Cuando todo acaba
Veinte. Leila
VEINTE
LEILA
Leila percibe la tensión en el ambiente. Emmett ha decretado que tres enfermeros se queden más horas y otros dos lleguen antes, pero este aumento de la plantilla ha creado un nerviosismo en el pabellón que no ayuda. Los limpiadores han recibido instrucciones de ser más minuciosos y les ofende, con razón, la insinuación de que no lo son. Yin y Cheryl han quitado los papeles enroscados que recuerdan a las visitas que deben lavarse las manos y han colocado carteles plastificados en su lugar. El pabellón entero está en sus puestos, y todo por un solo hombre.
El doctor Gregory Clark Sanders hijo tiene unos diez años más que en la fotografía de su sitio web, donde aparece como un médico joven y dinámico, sentado con las piernas abiertas en un despacho de madera de caoba. Leila ha mirado la fotografía varias veces —ha leído la impresionante lista de titulaciones que ostenta el especialista de Houston— y ella se ha ido sintiendo cada vez menos competente, un poco menos preparada.
Ahora, mientras recorre el pasillo hacia la puerta acristalada de la UCIP, recobra la confianza. Gregory Sanders es un hombre menudo y de constitución delgada, con el pelo rubio oscuro y una cara agradable que no muestra esa suficiencia que refleja su sitio web. Alarga la mano cuando ella se acerca.
—Doctor Sanders, encantada de conocerlo.
—Llámame Greg.
A Leila no se le dan bien los acentos. Esperaba que Greg lo tuviera más marcado —el acento de Texas que recuerda de las reposiciones de Dallas que le encantaba ver a Ruby—, pero no le parece que Greg Sanders hable de manera muy distinta a Max.
—Y esta es mi abogada, Laura King.
Max pone una mano en el hombro de una mujer cuarentona con caros reflejos caramelo en el pelo cortado en una media melena. Lleva un blazer azul marino con un pantalón blanco hecho a medida y da la impresión de que tendría que estar paseando por Montecarlo, no en la entrada de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos del Hospital Infantil Saint Elizabeth de Birmingham.
—Bienvenidos a la UCIP.
Leila los acompaña al lavabo y espera mientras se lavan las manos. Yin pasa por su lado, intentando no mirar, pero pensando seguramente lo mismo que el resto de la plantilla sobre este especialista estadounidense que afirma que puede tener éxito donde ellos han fracasado. Su visita lleva implícita una crítica que los pone a todos a la defensiva y, a la vez, les despierta la curiosidad. Leila también tiene curiosidad, pero, aunque pasa la hora siguiente con Greg, él pregunta más que informa y ella se entera de poco aparte de lo que ya sabe.
—Houston ProTherapy tiene los mayores índices de éxito del mundo — dice Greg cuando llegan a la Habitación 1—. Tenemos equipamiento de última generación y nuestro personal es excelente.
De inmediato, a Leila se le despierta el instinto protector hacia su propio equipo, que es excelente. Se pregunta cómo haría frente el personal de Greg a los recortes presupuestarios del Sistema Nacional de Salud y a la falta de recursos, si Houston ProTherapy tuviese que depender alguna vez de unos padres agradecidos que comprasen desfibriladores que salvan vidas.
—La principal ventaja de la terapia de protones es poder dirigir el haz para que no se disemine al tejido sano. —Greg está respondiendo una pregunta de Laura King, pero los va mirando a los ojos uno a uno mientras habla, lo que hace que Leila se sienta como si volviera a estar en clase—. Con el meduloblastoma, tratamos la vía del líquido cefalorraquídeo, todo el cerebro y toda la columna vertebral, pero sin que haya dispersión de radiación como ocurre con el tratamiento convencional.
