Cuando todo acaba
Antes
Doble senda se abría en un bosque y yo, yo elegí tomar la menos transitada, y eso lo ha cambiado todo.
ROBERT FROST
CINCUENTA Y TRES
LEILA
Leila se pregunta si el juez Merritt tiene familia. Se pregunta si lo visitaron el fin de semana pasado, si jugó con sus nietos y pensó en la semana que le esperaba, en la decisión que debía tomar. Se pregunta si esta noche irá a casa para cenar con su mujer y hablar de los vecinos, la recogida de basuras, una salida al teatro; o si se quedará en su despacho, con la puerta cerrada, esperando haber tomado la decisión correcta. Leila sabe que el juez pensará en este juicio durante el resto de su vida, igual que hará ella.
El juez Merritt ha escuchado todas las declaraciones. Habrá hecho como Leila, como Pip y Max Adams: habrá intentado imaginar el futuro. ¿Cómo será la vida si a Dylan lo tratan en Estados Unidos? ¿Cómo será si solo recibe cuidados paliativos? ¿Cuál de las dos alternativas es la mejor? ¿Cuál es más compasiva? ¿Cuál es la correcta? Se habrá hecho una pregunta tras otra, y habrá buscado las respuestas en las pruebas presentadas ante él.
Y ahora se ha decidido.
Leila se nota mareada, como si hubiera corrido una carrera y se hubiera detenido, de golpe, en la línea de meta. Su cuerpo está inmóvil, pero su pulso sigue acelerado, la adrenalina aún le corre por las venas, sin tener adónde ir.
Recorre sala de justicia con la mirada y no ve personas, sino sentimientos. Expectación. Miedo. Pena. Remordimiento. Determinación. Pip y Max miran al frente, cogidos de la mano con fuerza. Leila jamás ha conocido a dos personas que hagan tan buena pareja. Le aflige ver cómo les ha afectado la situación y espera que sean fuertes. Van a necesitarse, sea cual sea la sentencia de hoy.
—Querría dar las gracias al equipo médico del Hospital Infantil Saint Elizabeth y a los numerosos expertos que han prestado declaración en los últimos tres días. —El juez Merritt habla despacio y con claridad—. Han tratado a Dylan con la dignidad y la compasión que merece, y se les debe elogiar por ello. Sobre todo, doy las gracias a los padres de Dylan, Max y Phillipa Adams, quienes se han comportado con valentía y dignidad en esta situación particularmente difícil y solo han tenido presente el bienestar de su hijo.
Los padres de Dylan están rotos de dolor. Leila intenta imaginar qué debe de sentirse cuando el propio infierno se hace público, y se da cuenta de que no puede. Siente una súbita rabia contra el técnico de ambulancias Jim y su indiferencia hacia los sentimientos de los Adams.
—Mi fallo de hoy es increíblemente difícil, pero los parámetros en los que baso mi decisión son sencillos. Debo decidir qué es lo mejor para Dylan. Debo considerar sus necesidades emocionales, además de las médicas.
Leila sabe lo duro que es para los padres tener a un hijo en cuidados intensivos. Más duro es saber que quizá no sobreviva, y más aún que pongan su vida en sus manos y les pidan que decidan qué hacer con ella.
—La pregunta sobre la que gira este triste caso —continúa el juez— no es solo si la terapia de protones alargará la vida de Dylan, sino ¿cuál será la calidad de esa vida? De hecho, ¿a qué podemos llamar vida?
¿Cuánto más difícil debe de ser para unos padres, se pregunta Leila, afrontar todo esto con el mundo mirándoles? ¿Pasar por delante de un quiosco lleno de sus fotografías, encender una radio y oír su nombre? ¿Leer columnas sensacionalistas y artículos de opinión de periódicos serios que ponen al descubierto los miedos que los atormentan por la noche?
De repente, Leila tiene náuseas.
—Mi decisión no se basa en lo que yo haría, sino en lo que creo que es justo para este niño, en estas circunstancias. Está tomada basándome en las leyes que nos gobiernan y protegen.
Leila se levanta. Combate el impulso de echar a correr y, en cambio, atraviesa la sala de justicia al paso más rápido posible. Sus zapatos resuenan en un vacío donde el vuelo de una mosca haría el ruido de un avión. El juez Merritt no interrumpe su discurso y Leila no se vuelve para ver si desaprueba su brusca marcha. Sus palabras quedan engullidas por el suave rumor de la puerta al cerrarse y Leila sale al vestíbulo.
Por un momento, le sorprende darse cuenta de que la vida sigue transcurriendo al ritmo de siempre. Hay personas que van y vienen por este limbo entre salas de justicia, entre discursos de apertura y clausura. Hay abogados y testigos, demandantes y demandados. Periodistas. En alguna parte están Habibeh y Wilma. La vida sigue.
No obstante, para Pip y Max Adams —para Dylan Adams— la vida jamás volverá a ser la misma. Y, de repente, Leila siente que está mal compartir este momento crucial con ellos, tomarse como un espectáculo una situación que cambia la vida de las personas afectadas. No puede impedir que los periódicos publiquen noticias ni que los presentadores de programas de entrevistas planifiquen debates. No puede decir a los millones de personas de Twitter que dejen de emitir juicios, que detengan esta invasión de la intimidad. No puede decir a las multitudes que esperan delante del Palacio de Justicia que se marchen a casa. Pero puede taparse los oídos, solo un rato más. Puede darles a Max y a Pip este pedacito de intimidad, de respeto.
Así pues, Leila espera fuera de la sala de justicia. Piensa en el niñito con la suave aureola de rizos castaños, en su cuarto vacío en casa y en los padres que lo quieren tanto como se quieren el uno al otro.
En unos momentos, las puertas se abrirán y empezará el siguiente acto de la historia de Dylan. Sea cual sea el fallo del juez hoy, las vidas de Max y Pip cambiarán de forma irreversible y Leila sabe que siempre se cuestionarán las decisiones que tomaron en las semanas previas al juicio. Sin embargo, cuando nos encontramos en una encrucijada, no podemos ver los destinos, sino solo el principio de las sendas que nos llevarán a ellos. Lo único que podemos hacer es elegir una y echar a andar, y esperar que alguien nos acompañe.
Hay un repentino arranque de actividad detrás de ella. Se da la vuelta. Por la puerta abierta de la sala de justicia ve a Pip y a Max, y la distancia que los separa parece aumentar mientras los mira.
Se ha acabado. Y, asimismo, apenas ha hecho que empezar.