Cuando todo acaba
Cuarenta y Siete. Max
CUARENTA Y SIETE
MAX
2018
En Kucher Consulting la vida giraba en torno a los problemas. Yo era especialista en resolverlos, un apagafuegos, el hombre que veía lo que nadie más sabía ver. El solucionador. Podía identificar los obstáculos para el éxito de una fusión o diseñar una estrategia para entrar en un nuevo mercado. Podía encontrar los puntos débiles en la estructura organizativa de una empresa y mejorarlos. No había problema que se me resistiera.
Ninguno de esos problemas incluía a una niña casi adolescente que no quiere que salga con su madre.
Brianna me cae simpática. Pensaba que nos llevábamos bien. Hablamos de música —aunque parezca mentira, a los dos nos gusta Eminem— y le di un bote de pintura y unas cuantas brochas para que reciclara un escritorio que Blair le había dado para su cuarto. Me sonreía y saludaba cuando iba a ver a Blair, y me enseñaba vídeos de YouTube sobre orangutanes que se reúnen con sus cuidadores.
Por eso me quedo un poco sorprendido cuando paso a recoger a Blair un par de semanas después de que cenáramos en Roisters y Brianna da media vuelta, se marcha enfurruñada y me deja plantado en la puerta.
—Se lo has contado a tus hijos, ¿no? —digo cuando Blair ha dado instrucciones a la niñera y vamos camino del cine.
—Pensaba que se alegrarían. —Blair parece apesadumbrada—. Les gusta estar contigo; no pensé que tuviera importancia. Pero Brianna se puso como loca. —Gimotea y se lleva las manos a la cabeza—. Dijo que me odia.
—No te odia.
«Aunque podría odiarme a mí», pienso al recordar su mirada fría cuando me ha abierto la puerta.
—Lo sé. Claro que lo sé. Pero… —Le tiembla la voz y le cojo la mano—. Soy tonta. Pensaba que les alegraría que estuviéramos saliendo.
—Cambiarán de opinión. ¿Qué dijo Logan?
Blair emite un ruido que es mitad risa, mitad sollozo.
—Se encogió de hombros y dijo: «Pensaba que ya estabais saliendo».
—Oye, eso es un índice de éxito del cincuenta por ciento; está bastante bien.
La tarde va de mal en peor. La película, anunciada como comedia, tiene casi tanta garra como una discoteca amish y Blair saca el móvil del bolso en dos ocasiones por si hay mensajes de casa. El restaurante, que por una vez no hemos elegido de entre los que desaconseja el Tribune, se merece pertenecer a esa categoría con creces. Estamos sentados sin apenas hablar, apartando fideos que no saben a nada.
—Puede que esto haya sido un error.
—¿El restaurante? Desde luego que… —Veo la cara de Blair—. Oh. Te refieres a todo. A ti y a mí. Entiendo.
Mi intención es quitar hierro al asunto, pero solo parezco seco e insensible. Me duele la cabeza y no sé qué decir para arreglarlo. ¿Brianna no quiere que su madre salga con nadie, o es solo que no quiere que salga conmigo? Una vocecilla me susurra «fracasado» al oído y me la quito de la cabeza. «No, no voy a permitir que me hables así. Ya no».
—Vayámonos, ¿vale?
El móvil de Blair se ha pasado toda la cena en la mesa, por si Brianna le mandaba un mensaje. En el momento que lo coge, la pantalla se ilumina.
Cuando eres asesor empresarial, pasas mucho tiempo esperando en recepción a que bajen a buscarte. Vas al mostrador, das tu nombre y esperas mientras comprueban la lista de visitas previstas con el dedo. «No le veo», dicen, y tú te inclinas sobre el mostrador y les señalas tu nombre, que te llama la atención aunque esté del revés. Porque es tu nombre.
O, en este caso, el nombre de Pip.
«Pip Adams».
Parpadeo.
—¿Por qué Pip te ha mandado un mensaje?
Blair mete el móvil en el bolso.
—¿Qué?
—Era el nombre de Pip el que ha salido en tu pantalla.
Blair se levanta.
—No, es otra Pip.