Está al lado de Dylan, moviendo las manos para indicar dónde y cómo se administrará el tratamiento, pero aún no le ha saludado. No le ha tocado el brazo ni se ha presentado, no le ha dicho que le gustaría echar un vistazo a su gráfica ni que ha venido para ayudarle. Leila sabe que Dylan tiene poca o ninguna conciencia de quién está junto a su cuna, pero aun así tiene que morderse el labio. Dylan Adams es un niño, no un caso práctico. Le acaricia la frente y le susurra: «Va todo bien, solo estamos hablando un montón».
Leila ha leído el informe que Laura King les ha mandado junto con otros documentos, el cual rebate la solicitud de la orden judicial. Lo ha leído y discrepa. Es muy posible que la terapia de protones reduzca el tumor situado en la base del cráneo de Dylan, pero ¿a qué precio? Otras doce semanas de tratamiento —de viajes, escáneres, radiación— con la esperanza de que Dylan disponga de unos cuantos meses más, unos cuantos años quizá, para vivir dentro de las limitaciones con las que se ha quedado. Poco o ningún control de las extremidades. Poca o ninguna capacidad verbal. Ninguna coordinación. Epilepsia, pérdida auditiva, deterioro cognitivo…
—Doctor Sanders. —Laura tiene una lista de preguntas y las va señalando con el bolígrafo—. El paciente ha desarrollado el síndrome de fosa posterior a consecuencia de la cirugía cerebral, que tengo entendido afectará a la función ejecutiva, al habla, al movimiento, etc. ¿Tendrá la terapia de protones un impacto similar?
—Al contrario, el haz de protones genera muchos menos efectos secundarios que la cirugía. —La respuesta es demasiado rápida, demasiado elocuente, y Leila sabe que están siguiendo un guion; que las preguntas de Laura King están pensadas para Leila, no para Greg.
—Si a Dylan no le hubieran realizado una resección quirúrgica —dice Leila con más brusquedad de la que debiera—, habría muerto.
Max la mira.
—Pero eso es lo que quiere ahora, ¿no?
Leila nota un nudo de rabia en la garganta.
—No, eso no es lo que quiero. Ninguno de nosotros quiere eso. Todos queremos lo mejor para Dylan y, en mi opinión profesional, eso no consiste en llevarlo en avión a la otra punta del mundo y someterlo a más tratamiento, cuando…
—Esto lo dejaremos para los tribunales, ¿le parece? —Laura King da un paso adelante, su voz es clara y autoritaria.
Las dos mujeres se miran fijamente, antes de que Leila aparte los ojos. Reservará sus energías, y sus pruebas, para cuando sean necesarias.
Los manifestantes llevan dos semanas acudiendo al hospital todos los días. Emmett ha contratado guardias de seguridad, que están apostados en la entrada de la UCIP con corbatas negras, chaquetas reflectantes y brazaletes con el distintivo alrededor del brazo izquierdo. Los manifestantes han consentido en quedarse dentro de una zona señalizada entre los contenedores de basura y el borde del aparcamiento. Todos los días hay caras nuevas, pero también conocidas, y Leila se pregunta cómo pueden venir al hospital, día tras día. ¿No tienen trabajo? ¿Familia? ¿Vida? ¿Qué los induce a preocuparse tanto por un niño que no es suyo?
Está lloviendo y solo hay un puñado de personas en la zona señalizada entre los contenedores y el aparcamiento. Los incondicionales, piensa Leila, a los que no disuade el mal tiempo. Pasa por delante de ellos, con la cabeza gacha y la capucha puesta, pero, cuando oye su nombre, el instinto le insta a volverse. Una mujer con un gorro rojo empieza a gritar, una sarta de palabras ininteligibles, y la jauría se une a ella, pidiendo sangre.
Al día siguiente, los periódicos publican una fotografía de Leila, tomada por uno de los reporteros gráficos que están al acecho junto a la zona de fumadores del aparcamiento, esperando a que ocurra algo. Ella ve el artículo en el quiosco camino del trabajo y la bicicleta se le tambalea cuando le echa otro vistazo.
«Doctora Muerte», reza el titular. En la imagen que lo acompaña, Leila tiene el entrecejo fruncido y mira a la cámara con expresión adusta.
