Cuando todo acaba
Catorce. Pip
CATORCE
PIP
A veces solo tenemos la certeza de haber tomado la decisión correcta una vez que la hemos tomado. O encaja en su sitio como si siempre hubiera tenido que estar ahí o se queda, pinchuda y deforme, en algún lugar recóndito de la mente. «Esto no está bien: has tomado la decisión equivocada».
Así me he sentido cuando Max le ha dicho a la doctora Jalili que queríamos seguir tratando a Dylan.
«Esto no está bien».
Mientras Max hablaba, he pensado en Bridget y en su madre. He pensado en qué hace que la vida sea vida. En lo mucho que quiero a Dylan y en que no dudaría en sufrir por él si pudiera.
Y me he dado cuenta de que puedo. Puedo hacer esa única cosa por él.
Si Dylan muere, yo sufriré lo que me queda de vida. Pero para él se habrá acabado. No habrá más dolor, medicamentos ni veneno corriéndole por su frágil cuerpo. Ninguna de las indignidades de depender de los demás para todas sus necesidades, todos sus movimientos.
Sabía que Max se iría de la UCIP. Puedo contar las discusiones que hemos tenido con los dedos de las manos, pero, en todas, Max acaba marchándose y no regresa hasta que se ha calmado y ha podido reflexionar.
—Es exasperante —le dije en una ocasión—. Siempre tienes que ser tú el que diga la última palabra.
Max se quedó desconcertado.
—No es eso en absoluto; es porque tengo miedo de decir algo de lo que luego me arrepienta, algo que no te mereces.
Así pues, no me sorprende ver las llaves del coche junto a la cuna de Dylan y, en este día tan horroroso, saber que a Max le importo lo suficiente para no dejarme sin coche me consuela un poco. En la sala de descanso me ha mirado como si me odiara. Necesita espacio, eso es todo.
De forma automática, pongo Educar a B durante el trayecto a casa, pero no puedo escuchar la voz de Eileen sin ver su cara cuando me habló de una vida alternativa, una vida en la que no habría seguido adelante con el embarazo, de modo que apago la radio.
Cuando llego a la casa, la entrada está vacía. Max se ha llevado mi coche. La semilla de la duda arraiga en la boca de mi estómago y crece con tanta rapidez y vigor que, cuando entro en casa, no digo su nombre ni miro en la cocina. Corro a nuestra habitación y veo que en su mesita faltan su libro, sus gafas de lectura y el despertador gris plata que nunca se lleva de viaje. Perchas vacías repiquetean en su lado del armario.
Le llamo al móvil. Está apagado. Le mando un mensaje de texto y mis dedos vacilan sobre las teclas mientras decido qué poner. Lo que quiero decir es: «¿Me has dejado?», pero la pregunta está de más. Me decido por: Llámame, por favor.
Max no me llama. Me manda un mensaje de texto, una hora después, cuando estoy en la cocina, viendo cómo el microondas calienta un plato de sopa que sé que debería tomarme.
Me he registrado en un hotel.
¿Vas a volver?, le pregunto.
Miro los puntitos que indican que está escribiendo y me doy cuenta de que lo que va a decir, sea lo que sea, es más largo que un «sí». Me fijo en las manualidades pegadas a la nevera. Pétalos pintados con las yemas de los dedos en un campo de girasoles; una calabaza de Halloween hecha con hojas secas pegadas sobre un plato de papel; un muñeco de nieve de algodón con una bufanda de papel de seda. Todos traídos reverentemente a casa de la guardería por un niño henchido de orgullo. «¡Mira, mamá!», «¡Cuadro Dylan!», «¡Dibujo Dylan!». El dolor me atraviesa el pecho cuando el móvil tintinea con la respuesta de Max.
Solo si has cambiado de opinión.
¿Cómo ha ocurrido esto? Hace un año éramos una familia feliz. Hace justo una semana, Max y yo estábamos unidos, celebrando que Dylan volvía a respirar solo, esperanzados con el futuro. Y ahora… ¿De verdad voy a tener que elegir entre mi marido y mi hijo?
Hay cinco manualidades en la nevera. Solo cinco. Otro puñado que mandamos a la madre de Max, y otras tantas que tienen mis padres. Un archivador lleno de ellas en el despacho de Max, un cuadro que se quedó en el maletero de mi coche. ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? Y el resto, tiradas sin pensar al cubo de reciclaje al final de la semana.
—Además, no es un Van Gogh precisamente —le dije a Max, aplacando mi culpa con una sonrisa y un vaso de Pinot Noir.
Le enseñé la obra maestra de ese día: salpicaduras de colores soplados con una pajita.
