Cuando todo acaba
Cuarenta y Ocho. Pip
CUARENTA Y OCHO
PIP
2016
El ruido es increíble. Es como estar en la pista de despegue de Heathrow cuando un avión alza el vuelo, pero sin orejeras y con niños en vez de aviones.
—Santo cielo, odio las ludotecas. —Kat mira alrededor y hace una mueca —. Dios sabe qué habrá en ese foso lleno de balones.
Estamos sentadas en sofás de piel sintética en la «zona para bebés» de un gigantesco almacén situado a las afueras de Leamington.
—Aunque a ellos les encanta: míralos.
Grace tiene ocho meses y está arrastrándose de culo a una velocidad impresionante por una pista de obstáculos construida con una serie de coloridos bloques acolchados, haciendo todo lo posible para seguirle el ritmo a Thomas, el hijo de Kat, que solo le lleva una semana pero que ya gatea con mucha seguridad. Grace tiene los mismos hermosos rizos rubios que Dylan de bebé y me pregunto si se le oscurecerán como a él. En ocasiones lo veo tan claramente en la cara de mi hija que se me corta la respiración, pero la mayoría de las veces solo veo a Grace. Mi pequeña. Mientras Kat y yo vemos cómo juegan nuestros hijos, Grace se queda atrapada en un rincón, sin saber cómo darse la vuelta, y Thomas pasa gateando por encima de otro niño.
—Es como un episodio de la serie Robot Wars, ¿verdad? —digo mientras los rescatamos—. Casi parece que vayan a arder por combustión espontánea.
Sacamos a los niños por encima de la valla que rodea la zona para bebés y yo estoy acomodando a Grace para darle el pecho cuando llega Priya con Aeesha, que ya tiene el lustroso pelo negro tan largo que lleva dos moñitos sujetos con gomas rosas.
—Siento el retraso. —Priya mira alrededor—. ¿Charlotte no está?
—Ha vuelto a trabajar —le recuerdo.
Le hacemos sitio y Priya se sienta en el sofá.
—Uf. Es como si las vacaciones de verano se estuvieran acabando y ahora empezara la escuela.
—No para mí —dice Kat—. Voy a estar sin un céntimo pero feliz, quedándome en casa, engordando y haciendo pasteles y bebés. —Sonríe y me mira—. ¿Te han dicho ya que sí en el trabajo?
—Sí, puedo reincorporarme a jornada parcial el mes que viene. Pero solo será posible si Max convence a su jefe de que sea algo flexible con los horarios de trabajo. —Grace se separa, demasiado distraída por los ruidos y colores que la rodean para mamar como es debido. Me recoloco la camiseta y hurgo en el bolso buscando un colín para ella—. Puedo hacer un viaje de cinco días cada dos semanas, pero solo si Max me asegura que trabajará desde la oficina del Reino Unido durante esos días, para llevarla a la guardería.
—¿Y su jefe no se lo permitirá?
—Está por ver. Chester no es un fanático de la familia. —Me levanto—. Bueno, necesito café, ¿alguien más?
Estoy en la cola del café cuando una voz conocida dice mi nombre.
—¡Me ha parecido que eras tú!
Cuando me doy la vuelta, veo a Alison, con una niña de unos dos años en brazos que tiene los dedos pringosos y una sonrisa radiante.
—Estás increíble. Cielos, ¿cuánto tiempo ha pasado?
«¿Desde que dejasteis de incluirme en vuestras invitaciones?»
—Debe de hacer cuatro años —respondo en tono desenfadado.
—Sí. —Hace una mueca—. Tremendo, ¿no? Isaac y Toby ya están en segundo, ¿te lo puedes creer?
¿Es posible que sea tan grosera? ¿Tan insensible? ¿No piensa que sé perfectamente en qué curso están sus hijos, en qué curso habría estado Dylan? ¿No se imagina cómo me sienta, todos los meses de septiembre, ver el aluvión de fotografías en Facebook de niños vestidos de uniforme con enormes carteras?
—Un pajarito me dijo que habías tenido un hijo. Un niño, ¿verdad?
—Una niña. Grace.
Seguro que ese mismo pajarito le dijo que Max y yo nos hemos separado.
—Un nombre precioso. Esta es Mabel. —Alison me presenta a la niña de los dedos pringosos y veo que también tiene la cara pegajosa. Es evidente que Mabel estaba comiéndose un sándwich de mermelada cuando Alison me ha visto—. Saluda, Mabel.