La cantidad de gente apostada en la entrada del hospital ha aumentado de la noche a la mañana. Hay velas, música, banderas colgadas entre los árboles del aparcamiento. Sería más un festival que una protesta si no fuera por las palabras entonadas al son de un pequeño tambor. «Derecho a la vida, derecho a la vida». Leila rodea el aparcamiento y esta vez accede a la UCIP por una ruta menos directa. A mediodía, el director médico la llama a su despacho.
—¿Por qué no te tomas las dos próximas semanas libres? ¿Solo hasta la vista?
Emmett tiene los papeles dispuestos delante de él.
—No puedo… Ya nos falta personal tal como estamos y…
—Nos las apañaremos. —Emmett se muestra firme—. A cada hora que pasa aparecen más manifestantes; vienen en autobuses, por el amor de Dios. Hemos tenido que poner seguridad en la puerta después de que uno de ellos crease un grupo de Facebook llamado «Que ardan en el infierno».
—No se atreverían a…
—Esperemos que no —dice Emmett con el semblante grave. Se suaviza un poco—. No es por ti, Leila. Tómate un par de semanas libres. Deja que todo pase.
Leila no tiene más remedio que acceder.
El primer día de su permiso forzoso, Leila se despierta temprano. Oye el chirrido de la cama de Habibeh en la habitación contigua a la suya cuando su madre se levanta para empezar sus rezos. Hoy es Norooz, el primer día del año persa. Un día que tendría que simbolizar un nuevo comienzo, esperanzas renovadas. En cambio, Leila se despierta con miedo de lo que está por venir.
Piensa en Pip y en Max, como hace tan a menudo, y eleva una oración silenciosa para que hallen la paz una vez que se despidan de su hijo. Porque Leila está segura de que el tribunal fallará a favor del hospital, pese a los caros abogados que Max ha contratado, pese al apoyo popular que se ha granjeado, pese a los intentos de los manifestantes de desacreditar el testimonio de Leila. El tribunal fallará a su favor porque es lo correcto.
Cree.
Otras imágenes se cuelan en sus recuerdos y relegan la lógica a un segundo plano: Dylan abriendo los ojos al oír la voz de su madre; su frecuencia cardíaca calmándose cuando su padre se lo arrima al pecho. Se sienta en la cama y enciende la lamparita de noche. Baja las piernas y se levanta. Ciencia, no emoción, se recuerda. Hechos, no conjeturas. Médica, no madre.
En la planta baja, bien arrebujada en la bata para protegerse del frío matutino, pone agua a hervir y saca dos vasos. Echa en la tetera varias cucharadas del té que trajo de Irán en una cajita metálica y ve cómo las oscuras hojas se arremolinan cuando añade agua hirviendo. El ritual es relajante; su familiaridad, reconfortante. Oye pasos en la escalera mientras prepara el té preferido de su madre. Para Habibeh, no el sabroso té turbio que hace que Leila se sienta como en casa, sino el mejor té Earl Grey de Marks & Spencer, en bolsitas con un cordelito del que pende la etiqueta. Es el primero de la lista siempre que Leila le pregunta qué querría que le llevara a Irán, aparte de chocolate y queso Cheddar envasado al vacío. Leila añade leche hasta que adquiere el insulso color beis que más le gusta a Habibeh. Prepara sheer berenj, un arroz con leche que solo se hace la mañana de Norooz, y cuando su madre baja se obliga a sonreír.
Habibeh la besa.
—Sad Saal be in Saal-ha, Leila joon. —Otros cien Años Nuevos felices. Leila se conformaría con uno.
—Hoy no trabajo, Maman.
A Habibeh se le ilumina la cara. Le costaba entender que Leila no pudiera tomarse el día libre en Norooz, que la unidad esté tan falta de personal y desbordada de trabajo que los especialistas lleven meses sin pedir un solo día de permiso.
