Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 32 de 56

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Cuando todo acaba

Treinta y Uno. Max

TREINTA Y UNO

 

 

MAX

 

2016

 

Solo llevé a Pip a casa de mi madre en una ocasión, tras comprometernos. Después de esa vez, mi madre viajaba al Reino Unido, o bien nos veíamos en el centro de Chicago, y ahora me alegro de no haber llenado el número 912 de North Wolcott Avenue de recuerdos que no puedo olvidar. En cambio, me veo a los diez años, a los dieciséis. Veo bicicletas tiradas en la acera, chicles Hubba Bubba y zumos Capri Sun. Veo cervezas prohibidas de las que mis padres estaban enterados pero ignoraban.

Subo los escalones con mi pesada maleta y la puerta se abre como si mi madre hubiera estado esperando en la ventana desde que ha aterrizado mi vuelo. Lo mismo que la calle, ella está igual, pero distinta. Mayor. Y, aun así, sigue siendo mamá.

—Oh, mi pobre hijo.

Abre los brazos y huelo a almizcle, a pan y al indefinible aroma de mi hogar. El viento arrastra al interior de la casa un puñado de hojas naranja oscuro.

No viajó a Inglaterra para asistir al funeral. Nos visitó poco antes de que Dylan nos dejara y disimuló su sorpresa por lo mucho que se había deteriorado desde su última visita y por la atención permanente que siempre había necesitado, pero que para entonces requería una enfermera, además de Pip y de mí.

—Nos despedimos —me dijo cuando me ofrecí a comprarle el billete—. No me hace falta un funeral para recordar a mi precioso nieto; lo llevo aquí, en el corazón, todos los días.

—Pip y yo iremos a verte pronto —le prometí. «Iremos», no «iré».

Estamos sentados en el salón, en el sofá azul fuerte que compró después de que falleciera mi padre (porque «necesito volver a poner color en mi vida»).

—Nunca me pareció suficiente para ti —dice mi madre.

—¡Mamá! —Su comentario es tan inaudito que se me escapa una carcajada —. Pip y yo hemos estado juntos trece años y nunca me habías dicho nada parecido.

—Pues lo pensaba. —Frunce los labios y deja la taza haciendo ruido. Contengo un bostezo, súbitamente agotado por la combinación del calor con el jet lag—. Te he preparado tu habitación de antes. ¿Por qué no vas a echarte un rato mientras yo hago la cena?

La cama individual en la que dormí hasta los diecinueve años ha sido sustituida por una de matrimonio, apoyada contra la pared para que quepa y cubierta por un edredón rosa que abriga demasiado para esta época del año. No me hace falta mirar debajo de la cama para recordar la quemadura en la moqueta que me tuvo castigado sin salir durante un mes. Las paredes, que antes eran de color crema roto, se repintaron hace mucho tiempo, pero, si me fijo bien, veo las manchas que dejó el adhesivo que sujetaba mis pósteres a las paredes.

Estoy agotado pero nervioso, con miles de voces en la cabeza, y miles de recuerdos. Pip, cuando Dylan nació, con el pelo pegado a la cara por el sudor y más guapa de lo que había estado nunca. Dylan jugando al fútbol, manteniendo el equilibrio con los brazos para no caerse al chutar el balón. Pip haciendo punto junto a la cuna de Dylan en el hospital, leyéndole un cuento. Dylan en Houston. Otra resonancia, otro ciclo de radioterapia. «Dylan, Dylan, Dylan…» Me pongo de lado y me hago un ovillo, con la cabeza enterrada bajo la almohada para no oír la voz de Pip. «¡Eso no era vida!»

Dylan vivió. ¡Vivió!

Lágrimas calientes me rebosan de los párpados cerrados. Recuerdo cómo se le iluminaba la cara cuando alguien que reconocía entraba en la habitación, oigo el ruido agudo y desbocado que era su risa. ¡Dylan vivió! Quizá no fuera la vida que nosotros queríamos para él, pero fue vida. Fue «su» vida.

Más tarde —tal vez una hora después o quizá tres— oigo que abren la puerta y sé que es mi madre, intentando decidir si despertarme o no. De repente, la perspectiva de darle conversación, de levantarme de esta cama, me apabulla. Me siento protegido, en esta habitación que fue mía, así que me quedo.