La niña entierra la cara en el pecho de su madre y me reconforta saber que ahora la rebeca de angora gris claro de Alison está embadurnada de mermelada de frambuesa.
Avanzo en la cola.
—Es un poco tímida. Fiona está ahí, también ha tenido otra niña. ¿Por qué no vienes con nosotras? Sería fantástico ponernos al día. Es estupendo verte tan bien, después del mal trago.
«El mal trago». El tiempo que pasamos en el hospital. Las devastadoras noticias que nos dieron, el diagnóstico terminal, la decisión que ningún padre debería tener que tomar jamás. La intrusión de los medios de comunicación, el tiempo que estuvimos de juicio. El mal trago de que vuestro hijo muriera…
Miro con seriedad a Alison, que ha descubierto la mermelada en su chaqueta y está intentando en vano limpiársela con un pañuelo de papel.
—Creo que no, gracias. Estoy con unas amigas. —Llego al principio de la cola y le doy la espalda—. Dos expresos con leche sin espuma y un té, por favor.
—Qué arpía.
Lars está sentado en el suelo de mi salón con Grace, apilando vasos de plástico. Cada vez que termina la torre, Grace los tira y se ríe como una loca, y Lars la reconstruye. Una y otra vez.
—Siempre lo fue, creo, solo que no me había dado cuenta.
O quizá, pienso con culpabilidad, sus pullas nunca habían ido dirigidas a mí. Miro la hora. Tengo que bañar a Grace.
—Mañana no trabajo.
Lars continúa apilando vasos, con una concentración muy superior a la que requiere la tarea. Se hace un silencio que creo debería llenar yo.
—Así que…
Grace derriba obedientemente la torre terminada y Lars se tapa la cara con las manos fingiendo consternación. Mi hija se ríe sin parar y Lars le sonríe mientras continúa hablando conmigo:
—Podría quedarme. Después de cenar. Podría quedarme a pasar la noche. Ya sabes, si…
Apila los vasos, con los ojos clavados en el plástico de vivos colores.
Tenemos, parece, una relación, más o menos. No es una relación convencional; sin duda, no tuvo un comienzo convencional, aunque, bien pensado, mi vida ha tenido bien poco de convencional en los últimos cuatro años.
—Me gustaría llevarte a cenar —dijo Lars cuando Grace tenía seis semanas —. Pero como eso es un poco difícil para ti en este momento, por la logística, ¿te parecería bien que te llevara la cena a casa?
Si tenía alguna duda de que aquello iba a ser una cita con todas las letras, se desvaneció cuando abrí la puerta y vi a Lars con un bonito traje azul marino, una camisa rosa pálido y una corbata azul. Llevaba una gran bolsa en cada mano.
—Aún no estoy lista, lo siento. ¿Te importaría vigilar a Grace mientras me cambio?
Ya me había cambiado de ropa. Me había puesto unos vaqueros limpios y una blusa sin vómitos de Grace, pero solo tardaría un momento en volverme a cambiar. No soportaba la idea de que Lars pudiera sentirse demasiado arreglado y, cuando saqué del armario un vestido con el que aún podría dar el pecho a Grace, sentí una chispa de entusiasmo que hacía tiempo que no sentía. ¡Iba a cenar con un hombre! Y ni siquiera iba a tener que salir de casa.
Lars no solo trajo la cena. Trajo el mantel y salvamanteles individuales, platos y cubiertos. Trajo flores y un jarrón para meterlas, y una vela que colocó en el centro de la mesa, en un pequeño candelero de plata.
Me quedé en la puerta de la cocina, vergonzosa de repente, viendo cómo Lars daba los últimos toques a la mesa y charlaba con Grace, que estaba sentada en su silla saltarina. Como si pudiera sentir mis ojos clavados en él, se dio la vuelta y por un momento solo nos miramos. Algo cambió en el ambiente y de repente me sentí realmente como si estuviera en una cita.
—Estás preciosa.
Me ruboricé.
—Tengo platos, ¿sabes?
—Ah, pero así puedo guardarlos al final de la noche y podemos fingir que estamos en un restaurante y que los lavan otros.
Me reí.