Está nerviosa y tarda mucho en ponerse la chaqueta, intentando disimular su malestar.
—¿Otra Pip Adams? —Suelto una risa falsa y arrojo los billetes sobre la mesa. Sigo a Blair cuando sale del restaurante—. ¿Por qué tiene tu número? ¿Por qué tienes su nombre guardado en el móvil? ¿Qué coño pasa, Blair?
—¡Hablamos, vale!
Blair se para en seco, a cinco metros del restaurante, y gira sobre sus talones para mirarme. Tiene los ojos como platos y la mandíbula tensa en un gesto desafiante.
—Vosotras… ¿habláis? —Es como si dos mundos aparte hubieran colisionado—. ¿Cómo?
—Bueno, ella dice algo, luego yo digo algo, luego ella sigue, luego…
—No, me refiero a ¿cómo? ¿Por qué? —Me paso los dedos por el pelo—. ¿Desde cuándo?
Blair suspira.
—Desde que fue a casa de tu madre para que firmaras los papeles de la casa. Tenía mi dirección por mi firma y me escribió.
—¿Te escribió?
—Estaba preocupada por ti, Max. —Blair encorva la espalda y echa a andar—. Me dijo que te había visto muy mala cara, que no sabía qué hacer, estando tan lejos…
Oigo la voz de Pip en sus palabras, la imagino yendo a buscar papel y un sobre, sentándose a la mesa de la cocina y escribiendo a una mujer que acababa de conocer.
—Tu madre había estado un poco… —Blair busca una expresión diplomática. Esperamos en el semáforo en rojo de Belmont Avenue con Broadway; cruzamos en cuanto para el tráfico—, irritable con ella, lo que es comprensible, supongo. Y quería que alguien estuviera pendiente de ti y… la informara.
Le cuesta decir las últimas palabras, que son como una confesión.
—Y tú te prestaste a… —la ira me cierra la garganta y me cuesta esfuerzo hablar— ¿espiarme?
—¡No te espiaba! Le prometí que estaría pendiente de ti, nada más. Que la informaría de cómo estabas, que intentaría sacarte un poco de casa…
Pienso en las veces que Blair pasaba por casa para ver a mi madre. Pienso en cómo nos tropezamos con ella «por casualidad» en la Wicker Park Fest y acabamos pasando el día juntos. Pienso en su propuesta de brindar un poco de apoyo al restaurante de su amiga después de la horrible crítica del Tribune.
—Entonces, todo esto —muevo los brazos, intentando, sin demasiado tino, referirme a «tú, yo, nosotros»— ¿ha sido porque te compadecías de mí? ¿Sales conmigo por lástima?
«Eres un fracasado…»
—¡No! —Blair intenta cogerme del brazo, pero yo me aparto—. Max, no. Me gustas. Dios mío, quizá hasta…
—No lo digas. —La miro—. Ni se te ocurra.
Cuando llego a casa, llamo a Pip y le dejo un furibundo mensaje de voz. Me paseo de un lado para otro, agobiado por el minúsculo estudio que al salir me resultaba tan acogedor y ahora me parece patético, un reflejo de lo bajo que he caído. Abro una botella de vino y me he bebido la mitad cuando mi mirada se posa en el edredón que cubre el respaldo del sofá.
¿Esto no había pasado ya? ¿Cuando Pip me dejó? ¿La bebida, el enfado, la amargura, el rencor? Recuerdo la cara de Tom cuando vio la cocina sucia, su nariz arrugada por mi mal olor. Pienso en los meses que pasé ovillado bajo el edredón rosa en casa de mi madre, con una aplastante sensación de fracaso que me pesaba tanto que era incapaz de levantarme aunque quisiera.
¿Acaso no fue eso lo que me pasó? Y antes de esa vez, ¿no era siempre lo que yo hacía? Retirarme, huir, guardar las distancias. Pienso en la noche que Pip y yo discutimos e hice las maletas. Pienso en las semanas que viví en un hotel cerca del hospital, comunicándome con ella a través de las cartas de los abogados y escuetas notas que dejaba junto a la cuna de Dylan. Pip volvió conmigo por él, pero ¿es de extrañar que no se haya quedado?