—Ni lo haré durante un tiempo. Me he tomado unas vacaciones.
Una mentirijilla piadosa que se interpone entre ellas. Habibeh está encantada; Leila, avergonzada por partida doble. En honor a la ocasión, Habibeh prescinde de la QVC en favor de la cuenta atrás para el año nuevo persa que retransmite la BBC, con su despliegue de estrellas pop, bailes y monólogos de cómicos. Leila se obliga a sonreír y escucha los planes de Habibeh para el tiempo que pasarán juntas (los platos que cocinarán, las películas que verán), mientras, por dentro, la preocupación le remueve las entrañas hasta que se siente mareada.
Pican nueces y dátiles mientras preparan la comida de Norooz. Kofte, samanu, un cremoso plato de must, con pasas y pétalos de rosa, limón y aceite de oliva. Ponen la mesa con el mantel especial que Leila compró en el bazar de Shiraz, un jarrón de jacintos, la vajilla y cubertería de plata. En la pantalla del televisor, Sami Beigi canta uno de sus grandes éxitos.
—Asheghetam, Leila joon.
—Yo también te quiero, Maman.
Llaman al timbre. Quizá sea Wilma, la vecina. Leila va a abrir mientras Habibeh se cubre la cabeza con su shall. Pero no es Wilma.
—¿Hola?
Es Nick. A Leila le resulta extraño verlo ahí, en su jardín delantero, y nota que se le acelera el corazón. Cierra un poco la puerta: no quiere que Habibeh le oiga hablar del caso de Dylan ni de los periódicos que su madre jamás verá.
—Quería saber cómo estabas.
—Estoy bien.
Un silencio.
—¿Puedo pasar?
—No es un buen momento.
Habibeh acude a la puerta. Espera a que Leila la presente, pero, antes de que ella pueda decidir qué decir, Nick tose.
—Esto… haletun chetorah— dice, algo cohibido—. Esm e man, Nick ask.
Leila está tan sorprendida como Habibeh. Mira las manos de Nick, que están llenas de tinta azul.
—¿Qué más llevas ahí?
Él se mira la otra mano.
—Pues… dashtshuee kojast?
Hay un breve silencio. Habibeh y Leila se miran.
—Arriba, a la izquierda. La cadena se engancha un poco —responde Leila —. Si eso es lo que querías preguntar realmente.
Nick parece avergonzado.
—Me he equivocado de mano, perdón. Eso lo he escrito por si tenía una urgencia.
—Pero ¿por qué ibas a necesitar nada de eso? —Leila está confundida.
—No sabía si estarías y no quería preocupar a tu madre presentándome sin poder decir quién era. He invitado a un café al celador iraní: ¿te acuerdas del hombre que siempre canta? Me ha escrito unas cuantas frases.
—Será mejor que entres.
Leila se alegra de que el recibidor sea demasiado estrecho para que quepan todos; de tener una excusa para volverse y esconder la cara, que se le ha sonrojado de la emoción. Prepara té en vasos altos y estrechos que encajan en fundas de plata y ve cómo Nick asiente con interés mientras Habibeh recita los nombres de todos los platos de su mesa de Norooz.
—Lo de ayer es agua pasada —dice Nick en voz baja, cuando Habibeh ha ido a la cocina a buscar más comida.
Leila tarda un momento en saber a qué se refiere.
—Me llaman Doctora Muerte. Piensan que soy un monstruo.
—Es un juego, Leila.
—Un juego cruel.
Se le saltan las lágrimas. Se pone un terrón de azúcar en la lengua, toma un sorbo de té y deja que el sabor dulce le impregne la boca. Nick vacila; luego le coge la mano y se la aprieta, solo un instante, antes de volver a soltársela.
—Todo pasará después del juicio. —Se aparta cuando Habibeh regresa al salón y Leila nota demasiado calor y demasiado frío, todo a la vez—. ¿Te has enterado? —dice, intentando cambiar de tema—. Hoy han echado del hospital a uno de nuestros técnicos de ambulancia.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por filtrar información a la prensa. ¿Te acuerdas del artículo del Mirror sobre que operábamos en los pasillos?
