Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 31 de 56

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Cuando todo acaba

Treinta. Pip

TREINTA

 

PIP

 

2015

 

—¿Desea algo más, señor?

—¿Una cerveza y su número de teléfono?

El hombre del asiento 3F tiene los ojos ambarinos y una sonrisa optimista.

—Solo una cerveza, entonces.

—Tenía que intentarlo.

Sonríe con picardía y yo niego con la cabeza mientras le sirvo la cerveza. Al poco llega la hora de atenuar las luces y repartir mantas y almohadas de más. Este es mi momento preferido, cuando todo está tranquilo, fuera no hay nada aparte del cielo oscuro y dentro solo se oye el suave rumor de pasajeros cambiando de postura. El único asiento que sigue en posición vertical es el 4B, donde una mujer con el pelo ensortijado mueve los dedos a toda velocidad por un teclado silencioso, con la cara iluminada por la pantalla de su ordenador portátil. Pienso en Max, que trabaja más que duerme, e intento recordar su horario. Ha sido extraño, adaptarnos a trabajar otra vez los dos, a estar en diferentes zonas horarias, pero yo volví a trabajar hace un año como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

—¿Té? —Jada ya ha sacado dos tazas.

—Sí, venga.

Con su más de metro ochenta, Jada lleva el uniforme como si fuera una segunda piel. Yo no he recuperado el peso que perdí cuando Dylan estuvo enfermo y, en mi figura espigada, la chaqueta y la falda de pitillo rojas tienen un aire corporativo; en Jada son innegablemente sexis. Lleva el pelo africano alisado y, como el mío, recogido en un apretado moño.

—Ethan ha pensado en el Ice Bar para las copas y luego el Dusk Till Dawn. ¿Te apuntas?

El Ice Bar. Es el destino preferido del personal de la aerolínea en Hong Kong, aunque básicamente sea un congelador con una carta de cócteles.

—Intenta impedírmelo.

—¡Nos vamos de fiesta!

Agita las manos en el aire y se contonea, y yo disimulo una sonrisa. Jada tiene veintidós años, comparados con mis treinta y cinco, y, hasta ahora, su vida ha sido tal montaña rusa de diversión que supone que todos los demás vamos montados en ella.

Pasamos por una zona de turbulencias una hora antes de aterrizar y vigilo al corpulento ejecutivo del 1A, que se ha bebido una botella entera de vino tinto y cuya cara rubicunda ha adquirido un matiz verdoso. Estoy tan aliviada como él de aterrizar sin contratiempos y Jada y yo nos apostamos en la salida para despedir a nuestros pasajeros.

—Gracias, que tenga un buen día. —La sonrisa de Jada no varía cuando añade, dirigiéndose a mí—: Vaqueros ceñidos, camiseta sin tirantes, taconazos. ¿Tú?

Intento recordar qué he metido en la maleta.

—Vestido negro cruzado, zapatos con los que pueda bailar. Gracias, disfrute de su estancia.

El hombre de los ojos ambarinos se despide guiñándome el ojo y, pese a no querer hacerlo, me ruborizo cuando se aleja.

—Lo tienes en el bote —dice Jada—. De nada, adiós, señor.

—No me va.

—Es un bombón.

—Me refiero a engañar. No lo haría nunca. Adiós, buen viaje de vuelta.

—¿Tu Max es un buen partido? De nada, que tenga un buen día.

Sonrío.

—Eso creo.

Ya han salido todos, y estoy a punto de decir a Jada lo generoso y atento que es Max, lo mucho que siempre me hace reír, cuando me doy cuenta de que estoy siguiendo un viejo guion. Max y yo no nos reímos juntos desde hace muchísimo tiempo.

 

El Ice Bar está concurrido y Jada y yo nos abrimos paso entre la multitud hasta el lugar donde los otros auxiliares de vuelo ya tienen su segunda ronda de chupitos colocados en fila. Ethan y Zoe cuentan hasta tres antes de beberse los suyos; Marilyn, una mujer de casi cincuenta años con el mismo aguante pero mucho más decoro, se bebe el suyo a sorbitos. Como Jada y yo, todos llevan los enormes abrigos de pieles que reparten en recepción y parece que acaben de descubrir Narnia.