Me quedo el resto del día y durante toda la noche. Oigo entrar a mi madre, antes de acostarse, y percibo su indecisión en la puerta. ¿Debería despertarme? ¿Darme las buenas noches? Al final, entra sin hacer ruido, corre las cortinas y noto hundirse la cama cuando se sienta a mi lado. Suspira, y a mi culpa por fingir que duermo se suma la culpa de que mi madre siga teniendo que preocuparse por mí, cuarenta años después de que empezara a hacerlo.

Pasadas las seis de la mañana, me levanto para ir al baño. Una faja me ciñe el pecho y noto un aleteo donde antes estaban mis latidos. Me bebo un vaso de agua, pero la faja me aprieta aún más. Es como una indigestión, pero no he comido nada; como un flato, pero no he corrido. Vuelvo a la cama y solo cuando he vuelto a ovillarme y me he tapado la cabeza con el edredón rosa, la faja se afloja lo suficiente para permitirme respirar.

Me despierta el timbre de un teléfono. Busco el móvil a tientas y lo meto en la oscuridad de la cueva formada por mi edredón. Veo aparecer el nombre de mi jefe, una vez tras otra. Pongo el dedo pulgar en el altavoz para amortiguar los pitidos que penetran mi confusión y me dan dolor de cabeza, y espero a que cesen.

Vuelve a llamar al cabo de una hora. Y una hora después. Pongo el teléfono en silencio y cuento las llamadas sin motivo aparente. Siete. Ocho. Nueve. Mi madre me trae un caldo de pollo.

—No tienes buen aspecto. ¿Tienes fiebre?

—Creo que puedo estar incubando algo.

Además de la opresión en el pecho, ahora también tengo sudores fríos, y un retortijón que me obliga a correr al baño.

—¿Llamo al médico?

—No, se me pasará.

No se me pasa. Cuando me ducho, mi madre entra a toda prisa en mi habitación para vaciar la papelera llena de pañuelos de papel y llevarse vasos de agua a medio beber. De vez en cuando abre la ventana, solo para que yo vuelva a cerrarla. Me trae sopa, sándwiches, trozos de pollo al horno. Gelatina y helado, como si tuviera nueve años. Y en todo momento la faja del pecho me aprieta cada vez más y las voces de mi cabeza aumentan de volumen.

La voz de Pip: «Eso no era vida».

Y la mía, más alta:

«Eres un fracasado».

Doy otra vuelta en la cama, cierro los ojos con fuerza, me tapo la cabeza con el edredón.

«Cuarenta años y estás en la misma habitación en la que dormías de niño. Tu matrimonio ha fracasado. Tu hijo ha muerto».

«Eso no era vida».

La faja del pecho, cada vez más ceñida. Sudores. Retortijones.

«No tienes amigos».

No oigo esa voz desde que tenía trece años. Desde una pelea tonta con Danny Steinway que me llevó a esconderme en el sótano después de la escuela, convencido de que él les diría a todos los niños del barrio que no me dirigieran la palabra. Al día siguiente, Danny pasó a buscarme para ir juntos a la escuela, igual que hacía siempre.

Salvo que ahora la voz está en lo cierto. No tengo amigos. Tengo compañeros de trabajo, vecinos, personas con las que paso el día. Me mudé a Inglaterra para estar con Pip. Dejé a mis amigos para tener una familia. Pip y Dylan eran mis amigos, mi familia, mi mundo. Si salíamos, era Pip quien lo organizaba; Pip quien conocía a un matrimonio que creía que me caería bien, quien proponía salir de copas, a cenar, al cine. En la UCIP sabía los nombres de todos, adónde iban de vacaciones los enfermeros, qué curso hacían los otros niños.

«Eres un fracasado».

¿Por qué no hacía yo esas cosas? Las tripas se me retuercen cuando contengo otra arcada. Me duele todo el cuerpo como si tuviera la gripe. ¿Es eso lo que me ocurre? ¿Tengo la gripe?

No sé si es el mismo día, o el siguiente, cuando recibo el correo electrónico.

«Como no me coges el teléfono, supongo que voy a tener que hacer esto por correo…»

Chester.

«Sé que no está siendo nada fácil… he intentado ser comprensivo… todo tiene un límite…

»Tengo que prescindir de ti».

Apenas asimilo la información. Un punto más que añadir a la lista.

«Has perdido a tu mujer. A tu hijo. Tu trabajo».

«Fracasado».