba tan deprisa que yo no paraba de correr tras él, se puso enfermo durante uno o dos días. No había forma de acostarlo y pasamos las horas acurrucados en el sofá, viendo películas de Disney. «Es una ricura cuando está pachucho». Era un pensamiento prohibido, que no debía llegar nunca al conocimiento de personas que me juzgarían. «No es que quiera que esté enfermo —me justificaba—. Es solo que se pone muy cariñoso cuando lo está».
—Max —intento susurrar, pero tengo un nudo en la garganta y me cuesta decir la palabra, que me sale demasiado alta, demasiado brusca.
Nadie se vuelve para mirarnos porque ya lo están haciendo todos, como si fuéramos animales en un zoológico, especímenes en un laboratorio.
Max baja la cabeza. Tiene los ojos cerrados. A lo mejor está llorando, o quizá no se ve capaz de mirarme. Quiero, no, necesito que me abrace, pero todos los músculos de su cuerpo están tensos, alejándose de mí. Empieza a hablar, demasiado bajo para que pueda oírlo; tiene los ojos clavados en el suelo y ni tan siquiera estoy segura de que me hable a mí. Me inclino hacia él, desesperada por oír su voz.
Dice las palabras despacio, con un silencio entre cada una para articular la siguiente, y quiero creer que lo he oído mal, pero incluso un susurro puede ser revelador.
—Esto ha pasado por tu culpa.
—¿Qué? —Una patada en las tripas, cuando ya me han tumbado—. ¡No! El hospital…
—Ellos han llevado esto a juicio, pero tú has estado de acuerdo. Tu declaración ha hecho decidirse al juez.
—Max, para…
—Has firmado la sentencia de muerte de tu propio hijo.
Se me corta la respiración. Un dolor agudo me atraviesa el pecho y me agarro con ambas manos al respaldo del banco que tengo delante. Me aferro a él como si fuera a caerme.
—Todos en pie.
Nos levantamos. Hay movimiento en el banco de la prensa y tres, cuatro, cinco periodistas interpretan la frase como su señal para irse. Uno de ellos inclina la cabeza ante el juez con aire cohibido cuando sale andando de lado, con el cuaderno contra el pecho. La sentencia estará en internet antes de que salgamos del edificio, saldrá en los periódicos esta noche. El jurado popular diseccionará el juicio que solo conoce de oídas como si estuviera en mi piel y dictaminará que sus conclusiones son irrefutables. Un veredicto sobre un veredicto.
De golpe parece que falte aire en la sala. El juez se levanta y sale por la puerta situada a un lado del estrado, y de repente alguien sube el volumen.
—… comunicado de prensa en unos minutos.
—Siempre lo he valorado como juez.
—¿Una copa rápida?
Todas las voces salvo la de Max, cuyo iracundo bufido se repite pese a todo en mi cabeza. «Una sentencia de muerte». Una mano me toca la manga. Es Robin.
—Has estado increíble; sé lo duro que debe de haber sido para ti.
—Gracias por toda su ayuda —digo, programada para ser educada, aunque la «ayuda» es trabajo por el cual mandará en breve la factura a mi padre.
«Has firmado la sentencia de muerte de tu propio hijo».
Me vuelvo hacia Max, pero se ha ido, y el hueco que ha dejado ya se ha llenado con el corrillo de gente que me rodea, su conversación, un quedo murmullo, como chismosos en un entierro. Alcanzo a ver la chaqueta de mi marido, su nuca, y después la puerta se cierra tras él.
—Disculpe.
Me abro camino hacia la salida. Uno de los periodistas que quedan da un paso adelante, pero se lo piensa mejor. Echo a correr. Alguien me abre la puerta.
—¡Max! ¡Max!
En el vestíbulo hay gente sentada en filas de sillas de plástico, esperando a que la llamen. Dos mujeres con peluca y toga pasan a toda prisa. Me detengo un momento para buscar a Max y dos periodistas me flanquean de inmediato, con las grabadoras ya encendidas.
—¿Qué opina de la sentencia, señora Adams?
Max está al principio de la escalera, con una mano en la barandilla. Hay un periodista parado dos peldaños más abajo, sin cerrarle el paso, pero casi.
—¡Max, espera!
Se vuelve y esta vez me mira, solo que, cuando lo hace, soy yo la que no puede soportarlo. Me enamoré de esos ojos y vi amor reflejado en ellos. Los miré el día de nuestra boda, cuando nos prometimos amarnos y honrarnos. «Hasta que la muerte nos separe». He tenido centenares de conversaciones mudas con esos ojos, por encima de la mesa mientras cenábamos y de un lado a otro de habitaciones llenas de amigos. «¡Qué aburrimiento! Una copa más y nos vamos. Te quiero». «Yo también te quiero». Esos ojos me dieron fuerzas cuando Dylan casi había nacido y yo estaba agotada y dolorida… «Puedes hacerlo. Un empujón más. Te quiero».
Me obligo a sostenerle la mirada, pero me desgarra por dentro, me oprime tanto el pecho que me fallan las piernas, porque es como mirar a un desconocido. Los ojos de mi marido están vacíos. ¿Qué he hecho?
Un momento después se marcha, pasando por el lado del periodista, que no tiene más remedio que apartarse.
Mis periodistas siguen flanqueándome. Hay una nota de exasperación en sus voces:
—¿Señora Adams?
—¿Quiere hacer alguna declaración?
Una lucecita roja me hace guiños, el micrófono a centímetros de mi cara. Se me nubla la vista y parpadeo con fuerza, trago saliva. Todo lo que hago es un esfuerzo, como si estuviera recordando cómo se hace. Hablar me parece imposible. Lo único que quiero es regresar al hospital; regresar con Dylan. ¿Es ahí adonde también ha ido Max?
—¿Pip? —La doctora Jalili habla en voz baja. No la he visto salir de la sala de justicia, pero está junto a la puerta, a unos metros de mí—. ¿Ha venido en tren? ¿Quiere que la lleve al hospital en coche?
La miro fijamente. Uno de los periodistas cambia el peso en la otra pierna. La luz roja sigue parpadeando. Me parece imposible que alguna vez vuelva a hablar, pero, si lo hago, no será a este micrófono. La doctora Jalili espera pacientemente, con la cara llena de la compasión que no ha flaqueado ni una sola vez en los meses que la conozco. Y de repente caigo en la cuenta de que esto no concierne a unas pocas palabras dichas por un juez, sino a Dylan. La doctora Jalili regresará al Saint Elizabeth y actualizará el historial de Dylan y la próxima vez que mi hijo se ponga crítico lo dejarán morir.
«Dylan va a morir».
Me arrolla una ola de terror. Miro a la doctora Jalili, y el horror de todo lo que ha ocurrido se concentra en esta única mujer, en ese día en que nos llevó a una sala tranquila y acabó con nuestras vidas.
—Esto es culpa tuya —digo entre dientes. Me alejo tan deprisa como puedo sin echar a correr, con las palabras de Max resonándome aún en los oídos. No puedo estar aquí. No puedo estar cerca de esta mujer responsable no solo de que pierda a mi hijo, sino también a mi marido.
Yo puedo haber firmado la sentencia de muerte de Dylan.
Pero Leila Jalili la ha escrito.