—Tienes razón. —Max miró la pintura con ojo experto—. Es más del estilo de Jackson Pollock.
La tiré a la basura y la tapé con un periódico para que Dylan no la viera.
—No podemos quedarnos con todo.
Contengo un gemido. Algo crece dentro de mí, lento y pertinaz al principio, más rápido e intenso después. Culpa, ira, vergüenza y tristeza. ¿Por qué no lo guardé todo? Todas las pinturas de Dylan. Todas las plumas que recogió en todos sus paseos, todas las conchas, todas las piedras que acarició con el dedo y examinó con ojos de asombro, mirando cosas que yo ni tan siquiera veía ya. ¿Por qué no los guardé?
Escribo otro mensaje a Max.
Solo quiero lo mejor para Dylan.
La respuesta es inmediata:
Yo también.
Duermo a trompicones, acosada por sueños de Dylan en una barca, con una tempestad que lo adentra cada vez más en el mar. Me despierto llorando, alargando la mano hacia el hueco que Max ha dejado en la cama. En el hospital, busco mi Zafira azul en el aparcamiento y no sé si no verlo me alivia o me decepciona. Paso más tiempo del habitual lavándome las manos, sin estar completamente segura de que Max no haya venido, preguntándome si los enfermeros han estado hablando de nosotros.
—¡Buenos días! —Cheryl está igual de jovial que siempre. Apenas soy capaz de contenerme para no preguntarle si ha visto a Max—. Le he puesto una cánula nasal: la saturación de oxígeno se le ha descontrolado durante la noche, así que solo es para ayudarlo un poco.
Un estrecho tubito de plástico transparente se enrosca alrededor de la cabeza de Dylan y dos minúsculas aberturas le suministran un ligero flujo de oxígeno por ambas fosas nasales.
—Pareces cansada —dice Nikki—. ¿Una mala noche?
Hago un gesto afirmativo con la cabeza y me siento junto a la cuna de Dylan. Quiero correr las cortinas, pero me parece grosero. No sé por qué me importa, pero es así.
—¿Max vuelve a estar de viaje?
—Sí.
Saco mi labor de la bolsa que guardo debajo de la silla, aunque lleve una semana sin tocarla y no quiera hacerlo ahora.
—Debe de ser estupendo viajar tanto. —No queda rastro de la mujer nerviosa que entró ese día con Liam. Ahora está acostumbrada a la UCIP, deja la comida en la nevera de la sala de padres y escribe sugerencias en el cuaderno para otros padres—. Eso sí, dicen que lo único que ves son habitaciones de hotel y aeropuertos, ¿no? ¿Adónde ha ido esta vez?
—Boston —lo digo sin pensar y el pulso se me acelera cuando imagino qué pasará si Max aparece ahora. «Qué boba», tendré que decir. «He debido de equivocarme de semana…».
El hilo de mis pensamientos se interrumpe de golpe cuando Liam hace un ruido. Es un ruidito que no llega a ser un gemido, pero, sin duda, es más que una mera respiración.
—¿Lo has oído?
La voz de Nikki está preñada de esperanza. Se levanta y las patas de la silla chirrían contra el suelo. Cheryl ya ha cruzado la habitación a rápidas zancadas y está inclinada sobre Liam. Le quitaron el respirador anteayer y su cuerpo está poco a poco eliminando los fármacos que lo mantenían sedado. «Hay que dejar pasar el tiempo», me dijo Nikki, intentando ser valiente, y yo le apreté el brazo y le respondí: «Qué me vas a contar».
Liam vuelve a gemir, el inconfundible ruido de un niño que se está despertando, y Nikki sofoca un grito.
—Estoy aquí, pequeñín, mamá está aquí.
Me levanto, corro la cortina entre la cama de Liam y la cuna de Dylan y murmuro: «Os daré un poco de intimidad», pero nadie me oye porque a ese lado de la cortina no paran de decir: «¡Se está despertando, se está despertando!». Liam tose y Cheryl le pide a Yin que le dé un poco de agua, «a sorbitos, no demasiado rápido». Y aquí, a este lado de la cortina, mi hijo está callado, quieto y pálido, y yo no puedo, sencillamente, no puedo más.
Fuera del hospital, me apoyo en la pared y me duele cada vez que respiro de forma entrecortada, como si hubiera estado corriendo. No he cogido el abrigo, pero aun así echo a andar porque necesito aclararme las ideas antes de volver a entrar. Me dirijo a la calle de tiendas que está a dos manzanas del hospital y deambulo por el pequeño supermercado, llenando la cesta de tentempiés para la sala de padres. La cola para pagar ocupa todo un pasillo de productos en conserva, de manera que me dirijo a las cajas de autoservicio.
