Cuando todo acaba
Siete. Max
SIETE
MAX
Me resulta extraño regresar a la casa en la que me crie. La calle es la misma, pero está distinta; los árboles son más altos, y los coches, más nuevos. Han limpiado montones de solares y aprobado la construcción de viviendas nuevas. Cuando mis padres compraron la casa situada en el número 912 de North Wolcott Avenue a mediados de los setenta, formaba parte de toda una hilera de casas construidas de la misma forma. Con el tejado triangular, escalones hasta al porche y un pulcro cuadrado de hierba delante. Estrecha pero larga, con una habitación tras otra entre la fachada y el jardín trasero. Cuando tuve edad para pasearme por la calle en bicicleta, ya estaban derribando estas casas unifamiliares para dejar sitio a descomunales bloques de pisos de ladrillo. Ahora la casa de mi madre está empequeñecida por sus vecinos y es una de las tres únicas que quedan en la manzana.
Cierro el coche de alquiler y me quedo mirando la casa. La fachada roja necesita una mano de pintura: los ladrillos tienen desconchones, el revestimiento de madera ha amarilleado y las ventanas del sótano donde mis amigos y yo jugábamos a ser espías tienen las mosquiteras rotas.
Llamo a la puerta y oigo a mi madre gritar «¡Voy!» como si, quienquiera que sea, no estuviera dispuesto a esperar ni un segundo. Me apoyo en el porche y sonrío para mis adentros. Tres, dos, uno…
—¡Oh! —Su sorpresa se troca en alegría y abre los brazos. Lleva un pantalón y una blusa estampada, y el pelo oscuro recogido en una cola de caballo—. ¡No me habías dicho que estabas en Chicago!
—No sabía si tendría tiempo de pasarme.
Me agacho para besarla, sorprendido como siempre de lo menuda que me parece. Cuando iba a la universidad, me decía que era porque yo cada vez estaba más alto, pero en los últimos veinte años no he crecido tanto ni en broma. Mi padre murió dos años después de que Pip y yo nos casáramos y mi madre encogió dos dedos de la noche a la mañana. Me preocupé por ella, intenté que viniera a vivir con nosotros, pero tenía a sus amigos aquí, tenía una vida aquí.
—¿Te quedas esta noche?
—Tengo un vuelo a las diez. —Veo su expresión triste y me siento mal por el tiempo que ha pasado desde la última vez que la vi. Cuando me mudé al Reino Unido, siempre sumaba un día a mis viajes a Chicago, o quedaba con ella en el centro para comer juntos entre una reunión y otra. Cuando nació Dylan, vernos se volvió un poco más complicado. Supongo que cuando somos padres nos cuesta más ser hijos de nuestros padres—. He pensado que podríamos salir a cenar temprano.
—Hecho. Dame diez minutos para maquillarme.
Miro el móvil mientras espero. «Estoy deseando empezar a trabajar con vosotros», me confirma el correo electrónico del cliente potencial de hoy, y no me doy cuenta de lo nervioso que estaba hasta que siento el alivio en el estómago.
—Me da la sensación de que tienes la cabeza en otro sitio —me dijo Chester ayer.
Hablé sin alterar la voz, no quería parecer molesto.
—Estoy obteniendo resultados.
Chester movió la mano como si eso fuera intrascendente, aunque los resultados lo son todo para Kucher Consulting. Aunque lo son todo para Chester.
—Te echaron de menos el día del golf. Bob preguntó por ti.
Bob Matthews. El mandamás de Send It Packing, una empresa de mensajería londinense que se está expandiendo más deprisa de lo que puede gestionar. Nos contrataron para mejorar la eficacia de sus procedimientos internos, a fin de liberar a sus directivos de nivel medio para que se concentraran en los nuevos mercados.
—Tenía compromisos familiares.
Bob Matthews también tiene hijos, aunque nadie lo diría. Como a Chester, le gusta hacer negocios mientras cena, o en el campo de golf. Y, como le ocurre a Chester, mide la dedicación en virtud del tiempo que su equipo trabaja fuera de horas.
Chester se recostó en la silla y juntó los dedos.
—Cuando te fuiste a vivir al Reino Unido, acordamos que te ocuparías de los clientes británicos. Que serías «yo», pero a lo «inglés». —Entrecomilla ambas palabras con los dedos—. Que los recibirías en casa con esa mujer tan adorable que tienes.
Cerré los puños.
—Mi hijo está en el hospital.
—¿Todavía? —Como si no lo supiera—. Lo siento. —Como si lo sintiera de verdad—. ¿Se quedará mucho más tiempo? —Como si le importara.
Estuve a punto de decir: «No lo sabemos, sí, posiblemente va para largo», pero vi que Chester estaba tamborileando con el bolígrafo sobre la mesa y me fijé en su sonrisa preocupada, que no le pasaba del labio superior.
—No, pronto estará en casa y todo volverá a la normalidad. —Una mentira, se mire como se mire.
Mi madre baja.
—¿Qué tal estoy?
Da una vuelta sobre sí misma. Se ha puesto un vestido verde con un cinturón ancho que le combina con los zapatos.
—Preciosa, mamá. —Sonrío.
Comemos en The Rookery, en Chicago Oeste, donde yo tomo poutine y mi madre elige una ensalada de gambas acompañada de verduras mixtas.
—Bueno —me dice con la mirada seria—, ¿cómo está nuestro pequeñín?
Tomo un sorbo de agua antes de responder.
—Está bien. Hoy le han hecho un escáner. Pip me ha dicho que ha ido bien. —Me ha mandado una fotografía después de la prueba, de su cara pegada a la de Dylan. Ambos mirando a la cámara, ambos serios, ambos guapos. Se la enseño a mi madre—. Sabremos más mañana.
—Echo de menos las fotos que compartía Pip.
—Lo sé. Es duro. Resulta duro para ella.
—¿Cómo está? —Mi madre no espera mi respuesta—. Una pregunta tonta. Pero la estás cuidando, ¿verdad?
—Pues claro que la cuido.
De repente me siento culpable de no estar con Pip ahora mismo, de que ella esté en casa o en el hospital, preocupada por el escáner, sabiendo que la doctora Jalili ya habrá visto los resultados, ya estará pensando en los próximos pasos…
—Me gustaría ir a veros. No veo a Dylan desde su cumpleaños. —Antes de que cayera enfermo, pienso. Cuando todo iba bien aún—. Podría ayudar a Pip, ocuparme de la casa, sustituirla para que no se pase todo el día en el hospital…
La interrumpo:
—Ven cuando Dylan esté en casa, mamá. Ya falta poco, y así podrás pasar buenos ratos con él.
No le digo que me preocupa que el ambiente de la UCIP sea excesivo para ella; que los timbres y alarmas puedan agobiarla. No le digo que, por mucho que intente ayudar, su presencia será, para nosotros, para Pip, otra cosa más en la que pensar; que ahora mismo no tenemos espacio para pensar en nadie que no sea Dylan.
Ella asiente y dice: «Lo que a ti te parezca mejor», y yo pienso en el verano y en ir a esperarla al aeropuerto acompañado de Dylan. Pienso en ellos dos tumbados sobre una manta en el jardín con una bandeja de fresas.
—¿Y cómo está mi hijo? —me pregunta, sosteniéndome la mirada como si pudiera ver dentro de mí.
—¿Yo? —Sonrío—. Estoy bien.
Otra mentira, se mire como se mire.