—Supongo que esperarás un diez por ciento de propina por las molestias…
—Como mínimo. Aunque necesito copas para el vino; he pensado que no sobrevivirían a la experiencia de ir en una bolsa.
Crucé el salón y saqué dos copas del armario.
—Ten.
—No estaba seguro de si tomarías alcohol.
Lars me enseña dos botellas, una de vino y otra de una bebida espumosa sin alcohol.
—Una copa no me hará daño.
Brindamos e intenté pensar en quién más conocía capaz de esmerarse tanto en organizarme una noche tan agradable. No se me ocurrió nadie.
—Es un detalle precioso, de veras —le dije—. Gracias.
Lars había cocinado. Chili con carne, arroz al pimentón y un bizcocho de limón ligerísimo, servido con una cucharada de helado de vainilla.
—El helado no lo he hecho yo, me temo.
—Me admira que hayas hecho el resto; creo que debería mandar un correo electrónico a tu profesor de cocina con una carta de recomendación.
—Me he apuntado al nivel intermedio —dijo Lars, un poco ruborizado.
Después nos retiramos al salón con el café. Se me hizo extraño ver a otro hombre sentado donde antes se sentaba Max y me entristecí al pensar que la vida no nos había ido como esperábamos. Aunque, bien pensado, supongo que casi nunca lo hace.
Hablamos de Grace y de viajar, cómo no, pero también de muchas otras cosas. Hablamos de libros, política y feminismo, y, aunque los ojos empezaron a cerrárseme, no quería que la noche terminara.
Me desperté, atontada y desconcertada, con el llanto de Grace. Las luces estaban atenuadas y yo echada en el sofá, aún vestida. Me cubría la manta del respaldo del sofá, hecha con los cuadrados amarillos que yo había empezado a tejer junto a la cuna de Dylan y que había terminado en mi cuarto de lectura, tres años después.
¿Dónde estaba Grace? ¿Y Lars?
Me entró pánico y me enredé con la manta al levantarme; me la quité de encima y la dejé tirada en el suelo. Corrí a la cocina, donde se veía luz por la rendija de la puerta entreabierta.
—¡Grace!
Lars se levantó y me dio a mi hija. Parecía aliviado, y no era para menos, dado que yo lo había dejado con ella en brazos durante —miré mi reloj— ¡tres horas!
—He pensado que te vendría bien descansar.
—Lo siento mucho, Lars. —Me aparté para dar el pecho a Grace y me miré el vestido para no enseñar más de lo necesario, preguntándome si era la única mujer que había amamantado a su hija en la primera cita—. Debes de pensar que soy una maleducada.
—Pienso que acabas de ser madre y que lo estás llevando estupendamente. Y pienso que ahora debería dejaros tranquilas a las dos.
En esa primera cita no nos besamos. Pero lo hicimos en la segunda, quince días después, cuando Grace y yo quedamos con Lars en la casa de las mariposas y sucedió… así, sin más.
—Podrías quedarte —le digo ahora, como si estuviera sopesando la idea. Repitiendo sus palabras, sin dar una respuesta.
—Solo si tú quieres.
Se me acelera el corazón, porque claro que quiero que se quede, pero — Dios mío, esto es complicado— tengo una niña de ocho meses, la piel del abdomen floja y blancuzca, y en lo que respecta a «ahí abajo»… Recuerdo las primeras veces que Max y yo estuvimos juntos después de que naciera Dylan, nuestros intentos, vacilantes y a veces dolorosos, de recuperar nuestra relación física. Y se trataba de un hombre que ya me conocía, que había visto cómo me cambiaba el cuerpo durante el embarazo y después del parto. Me siento en el suelo al lado de Lars. Me rodea con el brazo y me acurruco contra él.
—Ya no soy joven —digo con vacilación.
—Ni yo.
—Tener hijos es… mi cuerpo está…
Me atropello al hablar y, al final, Lars se vuelve para ponerse de cara a mí.
—Eres preciosa. Me pareciste preciosa desde la primera vez que te vi, y si supieras cuánto me costó apartarte de mi lado, la noche de Johannesburgo…
Se inclina para besarme y me permito fundirme con su cuerpo. Este hombre me ha visto dar a luz. Me ha visto dormir y dar el pecho, ha cuidado de mi hija mientras yo me daba un baño y me la ha dado mientras yo iba envuelta en una toalla. Quiere esto. Y yo también.