Leila asiente, aunque lo cierto es que no. Hay tantas difamaciones…
—Pues resulta que fue él. Unas semanas después, fue al Mail con los datos de un paciente mayor, cuya mujer no estaba de acuerdo con su orden de no reanimación y el periódico publicó una doble página sobre si era mejor o peor que la eutanasia.
«Tuve una orden de no reanimación. —Leila oye la voz de Jim en su cabeza—. Su mujer me llamó asesino… Hubo una parte de mí que se sintió así».
—La familia presentó una queja formal al hospital y, cuando Emmett fue al periódico, el gacetillero cantó y reveló su fuente.
—Nick… —Leila se había sentido muy mal por Jim. Pensaba que él entendería lo que ella estaba pasando con el caso de los Adams y que la escucharía sin juzgarla. Había confiado en él. Habibeh, que ha perdido el hilo de la conversación, se excusa para traer más comida que no se comerán—. Nick, le hablé de Dylan Adams.
Tiene una sensación de náusea en la boca del estómago.
Una sola ceja, enarcada de forma casi imperceptible, le indica que Nick la ha oído. Leila espera a que diga algo, pero él toma un sorbo de té y su deliberado silencio significa que es Leila quien tiene que hablar.
—Me caí de la bicicleta. Él me examinó, Jim Laithwaite, se llama Jim Laithwaite, y me llevó al trabajo en su coche. Le invité a una copa para agradecérselo.
«Deberíamos repetir». Le arden las mejillas al recordar lo tonta que ha sido. No es ninguna sorpresa que no le haya llamado. Ya tenía lo que quería. Leila lo imagina cogiendo el móvil incluso antes de perderla de vista.
«Tío, tengo un bombazo para ti…»
—¿Te diste cuenta de que andaba a la caza de información?
Leila cierra los ojos con fuerza.
—No le hizo falta sonsacarme. Se la di voluntariamente.
No le dice a Nick que ese día había llorado por dentro; que ver cómo el mundo de Pip y de Max Adams se desmoronaba casi la había roto.
Nick observa a Leila, pensativo; luego se encoge levemente de hombros.
—Estamos todos en el mismo bando, Leila. Deberíamos poder fiarnos unos de otros. Cuando esa confianza se quebranta, duele. Pero no es culpa tuya. — Se recuesta en la silla, con expresión desconcertada—. ¿Por qué te lo estás tomando tan a pecho?
—Es un caso delicado. Los padres de Dylan jamás deberían haber sido noticia hasta que estuvieran preparados, hasta que fuera inevitable.
—Era inevitable desde el principio. Tú lo sabes. ¿Qué es lo que no me cuentas?
Leila nota calor en el cuello y después en la cara.
—Me gustaba —dice por fin.
Hay un largo silencio. Leila no necesita mirar a Nick para saber que está incómodo, que está pensando en cómo puede cambiar de tema. Pero ha preguntado, y Leila va a responder.
Clava los ojos en la mesa.
—Tengo treinta y cuatro años y estoy soltera, como mi madre siempre me recuerda. Y entonces conocí a Jim y me gustó. Y creí que yo le gustaba a él… Bueno, en fin. Es por eso.
Otro largo silencio.
—Hay muchos peces en el mar.
Leila dirige una media sonrisa a la mesa.
—Creo que mi red tiene un agujero.
Habibeh regresa en ese momento y Nick se levanta para ayudarle con los platos. Le hace preguntas sobre Norooz e Irán y Habibeh se abre como una flor ávida de sol. Es mucho después, cuando ya están a punto de reventar de tanto comer y los platos vacíos apilados en el fregadero, cuando Nick se inclina hacia Leila.
—¿Ese técnico de ambulancia? —Levanta ligeramente las comisuras de la boca—. No te merecía.