Cuando todo acaba
Trece. Max
TRECE
MAX
La primera vez que me quedé a dormir en su casa, Pip me pidió que rescatara una araña de la bañera. «Cuidado con las patas —dijo cuando la llevé a la planta baja en las manos ahuecadas y la solté en el jardín—. No le hagas daño».
La miro con incredulidad. Pip llora con los anuncios de refugios de perros, dona dinero cuando ocurre una catástrofe, aparta los caracoles de la acera cuando llueve para que no los pisen. No soporta ver sufrir a un ser vivo. ¿Qué está diciendo?
—Pero hemos decidido…
—No. Lo has decidido tú. —Se vuelve para mirarme—. Ha sufrido mucho, Max; no soporto verlo sufrir más.
—La terapia de protones podría eliminar por completo el cáncer. ¡Podría salvarle la vida!
—¿Qué vida? —Pip está llorando y me siento partido en dos: quiero consolarla, pero me horroriza lo que estoy oyendo—. Alimentación por sonda, catéteres, cánulas, aspiración orofaríngea… Eso no es vivir, Max, eso es existir.
La doctora Jalili se aclara la garganta.
—Quizá sería mejor que se tomaran un poco más de tiempo para hablarlo…
—No hay nada que hablar —digo—. No pienso rendirme con mi hijo.
—Tómense todo el tiempo que necesiten.
La doctora se marcha y yo me levanto y me acerco a la ventana, donde me quedo de espaldas a Pip.
—No me puedo creer que estés haciendo esto.
—Me está partiendo el corazón.
—Entonces…
Giro sobre mis talones y mis brazos en cruz lo dicen todo. Pero ella niega con la cabeza.
—Si fuera un animal, un caballo que no pudiera andar, que no pudiera comer, no tendrías dudas. Dirías que es lo más humano. Un último acto de compasión.
—¡Nuestro hijo no es un animal!
Escupo las palabras, horrorizado por la comparación, pero Pip no se amilana.
—Por favor, Max. No dejes que siga sufriendo. No se trata de nosotros, no se trata de cómo nos sentiremos si lo perdemos. Se trata de Dylan y de aceptar que hemos llegado al final del camino.
—No. —Cruzo la habitación. Ya no estoy partido en dos. Ya no tengo el impulso de enjugarle las lágrimas—. Jamás me rendiré con mi hijo.
Por mucho tiempo que pasemos con una persona, por muy bien que creamos conocerla, puede seguir siendo una desconocida para nosotros.
Me quedo un momento junto a Dylan, tomándole de la mano y prometiendo en mi fuero interno que haré todo lo posible para protegerlo. Resisto el impulso de cogerlo en brazos y llevármelo; de meterlo en el coche, ir al aeropuerto y montarme en el primer avión a casa.
«Casa». Estados Unidos no es mi casa desde hace más de una década, pero de repente me embarga la nostalgia. «Pronto estaremos allí —le prometo a Dylan—. Te verán los mejores médicos y te darán el mejor tratamiento. Y luego volverás a casa. Te lo aseguro».
Dejo las llaves del coche junto a la cuna de Dylan y me dirijo a la parada de taxis de la entrada principal del hospital.
—¿Kenilworth? Le costará entre setenta y ochenta libras, lo sabe, ¿verdad?
Me contengo para no responderle que es taxista, no mi asesor financiero, y murmuro un «No pasa nada». Tras un tibio intento de entablar conversación, se da por vencido y hacemos el trayecto en silencio.
No estoy acostumbrado a estar solo en casa. Desde octubre apenas he puesto los pies en ella. Mi tiempo se reparte entre hoteles, aviones y coches, y los asépticos pasillos y pabellones del hospital. Si vengo, es para dormir, o para ducharme a toda prisa y cambiarme de ropa después de un vuelo largo.
En la primera planta, la puerta del cuarto de Dylan está abierta y la cierro sin mirar, sin fijarme. Sé que Pip entra a veces. Se sienta en el sillón de lactancia y pone en marcha el móvil de Dylan, mira la cuna vacía y la imagina llena.
De vez en cuando me pide que coja alguna cosa de su cuarto. Un pelele limpio, un juguete, uno de sus libros favoritos. Tengo que armarme de valor para entrar y, cuando lo hago, voy derecho a la cómoda, la caja de los juguetes, la librería. No miro alrededor. No puedo.
Hay otras dos habitaciones en la planta del cuarto de Dylan: el despacho, para los días que trabajo desde casa, y el cuarto de invitados, para mi madre cuando viene de visita. Pip y yo tenemos nuestro dormitorio en la última planta. Hay un vestidor aparte, con armarios empotrados, y un baño con dos lavabos y unas puertas correderas de poca altura en el ángulo entre el techo y el tejado inclinado. Corro una y saco una maleta del entretecho.
La coloco sobre la cama y empiezo a llenarla. Pantalones cortos, jerséis, pantalones largos, trajes. No me permito pensar en lo que estoy haciendo; en si hago la maleta para una noche, para un mes, para siempre. No me permito pensar en nada. Solo sé que ahora mismo no puedo estar aquí.