Cuando todo acaba
Doce. Leila
DOCE
LEILA
Han pasado cinco días desde que Leila les pidió a Max y a Pip Adams que tomaran una decisión a la que ningún padre debería tener que enfrentarse jamás. Los ha visto todos los días, ha respondido sus preguntas y se ha puesto a su disposición siempre que lo han necesitado. No les ha presionado para que se decidan, pero sabe que llegará el momento, y será pronto, en el que tendrán que hacerlo, de manera que se siente aliviada cuando Max Adams le pide que se reúnan.
—Hemos tomado una decisión.
Lleva traje y la formalidad está reñida con el deformado jersey de su mujer, cuyas mangas estiradas tiene agarradas entre los inquietos dedos de las manos cerradas en puños.
Leila sabe cuál es sin preguntar —la ve en la determinación que refleja la mandíbula de Max y en su mirada resuelta—, pero espera a que Max la diga en voz alta.
—No estamos preparados para rendirnos con nuestro hijo. —Tiene a su mujer cogida de la mano y le acaricia los nudillos con el dedo pulgar como si ella necesitara ese gesto para sentirse reconfortada con su presencia—. Hemos investigado la enfermedad de Dylan y sabemos que tendrá discapacidades que le limitarán la vida, pero creemos que, si existe una posibilidad de alargársela, debemos optar por esa alternativa.
Leila rara vez ha oído a un padre hablar con tanta confianza y soltura en una situación tan trágica. Max Adams no habla como lo haría un padre, piensa. Su discurso es impecable. Parece ensayado. Es, comprende, el discurso de un vendedor. Porque ese es, supone, el mundo que Max Adams conoce. No significa que no esté derrumbándose por dentro. Y, de hecho, cuando se fija un poco mejor, ve que su corbata no está del todo recta y lleva la camisa un poco arrugada. Un músculo le late en el lado de la mandíbula. Y tras sus ojos rebosantes de seguridad hay puro miedo.
—Entiendo.
Leila no es madre, pero ha tenido a muchos bebés en brazos. Ha traído niños al mundo, con y sin vida. Ha perdido a niños; ha visto el dolor en los ojos de sus padres cuando una parte de ellos también muere. Leila tampoco se rendiría con su hijo.
—Queremos que Dylan reciba terapia de protones.
Leila no esperaba que entraran en tanto detalle, pero no se sorprende. Imaginaba que los Adams propondrían otro ciclo de quimioterapia, pero no son los primeros padres en proponer la terapia de protones.
—El Sistema Nacional de Salud tiene acuerdos con centros de Estados Unidos —dice Max.
Su tono podría parecerle áspero a un mero observador. Incluso condescendiente.
—Eso tengo entendido. —Leila no es una mera observadora. Leila sabe que Max Adams está casi al límite, como muchos padres con hijos en la UCIP. Se esfuerza por controlar una situación sobre la que no tiene ningún control y Leila va a permitírselo—. Hay centros de tratamiento previstos para Londres y Manchester, pero de momento no es una opción que podamos ofrecer aquí.
Se da cuenta de que Pip ha soltado la mano de Max y se ha abrazado el cuerpo. Está dejando que su marido lleve la iniciativa, y Leila se pregunta si eso también contribuye al dolor que Max lleva grabado en la cara.
—Pero pueden mandar pacientes a Estados Unidos.
—Tendré que preguntar al equipo de Oncología si el caso de Dylan es apropiado para la terapia de protones.
—Lo es.
Max es testarudo y Leila reacciona irguiendo la espalda. «Su hijo se está muriendo», se recuerda. Con el paso de los años, Leila ha perdonado muchas transgresiones a muchos padres. Insultos escupidos a la cara, furibundos ataques verbales. Incluso, en una ocasión, un fuerte empujón en el hombro de una madre a la que acababa de partir el corazón. «Lo siento mucho: hemos hecho todo lo posible».
—Ahora que sé que quieren explorar más opciones de tratamiento…
—Queremos explorar la terapia de protones.
—… podemos estudiar la manera más apropiada de proceder. —Leila mira a Pip, que sigue abrazándose el cuerpo. Tendrá que poner esta conversación por escrito y le gustaría reflejar el punto de vista de los dos—. Señora Adams, ¿tiene algo que añadir?
Pip Adams mira a su marido. Dice una sola palabra, pero en voz tan baja que Leila tiene que inclinarse sobre la mesa para oírla:
—No.
—De acuerdo —dice Leila, pero percibe algo en la expresión acongojada de Pip que le induce a interrumpirse, a poner en duda lo que ha oído—. ¿Quiere decir —añade en voz baja, sin apartar los ojos de Pip— «no, no tengo nada que añadir»?
Una sola lágrima rueda por la mejilla de Pip Adams. Dirige otra mirada nerviosa a su marido y traga saliva.
—Quiero decir que no. Quiero decir que he cambiado de opinión. No quiero someter a Dylan a más tratamiento.
Max Adams la mira boquiabierto.
—¿Qué?
—No puedo hacerlo.
Pip se pone a llorar y a Leila se le encoge el corazón.
—¿No puedes qué? —dice Max en voz demasiado alta para esta sala, para las personas que la ocupan. Está blanco como el papel y, aunque sigue sentado, tiene todos los músculos del cuerpo tensos, como si estuviera esperando el pistoletazo de salida. Mira a su mujer y la voz se le quiebra cuando vuelve a hablar, en voz más baja esta vez—: ¿No puedes salvarle la vida a Dylan?
El dolor embarga los ojos de Pip y el corazón de Leila late a doble tiempo en un pecho que, de repente, parece demasiado pequeño para contenerlo.
—No puedo —empieza a decir Pip, respirando con esfuerzo cada pocas palabras—. No puedo hacerle vivir una vida que yo no querría vivir. —Alza la vista para mirar a Leila, con la mandíbula igual de tensa, igual de resuelta que la de su marido—. Quiero dejarlo marchar.