Miro el dibujo de Dylan colgado de la pared. «Mi familia».
«No».
Vuelvo a decirlo, esta vez en voz alta:
—No.
Tapo la botella de vino y, al momento, vuelvo a destaparla para vaciarla en el fregadero. Abro el grifo y veo cómo el vino se vuelve rosa hasta desaparecer por completo. «No». Basta de huir. Basta de encerrarme en mí mismo.
Mando un mensaje a Blair. Me he pasado. Lo siento. ¿Podemos hablar mañana? Y otro a Pip. El mensaje de voz estaba fuera de lugar, lo siento. Pero ¿podemos hablar? Y después me acuesto.
Normalmente, no trabajo en fin de semana, pero los últimos domingos los he pasado en el Instituto Dearborn, una de las escuelas que lleva alumnos al club de natación. Hice unos cuantos trabajillos para ellos, solo para echar una mano, y me ofrecí a pintar un muro exterior del complejo residencial. Por la mañana tengo los nervios de punta, esperando que Blair o Pip —o las dos— me llamen, pero no tardo en concentrarme. Creo que algunas personas se sienten así cuando planchan o corren: entran en el mismo estado de relajación que se alcanza realizando el mismo movimiento una y otra vez.
—Puedo ayudar.
Es una afirmación, no una pregunta. Me enderezo. Un chico de unos dieciocho años está mirando mis brochas. La mata de pelo castaño casi le tapa las pobladas cejas que se le juntan en el entrecejo. Lleva gafas y luce una amplia sonrisa que no puedo evitar corresponder.
—Claro. —Encuentro una brocha de un tamaño decente—. He hecho los bordes, así que ahora solo estamos rellenando.
Pone demasiada pintura en la brocha —todo el mundo lo hace— y le enseño a escurrirla en la cuerda que he colocado de lado a lado del bote, para evitar que la pintura gotee por los laterales. Observa cómo aplico la pintura al muro, tapando bien las grietas del mortero, ladeando la brocha en los ladrillos más lisos, y me imita a la perfección.
—Oye, eso está muy bien. Vas a dejarme sin trabajo, si no tengo cuidado.
Me presento y me entero de que se llama Glen, tiene dieciocho años y está en el último curso de Dearborn. Me cuenta cuál es su comida favorita (el queso), de qué color es su camisa favorita (verde) y cuál es su equipo de béisbol (Cubs). Casi hemos terminado el muro cuando aparece Jessica Miller, una de las profesoras del complejo residencial.
—¡Muy buen trabajo! ¿Has echado una mano, Glen?
—Ha estado increíble.
—Debo irme ya —dice Glen—. Tengo que ver a Martha Stewart.
—Gracias por tu ayuda —le digo, pero Glen ya se ha ido.
Miro a Jessica con una ceja enarcada.
—¿Martha Stewart?
—A Glen le encanta la pastelería. Le gusta su programa de cocina. — Admira el muro terminado—. Lo ha hecho muy bien. Quizá deberíamos añadir «pintor» a su currículo.
—¿Busca trabajo?
—Lo buscará. Muchos de nuestros alumnos pasarán de la escuela a un centro residencial, pero algunos, entre ellos Glen, recibirán apoyo para independizarse, lo que podría incluir encontrar trabajo. —Me mira y le leo el pensamiento.
—Oye, no tengo suficientes clientes para empezar a contratar gente —le digo antes de que pueda pedírmelo—, pero podría enseñarle, si sirve de algo…
—¿En serio?
Me suena el móvil y miro la pantalla.
—¿Me disculpas? Tengo que atender la llamada.
—Seguimos en contacto. —Jessica echa a andar—. ¡Voy a tomarte la palabra, Max Adams!
—Hola.
No logro interpretar la voz de Blair. Parece recelosa, como si se guardara algo. «Me gustas —dijo anoche—. Quizá hasta…»
—Soy un idiota —le digo.
—Cuéntame algo que yo no sepa.
La oigo sonreír y exhalo despacio. Creo que me ha dado otra oportunidad.