Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 53 de 56

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Cuando todo acaba

Cincuenta y Dos. Pip

CINCUENTA Y DOS

 

 

PIP

 

2019

 

Las bodas son distintas, la segunda vez. Más sosegadas, más comedidas.

No menos emocionantes, no menos estresantes.

Noto cosquillas en el estómago cuando mi madre da una vuelta alrededor de mí con ojo crítico, sacándome hilos invisibles del vestido y colocándome un rebelde mechón de pelo en su sitio.

—Perfecta. —Tiene lágrimas en los ojos—. Estás perfecta, Pip.

Llevo un vestido de novia. Estaba indecisa, pero todos me animaron. Mi madre, Jada, incluso Lars. «Todos te mirarán a ti —me dijo—. Deberías comprarte el vestido más vistoso y bonito que encuentres».

No es vistoso, pero sí bonito. El satén me ciñe las caderas y se estrecha hasta llegarme a las rodillas, donde se ensancha para formar una minúscula cola. El corpiño no tiene tirantes, pero llevo una mantilla antigua de encaje que me cubre los brazos, atada en la rabadilla con un lazo suelto, antes de caer por detrás del vestido. Incluso Jada, que intentaba persuadirme para que llevara un modelo de Vivienne Westwood de tres tallas menos, se quedó convencida.

—¡Este es!

Juntó las manos y se llevó los dedos pulgares a los labios.

Me volví para ver la etiqueta del precio.

—Es carísimo.

—Solo te casas…

Jada no terminó la frase y yo lo hice por ella con una sonrisa irónica:

—¿Dos veces?

Me miré en el espejo. El encaje era de color oro pálido e incluso sin maquillaje me realzaba la piel. Era el vestido perfecto, sin duda.

—¡Mamá guapa!

Grace sube los brazos y yo la cojo y giro sobre mí misma.

—Grace guapa.

Lleva un vestido blanco salpicado de ranúnculos, con una enagua de tul que ya ha enseñado a todas las personas del registro civil y a varias más del aparcamiento. De repente me acuerdo de Dylan a los dieciocho meses y de la época en la que se obsesionó con los tutús y llevaba uno rosa desde que se levantaba hasta que se acostaba. Estrecho a Grace contra mí hasta que logra apartarse y entonces la beso en la nariz. Tiene tres años, más que Dylan cuando murió. Estamos en territorio desconocido y ya no hacemos comparaciones. Grace ya es toda una personita, distinta de su hermano mayor en muchos aspectos, y se está abriendo camino en el mundo con energía y confianza.

—Cuidado con el vestido de mamá.

Mi madre sujeta las zapatillas de Grace, unas Converse blancas con cordones amarillos, para que no me rocen el vestido.

—Tranquila.

Me la acomodo en la cadera, recordando cuántos reparos tuve con mi primer vestido de novia, que mi madre se llevó una plancha a la iglesia para darle un repaso de última hora en la sacristía.

La puerta se abre y aparece mi padre.

—¿Lista?

De repente me pongo nerviosa. Mi madre me besa y se marcha para ocupar su asiento, y Jada, que ha elegido un sencillo vestido recto para su papel de dama de honor, se mira por última vez en el espejo antes de coger a Grace en brazos.

—Vamos, princesa, ayudemos a mamá a casarse, ¿sí?

Le da a Grace su ramillete de flores amarillas y coge el suyo, y ambas esperan en la puerta de la antesala que nos han proporcionado para prepararnos. Mi padre se coloca a mi lado y yo entrelazo mi brazo con el suyo.

—Bueno, nunca pensé que volvería a hacer esto —dice.

—No crees que me esté equivocando, ¿verdad?

Lo miro fijamente para intentar leerle el pensamiento. La primera vez me llevó aparte mientras los invitados se sentaban en los bancos y cogían los himnarios y me dijo que, si cambiaba de opinión —«aunque estemos a mitad de camino del altar, aunque ya estés en el dichoso altar, Pip»—, solo tenía que decirlo. No importaba, nadie pensaría mal de mí.

—¿No te gustaba Max? —le pregunté años después.

—Claro que me gustaba —fue su respuesta—. Pero me gustabas más tú.

Ahora espero que me diga que estoy cometiendo un error y me pregunto qué haré si lo hace. Pero él solo sonríe y acerca mi brazo más al suyo.

—Ninguno de nosotros sabe qué va a pasar en el futuro, cariño. Lo único que podemos hacer es tomar nuestras decisiones basándonos en cómo nos sentimos en el momento presente.

—Le quiero —digo sin más, y mi padre asiente.

—Pues bien.

Un nuevo comienzo, pienso. Para mí y para Grace.

Ella acapara toda la atención de inmediato y un «aaah» se propaga por la sala como una ola en un estadio de fútbol. Se oyen pies moviéndose cuando todos se levantan para ver cómo mi pequeña avanza despacio por el pasillo, de la manera que le ha enseñado Jada, con la barbilla bien alta como una modelo de pasarela de menos de un metro de estatura. No le veo la cara, pero sé que estará seria, con el entrecejo fruncido como siempre que se concentra.

No hay un ápice de seriedad ni de solemnidad en mi cara, que luce una sonrisa tan amplia que me duelen las mejillas. Mi padre mantiene un paso constante, pero yo quiero correr, porque de repente estoy deseando casarme, tener a mi lado a la media naranja con la que volveré a sentirme completa. Veo a Tom y a Alistair, y a Darcy, que ya tiene ocho años, y entonces, desde el principio de la sala, Lars se vuelve para mirarme. Me da un vuelco el corazón. Inclina la cabeza con anticuada caballerosidad, me mira el vestido y asiente con muda admiración. «Todos te mirarán a ti».

Aunque, en verdad, todos miran a Grace, que ve a Max, se separa de Jada y deja una estela de pétalos cuando corre a su encuentro y le exige que la coja en brazos. Hay más expresiones de asombro y un murmullo de risas y, antes de darme cuenta, mi padre me suelta el brazo, me besa en la mejilla y me susurra «Estoy orgulloso de ti, cariño» al oído.

Y, al momento, el juez de paz está preguntando si estamos listos y «¿Pueden todos tomar asiento, por favor?». Jada encuentra un sitio al lado de Lars y yo me quedo al lado de Max, que tiene a Grace abrazada al cuello como una monita. Y, cuando empieza la ceremonia, la sala desaparece y solo estamos Max, Grace y yo, y el juez de paz, y volvemos a convertirnos en una familia.