—¡Está aquí! —mascullo, y paso una botella de agua por el escáner por tercera vez, por cuarta—. ¡La tienes delante!
La mujer de la caja contigua suelta una risita.
—Me alegra no ser la única que habla con estas cosas. —Sonrío y sigo escaneando mis compras y dejándolas en la bolsa de la derecha.
«Por favor, meta el artículo en la bolsa», dice la máquina un momento después de que yo haya metido un paquete de galletas.
—Ya está en la bolsa.
Oigo otra risita solidaria de la mujer que está a mi lado, que casi ha terminado de comprar y está introduciendo su PIN.
«Por favor, meta el artículo en la bolsa».
Pienso en Liam y me pregunto si se ha incorporado, si ya está tan despabilado que puede hablar. Saco las galletas y vuelvo a meterlas.
«Por favor, meta el artículo en la bolsa».
Me pregunto si Dylan se ha dado cuenta de que me he ido, si está confundido, si me echa de menos. Me atenaza la culpa.
—¡Ya está en la bolsa, coño!
Meto las galletas con tanta fuerza que oigo cómo se rompen.
Esta vez, la mujer de mi lado no se ríe.
«Por favor, meta el artículo en la bolsa».
La frente empieza a sudarme y lloro lágrimas de frustración que me irritan los ojos y me hacen moquear. Cojo las galletas con el puño cerrado, levanto mucho el brazo y las estampo contra la bolsa una y otra vez, gritando las palabras cada vez más alto: «Ya. Está. En. La. Puta. Bolsa». Soy vagamente consciente de un corrillo de gente a mi alrededor, de las interferencias de una radio, de un «¿se encuentra bien, cariño?» y de una mano firme en mi brazo.
Me la quito de encima y doy un paso atrás. Los murmullos y las miradas electrizan el ambiente y la cola de la caja está deshecha porque los clientes se han salido para mirar. La mujer, que ya no se ríe, aparta los ojos cuando la sorprendo mirándome.
El dueño de la mano es un hombre vestido de negro que lleva una chaqueta reflectante y una radio enganchada al cinturón. Parece inseguro y pienso que debe de estar más acostumbrado a tratar con ladrones y aspirantes menores de edad que con mujeres de treinta y cinco años que sufren crisis nerviosas en las cajas automáticas. Me agarro a la correa del bolso con ambas manos, levanto la barbilla y me marcho. Hasta que no llego al hospital no me doy cuenta de que sigo llevando las galletas en la mano.
—¿Viene su marido hoy?
La doctora Jalili no puede saber que mi marido ha pasado la noche en un hotel, pero su tono de voz es tan amable como si lo supiera. Ya ha pasado la hora de comer y no he tenido noticias de Max. Tras la exaltación inicial, Liam vuelve a estar inmóvil y Nikki no se separa de su lado. Esperando, esperando.
—No… no estoy segura. —Vacilo—. ¿Qué pasará si él… si no podemos ponernos de acuerdo?
—No son los primeros padres que tienen opiniones distintas sobre un tratamiento —responde la doctora Jalili—. Podemos ofrecer mediación: una persona independiente que puede ayudarles a tomar una decisión que los satisfaga a los dos, y después…
—Eso no va a pasar. —No pretendo ser brusca con ella, pero no conoce a Max, no sabe cuánto ha investigado esto, lo convencido que está—. ¿Así que cuáles son los siguientes pasos? —Hablo con más autoridad de la que siento.
La doctora Jalili vacila. Se le forman dos fugaces arrugas en el puente de su nariz, antes de componer las facciones en una expresión más neutra.
—En el caso improbable de que no podamos llegar a un acuerdo, le correspondería al hospital hacer una recomendación y, si se diera el caso, solicitar autorización a los tribunales para seguir adelante con esa vía de tratamiento.
Miro a esta médica que conoce a mi hijo desde hace cinco meses, pero que nunca lo ha visto correr ni le ha oído hablar. Sabe mucho más que yo sobre la operación de Dylan, los fármacos que le están administrando, el daño cerebral que para el ojo inexperto es un oscuro remolino en un escáner. La vi poner la espalda un poco más recta en la silla cuando Max habló de la terapia de protones; vi el atisbo de respeto en sus ojos. La impresionó: Max impresiona a todo el mundo. Yo soy tan firme en mis convicciones como Max, pero no tengo su capacidad de persuasión. No puedo respaldar mi decisión con datos y cifras, solo con el corazón, el instinto y la dolorosa y absoluta certeza de que esto es lo más compasivo que puedo hacer por mi hijo.
¿Puedo confiar en que esta médica tomará la decisión correcta?
Y si lo hace, ¿qué será de Max y de mí?