Me sorprende ver a nuestro piloto, Lars. He volado con él varias veces desde que entré en la aerolínea hace un año, pero esta es la primera vez que lo veo alternar con la tripulación.

—¿Ya habías estado aquí? —me pregunta cuando consigo embutirme en el hueco entre él y los demás.

—Hace años, cuando trabajaba con British Airways. No ha cambiado.

Junto a nosotros hay una cavidad cuadrada tallada en el hielo que sirve de barra. Una glamurosa pareja pide vodka y brinda en un idioma que podría ser ruso.

—No sabía que venías de las filas enemigas. —El tono de Lars es guasón —. ¿Por qué el cambio?

Me encojo de hombros.

—Me pasé a la corta distancia por un tiempo, pero… —Retengo un sorbo de vodka en la boca y dejo que me caliente la garganta. Evitando responder —. Echaba de menos los viajes largos. Y la clase preferente.

En realidad fue por evitar la clase turista más que por echar de menos la clase preferente.

Así se lo dije a mi jefa de personal:

—Hay muchas familias, sencillamente no creo que pueda…

—Lo entiendo.

Yo sabía que también había perdido a un hijo: cuando fue a hacerse su segunda ecografía, no se oyeron latidos sino solo silencio. Me lo contó después de que Dylan muriera, no pretendía comparar ambas tragedias, sino recalcar su postura de que debería tomarme todo el tiempo que necesitara. E incluso cuando le pagué el favor presentando mi renuncia, siempre estuvo de mi parte.

—Un nuevo comienzo —dijo, y a mí me pareció una orden, de manera que, en vez de volver con British Airways, me lancé a trabajar con Virgin Atlantic y su particular estilo de servicio al cliente, en clase turista durante un año antes de que mi currículo y la suerte del momento me colocaran en lo que ellos llaman sin ningún pudor «clase preferente». Aquí hay menos familias, menos niños pequeños. Es más fácil.

Lars me mira con aire pensativo y creo que va a seguir haciéndome preguntas. Sin embargo, sonríe.

—Hay un tipo distinto de sinvergüenza en clase preferente.

Es alto, incluso más alto que Jada, con abundante pelo rubio, la mandíbula cuadrada y las cejas tan rubias que casi son invisibles. Su inglés es perfecto, pero su apellido, Van der Werf, me lo pone fácil.

—¿Eres holandés?

—Me has pillado.

Alrededor de nosotros hay movimiento y Jada grita para hacerse oír.

—Aquí hace un frío que pela, ¿os venís?

—Deberían subir la calefacción —dice Lars en serio.

—¡Vaya que sí! —Jada se arrebuja en el abrigo de pieles y yo sonrío a Lars cuando salimos del Ice Bar detrás del resto.

Hay un grupo tocando en el Dusk Till Dawn y a las tres de la madrugada, cuando nos retiramos, me duelen los pies y tengo la voz ronca de tanto cantar. Cogemos taxis para regresar al hotel Park Lane y salimos a toda prisa de los ascensores en nuestras respectivas plantas. Jada me abraza cuando se despide de mí.

—Te quiero un montón, PipiPip. Mierda, he perdido mi tarjeta llave.

—En la mano. Yo también te quiero. Bebe agua.

Se aleja por el pasillo dando tumbos y yo sostengo la puerta del ascensor hasta que la veo llegar a su habitación.

—Niños, ¿no? —dice Lars, poniendo los ojos en blanco de forma exagerada. Me río y aprieto el botón de la planta dieciocho—. ¿Tú tienes hijos?

—¿Perdona?

Clavo los ojos en los botones del ascensor y veo cómo se iluminan en cada planta que pasamos. «Catorce, quince».

—¿Tienes hijos?

«Dieciséis».

Solo uno. Un niño. Que corre por el parque, juega al fútbol con su padre, se sube a una silla para ayudarme a lavar los platos en el fregadero. Es un loco de las excavadoras: su primera palabra fue «camión». Manitas regordetas y calientes alrededor de mi cuello por la noche. Que duermas bien, Dylan, dulces sueños.

«Diecisiete».

El silencio pasa a ser grosero. Debería darme la vuelta, mirarlo al menos; en cambio, miro los botones y…

«Dieciocho». Se oye un tintineo, hay una sacudida imperceptible y las puertas se abren.

—No —digo al salir—. No tengo hijos.